¿Y el agua? | Leandro Patiño Galárraga

Por Leandro Patiño Galárraga | @lexapaga

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Aquel miércoles 6 de diciembre, llegué de una larga caminata por un cerro cercano a Quito. Así aprovecharía el feriado disfrutando mi misantropía. Cuando llegué a las 18:20 a casa, tomé una ducha reparadora de 30 minutos. Apenas salí, leí un par de páginas del libro: Historia general de las drogas, tomé apuntes y escribí una pequeña reflexión. Me acosté a dormir sin prestar atención a nada más.

La mañana siguiente desperté a mi habitual rutina: bañarme, pero no hubo agua. Ya que no se pudo, continué con lo planificado, no sin antes respirar profundamente y hacer el esfuerzo para no blasfemar contra ninguna institución o funcionario del ayuntamiento. Continué, sin poder lavarme la cara. Salí a comprar en la tienda del sector, donde abren desde la 5:00 y noté que la gente estaba algo inquieta. Se desesperaba por comprar botellones. Pronto la curiosidad me invadió. La señora que allí atendía les decía que se terminaron la noche anterior y que solo le quedaban para su uso. Noté que la misma respuesta obtenían en las tiendas y almacenes del sector.

Entendí que algo pasaba con el suministro de agua de Quito, pero a pesar de mi curiosidad no quise hablarle a nadie, solo pedí las manzanas, la avena, los huevos. Pagué el habitual $1.95 y me fui. Al llegar a casa, la mujer con la que vivía ya había despertado y trataba de hablarme, pero tampoco me apetecía prestarle atención —sé que me quería contar lo que había pasado con el agua, no presté atención; me serví la avena, comí una manzana y me fui.

Aún no había superado mis ganas de no hablar con nadie; solo tomé la moto porque aquel día tenía pico y placa y me fui. ¡Qué bien que se siente estar con uno mismo sobre una moto!

Cuando llegué a la oficina todo el mundo no dejaba de hablar de lo mismo, del sojuzgamiento a la empresa de agua, que si es culpa del alcalde, que si es negligencia de tal o cual pendejo… Sentía que ya no soportaría más, pero entonces escuché de uno de mis cretinos compañeros que se habían suspendido las clases en toda la ciudad. ¡No pudo haber mejor noticia para mi! Ya que me desempeñaba como psicólogo adjunto para esa consultora y estábamos terminando un proyecto para la ACNUR que en aquel momento se debía socializar a los estudiantes de varios colegios que iban a ser intervenidos. La alegría me duró poco porque nos pidieron que adelantemos trabajo de oficina tabulando las encuestas realizadas.

Durante todo el día no saludé con nadie, no miré a nadie y solo me senté en la oficina a esperar que no me noten… hubiera funcionado si en ese momento no me hubiese dado por ir al mingitorio… ¡Cielos! Aún lo nauseabundo del olor que de ese baño emanaba me hace querer vomitar sobre estas letras.

¡Estallé! Grité. Les dije que eran unos animales, que solo sirven para rebuznar y retozar. Dicho eso me largué, ese fue mi último día allí. No regresé jamás, no contesté sus llamadas ni respondí sus correos. Esos cerdos, ¡no merecían mi atención!

Regresé a casa, afortunadamente no estaba María. Eran las 14:00 y fui a un restaurant del sector, toda la gente que me rodeaba no dejaba de hablar de lo mismo. Aún quería ir al baño, pero supuse que habría un desenlace igual de nefasto como el de la oficina. A fin de cuentas, la comida aquí es buena y la chica que pasa la comida es demasiado bonita como para ser vetado del lugar. Me contuve, respiré, sonreí a la chica y cuando salí manejé la moto hasta un parque cercano. En el primer árbol que encontré, practiqué mi puntería.

