La apetencia | Antonio Raymondi Cárdenas

Por Antonio Raymondi Cárdenas

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Soportó con deleite el asfixio de sus grandes senos puestos de golpe sobre su rostro, machucándolo, restregándolo, aplastándolo abrasadoramente, hasta sentir su sudor peruano resbalar por aquella pecosa piel americana. Abrazó con dificultad su cintura rechoncha, tocó a tientas sus rollizas nalgas, blancas, muy blancas, y luego de sentir su sexo, rígido, dentro sus paredes apretadas y calientes, la besó. Le mordió los labios, el cuello, la oreja, como un adulto experimentado que sabe apasionar a doquier fémina que en sus brazos caiga, y se retire luego enamorada, y sueñe con su delirio mañana y lo recuerde con regocijo siempre. Pero no. Antonio abrió los ojos y, echado, el techo le advirtió que se hallaba húmedo, que su miembro húmedo estaba por él mismo, y que su gringa gorda se esfumó intangible con su modorra adolescencia. Suspiró, aceptando su condición de mocedad rijosa de diecisiete años, bisoños y acelerados, cual impudicia timorata la asolapaba una supuesta picardía atrevida.

Tomó las llaves y salió de su habitación, cruzó los largos pasillos y las altas escaleras de la casa, histórica casa heredada de prole en prole hasta llegar a su viuda madre. Llegó a la terraza, donde ayer una familia norteamericana comía y bebía en exceso, hospedada por tres largos días, y donde Antonio solo oyó y observó de reojo sus alborotadas chácharas, y gozó viendo a la hija veinteañera que modelaba por los balcones con diminutos vestidos floridos. Al abrir la puerta, no supo ocultar su sopor. Allí sentada, frente al umbral, se hallaba una morena, de cabellos rizados, gruesos labios, senos pequeños y muslos fornidos. Antonio se preguntaba en qué momento se habría alojado, en qué instante sus oídos y su ocio no habían captado su instalación. Entró directamente al balcón que avistaba la calle principal. Miró los árboles de la vera, las veredas, las pistas, observó sin captar imagen alguna, sin entender siquiera lo que enfocaba. Viró repetidas veces, muchas, como mostrando calma ante tamaña mujer que lo intimidaba a sus espaldas. Ella fumaba, y ciertamente lo bañaba con la mirada, fijamente con la calma de toda treintañera fogosa que se ve atraída por un menudo zagal que parece no haber tocado mujer alguna a excepción de sus sueños mórbidos. Cuando Antonio se disponía a volver por donde entró, sintió su larga, oscura y delicada mano sobre el hombro: ¿Cuál es tu nombre? Él Titubeó. Distinguió su acento cubano, grave y potente, sensual e intimidante. Siguió puesto en la calle, concentrado en la nada y sobre la nada él sentía que respeto debería imponer, como buen mulo en celo cual ninguna hembra debería escapársele; mas no volteó. Con la otra mano ella tocó, sobre el pantalón, su órgano en descanso. Él cerró los ojos y absorbió un aire frío. Ella lo hizo girar con parsimonia hasta verse cara a cara, como si se tratara de un cliente primerizo y adinerado que merecía cautela para desvirginarlo. Antonio se percató que sus ojos alcanzaban, con pena, sus pequeños pezones y entonces bajó la cabeza, avergonzado, porque una formidable mujer imponía su peso frente a él, y a él solo le quedaba recibir los deseos libidinosos sobre su mancebo cuerpo. Ella se acomodó en cuclillas, dejando su frondosa cabellera cubrir sus hombros, sus senos, manteniendo visible toda la curvatura de sus nalgas que perfectamente cóncavas asomaban. Resaltaron sus nervudas piernas que a la flexión se tornaban muy gruesas y muy morenas, y para Antonio fue un litro más de sangre para erectarse aún más, y sólido y pétreo ahora su miembro lucía su máxima imagen. Le bajó el cierre y extrajo su joven pene. Lo acarició, lo contempló por unos segundos, como gozando de poder tener entre sus manos un prepucio suave, liso, delgado y largo. Lo puso entre sus gruesos labios y le succionó sin piedad. Antonio sintió un leve dolor, cuando tiraba desde la punta hacia la pelvis, abriendo y cerrando la mano con destreza, casi mordiendo el glande, babeándolo, mas el placer fue tan glorioso que dicho dolor se canjeó por una gota o más de líquido preseminal que, además, advirtió una eyección próxima. Al cabo de unos minutos, la morena, la exquisita morena que emitía leves gemidos cada vez que lamía el cuerpo fálico, habría logrado en él una eyaculación envolvente de miles orgasmos. Su semen, su demasiado semen, muy lechoso, muy blanco, se concentró entre sus labios, lo derramó, ella lo esparció entre sus mejillas, cayó hacia su cuello, se filtró entre sus senos, ella gimoteó aún más y él apretó los ojos resistiendo un suspiro más grave. Cuando abrió los ojos, divisó los árboles de la vera, las veredas, las pistas, y a una morena que cruzaba la vía sin apuro. Miró su pene mojado y lo vio atornillado en el murete del balcón. Sintió un intenso dolor. Volteó hacia la puerta y ni siquiera había una silla donde la morena podría haberse sentado, o los residuos de cigarrillos que evidenciara su presencia. Antonio no habló, no pensó, solo caminó estremecido por el aire frío y por el pantalón mojado, casi endurecido, con el glande enrojecido por la fricción, y con la mente enredada por los sucesos irreales que él redactaba en etéreo, pero lo satisfacían en realidad.

Al descender hasta su habitación, cruzó por la sala en búsqueda de agua. Allí, su madre servía té a un veinteañero japonés de saco apretado y corbata michi, que se instalaría por unos días. Al saludarlo, el asiático intentó ponerse de pie y le sonrió estirándole una finísima y tersa mano, pequeña y delgada, apretando la suya con extrema templanza. Antonio lo miró fijamente, y él correspondió con cortesía, pupila a pupila, no sin antes haber advertido la mancha ya endurecida de su pantalón. Fue solo un segundo para que Antonio resolviera con prontitud encerrarse en su habitáculo, ducharse y dormir sin más reflexión. Al cabo de una hora, con invisible admonición que el mozo pueda recibir, adormilado, sintió la evocación física de un súbito contexto, donde él se hallaba enhiesto, y bajo su mirada, el japonés se encontraba posicionado en cuatro, sobre su cama, con un culo pequeño, lampiño y pálido intentando quebrarse para recibir la aguda penetración. Antonio acarició su espalda, y extrañado por el placer contranatural que deleitaba su instante, con tanto placer como el coito a la americana y el cunnilingus de la morena, hundió su órgano hasta sentir la curvatura del recto. Resolló el japonés. A los segundos, Antonio eyaculó y cayó pausadamente de espaldas. Exhaló y se durmió.

Al despertar, sentado en el filo del tálamo, cuando empezaba nuevamente a sentirse burlado por su imaginación y cuando emanaba por capítulos el aire que conservaba la compleja maquinación de sus apetitos lascivos, conduciéndolo a la resignación y a la aceptación de su condición abstractamente promiscua, diferenció al pie de la cama una exótica corbata michi.

 


Antonio Raymondi Cárdenas. Escritor y arqueólogo peruano nacido en Lima, 1991. Egresado de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional Federico Villarreal. Cuentos suyos han sido publicados en “Letralia, tierra de letras” y “Limeña introvertida”, así como artículos científicos de arqueología andina en revistas peruanas y extranjeras.

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/ligero-moda-persona-rojo-3141954/

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