El condenado | Henry Bäx

Por Henry Bäx

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

—…Y en vista de las pruebas irrefutables presentadas por la Fiscalía, usted ha sido encontrado culpable de asesinato agravado en la persona de la señora Lucrecia Játiva, su esposa, por lo tanto, le condeno a morir en el paredón por su execrable hecho a los trescientos días de pronunciar esta condena… ¡He dicho!

Todavía le retumbaban aquellas palabras en los oídos de Fabián Gómez Tarso y esa era su última noche de vida.

Fabián no sentía remordimiento alguno por su acto. Estaba plenamente convencido que su esposa merecía morir. El hombre tenía el alma envenenada, su esposa le había sido infiel por más de una vez con un antiguo amor de juventud. Todavía recordaba como la asesinó con sus propias manos, ella murió en sus brazos, y aquello de alguna manera le traía satisfacción.

Esa última noche, extrañamente él se sentía muy tranquilo. Su acto no le producía remordimiento alguno. Estaba sentado sobre un apacible taburete; ignominioso e imperturbable por su crimen estaba seguro de su fatal destino. Tan solo se conformó con esperar la infausta hora, ya que él sabía que a la mañana siguiente su vida se extinguiría. Su demacrado rostro estaba surcado por una agria cicatriz, cual si fuera un meteorito que atraviesa un apacible cielo sereno.

Fabián escuchó unos aletargados pasos que caminaban por el pasillo de las celdas de los condenados, cada vez eran más cercanos. Finalmente se detuvieron frente a su celda. Un hombre de luto riguroso se paró al frente del condenado. Una sombra se deslizó con lenta agonía hacia los pies de Fabián, él alzó su mirada. Era un cura.

—Hola hijo, he venido a confortarte en tus últimas horas.

Fabián lo miró como rencoroso y furioso.

—Lo único que me faltaba, que un cura me trate de convertir en mis últimos momentos. ¡Lárguese de aquí, no lo necesito, o más bien dicho, mí alma no lo necesita!

El sacerdote lo miró con misericordia.

—Hijo nunca es tarde para arrepentirse.

—¿Y quién le ha dicho que estoy arrepentido? Maté a esa pérfida por que se lo merecía.

El sacerdote acercó un pequeño taburete y tratando de sentirse cómodo se sentó.

—Fabián, no voy a tratar de convertirte en estas, tus abandonadas horas de angustia, si jamás creíste en Dios, creo que será imposible tratar de convencerte ahora.

—¿Y a qué ha venido entonces?

—Solo a decirte que cuando estés en el paredón no te olvides que, a pesar de todo, alguien te está esperando.

—No me diga señor cura, ahora resulta que alguien me espera, ¿y en dónde, arriba o abajo?

—¿Tiene eso importancia? Confórmate con saber que alguien te ama y te espera para reconfortarte y lo más importante, perdonarte.

—¿Perdonarme?

—Sí, el perdón divino solo te puede dar el Redentor.

—Pierde su tiempo padre, yo no creo en esas tontadas.

—Sin embargo, Él te ama.

—¿Me ama? Tonterías. Si en verdad me amara, no hubiese dejado que mi madre muriera cuando yo era niño. Y si él me amara como usted dice, ¿porqué permitió que mi infame esposa me fuera infiel?

—Hijo, bien sabes que eso no depende del Señor. La muerte de tu madre no fue un acto suyo, ¿o piensas que Dios mató a tú madre? No, hijo, ella se fue junto al Creador porque hay cosas que no dependen de Él, sino del destino. Tampoco creo que El Todopoderoso haya intervenido para que tu esposa te sea infiel, esa fue su decisión. De seguro ella ya fue juzgada.

Fabián prefirió callar. Su fría mirada se perdió en una sucia pared.

—Si quieres el perdón divino solo convéncete que Jesús te ama y que de corazón debes arrepentirte de lo que has hecho, solo eso.

El sacerdote se paró casi inmutable. Le dio su bendición y rápidamente se retiró.

Fabián se aferró a los recios barrotes. Su cara apenas cabía en aquellos espacios, una voz llena de angustia salió de su inmutable boca.

—¡Puedo decir que me arrepiento, pero no puedo decir que me siento arrepentido padre, ¿me escuchó?!

