La plaga | Carlos Coello García

Por Carlos Coello García

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

En 1950 Aguasazules se la conocía como el paraíso en la tierra, con playas de aguas cristalinas y atractiva a los extranjeros que la visitaban.

Las personas no morían de hambre, solo iban a la orilla del mar a pescar con redes para luego compartir los alimentos entre los suyos. También solían asistir a las ferias los días sábados en la plaza del barrio Los Peces. Cerca de ahí existía un viejo muelle donde los barcos de calado quedaban fuera de la costa, y toda la carga que iba al extranjero se embarcaba por esa playa.

La única iglesia estaba en el centro de la ciudad y se llamaba “Nuestra madre de Jesús”, donde acudían hasta los feligreses de las zonas rurales.

Al transcurrir los años esta urbe fue creciendo. Con el crecimiento se fueron asentando fábricas cerca de los barrios Los Peces, Playita y La Teresita, y con ello empezaron las descargas de aguas industriales, basura marina y desechos tóxicos en las playas.

En el barrio Girasoles el río de aguas servidas desembocaba al mar, y entre la maleza y el monte una clase de roedores jamás vistos empezaron a alimentarse de los desperdicios y animales muertos arrojados por los moradores. Estos múridos se reproducían de manera prolífera, tenían la cola gruesa y larga, su pelaje basto y rígido era de color gris, orejas tiesas, dedos con garras negras y filosas desgarraban cualquier animal que se les atravesara en el camino; dominaban a la perfección los sentidos del tacto, oído y el olfato.

Una madrugada nadaron desde aquel río hasta llegar a la playa, para después correr en manadas hacia una laguna de aguas rojas, viscosas y putrefactas ubicada en el barrio Los Peces, cerca de una de las fábricas que existían en ese lugar. Al llegar, estas extrañas criaturas encontraron un festín: tripas, huesos y cabezas de pescados flotando, comieron hasta saciarse, pero algo extraño empezó a suceder dentro de sus cuerpos y lo único que hicieron es correr despavoridas.

 

*

Uno de los muelles pesqueros que anteriormente tenía la ciudad ahora se había convertido en un cementerio de barcos y basura, una poza en la que los drogadictos habitaban entre las rocas, con un ambiente desagradable, de olores fétidos.

José Mero y Marcos Quijije eran dos jóvenes adictos que por las noches cuidaban carros en la gasolinera cercana, ahí mismo había un restaurante de comida rápida, otros en cambio solían pedir plata para satisfacer su adicción.

Eran aproximadamente las cuatro de la mañana y toda esta gente no dejaba de drogarse… Vendedores de barrios cercanos iban a comprar la droga porque les salía más barato y podían revenderlas a su antojo. De repente, Marcos vio una rara especie de ratas que circulaban en la arena húmeda. Por un instante pensó que estaba alucinando.

—José, mira esas ratas, son diferentes a las normales, o es que este polvo es una mierda —dijo Marcos.

—Hay bastantes dirigiéndose a nosotros —respondió José, asustado.

Todos ya se habían percatado de lo que sucedía, pero nadie le daba importancia, hasta que una de ellas mordió a José en una de sus piernas, y otra brincó mordiendo el brazo izquierdo de Marcos. Ambos se las quitaron de sus cuerpos y salieron corriendo, no obstante, al pasar diez segundos se desmayaron. Los otros drogadictos las mataban con cuchillos cuando trataban de acercarse a ellos, aunque algunos también eran mordidos y caían desmayados, luego empezaban a sentir extraños síntomas, como vómitos, fiebres altas, mareos. Sus manos sudaban frío, los colores de sus ojos eran amarillentos.

A una cierta distancia, en la misma poza, vivía Belmont Ferrec, un francés de sesenta años que migró de su país a esta tierra; le gustaba viajar en bicicleta por todas las ciudades, pero al llegar a estos sitios se la robaron, su única compañía eran libros viejos que no se cansaba de releer y figuras de tagua que solía hacer.

Cuando los gritos lo despertaron no sabía lo que pasaba, era extraño, pero al instante, y al ver a esas cosas desagradables, salió corriendo.

Belmont estaba confundido, mientras corría miraba a las personas que ya habían sido mordidas, tenían actitudes raras y rostros pálidos, labios partidos y piel seca.

—Qué demonios está ocurriendo aquí. ¡Dios Santo! Esas ratas son anormales y persiguen a los humanos —hablaba para sí.

Al llegar a la gasolinera vio como dos trabajadores y el guardia ingresaban corriendo al restaurante de comida rápida, cerrando la puerta de vidrio sin permitir que los roedores entrasen.

“Esto está peor, por lo que debo de huir antes que esas cosas me muerdan y avisarles a los marinos que están cerca de aquí”, pensó Ferrec.

