Gobierno de cerdos | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

 

No se trata de alguna alusión personal. Gobierno de cerdos es la idea que engloba el sentido de la novela-fábula Rebelión en la granja [1945] (DeBolsillo y Penguin Random House, 2019) de George Orwell –seudónimo de Eric Arthur Blair–. El gobierno de cerdos está de manifiesto en tal obra a partir de una revolución realizada por los animales de una granja británica y que es liderada, y luego aprovechada o apropiada por los puercos, los cuales se imponen sobre los demás haciéndoles creer que casi han logrado el paraíso.

La novela, en efecto, está contada como una fábula, con lenguaje sencillo, con tono pedagógico para que se pueda comprender lo que una “revolución” puede conllevar: premisas, palabreo, imaginaciones, enemigos creados, propaganda… Algún descontento puede ocasionar que la gente se decante por la voz de una nueva esperanza, a sabiendas que los más avezados serán los beneficiados.

Orwell escribe esta obra, se dice, cuando empezó a desilusionarse del régimen soviético, cuando la revolución había sido institucionalizada por el Estado, siendo el artífice de su momento Iósif Stalin. Su vida fue la de un constante buscador entre un mejor vivir y la utopía de un socialismo más humano. Siendo Orwell encontró que el colonialismo inglés en Birmania era el entorno de la explotación y un proyecto que alentaba el odio racial y nacionalista pese a que el imperio inglés —como cualquier otro que pretende el expansionismo económico—, declaraba que su intención era civilizatoria. Sus ideas las plasmó en su primera novela Los días en Birmania [1934] (Secker & Warburg y Octopus, 1980) donde en un diálogo sugiere una pregunta, esa que dice: “¿qué mentira están viviendo?”, se puede leer como respuesta: “la mentira de que estamos aquí para estimular espiritualmente a nuestros pobres hermanos negros en lugar de robarles. Supongo que es una mentira normal”.

Su desencanto a todo proyecto civilizatorio es un claro indicio que luego le llevará a buscar en el mundo rural de su país, en la vivencia de formaciones sociales menos acomodadas, el retrato de ese mundo mejor que, pese al desarrollo del capitalismo, no había renunciado a los intereses de lo mundano. Una especie de reportaje y estudio sociológico, El camino de Wigan Pier [1937], sobre la vida obrera del norte de Inglaterra, le hará despertar su vocación, digamos “política”, siendo ya periodista, para denunciar, primero las condiciones desfavorables que vivía una clase social y, luego, para esbozar, si se quiere, un “programa” para favorecer a este sector, pilar del industrialismo inglés. Desde ya su interés por un “socialismo democrático” estaba ya presente en este texto y su obra posterior, dado que era menester afianzar la esperanza por cambiar las estructuras dominantes que estaban sedimentadas desde hace tiempo en su país.

El aspecto ilusorio que ofrece un sistema político, usando los medios de comunicación, de una cierta estabilidad, fue un primer punto al que Orwell puso atención. En El camino de Wigan Pier (Harcourt, Brace and Company, 1958), de este modo se lee: “Todo individuo de clase media tiene un prejuicio latente de clase y que solo se requiere de una pequeña cosa para despertarle. …Es la idea de que la clase obrera ha sido irracionalmente mimada, irremediablemente desmoralizada por los subsidios, las pensiones de vejez, la educación gratuita, etc., y que aún se mantiene; ahora esta se ha sacudido un poco, quizá por el reciente reconocimiento de que el desempleo existe”. En efecto, una buena parte de la sociedad ignora la realidad más allá de lo que los medios oficiales dicen o lo que las empresas se ocupan de mostrar, tapando la realidad. Las fotos que acompañaban el libro demostraban que no era posible sostener como verdades las mentiras de la explotación.