El eco de aquella voz apenas alcanzó al cura.

El condenado meditó por unos minutos. Las palabras del sacerdote se le habían hecho una infinita resonancia en su consciencia. Quiso en esos últimos momentos que una desconocida fe le creciera en su corazón, pero le era imposible creer ya que toda su vida vivió sin ley ni Dios. Sin embargo, deseaba que morir no sea un mero acto prosaico. Tenía la necesidad de morir bien y de manera decente. Sonrío de manera irónica, ¿acaso burlona? En su duro catre se sentó. Desafiante de lo que le iba a ocurrir, musitó:

—A todos nos llega la hora de morir y mi hora ha llegado.

Fabián se echó sobre el camastro y sin mucha ceremonia cerró sus ojos.

Era la hora indicada, unas auroras desesperadas gritaban anunciando un amanecer pálido y triste. Fabián Gómez Tarso sereno se dirigió hacia el paredón. Un soldado de rango menor se le acercó y le dijo.

—¡Es costumbre a los condenados a muerte concederles un último deseo! ¿Díganos, cuál es?

—¡Solo deseo morir con dignidad, eso es todo lo que pido, que la muerte no me lleve humillado ni derrotado!

El sargento a cargo del pelotón de fusilamiento poco entendió aquellas palabras. Procedió a colocar una venda ante sus despiertos ojos, pero Fabián se negó.

—¡No! Deseo recibir a la muerte con mis ojos abiertos. Lo más consciente posible.

El militar aceptó su voluntad y procedió a pararse al lado derecho. Desde su posición se paró solemne con su lustroso uniforme y pronunció las fatídicas palabras:

—Atención pelotón… Alisten armas… Prepararse… Apunten… ¡Fuego!

Un sin fin de ráfagas cuales saetas de luz fueron a dar al cuerpo de Fabián. El daño fue terrible. Perforaron y profanaron su humanidad haciendo estallar un aguacero de sangre a su lado. La cabeza de forma grotesca golpeó sobre la pared. El humo de los fusiles todavía apuntando, tosían pólvora. En eso, y con un terrible sobresalto el condenado se despertó.

Fabián, que todavía se hallaba en su duro camastro, asustado se levantó. Miró su reloj. Marcaba las tres menos cuarto. Sacudió su cabeza. Se paró, se restregó sus ojos para despabilar aquella pesadilla, sin percatarse de lo que le había sucedido y, pensando que todo había sido un sueño, él regresó de su primera muerte.

Aquella terrible visión de su ejecución lo aterrorizó por completo. Llevado por aquel temor a morir de manera tan cruel, dijo sin mucha fe:

—Dios, solo permite que muera de manera digna —dicho eso, una bruna hizo al reo dormir profundamente.

Fabián se miró así mismo en el paredón. En principio no comprendía aquella percepción. Él se encontraba en dos lugares a la vez; a punto de ser fusilado y, a lo lejos, como testigo de su propia ejecución.

Sin poder discernir lo que vivía en ese momento, decidió huir. Un tortuoso sendero de tierra se le abrió ante sus pies. Comenzó a correr y correr. Iba en pos de su ansiada libertad. Quería estar ciego de culpas y de remordimientos; deseaba ser libre incluso de su mortalidad. Una vez lejos del sitio de la ejecución escuchó con atroz sensibilidad una ráfaga de disparos. Jadeante, se sentó al amparo de un frondoso árbol, desde ese lugar, miró con austera placidez como el día empezaba a deslizarse sobre el cielo. Unas nubes de compleja blancura galopaban con lentitud sobre un tedioso manto azul.

Sentado, empezó a tratar de descifrar lo que realmente le ocurría. ¿Todo era un sueño, una compleja paradoja del tiempo, o alguna caprichosa alegoría de Dios?

Meditó lo siguiente, como tratando de dar respuestas a lo que le sucedía:

—¿Es esto real, o tan solo una burda idea de lo que me pueda pasar?

Tocó su rostro para cerciorarse si él era una ilusión. Con sus dedos palpó con tersura su lánguida cicatriz. Hizo una mueca de duda y confuso volvió a replicar:

—¿Y si mi rostro y mi cicatriz tan solo fueran una sensación? A lo mejor no existo en este tiempo real y material. Siendo así, las balas de los fusiles y la cruel muerte es tan solo el producto de mi imaginación. Es cierto, me vi a mismo en el paredón, pero sin embargo estoy aquí, vivo, rodeado del mundo.

