Derrotados con anticipación | Oswaldo Castro Aldaro

Por Oswaldo Castro Aldaro

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

Juanjo se masajea la barba impacientemente. Sobre el escritorio reposa el sobre cerrado con los ejemplares. Dirige la mirada al ordenador y relee las bases del concurso y suspira conforme. El texto cumple las exigencias de la convocatoria y respira aliviado. Al lado del sobre, otro guarda sus datos personales, el CD grabado y la fotostática del documento de identidad. Abandona el estudio y va hacia el jardín para fumar un cigarrillo. Los olores de la tarde invernal se le confunden en la memoria y el humo que exhala lo regresa hacia el certamen anterior.

En su opinión, los tres pagaron derecho de piso y sintieron el polvo del fracaso. Los resultados publicados en el portal del auspiciador, junto con las noticias periodísticas publicitando al vencedor, finalistas y menciones honrosas, habían echado más sal en la herida. Dieron el primer paso para incursionar en el mundo de las letras y les fue mal. A lo largo de los años publicaron artículos técnicos y jamás un cuento, poema o novela.

Superaron la frustración, y comprobaron que sus textos estuvieron lejos de ser buenos. Con el panorama claro, y después de devorar la información existente sobre las mañas, argollas y cofradías invisibles que adornaban el reino de la literatura peruana, decidieron abrir los ojos en talleres especializados. Se sintieron capacitados para un nuevo intento y dejaron de verse un mes para conseguir la inspiración y plasmarla en blanco y negro.

Vencido el plazo, tres cuentos tenían personajes, escenarios y desenlaces. No contentos con ello, contrataron los servicios de un corrector profesional. El profesor de lingüística los dejó en suspenso dos semanas y reapareció con la labor finalizada. Tuvo la amabilidad de felicitarlos y sentirse satisfecho por sus logros. Forzado a un pronóstico, se atrevió a augurar que por lo menos uno de los tres alcanzaría alguna distinción. No se animó a más vaticinios porque conocía al monstruo desde adentro y los ingenieros no pertenecían a esa fauna. Les garantizó que no sería miembro del jurado, pues ya había renunciado a ese honor por la cantidad de críticas, insultos y acusaciones de compadrazgo.

Juanjo vuelve a la realidad al escuchar el timbre de la casa. Apaga la colilla y sale a recibirlos. Ingresa Tomás y tras su frondoso bigote, la calva de Renán. Ambos portan cartapacios y, sin mediar palabra, se dirigen al escritorio. Luego de tomar asiento, Tomás los sorprende:

─A mi hija le han filtrado la información sobre los miembros del jurado ─dice colocando un papel escrito a mano y que contiene los nombres.

Juanjo y Renán enarcan las cejas y lo miran fijamente.

─Es de muy buena fuente ─complementa.

Renán lee la lista y la pasa a Juanjo. Tomás tamborilea con los dedos los mangos del asiento.

─Con excepción de un par, son los mismos de siempre ─acota Renán, fastidiado.

─No tenemos chance ─suspira Tomás, sobándose el bigote.

─Es la misma historia de los últimos concursos ─asevera Renán─. Entre ellos se dan la mano y con seguridad conocen bajo qué seudónimo compiten los amigos.

─No me cabe la menor duda ─refrenda Juanjo.

Los ingenieros guardan silencio y el mutismo cómplice, mezclado con cierto aire de decepción, les estruja la memoria. Luego del fallo del último concurso, se abocaron a investigar por internet los antecedentes de los ganadores, integrantes del jurado, editores, escritores consagrados y en ciernes. A fin de cuentas, y después de empaparse con abundante información, concluyeron haber llegado tarde a esas lides. No eran competitivos por no ser ayayeros de los sumos sacerdotes del parnaso literario peruano. Descorazonados entendieron que no integraban la misma cuadrilla de sinvergüenzas, oportunistas y cínicos habitantes de cafés, bares y orgías de drogas y francachelas. Las fotos halladas en el ciberespacio así lo confirmaban. Los descubrieron en tertulias, noches de bohemia, lanzamientos de libros y, hasta en el colmo del desparpajo, lucían aconchabados en Europa y otros lugares. Los críticos que demolían adversarios se tornaban mansas palomas a la hora de expresar opiniones sobre las publicaciones recientes del círculo literario que dominaban y en las columnas de los diarios capitalinos se lanzaban flores, alabanzas, recomendaciones y haciéndose publicidad barata. Algunos ganadores descubrieron que ciertos jurados formaban parte de grupos editoriales y que los blogs de las vacas sagradas eran el complemento perfecto para cerrar la cohorte. Hasta imaginaron la repartición del dinero ganado a cuenta del favoritismo preestablecido. Las redes sociales se constituían en la vitrina de sus pasiones, comentarios agudos y excesos hepáticos. El olimpo de las letras era muy diferente a los caminos de herradura, socavones y minas a tajo abierto que sus pies habían dibujado. La minería sirvió para hermanarlos y, en el otoño de la vida, con el retiro en el horizonte, pensaron incursionar tardíamente en la escritura. El Perú les ofreció aventuras, vivencias, sorpresas, muertes, convulsión social y hasta sintieron el final de sus días a bordo de camionetas que desafiaban abismos. Tenían experiencia vivida y qué mejor oportunidad de mostrar el otro rostro de los Andes, ese que se levanta en las alturas, se hermana con la puna, baja con las lluvias y muestra a la gente dolida y desesperanzada.

