El Coco, el David y el Hok | Ernesto Flores Sierra

Por Ernesto Flores Sierra

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

¿Te he contado la historia del Coco, el David y el Hok?

No, nunca

Verás, Los niños raros se llevan entre ellos, el David era mi amigo, yo no tenía papá, el tampoco, yo tenía un defecto en las piernas y él tenía una horrible alergia al polvo que le ponía los ojos rojos e hinchados. Jugábamos con los demás niños del barrio, pero creo que puedo decir que éramos mejores amigos, y siendo mutuamente raros nos entendíamos bien.

El David tenía dos hermanos, el Hok era adolescente en ese entonces, no me caía muy bien, era el típico chico del barrio, jugaba fútbol, tenía novias, corte hongo que era lo de moda por esos años, siempre usaba pantaloneta y “vividí”, alguna vez intentó enseñarnos a jugar fútbol, obviamente el David por su alergia, y yo con mis piernas torcidas éramos pésimos y eso nos convertía en motivo de burla del Hok y sus amigos.

El Coco en cambio era el mejor tipo del mundo, imagino que era adulto ya cuando lo conocí, bueno adulto legalmente, tendría unos veinte años, poco más, poco menos, siempre andaba solo, vestía de negro, usaba una gorra oscura todo el tiempo; a diferencia del Hok era bueno con nosotros, aunque ahora que lo pienso siempre fue algo malévolo. Gustaba enseñarnos a hacer maldades.

Era común que cuando estábamos jugando en la Iglesia viniera y nos invitara a lazarle piedras a los carros que pasaban por la principal. Saltábamos una cerca, nos metíamos a un baldío y desde ahí hacíamos ejercicio de puntería con los carros, las más de las veces el David y yo fracasábamos en la acción, pero el Coco tenía buena puntería y siempre le atinaba a alguno, cuando pasaba salíamos corriendo y nos escondíamos en la casa de ellos, y esperábamos atentos a que el carro agredido pasara buscando a los responsables, eran momentos de gran tensión, los choferes se bajaban, gritaban, buscaban, a veces golpeaban la puerta de la casa, nos quedábamos calladitos, y esperábamos a que se fueran en un estado de emoción, miedo y adrenalina incomparable, nunca nos atraparon…

El Coco era hábil para armar “catas”, mientras los niños del barrio las compraban en algún lugar del centro de la ciudad, a nosotros nos la fabricaba él, y teníamos de dos tipos, las grandes con elástico negro que todos tenían, pero además nos fabricaba unas pequeñas de alambre de cobre. Con las “catas” grandes íbamos de excursión al bosque cercano y cazábamos gorriones, eso era común diversión de los largos días de verano, pero las de alambre eran letales para dispararles a los otros niños generándoles un gran dolor y moretones, y eso era muy divertido, en especial cuando nos atrincherábamos tras el muro de mi casa y les atinábamos.

Pero lo más divertido que hacía el Coco era jugar con pólvora, tenía una serie de dispositivos para quemar y explotar cosas que era lo más emocionante del mundo, lo hacíamos con todo, casitas de muñecas, casas de palos de helado, carritos, muñecos, animales muertos, todo tipo de juguetes, basura, con todo, todo explotaba, todo se quemaba, nos enseñaba a hacer volar silbadores en las manos, a reventar tronadores, y un día fue el mejor de todos, nos fabricó unas verdaderas pistolas de tubo. Tomó un tubo de hierro de esos antiguos, con un martillo le achico uno de los extremos, metió dentro un silbador aplastado, sacó la mecha por el extremo, puso un tapón de vela de cera al otro lado, lo encendió y “boom”, ¡disparo!, éramos el terror de los demás niños del barrio, todos podían jugar bien al fútbol, tener plata, ser simpáticos, pero solo el David y yo teníamos pistolas de tubo.

Con el paso de los años, por alguna razón el Coco dejó de ser tan agradable, ya no andaba mucho con nosotros, dejó de enseñarnos cosas, ahora que lo pienso creo que las personas como él se quedan en una edad, el resto seguimos el doloroso proceso de crecer.

Los tres muchachos vivían solo con su madre, realmente no me acuerdo de ella, solo recuerdo que en algún momento de su vida intentó un emprendimiento de ceviches los fines de semana. No recuerdo que esa familia tuviera un padre, tampoco creo haberlo preguntado, finalmente para mi la normalidad de la vida era no tenerlo.

Un día mientras estábamos sentados conversando con el David, apareció un muchacho del barrio que me desagradaba, no sé exactamente por qué, pero recuerdo que tenía la cara parecida a la efigie de ET, y capaz eso, o capaz era que notaba que tenía más plata que yo, no lo sé, pero le hice saber a el David que no me agradaba, y este un tanto molesto me dijo que a él sí, porque el otro día que el Coco le había estado pegando a su madre, el muchacho ET había llamado a la policía y había salvado a la madre.

Cierta tarde una noticia escandalizó al barrio, una niña había desaparecido de la Escuela, se decía que un loco o un mendigo se la había llevado, mencionaban que lo habían visto por la quebrada cercana, yo me asusté mucho, los más adultos del barrio se pusieron de acuerdo para buscarla, se organizó una brigada, y una de mis mamás, como siempre buena para los problemas encabezó la búsqueda, pasaron varías horas, me quedé en casa con mis otras mamás, asustado, era una noticia muy extraña y tenebrosa, llegó mi mamá, y nos contó que habían encontrado a la niña en una cueva de la quebrada, que la habían violado, que estaba estrangulada, que parecía que le habían dado por muerta, pero no, había sobrevivido, que con la ira del macabro hallazgo los chicos del barrio salieron a buscar al violador y lo encontraron escondido, desorientado, drogado, al Coco…

El Hok se volvió taciturno, de el David no supe nada, no aparecía y tampoco tenía el valor de buscarlo, no debe haber pasado ni una semana y la familia se fue del barrio para siempre, no me despedí de el David, nunca más lo volví a ver, o al menos eso creo, el Coco fue a la cárcel, seguramente como violador pagó la ley de la cárcel, y lo que se supo en el barrio un tiempo después es que se había colgado en el penal, para mi familia fue un alivio, después de todo mi mamá había encontrado a la niña, para mí la historia era incomprensible, no entendía bien lo que había hecho el Coco, para mí era el mejor tipo del mundo, no lo podía entender, y creo que hasta hoy no lo entiendo muy claramente, de hecho casi nunca pienso en esta historia, hoy vino a mi mente, y estoy aquí contándotela…

 


Ernesto Flores Sierra. Nace en la ciudad de Quito, el 1 de abril de 1984, es Psicólogo Clínico por la Universidad Central del Ecuador, Magister en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar (Ecuador). Candidato a Doctor en Humanidades y Artes, en la Universidad Nacional de Rosario (Argentina). Ha publicado los libros El aullido de la criatura oprimida (2015), Heterogeneidad y esquizofrenia en los universos literarios de Jorge Icaza y José de la Cuadra (2015), y La dialéctica del espíritu y el fantasma (2018) y Psicología Histórico-Cultural (2018). Se desempeña como docente en la Facultad de Psicología de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) y psicólogo en el Centro de Psicología Aplicada (PUCE).

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/de-miedo-disfraz-escalofriante-espeluznante-1097456/

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s