Y he aquí que la situación oculta a los ojos de una opinión pública más crítica, le llevó a postular en su trabajo, la constante búsqueda por la verdad. Convencido por las posibilidades reales del socialismo en Europa se fue a combatir a España, uniéndose a una brigada que luchaba contra el franquismo. Allá creyó encontrar que había fuerzas solidarias entre los comunistas, los trotskistas, los socialistas y todos quienes estaban bajo la bandera de la izquierda. Una bala en el cuello le hizo volver a Inglaterra y a repensar lo que se había propuesto. Evidenció que una cosa es el socialismo y otra el comunismo. Además, se dio cuenta que los movimientos sociales estaban siendo avasallados por el fascismo o, en su caso, estaban siendo subsumidos por las formas totalitarias que asumían ciertos gobiernos en Europa, comenzando con Rusia, en su momento, la Unión Soviética. En un ensayo de 1946, escrito para la revista Grangel, con el título de “Por qué escribo” –en Ensayos (DeBolsillo y Penguin Random House, 2014)– anotaba: “La guerra de España y otros sucesos de 1936-1937 cambiaron la escala de valores y me permitieron ver las cosas con mayor claridad. Cada renglón que he escrito en serio desde 1936 lo he creado, directa o indirectamente contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo”.

Es en este contexto, se puede entender la escritura de la novela Rebelión en la granja. En “La libertad de prensa” –en Rebelión en la granja (DeBolsillo y Penguin Random House, 2019)–, artículo que Orwell preparó para la edición definitiva de su libro de 1945 y que sirvió de prólogo, él manifiesta que la idea original de la novela la tuvo en 1937, esperando hasta 1943 para poder terminarla. Su publicación se dilató por varias ocasiones porque no hubo editoriales que quisieran ponerla en el mercado dado el contexto de guerra que existía, además del temor a que la censura estatal obrase en contra dado que Inglaterra no pretendía tener roces diplomáticos con la Unión Soviética de Stalin que, para el momento era vista como la mejor posibilidad militar que enfrentaba a Adolf Hitler. La cuestión era que no se podía publicar algo “antirruso”, peor si lo que la trama de la novela, por más fábula que sea, intentaba reflejar: es decir, lo que había pasado con la revolución de octubre, hasta volverse un Estado totalitario. Cosa curiosa es que los editores a los que entregó Orwell su texto reconocían en la fábula de animales el trasfondo político y, más aún, que, con ellos, especialmente con los cerdos, se estaba representando al sector político ruso comunista. Orwell, al respecto, transcribe la carta de uno de los editores consultados, donde se lee: “sería menos ofensiva si la casta dominante que aparece en la fábula no fuera la de los cerdos. Creo que la elección de estos animales puede ser ofensiva y de modo especial para quienes sean un poco susceptibles, como es el caso de los rusos”. ¿Y por qué semejante presunción?

Orwell estaba claro en su intención política al escribir Rebelión en la granja. Lo dice en “La libertad de prensa”: quería contar la verdad, fundiendo lo político con lo artístico literario. En su “Por qué escribo” define que habría cuatro motivos que un escritor podría enmarcar su trabajo. Él se adscribe al “propósito político”, que lo define de la siguiente manera: “Empleo la palabra ‘político’ en el sentido más amplio posible. Es el deseo de propiciar que el mundo avance en una dirección determinada, de alterar la idea que puedan tener los demás sobre el tipo de sociedad a la que conviene aspirar. No hay un solo libro que sea ajeno al sesgo político. La opinión de que el arte nada tiene que ver con la política, ni debe tener que ver con ella, es en sí misma una actitud política”. Con lo político intenta formar una conciencia crítica en el lector con la finalidad que este ayude a que existan transformaciones, o, si se quiere, que toda obra literaria contribuya a la transformación de la sociedad. Y con ello, sabe que no puede haber obra literaria, obra artística, que esté ajena de toda intencionalidad política. Sería insulso pensar que un libro, una novela entretiene: encierra una cosmovisión, por más que se diga lo contrario.

Qué mejor método emplear el recurso de la fábula para decir la verdad. Recordemos que la fábula es un género narrativo donde los animales se parecen a los seres humanos; Aristóteles diría que habría “imitación de la acción” en la Poética (Losada, 2003), siendo su función moralizante. En efecto, la fábula pone en escena ciertas acciones de animales, trazadas intencionalmente desde lo pedagógico; estos piensan, hablan, realizan cosas para lograr un fin. En Rebelión en la granja, la cuestión es sencilla al inicio, cuando se plantea el problema: un animal, un alguien, sueña y comunica a sus semejantes de cuatro patas que tendría que haber un mundo mejor si es que ellos tomasen las riendas de sus destinos, prescindiendo de los humanos, los cuales los esclavizan. El retrato de la supuesta actual vida, sometida por la infelicidad, que se cuenta al inicio es para que los animales tomen conciencia de que su estado tendría que cambiar.