Belmont se sentía cansado por tanto correr, a pesar de eso llegó hasta la capitanía de la ciudad, se acercó a la puerta metálica azul de chapa de hierro con dos hojas, golpeando fuerte y gritando.

—¡Auxilio! ¡Despierten! ¡Qué alguien me escuche! —eran las palabras desesperadas de Ferrec.

Carlos Ponce, marino de veintiocho años, hacía guardia todas las noches con su compañero Daniel Loor, de veinticinco años. Al escuchar los gritos, sacaron sus armas y abrieron la puerta.

—Qué te pasa, por qué golpeas así, ¿acaso te robaron? —dijo un poco eufórico Carlos.

—Amigo tienes que avisar rápido a tus superiores, a la policía, a la cruz roja… porque unas ratas horripilantes diferentes a las comunes han invadido la poza y la gasolinera, han mordido a muchos y creo que es grave.

Ferrec vestía como un pordiosero y hablaba muy agitado y paranoico. Los marinos se burlaron pensando que deliraba a causa de las drogas o de locura.

—Cálmate hombre, te notas muy desesperado, ¿has fumado mucho? —dijo Daniel, con un tono burlesco.

—Están equivocados, qué se creen, porque tienen un uniforme les da el derecho de abusar de nosotros. Respeten, sino los denuncio —fueron las palabras energéticas del extranjero.

—Tranquilízate y espero sea cierto lo que dices, sino te deportamos a tu país —Carlos le advirtió.

—Verás que no estoy mintiendo, pero yo de ti aviso de una sin esperar tanto. No creo que estén muy lejos de aquí —advirtió Belmont.

Carlos y el extranjero caminaron por la vereda examinando todo con detenimiento, pero al pasar varios minutos se dieron cuenta a una corta distancia que aquellos roedores invadían las calles del malecón. Ponce, les tenía fobia a las ratas y se quedó paralizado viendo por vez primera una especie tan horrible y peor que las normales.

—¡Hombre, qué esperas ¡corre! No te quedes ahí —le dijo Ferrec, que no esperó más y salió corriendo.

Estos repugnantes mamíferos en cantidades mordieron a Ponce en el cuello, las manos, las piernas, y por último se comieron sus ojos. Carlos aún no moría, aunque estaba ciego y ensangrentado, trataba de pararse y sacarse a estos pequeños monstruos, pero pronto perdió toda su fuerza y cayó en plena calle donde un camión de carga le aplastó la cabeza con una de sus llantas delanteras. Hugo Muentes quien manejaba tuvo que bajarse rápido y al darse cuenta de que mató a un marino quiso escapar sin percatarse que las amorfas ratas brincaban encima de su cuerpo.

Belmont corría asustado, su corazón le hincaba por momentos, como si una daga se lo estuviera destrozando lentamente. Llegando, Daniel se dio cuenta que Carlos no estaba con Ferrec.

—Viejo dónde está mi compañero, qué le hiciste.

—¡Imbécil! No te das cuenta lo que me viene persiguiendo.

Después de hablar el extranjero, Loor se sorprendió por lo que veía, sin perder tiempo entraron y cerraron la puerta metálica estilo garaje de la parte trasera de la capitanía.

—¡Estamos jodidos! —gritó Ferrec.

Los roedores se subían por las paredes y estando en el patio saltaron sobre Daniel y el extranjero mordiéndolos en el cuello, hombros, piernas. No sabían cómo defenderse, así que el marino desesperado agarró su arma, disparando sobre ellos… pero eran muchos y de tantas mordidas ambos perdieron el conocimiento, víctimas de los devoradores que arrancaban la carne con sus dientes.

 

*

Glen Quijije era un veterano que desde muy joven había sido pescador, nació y se crio en la playa del barrio Los Peces. Vivía cerca del mercado y esa madrugada escuchaba muchos gritos.

—Vieja voy a ver lo que ocurre afuera —fueron sus palabras.

Cuando Quijije salió vio el horror. Sus vecinos gritaban y corrían ensangrentados con mordeduras en la piel, vomitaban sangre, sus rostros eran blancos y ojos amarillentos.

—¿Qué demonios pasa? —se preguntaba Glen, cuando de repente vio la cantidad de roedores saliendo de las casas y corriendo por la calle principal del barrio. Su mirada era aterradora y llena de pánico. —Quijije, huye con tu familia antes que sea demasiado tarde, la mía está muerta. Logré escuchar en la radio que una plaga de animales parecidas a las ratas desató el caos en la poza y alrededores.

El amigo de la infancia de Glen fue mordido solo en el cuello, por lo que tuvo el valor de escapar y contarle a su amigo lo que pasaba.