Miró hacia el cielo, preguntó con una voz potente y enfadada:

—¡Oye Dios! ¿Es cierto lo que me está pasando?

Bajó sus ojos, trataba en vano de dar respuestas a lo que le sucedía. Cada vez se convencía de que todo era producto de un sueño o de un poderoso influjo de su imaginación.

—Sin duda esto no es real, y siendo el caso, nada me podrá hacer daño, ni las balas ni la misma muerte, que por cierto pertenece a este mundo material. Lo único que deseo es morir de manera digna y sin dolor –se respondió el hombre a sí mismo lleno de confianza.

Fabián se convenció de que nada le podía pasar. Regresó tranquilo al lugar de su ejecución. Una vez allí, vio que un pelotón de saldados se formaba de manera marcial frente a un paredón. Él estaba seguro de que nada le pasaría, porque sabía que el mundo de las ideas era más intangible que el mundo material.

Entró a su celda con una inmensa serenidad, confiado de que nada malo iba a sucederle. Se acostó por unos minutos y esperó. Un guardia se acercó a su calabozo y con voz profunda, le dijo:

—Vamos condenado, la hora ha llegado.

Fabián Gómez Tarso, parco, se dirigió hacia el paredón. Caminaba con solemnidad hacia su fatal destino.

Un soldado de rango menor se le acercó y le dijo:

—¡Es costumbre a los condenados a muerte concederles un último deseo! ¿Díganos, ¿cuál es?

Fabián contestó plácido y convencido.

—¡Solo deseo morir con dignidad, eso es todo lo que pido, que la muerte no me lleve humillado ni derrotado!

El sargento a cargo del pelotón de fusilamiento poco entendió aquellas palabras. Procedió a colocar una venda ante sus despiertos ojos, pero Fabián se negó.

—¡No!, deseo recibir a la muerte con mis ojos abiertos, lo más consciente posible.

El militar aceptó su voluntad y procedió a pararse al lado derecho. Desde su posición se paró solemne con su lustroso uniforme y pronunció las fatídicas palabras.

—Atención pelotón… Alisten armas… Prepararse… Apunten… ¡Fuego!

Un solo sonido seco y fuerte irrumpió en la tranquila mañana. Una parvada de avecillas asustadas levantó un turbio vuelo. Un reo llamado Fabián Gómez Tarso parado en el paredón recibió el impacto de una sola bala. El tiempo a su derredor parecía que corría muy lentamente. Todo era más claro. Una leve llovizna empezó a gotear muy lenta, se podía contar cada gota. Cada suspiro parecía una llamarada que salía de las bocas lejanas de los soldados. La luz del sol se descomponía en hermosos y exóticos colores. El mismo proyectil venía con lentitud y suavidad en dirección del reo; al penetrar en su cuerpo lo hizo con tal suavidad, como cuando el aletear de un colibrí danza alrededor de una flor. Fabián, en el mismo instante de recibir la bala, pestañeó por un segundo. No hubo perforación ni estallido de sangre, nada. Era como si el proyectil hubiera entrado a un hoyo negro que lo absorbió el mismísimo universo. El condenado todavía de pie agachó su cabeza de manera sutil y delicada. Un tímido hilo de sangre brotó por su oído. Una desconocida y casi invisible sonrisa se dibujó en su boca. Fue su último momento en la tierra. La muerte le vino al reo gentil y silenciosa. A lo mejor ella no reparó en su acto, pero fue a final de cuentas, una muerte dulce. El pelotón encargado de la ejecución observó que el condenado no cayó al suelo. Sabiéndolo muerto, decidieron retirarse con paso marcial. Mientras que, en el cielo, un arco iris empezó a formarse en la lejanía.

 


Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva Barreno), escritor ecuatoriano (n. 1966), publicista. De vasta producción literaria, cultiva los géneros de la ciencia ficción, literatura policial, de terror, la poesía, etc. Sus obras, entre otras: El pergamino perdido, El psíquico, El libro circular, El último siloíta, Hungarian Rhapsody, etc.

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/adentro-carcel-crimen-de-miedo-143580/

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