Se dice que la felicidad es el fin último de los seres humanos. En la fábula, el lector tiene que darse cuenta, por reflejo, por dislocación, de que el estado de cosas por las que atraviesa o vive, no tiene el sello de la felicidad. Y qué mejor que confiar en la voz de alguien que ha vivido lo suficiente, que tiene una supuesta autoridad moral para cambiar la situación. Pero esto lo sabemos por el cerdo viejo, por el Viejo Comandante. Hay que empezar a contar sobre la vida real, como dice Giorgio Agamben en Infancia e historia (Adriana Hidalgo, 2003), pero no su misterio, que se debe callar; el entramado de la obra literaria fabulatoria tiene entonces este mecanismo: “mientras en la fábula el hombre enmudece, los animales salen de la pura lengua de la naturaleza y hablan. Mediante la confusión temporaria de las dos esferas, la fábula hace prevalecer el mundo de la boca abierta, de la raíz indoeuropea *bhâ (de donde deriva la palabra ‘fábula`), contra el mundo de la boca cerrada, de la raíz *mu. La definición medieval de la fábula, según la cual sería una narración donde ‘animalia muta… sermocinasse finguntur’ y como tal algo esencialmente ‘contra naturam’, contiene desde esta perspectiva mucha más verdad de lo que podía aparecer a primera vista. En efecto, puede decirse que la fábula es el lugar donde, mediante la inversión de las categorías boca cerrada/boca abierta, pura lengua/infancia, hombre y naturaleza intercambia sus papeles antes de volver a encontrar cada cual su propio sitio en la historia”.

Se dice el problema, se lo enlaza con el sueño de una tierra mejor, con algo mítico, se induce a que se tome alguna decisión. El contexto es importante: el dueño de la granja ha descuidado a los animales, los trata mal, él se emborracha… no es el mejor ejemplo del humano. Los animales deben tomar el lugar en la historia. El Viejo Comandante hace la tarea que todo ideólogo hace: no solo comunica algo, sino que persuade. Kathleen Reardon en La persuasión en la comunicación: teoría y contexto (Paidós, 1983), insinúa que la persuasión es una forma de la comunicación que tiene como objetivo el cambio de comportamiento –y como tal de actitud y de conducta– de un individuo; es, en este sentido, un paso más allá de la comunicación, porque la finalidad es concreta, definitiva.

El problema es que el discurso del Viejo Comandante, implica ir más allá del status quo. Manifiesta por igual el descontento y la posibilidad de la transformación. Por ello, es necesario crear la imagen de un mundo mejor por alcanzar. Y eso es lo que la acción persuasiva inicial, basada en el “sueño”, es contundente: la granja se rebela y los animales toman su lugar en la historia, instalando realmente las premisas que el viejo cerdo les había propuesto, esto es, con base en los Mandamientos Animalistas, una vida supuestamente acorde con ese nuevo deseo de lograr el mundo mejor, el cual, claro está, todavía debe aspirarse. La revolución sería el motor para su logro.

Rebelión en la granja pone en escena luego la construcción de esa revolución. Orwell aprovecha las características de los animales de la granja para mostrar que unos pudieron haber sido más aventajados que otros, que unos gozaron de ciertas condiciones que otros. La “sociedad de clases” de pronto tiene que desaparecer para hacer emerger una sociedad en apariencia igualitaria. Los cerdos desde el principio se presentan como los más “inteligentes”. Si hay un viejo cerdo, luego están los que figuradamente recogen sus enseñanzas dogmáticas. Bola de nieve y Napoleón son los líderes queridos del proceso de instalación del sistema sociopolítico, pero uno debe gobernar y criminalizar al otro. Y he aquí que hay que convencer, hay que persuadir a los otros a que “miren” con claridad que no importa si se desecha a alguien de la revolución porque la finalidad es siempre la felicidad de un mundo mejor. La contrastación entre utopía y realidad es lo que a Orwell le permite extremar la situación. Retomemos, al respecto, una afirmación del autor inglés, contenida en “El león y el unicornio: el socialismo y el genio de Inglaterra”, análisis escrito en febrero de 1941 –en Ensayos (DeBolsillo y Penguin Random House, 2014)–: “Una ilusión siempre puede convertirse en una verdad a medias, y una máscara puede alterar la expresión de un rostro”. ¿No es acaso el proceso que desata un régimen que sabe del poder de la persuasión, mas si este tiene como basamento el control de todo, es decir, es un gobierno totalitario?

