La mascota | Silvia Pérez Loose

Por Silvia Pérez Loose

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Nunca quise tener mascotas en casa. Ni perros, gatos, loros, pericos, hámster, mejor dicho, ninguna especie del Reino animal.

Solo de pensar que hay que entrenarlos para que hagan sus heces en un lugar especial, y esto si es que aprenden, limpiar el pipi, llevarlos al veterinario, vacunarlos, gastar en su comida especial, limpiarle los dientes, limpiarles la baba, aspirar los pelos, impedir que rasguen los muebles, las puertas y así podría continuar la lista.

No es que me disgusten del todo estos seres, al contrario, me divierte ver cómo los pasean por la ciudadela, pero aliviada de que no sean míos, ya tengo suficiente con hacerme cargo de mis hijos, los cuales siempre me insistían tener un animalito en casa comprometiéndose a que ellos se harían cargo de sus cuidados. Me ofrecían sacar buenas notas y propuestas similares, pero ya se sabe en que acaban esas promesas. Promesas temporales. Sabiduría de madre.

Me siento un espíritu libre pero atada a una casa llena de trabajos domésticos, donde no hay cabida para mascotas. Sueno cuando pueda disfrutar de ese espíritu libre que vive en mí, un poco reprimido por ahora, pero ahí está.

Las vacaciones escolares se acercaban y como otros años mi segundo hijo, Efraín, estaba muy entusiasmado en regresar al campamento donde paso el invierno anterior.

Un poco antes de terminar las clases, Efraín acompañó por un fin de semana a su padre a la península, donde tenía que hacer unas diligencias.

El domingo en la tarde que regresaron, trajeron algo insólito. Una caja grande hecha de tablas, llena de arena. Esa sería la casa de un cangrejo, una mascota que Efraín y su padre consideraron que yo no rechazaría. Según su razonamiento, que trabajo podría dar un cangrejo. Me preguntaba cómo se alimentan, cómo se asean, cómo se sabe si es hembra o macho.

Efraín ya debía irse a su campamento así que no me quedo otra que hacerme cargo de la peculiar mascota de mi hijo. Me dejo recomendado que le eche agua a la arena de vez en cuando, a ver si sentía un poco en su hábitat. En mi interior lo dudaba mucho pero no quería ser aguafiestas con el chico.

El nombre que escogió para el cangrejo era Chema Salcedo. Cuando le pregunté de dónde salió ese nombre, con apellido y todo, me dijo que así se llama un comentarista deportivo de quien él era fanático y razonó que Chema es un nombre que serviría para macho o hembra. Y como nadie sabe qué mismo sexo es el cangrejo, ese nombre unisex sería conveniente.

Y ahora qué se supone que tendría que hacer con este cangrejo. Cómo suelen vivir estos crustáceos, se pasaba haciendo huecos en la arena escondiéndose en ellos la mayor parte del tiempo. No tenía idea de qué se alimentaba, ni dónde ni cómo haría sus necesidades.

Estaba segura de que Chema no sobreviviría mucho tiempo. Era muy posible que cuando Efraín regresara del campamento ya el cangrejito seria un caparazón sin vida, pero claro eso no se lo iba a decir, él estaba muy entusiasmado con su macota.

De vez en cuando me ponía a observarlo dentro de su playa artificial. Su tamaño era mediano y tenía un bonito color naranja con diminutas pintas negras. Me daba gracia cómo se metía en su hueco cada vez que sentía que alguien se acercaba. Cuando no se daba cuenta que lo miraban, caminaba hacia atrás o de lado, como si al caminar para delante no encontraría nada llamativo. Parecería que no le interesaba ni pretendía llegar a ningún lado en especial. Entre su peculiar ruta de caminar y su escondite, parecía satisfecho.

Tuve que aceptar que, para mi gusto, esta mascota sí era tolerable. Poco a poco me fui acostumbrando a la presencia silente de Chema Salcedo. De cuando en cuando mis otros hijos trataban de jugar con él (o ella). Estaban empeñados en entrenarlo para que camine hacia adelante, pero ni su naturaleza ni su voluntad estaban interesados en tomar esa dirección. Pronto se aburrían y Chema volvía a su guarida.

De vez en cuando empezaba a divagar como sería ser un cangrejo o cangreja. Esconderme de todos, caminar de esa forma particular, con seis frágiles patitas. No estar obligada a avanzar para adelante y adelante y dale y dale y no por eso ser considerada una perdedora, una errática o extravagante. Disfrutar de una acogedora casita arenosa. Sin importar la inflación, hacer loncheras, ir al dentista, cambiar el aceite del auto, comprar regalos navideños y etc. etc.

Ya habían pasado tres semanas y Efraín regresó. Para mi sorpresa Chema Salcedo aún estaba con vida. Luego de los besos, abrazos y mandarlo a que tome un prolijo baño pensé que lo primero que haría era preguntar por su mascota e irla buscar, pero para mi sorpresa se mostró un tanto indiferente. Yo me quedé algo desconcertada. Mi marido dijo que era normal, que así son los chicos, se entusiasman y luego se distraen en otras cosas. No fallo mi sabiduría de madre: promesas temporales.

Chema, no vivirás mucho tiempo. Tu espíritu libre lo experimentaste caminando para atrás, para la derecha o izquierda.

Yo espero que mi espíritu libre me dé tiempo de vivir en el refugio que en algún momento yo misma construya, donde me esconda, salga, camine y me vuelva a esconder.

 


Silvia Pérez Loose (1965) Guayaquil. Estudió Literatura y Filosofía en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Participé en varios talleres Literarios organizados por la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas. Ha publicado dos libros de cuentos Una cortísima situación (1998) y Aguajes y sequias (2016). Profesora de Literatura, Filosofía e Historia del arte.

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/animal-cangrejo-cangrejo-ermitano-primer-plano-105944/

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