El ocaso de un tango | Juma Paredes

Juma Paredes

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Estoy aquí, de vuelta en casa. Abuela está conmigo en el pasaje de Magdalena a mis cinco, tal vez diez. La sala enorme cobija mis juegos de niño, de hijo único. Invento diálogos con amigos imaginarios y muñecos rotos distribuidos sobre un sillón tan viejo que al golpearlo arroja un polvo espectral. Madre aprovecha para dar forma a una de mis tantas alergias urgidas de su protección. Polvo eructado del sillón antiguo de una casa antigua en el pasaje que me rehúso a abandonar. Abuela está conmigo, la he vuelto a encontrar.

Sentado acerco mi rostro al suelo, con Han Solo en la izquierda y su nave en la derecha milenaria. Abuela limpia sus manos en el mandil de flores bordadas. Canturrea un tango de Gardel, Caminito que el tiempo ha olvidado, mientras da vueltas al cucharón inmerso en los tallarines verdes entre hornillas y concolón, que juntos un día, volteando de improviso a ver qué hago, nos viste pasar, pendiente de mí. Cocina. El cucharón, he venido por última vez, elevado hasta su boca para probar la sazón antes de detener un instante su cantar. Suelta una carcajada por algún recuerdo de su infancia en Mollendo.

Estiro mi brazo, la tela del terno oscuro me incomoda, me pica. Casi puedo tocar sus cabellos, repetir sus historias de memoria. Cuando se cagó en la jarra de chicha de su vecina, y la vecina al marido: «¡pero si es mierda, Santiago!», y Abuela lo repite sin dejar de reír, «si es mierda». Cuando descubrió el lunar verde en el lugar secreto de su amigo mientras lo bañaban en el jardín y ella espiaba desde el techo asombrada, «mi amigo el culo verde», y vuelve a reír, «culo verde». O aquella vez que su hijo se orinó en la sopa de los invitados y arrojó después las sillas matrimoniales de mimbre al mar embravecido, embutido en un terno blanco, cual oruga a punto de huir de la pupa, y con zapatos de charol.

Así una tarde más de sus veranos al lado del mar de Mollendo, cuyas aguas pronto recibirán el polvo de una vida que esta vez no eructó el sillón y todavía atesoro entre mis brazos, bajo el techo manchado de humedad de esta casa antigua. Y retoma, he venido a contarte mi mal, mientras mueve en círculos su mano sobre la olla, prueba, se quema y suelta un carajo. Yo la miro y soy chiquito. Ella me abraza, me carga en su cadera, me cuenta mil historias más. El hígado navega hacia el puerto, cierro la boca, niego, de un salto me libero. Corro. Me persigue. Camino hacia la mampara, la corbata negra me asfixia, la desato, miro hacia abajo y ahí estoy otra vez, casi puedo tocar mis cabellos. Me está persiguiendo, «¡por la grande cabra te vas a tropezar!». Abro la mampara y corro al jardín con ella intentando chaparme con un brazo estirado y luego estira el otro soltando carcajadas y no puede porque soy muy muy rápido y el jardín muy muy grande y ella insiste hasta que lo logra, hasta que me alcanza. Me abraza. Huele a geranios, a tallarines verdes. El día gris se vuelve soleado y casi enceguece mi recuerdo con el hígado volando desde las manos de Abuela para obligarme a comerlo entre palabrotas divertidas. Madre trabaja, no la veo en esa mañana durante mi huida frustrada, pero vuelve como siempre antes de las seis para colocar sus besos en mi frente.

De pie frente al día esquivo, casi fallecido, escucho la puerta. Entra mi madre algo encorvada, taconeando pasitos cansinos, otrora diligentes; nos saludamos en silencio, con las cejas. Vuelca su vacío sobre mi hombro. «Todavía la escucho», le digo, «todavía escucho esa melodía de Gardel». Madre me mira, suspira, amaga una sonrisa en su rostro sereno. Pregunta cómo me siento, no sé si alguien se lo preguntó alguna vez. Callo, no respondo. Me estoy alejando hacia el presente y no quiero. El jardín no es tan grande, nunca fui tan rápido. Cierro los ojos. El sonido me atrapa en los veranos de mi casa en Magdalena rodeada de caminitos. Me doy cuenta de que extraño a mi abuela, desde que se fue, siento de improviso que ya no está, triste vivo yo. Y de pronto me persigue otra vez con el hígado en el jardín tibio de un día soleado, caminito amigo, ahora mismo en mi adultez, yo también me voy.

Me quito el saco, desabotono las mangas de mi camisa, las remango. Los arreglos floreados cubren la entrada de esta casa antigua, de esta casa mía. Sentado parto los lentes oscuros con las manos, los estrello contra el piso. Cubro mi rostro. Entre mis dedos veo a mi abuela detenida frente a la olla. Voltea. Sus lágrimas caen despacio por un rostro blanquecino de arrugas incontables, desde que se fue, y sombras de mi madre, nunca más volvió. Han Solo en mi izquierda vuela en su nave milenaria. «¿Por qué lloras, abu?», seguiré sus pasos. Esa voz aguda, agardelada, junto a sus carcajadas, su mal genio, su infinito amor cuando me quiso, siguen en el pasaje aquel a mis cinco, acaso diez. «Eres como mi hijo», me dice, «es como si fueras mi propio hijo», me acompaña hasta hoy, caminito adiós.

 


Juma Paredes nació en Lima en 1977. Estudió Ingeniería de Sistemas y ejerció la carrera por quince años antes de dedicarse a la docencia y la literatura. Actualmente escribe en un blog de relatos (“Inmaduro Narrador”) y ejerce como docente en cursos relacionados con comunicación y escritura. Cursa la Maestría en Escritura Creativa de la Pontifica Universidad Católica del Perú. Ha publicado un relato en la complicación de cuentos “Superhéroes” de Ediciones Altazor.

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/mano-arrugas-dedos-piel-3100401/

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