De este modo, la realidad de que aún no se ha salido de las condiciones adversas es la otra parte de la persuasión política. Si los cerdos empiezan a gobernar con argucias, es a costa de la traición de los principios fundacionales. Orwell estaba convencido que cualquier forma de totalitarismo, más aún el soviético, hacía de la palabra el medio para mentir. En un artículo —una especie de anotaciones para el análisis de un discurso–, “La política y la lengua inglesa” para Payments Book de diciembre de 1945 –en Ensayos (DeBolsillo y Penguin Random House, 2014)–, Orwell expresaba ya con preocupación que las palabras publicadas por medios de comunicación o pronunciadas por influyentes políticos o miembros de la sociedad, no siempre tienen el significado que debieran tener, sino que están acomodadas a los intereses de los que los pronuncian. Así, anota: “El gran enemigo de una lengua clara es la falta de sinceridad. Cuando se abre una brecha entre los objetivos reales que uno tenga y los objetivos que proclama, uno acude instintivamente, por así decirlo, a las palabras largas y a las expresiones más fatigadas, como una sepia que lanza un chorro de tinta”.

El cerdo Chillón, especie de “gerente” de la comunicación, de publicista, de gestor de la información “oficial”, hace la tarea de reimplantar significados, inducir nuevos “sueños”, de hacer creer que lo antes había era una presunción mal hecha de los propios animales; es decir, que estaban interpretando deficientemente los sucesos y los signos del progreso de la revolución. Hoy, esto no es nada del otro mundo. La comunicación corporativa aprendió de los postulados de todo sistema totalitario. El fundamento, parafraseando a Orwell es el control del pensamiento: se trata de implantar en el individuo, en el sujeto, lo que se debe pensar, crear una ideología y gobernar la vida emocional incluida una conducta; esto lo manifiesta claramente en “Literatura y totalitarismo”, texto que él leyó en un programa de radio en mayo de 1941 –contenido en Ensayos (DeBolsillo y Penguin Random House, 2014)–. Lo que hace este personaje, cuando los cerdos ya se han apropiado del poder, han cambiado a conveniencia los principios de la revolución, han instaurado un sistema de dominación con el imperio del amedrentamiento y del miedo, es inducir a creer otra cosa, a pensar que toda tribulación es beneficio de la sociedad y de sí mismo, a hacer como verdadero lo falso. ¿Qué es lo que produce todo esto? O mejor, dicho, ¿cuáles son las implicancias de todos los procesos donde la persuasión política traspasa la comunicación social? Los animales –la gente– tienden a pensar que todo es verdad, que no se puede refutar lo que ya está dado, que todo ha sido así y se mantendrá del mismo modo. En la novela leemos que el régimen totalitario de los cerdos ha puesto barreras entre la clase dirigente y los animales trabajadores; algunos ya no pretenden ni dudar y otros piensan que deben contribuir al crecimiento de ese modelo de sociedad; los cerdos han instaurado una especie de “religión” con rituales y todo; además se sirven de una “policía” de perros; pueden comerciar en nombre de todos, aunque lo que les interesa –y acá Orwell parece ser sarcástico– es la producción del alcohol. Pero de este asunto se puede deducir un principio que el propio autor lo escribe en “La destrucción de la literatura” –en Ensayos (DeBolsillo y Penguin Random House, 2014)–: “El totalitarismo exige, de hecho, la alteración continua del pasado y, a largo plazo, probablemente la falta de fe en la existencia misma de la verdad objetiva”.

Rebelión en la granja demuestra que manipulando la realidad se puede crear cualquier tipo de creencia. Para su tiempo Orwell era un consumidor de periódicos, revistas, algo de cine, y, sobre todo radio. En otras palabras, vivía o era testigo del efecto poderoso de las palabras que tendían a crear la fábula de la realidad. Quizá hasta hoy la palabra tiene el mismo poder, mas si es pronunciada con fines proselitistas, con fines de apaciguamiento del descontento. En Latinoamérica un buen vendedor de serpientes correspondería a Chillón: hay que alterar los hechos, hay que crear falsas imágenes del pasado, hay que transformar lo que de cierto se tenía en otros momentos: hay que infundir el relativismo –a costa de negarlo– para implantar una verdad a medias o quizá una falsedad que parezca verdadera.

