“Rebelión en la granja” de George Orwell | Fabricio Guerra

Por Fabricio Guerra

 

Harto de la mezquindad humana, un cerdo viejo con aires de sabio concibe la idea de que, para emanciparse, los animales de la Granja Solariega deben expulsar a los hombres, causantes directos de la penuria animal y del resto de males del mundo. Solo entonces se impondrá una vida comunitaria sin desigualdades, jerarquías ni privilegios. Redención absoluta, final feliz.

Muerto el anciano cerdo, otros cochinos más jóvenes se encargan de rescatar la iniciativa y de llevarla a la práctica, ideologizándolo todo y dando paso a manifiestos, decálogos, loas y similares cachivaches. Surge así la Doctrina Animalista sustentada en el principio de que “todos los animales son iguales”. Y ¡ay de quien se oponga a tan luminosa verdad!

Se concreta a continuación la revuelta y el dueño de la granja es sacado a patadas, por lo que ya no hay obstáculos para establecer el paraíso terrenal. De nuevo los cerdos, por su inteligencia y liderazgo, se ponen a la cabeza del proyecto socialista. Dos de ellos conforman la vanguardia revolucionaria controlando el trabajo, la producción y el reparto de la comida. Al principio las cosas parecen marchar bien, los animales laboran con renovado entusiasmo pues saben que en adelante las cosechas y las ganancias irán en beneficio de todos sin distinción. En realidad, conmovedor.

Pero claro, el dúo de marras no tarda en acoger privilegios supuestamente prohibidos. Se mudan a la casa hacienda, se reservan la mejor comida y hasta se embriagan cada tanto. Tampoco demoran demasiado en reñir entre ellos por el manejo de la granja, a la vez que establecen turbios negocios con hombres de propiedades vecinas de quienes siempre habían renegado. Para obtener réditos económicos y a nombre del bien común, los dirigentes exigen que sus camaradas trabajen hasta la extenuación. Al final, los animales deben admitir con amargura que tanta alharaca significó apenas un cambio de amo, y que el nuevo orden se ha transformado en algo aún peor que el viejo.

Rebelión en la granja (Random House Mondadori, 2013) es una potente sátira del bolchevismo y su consecuencia natural, el estalinismo, que asoló a la Rusia soviética durante buena parte del siglo anterior. El delirante modelo comunista inspirado en el ideal de la justicia social terminó mutando en totalitarismo genocida al quedar en manos de un burdo y oscuro georgiano que, a falta de cualquier otro mérito, optó por gobernar a través de las purgas y el Gulag.

Orwell no escribe de memoria ni movido por aversiones gratuitas, pues él mismo experimentó el sectarismo, la torpeza y la traición de la maquinaria política estaliniana durante la guerra civil española. El autor presenció en Cataluña la persecución a las milicias trotskistas y anarquistas por parte de sus mismos coidearios del bando republicano a instancias de los estrategas soviéticos. La razón: no someterse a los cálculos militares y tácticos dictados desde Moscú. Franco y los suyos agradecidos.

La lectura de Rebelión en la Granja antes de incomodar al hombre de izquierdas —el propio Orwell lo era— debería advertirlo sobre los riesgos que implica creer en las profecías de los demagogos rojos que promueven premisas maximalistas. Pero más allá de la mordaz crítica al sovietismo, la presente obra bien puede ser leída y comprendida como un profundo cuestionamiento a los modelos totalizantes de uno u otro color, lo que refuerza su actualidad y su vigencia.

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