Tras haber escuchado a tantas personas sobre el problema que representaba el agua y oír que muchos decían que se irían de la ciudad, que saldrían a la playa, a sus provincias, etc., me hizo considerar que quizá sí era importante el problema, pero pese a todo me mantuve tranquilo. Sabía que había un lugar en Quito el cual no perdería el flujo de agua ya que su fuente proviene de otro caudal. Pensé entonces en el barrio de mi infancia, la Mena 2. Este barrio depende de una provisión distinta; lo sabía porque yo mismo me encargué a los nueve años de seguir la tubería que desembocaba en los tanques del sector y que se extendía por al menos unos diez kilómetros montaña arriba y empezaba en una pequeña cascada a un costado del Ungüi. Recuerdo que dicha travesía no fue fácil, pero la idea de conocer el origen del agua la volvía fantástica y en retrospectiva, ¡épica!

Cuando llegué a casa, María, la mujer que se quedaba en mi departamento y que dormía en mi cama hace un mes, quiso hablar conmigo y me pidió que consiga agua para organizar el aseo y la cocina. Dijo algo sobre unos tanqueros y unos horarios, pero a la primera oración volví a salir de casa y me marché. Le di una hora y regresé. Entendió que no quería hablar, así que esta vez afortunadamente solo se acostó a mi lado, hizo el amor conmigo y se durmió. ¡Rayos! —Sin poder bañarme después del coito… fue una tortura para mí, de hecho, ni siquiera pude conciliar el sueño imaginando cómo las bacterias se reproducían en mis genitales.

Apenas lo consideré prudente. 5:00 am, me levanté. Tomé todo traste que pudiera servir para contener y trasladar agua, lo metí en la cajuela del carro y en los asientos traseros, sin vacilar, salí decidido a conseguir agua. Dos cuadras más allá detuve el vehículo, ¿a dónde iría? —Si iba al barrio, una de mis obligaciones hubiera sido ir a pedir agua a un familiar o un amigo, y eso hubiera implicado saludar uno a uno a los muchachos, quienes a pesar de sus adicciones y complejos seguía estimando porque pese a todo nos criamos juntos… ya había evitado ir siete años por el sector, y, si iba sentía como un compromiso pasar saludando a la familia que aún vivía en el barrio, además la hora no era la más indicada.

Prontamente abandoné la idea de ir allá, así que mis opciones eran muy pocas: ir a Machachi, a Sangolquí o largarme de esa ciudad a la que odiaba de una vez por todas… Pero necesitaba una ducha y era urgente. Ahora que lo pienso debía marchar sin rumbo, nada era importante en ese momento, quizá no lo hice porque sentía que María necesitaba esa agua más que yo. Aunque para ser francos siempre fui un cobarde y se puede encontrar excusas para todo sin hurgar muy hondo.

A partir de ahí, cada vez que lo pienso, tengo más argumentos para creer en la existencia del destino. Sin saber ¿qué hacer? fui al mercado de Solanda en busca de un desayuno y un batido completo con tantos ingredientes que no se pueden diferenciar en el cóctel de sabores que uno experimenta.

Siempre iba al mismo local y procuraba sentarme en la misma mesa, que da a la ventana, al llegar ahí y tomar asiento, no tuve que saludar a nadie: Las personas que atienden este local se han acostumbrado a mi presencia y a mi rutina. Me preguntaron si me iba a servir lo de siempre y asentí. Seguía en mis cavilaciones cuando pude sentir cómo las palabras de una conversación en la mesa a mi costado taladraban mi cerebro en busca de atención. Eran dos señoras que se referían entre ellas como comadres. Con suspiros, lamentos y ademanes competían entre las dos en contar quién era la más desafortunada: que si las ventas en sus puestos, que si los nietos, que si el alcalde, que si el agua.

De repente escuché de una de ellas: “¡Yo no comadrita, a mi no me preocupa en lo más mínimo!”, le decía muy plácidamente a su compañera de conversación, con aires de victoria. “A pesar de todo, decía, yo vivo frente al parque de la Nueva Aurora y allí tenemos agua para rato”. Le explicaba que en ese lugar encuentran vertiente los ríos subterráneos que nacen del Atacazo. Nada pudo intrigarme más que aquella conversación. Esas palabras hincaron como clavos, hicieron hueco y se incrustaron en mi cabeza, la curiosidad natural me hizo sentir intrigado, por lo que ese momento decidí mi nuevo rumbo.