─Bueno, las cartas están echadas ─la voz mustia de Juanjo los hace aterrizar.

─En este sobre están mis ejemplares y en este otro, mis datos ─Tomás los saca del cartapacio.

─Y aquí los míos ─afirma Renán.

─No se preocupen, muchachos, mañana los llevo a primera hora ─garantiza Juanjo, devolviéndoles una sonrisa triste.

─Quisiera comentar algo antes de ir por el whisky ─se levanta Renán, parándose frente a sus colegas ─: Hemos leído nuestros cuentos y comparándolos con los del concurso anterior, son de primera. Discrepo con el profesor que los revisó. En un momento sospeché que también se las traía, ustedes saben, están cortados por la misma tijera. El no tuvo acceso al cuento completo. No sabe el giro sicológico que le di a Porfiria.

Juanjo y Tomás asienten con la cabeza y Renán continua:

─Les consta la asesoría que me brindó la licenciada Ramos. Fue muy quisquillosa sobre el desastre emocional que Porfiria sufrió cuando el capitán violó a su hija. Quise encuadrarla en el profundo hoyo de la depresión y venganza, ¿recuerdan? El profesor no leyó esa parte y sabe menos de lo que tramó contra el militar…

─Lo narraste a la perfección ─acota Juanjo.

─Y el desenlace es extraordinario, nadie sospecharía de lo que podía ser capaz ─aplaude Tomás.

─La forma como lo engaña y emborracha para cortarle el pene es maquiavélica. Se me escarapela el cuerpo al recordar la minuciosidad con que lo hace y los alaridos del hombre pidiendo clemencia son aterradores. No sabía que tenías una mente retorcida ─corrobora Juanjo.

─Gracias, he visto y oído tanto en el Perú profundo, que creo haber sido bastante piadoso con ese miserable. Lo dejé vivo para que sufriera en carne propia otro tipo de mutilación. La sicóloga trató de minimizar la violencia de Porfiria, pero comprendió la catástrofe emocional que quise darle a su sufrimiento.

─Algo similar ocurrió con mi cuento ─toma la posta Juanjo─. Al igual que tú, también desconfié del profesor. Añadí dos páginas que nunca revisó y en ellas describo la angustia de Pancracio frente al dolor de su hijo. El doctor Revoredo me aconsejó con los síntomas y el relato que le presenté mereció su beneplácito y elogios. Me confesó que jamás había leído con tanta prolijidad un ataque de paludismo.

─Lo recordamos ─interrumpe Renán.

─Además, la inexperiencia del médico de la posta de salud puso de manifiesto la lucha entre sus convicciones y la sabiduría local. De esa manera concluye el choque entre lo convencional y las tradiciones arraigadas de los pueblos. Fue una forma de conciliar el chamanismo con occidente. Claro que, al fin, el único que pierde es el hijo de Pancracio.

Juanjo y Tomás miran a Renán. Ambos esperaban alguna confesión final.

─Mi cuento está tal como lo aprobó el profesor ─bosteza Renán, mirando la botella de whisky.

─No cambiaste ni añadiste nada ─dice Juanjo, levantándose para llenar los vasos.

─Ni una coma.

─O sea que Gaspar murió de amor, no sobrevivió al cuerpo desaparecido de Adela ─recuerda Juanjo.

─El huayco que arrasó el campamento nunca la devolvió y Gaspar escogió el precipicio más alto para desbarrancarse. Así quedó la historia, amigos, tal como la planee desde el comienzo.

─Captaste la impotencia del hombre ante la naturaleza y has reflejado lo frágil que somos como especie y que solo estamos de paso.

Los ingenieros hacen una breve pausa en sus confesiones. Tomás siente el ambiente apesadumbrado y se atreve a dar la estocada:

─Espero que lean los cuentos

─Pides mucho, son cientos y en verdad no sé cómo hacen ─soslaya Juanjo─. Les aseguro que toman muestras al azar y como el resultado está amañado, simplifican las cosas.

─Y no sería nada extraño que algún conchudo nos plagie. ¿Se acuerdan de lo comentado en el almuerzo de fiestas patrias? Hay varios juicios en camino.

Los escritores alzan los vasos y antes de chocarlos entre sí, Tomás se adelanta:

─Brindo porque sigamos siendo los mismos después del fallo.


Oswaldo Castro Aldaro. Piura, (Perú), Médico-Cirujano, especialista en Gastroenterología, Medicina Hiperbárica y Subacuática. Administrador de Escribideces-Oswaldo Castro (Facebook) y colaborador con Fantasmas extemporáneos (relatos cortos), Fantasmas trashumantes (mini relatos) y Fantasmas desubicados (micro relatos). Además de artículos médicos especializados, publicaciones en físico y en más de 40 plataformas, portales y revistas online. Premios literarios y menciones honrosas.


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/adulto-billetes-bloc-de-notas-colaboracion-2422281/

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