El veterano entró a su casa llamando a su mujer e hija para escapar; cuando llegó a su cuarto las encontró tiradas en la cama, sucumbidas ante pequeños y filosos colmillos que desgarraban sus carnes. Quijije gritó, dejando que su impotencia lo hiciera cometer un grave error, tratar de desprenderlas con sus manos de los cuerpos de su familia, no demoró en ser mordido en la nuca y después manos, piernas y torso, muriendo al instante por la magnitud de los ataques.

Aquel barrio pacífico ahora era un lugar de pesadillas, muchas personas corrían para evitar ser mordidas, pero todas sucumbían ante mordidas.

La plaga se extendió también por los barrios Playita y La Teresita, reinando el caos y el desorden, los carros se chocaban y atropellaban a los contagiados. Las ambulancias, hospitales y clínicas particulares colapsaban.

La noticia se hizo viral en redes sociales con la cantidad de videos y fotos que las personas enviaban en vivo. Todos culpaban a la contaminación de años que la ciudad afrontaba y que ningún gobierno municipal había solucionado. Aguasazules en ese momento fue declarada en estado de emergencia.

 

*

Jorge Villacreses, antes de irse al gimnasio se percató que en la cocina de su casa estaban aquellos mutantes destruyendo lo que encontraban; fue en busca de su escopeta Kemen, modelo T-4 que había traído de los Estados Unidos. Luego abrió el cajón de su pequeño velador junto a su cama, agarró las municiones, sacó el seguro de la escopeta, la cargó y apuntando hacia el blanco disparó a su objetivo, una por una les destrozaba la cabeza. Lisbeth, su hermana, se despertó asustada cuando escuchó los disparos.

—Jorge ¿qué está ocurriendo? ¡Por Dios! Esas asquerosas ratas son horribles y más grandes que las normales, cómo se metieron, mira, hasta por el baño de la sala se están saliendo —fueron sus palabras.

—No sé qué demonios está sucediendo, lo único que debemos de hacer por ahora es salir de aquí —dijo Jorge.

—Pero mi madre no ha salido de su cuarto ¡Dios mío! cuidado le pasó algo —habló Lisbeth.

—Vamos a verla y larguémonos de aquí.

Los hermanos se dirigieron al cuarto de su madre y se encontraron con un espectáculo macabro: las sábanas blancas empapadas de sangre y su cuello desgarrado por múltiples mordidas.

La joven gritaba ante la escena, a tal punto de desmayarse y ser víctima de las ratas. Por su lado, Jorge usó las últimas municiones que tenía.

—¡Malditos! Los mataré a todos —gritaba lleno de furia, sin embargo, al quedarse sin cartuchos fue atacado por dichos roedores matándolo al instante.

 

*

Transcurrían las horas y la plaga aumentaba. Muchas personas lograban escapar en sus carros sin importarles su alrededor. Otros en cambio saqueaban los almacenes y supermercados, a pesar de que muchos eran infectados.

Aguasazules entró en desgracia. Su alcalde se sentía impotente y desesperado. Huyó junto a su familia en helicóptero a Santa Agustina, donde aprovechó para reunirse con el presidente y pactar la cantidad de dinero que recibiría de “ayuda”, mientras la ciudad era una locura.

Nadie entraba, nadie salía. Militares y policías usaban uniformes especiales y tenían orden de dispararle a los contagiados, cuyos cuerpos eran quemados. Mientras, los venenos que usaban en contra de la plaga eran en vano, porque habían desarrollado inmunidad.

Suiza, que gracias a su científico Liam Ritz descubrió la “cura” cuando se desató el tercer brote de la peste negra que inició en China desde 1908, prestó su ayuda ante la catástrofe. Un grupo de especialistas y exterminadores viajaron a la ciudad para colaborar. Exterminaron todo roedor a su paso y a cuanta cría encontraron en el río de aguas servidas del barrio Girasoles.

A pesar de que la plaga fue eliminada, los muertos, el caos y la desesperanza asolaron a Aguasazules. Una sombra melancólica que acompañaba a los sobrevivientes, que se iba colando lenta y desesperadamente por las calles y dentro de las casas. Una estampa de lamento de la que demorarían años en alejarse.

 


Carlos Coello García (Manta, 1983). Abogado. Poemas y relatos suyos se han publicado en medios impresos y digitales. Autor de los poemarios La inspiración de un fantasma (2002), La creación perfecta (Mar Abierto, 2009) y El origen del mal y otros poemas (Tinta Ácida, 2017). Autor de la novela Leyendas de un fauno (Tinta Ácida, 2018), primer libro de una trilogía de corte fantástico. Página web del autor: http://autorcoello.blogspot.com/

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/actitud-adulto-deposito-de-chatarra-hombre-1987140/

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