Arena pisada | Silvia Pérez Loose

Por Silvia Pérez Loose

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

La vida empezó en el mar y seguramente terminará por la destrucción de él. Conchas.

Cuando voy a la playa solo quiero dormir y dormir. No me importa si el día es soleado o nubloso. Pero mis cuñadas me insisten que debo caminar, que eso me hará bien y bla bla. Tienen buena voluntad a pesar del bla, bla, bla.

Con algo de sueño salgo a recorrer el largo sendero de la playa. Suelo caminar unos 45 minutos y dejo mi huella que calza 6, a lo largo de la costa donde quedan mis pequeñas marcas que se confunden a veces con las de alguna gaviota, las que también serán borradas por la espuma de la orilla.

Entro al mar y nado contra corriente lo que más pueda, hasta cansarme. Regreso, ayudada por la corriente. Me encanta el baño de sal, así como disfruto darme luego un manguerazo de agua potable y mojar mi cabello una y otra vez. Luego entro a la piscina de agua con cloro y me remojo por largo rato, escuchando algo de música. Solo me falta darme un baño de agua mineral. Es un juego entre aguas. Todas deliciosas y las aprovecho mientras se pueda.

El mar cada vez arroja a la orilla en menos cantidad sus pequeños tesoros: conchitas, caracoles, michugos, estrellas de mar, nautilos, corales. Como si estuviese resentido y guardarse para él, lo poco marino que le queda. Incluso ya nunca veo saltar las lisas como las veía todo el tiempo cuando era niña.

Cuando encuentro una que otra concha, durante mis 45 minutos de caminata, las recojo, las lavo, las guardo cuidadosamente: son muy frágiles y las quiero conservar intactas. Amo estos caparazones de cal, son una de las tantas maravillas del océano. Qué niño no paseó con un balde plástico recogiéndolas, aunque estén rotas o malogradas. Eran las sencillas joyitas de la niñez durante las vacaciones de temporada.

Pronto terminaba ese tiempo idílico, nos olvidábamos de todo aquello y las próximas vacaciones ya éramos mayores como para recoger conchas. Nos interesaba ir al club y coquetear con alguien durante el día para que, en la noche, nos sacaran a bailar. Era todo un operativo para asegurar no ser ignoradas en la fiesta. Las conchas permanecían en la playa, día y noche, rotas o completas, tranquilas.

Volviendo a mis huellas. Me divierte sellarlas en la arena húmeda y me gusta ver cómo el agua las borra. Cada día las olas moribundas dibujan en el filo marino un diseño diferente. Cada mañana queda escrita una historia entre arena, sal y espuma. Y descifrar el mensaje es imposible. Pero no importa ese gigante pliego que es el mar; lo dice todo a su manera.

En unos pocos días volveré a la playa. Caminaré por el largo sendero al pie de la orilla. Pisaré fuerte, dejaré marcas profundas, de tal modo que le cueste al mar borrarlas. Mis pequeños pies bastan para diseñar un sendero sin destino.

Este fin de semana no haré mis largas siestas. Mis cuñadas no me criticarán. Quiero ver qué encuentro antes de que todo termine (dándole crédito al documental de Al Gore).

Una ola, un tsunami, una enfermedad, la vejez de gente que nos amó, y que ya no nos reconoce. Quiero seguir pisando esa arena, aunque sé que desapareará el rastro. Es bueno saber que siempre encontraré una larga senda bañada por las olitas que se desvanecen al besar la orilla y mi rastro quedará estampado

Espero que los tesoros marinos sean devueltos a su casa antes de que la vejez y la enfermedad me alcancen. Ya tendré mucho tiempo para dormir.

 

 


Silvia Pérez Loose (1965) Guayaquil. Estudió Literatura y Filosofía en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Participé en varios talleres Literarios organizados por la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas. Ha publicado dos libros de cuentos Una cortísima situación (1998) y Aguajes y sequías (2016). Profesora de Literatura, Filosofía e Historia del arte.

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/agua-al-aire-libre-arena-cascara-591649/

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