Relato de un superviviente | Carlos Enrique Saldívar

Por Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Soy un superviviente.

Me he parapetado solitario en la habitación de pánico de mi casa, la cual fue construida como una pequeña fortaleza. Por eso las explosiones no pudieron destruir mi hogar, por eso los gases venenosos no lograron alcanzarme. Todo fue muy rápido. Las grandes potencias del mundo iniciaron la guerra y aquí, en Perú, decidimos mantener un perfil bajo; craso error, nos bombardearon de todos modos. Nos consideraban una república bananera (lo cual no se alejaba de la realidad) y se convencieron de que estorbábamos en el mundo. Sea cual fuere el motivo, apenas han quedado sobrevivientes en medio de tanto caos universal. Mis comunicaciones y el internet han muerto. Estoy solo, sin familia (nunca me ha agradado la gente) y sin mascotas (nunca me han gustado los animales).

Decido que ya es tiempo de salir, porque he estado meses escondido, y se me acaban las provisiones.

El aire estaba casi limpio, ya no representaba un peligro para mí. Crucé el patio, el umbral de mi residencia y me fui a buscar comestibles en los supermercados abandonados.

No había nadie en las calles, anduve varias horas sin encontrar una sola alma.

Logré mi cometido, hallé alimentos no perecederos y agua para varios meses.

No obstante, no todo fue buena suerte, al pasar por una propiedad noté que en el muro estaba escrito con pintura en espray: «Malditos anormales, fuera de esta Tierra». No sabía a qué se referían con eso. Más allá, en otro amplio muro encontré otro escrito, con pintura roja: «Este planeta es solamente para los normales». ¿Normales? ¿Anormales? Lo curioso es que alguien lo escribió luego de la catástrofe. ¿A qué se referían con ello? ¿Y cómo se habían enterado? Quizá mediante ondas radiales, una forma comunicativa que yo no poseía.

Aún había gente con vida en mi ciudad; todavía estaba habitada, con humanos de seguro parecidos a mí, a salvo en sus hogares, sin salir, a pesar de que ya no había qué temer, la atmósfera lucía límpida, yo podía respirar con normalidad. La brisa de primavera no parecía tener ningún rezago del veneno que trajeron las bombas. Aunque, si era así, ¿por qué no había personas? ¿Por qué las avenidas, parques y plazas estaban tan abandonados?

Cuando se acabaron los comestibles y me quedaba poca agua, volví a hurgar por los alrededores de Lima. No había ya rastros de contaminación y el ambiente no se olía distinto al de antes, cuando en la capital había carros que botaban humo a borbotones lacerando nuestros ojos y fosas nasales. Cabe decir que yo transitaba en un montón de ruinas, era muy difícil encontrar a alguien más con vida, aunque tampoco lo necesitaba. En soledad estaba contento. No había agua potable de los caños, ni electricidad ni nada a lo que el peruano promedio estaba habituado. No había series televisivas ni computadoras para escribir mis relatos de ciencia ficción, los cuales antaño me granjearon cierto prestigio literario, porque la solvencia económica me la daba mi labor de ingeniero industrial.

Empero, no me sentía muy bien.

No disfrutaba de las comidas que me preparaba en casa; tampoco el agua que llevé en bidones durante mis salidas (que se hicieron numerosas) parecía aplacar mi sed. Mi estado era un tanto preocupante. No había un médico cerca para que me pudiera revisar. Comía, bebía, pero me sentía insatisfecho. Quizá la grasa, el sodio o el azúcar habían mermado mi organismo. A lo mejor tenía diabetes. Planeé someterme a una dieta, pero los alimentos envasados eran mi única posibilidad de subsistir, y todos sabemos que no eran los más saludables. En las noches no podía dormir, tenía pesadillas horrendas; «anormales», esa palabra se grabó en mi mente y no se iba.

Comencé a realizar caminatas por la ciudad, a veces muy largas, en busca de algo, no sabía qué. A menudo, forzaba las cerraduras de otras moradas y me quedaba esperando ahí hasta que se hacía de noche y me quedaba a dormir en aquel lugar lejano. Luego retornaba a mi hogar. Sabía que en algún momento hallaría aquello tan importante que estaba buscando, creo que con desesperación.

Una vez escuché maullar un gato, con seguridad de hambre, quizá no tenía más aves ni roedores que cazar. Deduje que, si había un felino cerca, debía haber también ciudadanos.

Un día no pude más. Ya no podía comer nada vegetal u animal. Tampoco conseguí que el agua me saciara. Necesitaba otra cosa.

«Anormal».

¿Me habría afectado el aire de algún modo? ¿Me fui de mi residencia muy pronto? ¡Me arriesgué y ahora estaba pagando el precio! Sin embargo, había gente afuera, que hizo las pintas en las paredes y hablaban de «normales». Esos habitantes no estaban contaminados. Decidí irme de mi vivienda, fui con un par de cuchillos de cocina y con lo que tenía puesto.

Sabía que nada más tenía tres días antes de morir de sed.

Casi desfalleciendo, al tercer día, una joven mujer me tomó del hombro y me ayudó a levantarme, me dijo que era una «normal», se veía bonita con su jean azul y su blusa verde. Mencionó que andaba en grupo, pero se había perdido y que era una suerte que la hubiera encontrado, que me salvaría la vida, que estaba anémico y deshidratado. Me quiso dar de beber de una botella y la rechacé. Ella era lo que yo andaba buscando.

Le atravesé las costillas con mis cuchillos. Esta cayó, y la desnudé.

La corté en pedazos, comenzando por la cabeza.

Allí mismo comí su carne y bebí su sangre.

Al terminar, me sentí revitalizado.

Ahora sé quién soy: «un anormal».

El aire siempre tuvo que ver.

Hay inmunes, como mi víctima, e infectados, como yo.

Ella dijo que eran varios. He de buscarlos. Cazarlos uno a uno.

Mis sentidos se han aguzado con la comilona. Sé dónde ubicarlos.

Tengo que ser hábil, sigiloso.

Solo espero que las presas alcancen, para poder alimentarme un buen tiempo, el cual se avizora incierto pero delicioso.

 


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Director de la revista Argonautas y del fanzine El Horla; miembro del comité editorial del fanzine Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

 


Foto tomada de: https://pixabay.com/es/photos/m%C3%A1scara-post-apocal%C3%ADptico-peligro-2545827/

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