Apuré el batido con consistencia a mazamorra, dos bocados al pan con queso y ¡adiós! Incluso tuvieron que pedirme ya en la puerta que les pague. Di cinco dólares, no esperé el cambio; me subí al carro y en 20 minutos ya estaba en el dichoso parque.

Debía ser alrededor de las 6:40, el GPS me llevó por la “ruta más rápida”. Sin él no hubiera dado “pie con bola”.

Apenas llegué di una vuelta alrededor… despotriqué contra las calles de un solo sentido, por lo que no pude girar en sentido horario… ¡Bueno! —me dije, lo importante es que al fin había llegado y podría saldar la curiosidad a mis anchas.

Estacioné el carro, tomé mis lentes y salí. Para mí era una aventura similar por descubrir el origen del agua en la Mena 2 cuando tenía nueve años. La curiosidad y la emoción me invadieron, Me detuve frente a él, respiré hondo y empezó mi travesía. Propio de mis manías, decidí por empezar el recorrido esta vez ¡al fin! en sentido horario y siempre el pie derecho como punto de salida. Los adoquines en el suelo no seguían un patrón constante por lo que no pude dar un compás claro a los pasos, solo pude pisar un par de hojas secas que por ahí había.

Paso a paso, comencé el recorrido, habré caminado veinte pasos, cuando de repente ¡pum! algo llamó profundamente mi atención…

Noté a una chica que caminaba en la vereda frente a la que yo me encontraba. Se detuvo en una tienda, saludó con la señora que atendía. Le dijo algo y caminó nuevamente. Cuando llegó a la esquina, se detuvo. Tras cinco segundos de espera llegó un bus blanco. Se presentó cual si fuera un carruaje. Frente a ella abatió sus puertas, extendió unas gradas; ella ingresó con tal delicadeza que parecía que se suspendía sobre ellas.

Se cerraron las puertas y el bus tomó rumbo al Oriente. Me encontraba a unos treinta metros de distancia y cuando el bus estuvo frente a mi, pude ver como desde una ventana un par de ojos verdes que se centraron la mirada en mí. También la miré y el encuentro fue tan profundo que sentí que ya sabía quién era.

Juro haber escuchado su voz diciéndome «¡hola!», aunque estoy seguro de que ella no separó los labios en ningún momento. En cuanto el bus me adelantaba ella hizo un sutil esfuerzo para seguir mirándome, pero el follaje de un árbol cortó la posibilidad. Solo procuro imaginar lo que hizo después de aquella brutal ruptura.

Tres minutos me tomó reincorporarme nuevamente, tras eso, sin compás ni son; tampoco sé si el primer paso fue con el pie derecho, pero llegué al carro. Me senté otros 20 minutos a interiorizar, a asimilar, a entender y a deducir.

Esa mirada tuvo tanto impacto en mi, que fundió mis fibras sensibles, y las convirtió en una amalgama de emociones extrañas. Tras los 20 minutos encendí el carro, tomé rumbo norte, por inercia llegué a la casa. Abrí el portón automático y salió María muy entusiasmada a recibirme. Tenía una gran sonrisa y apenas me bajé de él me dio un fuerte abrazo… la aparté con holgura y ella regresó a ver a los asientos de atrás. Vi como su sonrisa se desvanecía, su rostro iba adquiriendo un nuevo matiz y con una voz llena de decepción, sorpresa y no sé que más, me preguntó, “¿Y el agua?” La miré, no sabía de qué me hablaba. Extrañado iba a preguntarle a ¿qué se refería? Pero lo recordé todo, le hubiera contado lo que pasó, pero no valía la pena dar una explicación; solo me di vuelta y fui al estudio.

Ese fue el último día que vi a María.

 


Leandro Patiño Galárraga (Quito 1989). Autor, profesor y académico. Máster en Lengua y Literatura Española por la Universidad Complutense de Madrid, Licenciado en Lenguaje y Literatura por la Universidad Central del Ecuador. Se autodescribe como: “Un hermeneuta entre las ideas… Un exegeta no canónico, un lector no colegiado, un aprendiz a tiempo completo y un profesor el restante”. Su obra se difunde bajo el acrónimo de @lexapaga

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/agua-mojado-humedo-verde-3410536/

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