Esto lleva a crear nuevos mitos. Los griegos sabían que los mitos son fábulas: una cosa se enmudece, otra se hace aparecer contra natura. En Rebelión en la granja todo el proceso de mistificación deriva en hacer aparecer a los cerdos iguales a los humanos. El gobierno de los cerdos mitifica su obra y hace creer a todos que es bien de la comunidad de los animales: ¡por fin los animales son como los humanos!

Jacques Rancière dice en La palabra muda: ensayo sobre las contradicciones de la literatura (Eterna cadencia, 2009) que la fábula –como otras, como la metáfora, la rima…– implica la “presentación figurada de la verdad” en tanto está dentro del espacio de la retórica. Y sabemos que con retórica es argumentar para convencer. El más perspicaz diría: palabrería. Cuando Orwell escribió Rebelión en la granja, independientemente de las intenciones político-literarias, su finalidad era decir la verdad, era denunciar al mito de una Unión Soviética como utopía socialista. En el “Prefacio para la edición ucraniana de ‘Rebelión en la granja’” –en Ensayos (DeBolsillo y Penguin Random House, 2014)–, de 1947, aquel declaraba: “nada ha contribuido más a la corrupción de la idea original de socialismo que la creencia de que Rusia es un país socialista y de que todo lo que hagan sus dirigentes debe ser disculpado, cuando no imitado. Así pues, durante los últimos diez años he estado convencido de que la destrucción del mito soviético era esencial si queríamos resucitar el movimiento socialista”.

Hoy día el mito soviético ha quedado atrás. Rebelión en la granja sigue siendo un libro demandado y leído. Su actualidad sigue siendo inminente. Es una fábula gracias a la cual se puede seguir leyendo los nuevos mitos creados por la izquierda y la derecha –no importa ahora si cada cual hace mejor uso, lo que importa es que es ambos son tributarios de la manipulación–: cada uno sigue prometiendo, de acuerdo a sus intenciones, pan, justicia, trabajo, etc. El mito neoliberal del emprendedor que lo puede todo viene acompañado de una serie de libros y gurús de autoayuda. El mito de la empresa que va yendo contra viento y marea oculta nada más que la explotación para que unos pocos se enriquezcan a costa de mentir sobre la crisis de los ingresos. Y así sucesivamente. Se podría decir que Rebelión en la granja es un pequeño manual “para dummies” de cómo se persuade, de cómo se miente, de cómo se crea nuevas realidades, de cómo se sacrifica el capital humano y de cómo se les puede seguir haciendo creer que la finalidad es perseguir el paraíso. Cuando el poder parece que ha agotado su retórica pronto alienta a grupos sectarios, a predicadores para que entren en el juego: se trata de tener siempre una masa informe de ovejas que canten lo que se les entregue como libretos. Y acá cabe la pregunta de ¿por qué aparecen en la actualidad grupos de seudoreligiosos intentando entrar en el campo político? Porque se vive el totalitarismo de la globalización. Se ha reemplazado al Estado con el cerdo instalado en el poder. Ya no se habla de propaganda, sino de campañas para captar la atención de los clientes. El cerdo Chillón ahora tiene una nueva estructura que se llama “marketing”: la fórmula de crear ilusiones está de la mano del consumo. Paula Sibilia en El hombre postorgánico: cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales (Fondo de Cultura Económica, 2009), al comparar la novela distópica con base en el totalitarismo estatal, con el mundo actual plantea precisamente esto: que lo hay es un totalitarismo de mercado donde el consumo, la conexión informática y digital, han configurado un nuevo sistema, el de la sociedad de control: todos están expuestos, no solo en cuerpo, además en subjetividad. Si se domina lo subjetivo, se puede lograr que todos anden por las calles sin pedir nada más que conectividad a las redes de poder. De ahí el “zombismo” contemporáneo: individuos, como las ovejas, idiotizados por datos banales. Pero este tema es asunto de otro artículo.

En conclusión, Rebelión en la granja no ha envejecido. Sigue provocando. Ah, y los cerdos siguen campantes. Se sabe que los cerdos –puercos, marranos, chanchos… o como se conozca a dichos animales– son impuros, y para la jerga popular, es el símbolo del aprovechador. Entonces, ¿cabe decir el gobierno de los cerdos?

 


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor invitado de la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk), Cartografías de la comunicación (2002) y Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004), Imaginando a Verne (2018), Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019).

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