Radioteísmo | Javier Velásquez

Por Javier Velásquez

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Colombia)

 

Cuando las luces se apagaron la vida cambió, la civilización decayó y la cordura retrocedió, el espíritu que avivaba las máquinas de las máquinas nunca más fluyó.

Se pensaba que estallaría una violencia desmedida que cobraría vidas incontables, pero la oscuridad y la quietud terminó por acabar con muchos, ya sea por afecciones, olvido, violencia insulsa o autodestrucción.

La calidez humana no fue suficiente para salvarlo de sí, y tampoco lo fue la pasión que despertaba la luna y sus estrellas, ni los deseos de lucha por sobrevivir que desencadenaban los sonidos y misterios al caer la noche.

Algunos lograron reunirse y convivir en torno al fuego, otros partieron guiándose por el sol y otras estrellas, por otra parte, unos nos quedamos a la deriva de la naturaleza entre los remanentes de las viejas ciudades, y también quienes se refugiaron en la negrura para siempre.

Pero a todos, con el tiempo, la luz se le antojó un tesoro y a otros sus destellos se les hacía algo extraño, fuese la imponente luz del sol o la del artificial pero vivido juego, se volvió una rareza ante los ojos, nunca faltante en la mañana, y si el día anochecía el fuego era refugio, y si el fuego fenecía pues se esperanzaba en la mañana.

Algunos abuelos cuentan que la luz incluso se volvió contra nosotros cuando abundaba en los pueblos, se robaba el sueño, dañaba los ojos e incluso mataba las criaturas, su exceso, dicen, debilitaba nuestra visión y alteraba la mente.

Por esto, contaban, que ocultos en sus precarios refugios de luz, muchos empezaron a temer no solo a la indomable oscuridad sino también a aquella luz que no les era familiar, como la fuente natural del sol, las estrellas, los rayos, la luna o la artificial del fuego y algunas reliquias luminosas como extraños tubos que emitían luz gracias a unos tubos más pequeños de energía y se dice que en los conflictos entre comunidades algunos usaban extraños rayos de luces rojas y verdes, así como tablillas multicolores que atemorizaban a cualquiera.

Los recorridos en los que algunos sobrevivientes iban a peregrinar hasta las antiguas iglesias eran nutridos e iluminados, llevando velas como compañía y las raras y escasas luces de lo que se les llamaban linternas, pues sus poseedores decían que su energía se acaba con el tiempo. En las noches las altas iglesias dejaban de ser lúgubres cuando las embellecían con las luces y en el día filtraba la luz con formas misteriosamente sólida, como si se pudiese atrapar.

De las luces más imponentes, después del sol, las lunas y las estrellas, eran los rayos con sus estruendos que parecían romper el mundo, cegaban y muchas veces daban muerte a quienes los atestiguaban demasiado cerca.

Cierto día, después de una mañana clara de calma iluminación, la tarde se vio invadida por grises nubes de tamaño descomunal que venían del horizonte, y los sonidos cotidianos se vieron interrumpidos por el fuerte y profundo tronar del cielo que se repitió hasta que la luz del día se fue y no había luz alguna más que la de los rápidos látigos luminosos en el cielo, la noche entera fue una tormenta ensordecedora y cegadora que no terminó hasta que la luz del día volvió.

Tres noches más este extraño fenómeno volvió a repetirse, y empeoró con lluvia, socavones, derrumbes de viejas casas e inundaciones, la gente huyó de sus refugios, corriendo bajo la lluvia y la intermitentes luz.

Muchos huyeron de lo fueron los cascarones de ciudades arruinadas, hacia lugares altos y tupidos, otros corrieron siguiendo las viejas arterias de concreto, unos muy pocos se les vio correr más hacia la ciudad, sorteando el abandono de los remanentes de la vida cotidiana.

Desesperados sin escucha y visión más que la del estruendo de los cielos, chocando con masas de concreto derruida, huyendo afanosamente sin saber a dónde y hasta terminar vagando agotados en medio de la oscuridad de iluminar intermitente.

La marcha se detuvo por el sonido metálico de viejos portones interrumpía los pocos silencios que dejaba los rugidos del clima, temblorosamente este grupo fue ingresando a una zona de viejas casas por entre el portón de una entrada destapada y tierrosa en la que arrastraban sus pies por el cansancio de su huida.

Al amanecer, se exhibía que se habían ocultado en un terreno para una torre de metal que coronaba con su altura el abandonado lugar, y allí se encontraba una puerta metálica vieja daba a la parte trasera de la casa donde encontraron refugio, el día fue como muchos tranquilo, solo viento, aves y uno que otro sonido artificial.

La noche volvió a retumbar con el azote de los destellos, y el miedo volvió a las personas, el cataclismo de luces y estallidos sonoros terminó cuando en la alta torre violentos rayos azotaban su parte más alta de la antena, tan cerca de los asustados sobrevivientes que estos soltaron gritos de temor, muy poco pudieron dormir, pero la tranquilidad de seguir a salvo del despiadado clima les dejó descansar.

Cuando la luz matutina daba seguridad, salieron a ver el efecto de la despiadada naturaleza sobre la inmensa estructura metálica, pero seguía intacta e inamovible como les parecía desde la primera vez que la vieron.

Desconociendo su utilidad, empezaron a sentirse afortunados de estar bajo su delgada y geométrica sombra, empezaron a admirarla, desconociendo lo que era como tal, algunos la escalaron y desde allí podían ver el horizonte.

Esta seguridad ofrecida aumentó, cuando se dieron cuenta, que en momentos en que volvía el cataclismo causado por las fuertes tormentas, era este gigante metálico el que recibía toda la furia sin ceder, muchas veces, cuando la tierra temblaba poderosamente y muchas viejas estructuras caían, todos temían por su suerte y se aferraban, incluso algunos se subían a la seguridad de la torre de telecomunicaciones.

Este aprecio primitivo llegó al extremo cuando, cuentan las historias, que un día en lo más alto de la gran torre se iluminó con una luz roja que se encendía y apagaba de manera permanente cada noche, esto desconcertó a los habitantes del lugar, quienes creían que se trataba de un designio y bendición de la gran entidad metálica.

Esta extraña actividad luminosa se consideraba relacionada con unos sonidos raros que emitían pequeñas máquinas que traían viajeros y vendedores que llegaban a las puertas del refugio, se comprobó que cuando se alejaban estas cajas de sonido se enmudecían, pero al acercarse parecía como si hablaran en sonidos muy lejanos e interrumpidos.

Cuanto más pasaba el tiempo, más venerada era la aguja de rojizo y blanco deteriorados, en las noches muchos admiraban el contraste entre sus rojos destellos y las estrellas sobre su alta cúspide, en el día parecía casi tocar el sol con su gran altura.

Un hombre siempre subía a su parte más alta con una caja de sonido o solo con una vela, desde allí se decía que interpretaba lo que esta deidad metálica quería, y el enviado bajaba a llevarles el mensaje que siempre se celebraba y emitía en una fiesta semanal nocturna, decoraban con velas la parte baja y los escolanes usados para trepar la antena.

Un peregrinaje para el más fuerte explorador, que se encargaba de liderar la búsqueda de la comida y la seguridad de las gentes, le obligaba a subir y estar aferrado a la parte más alta que pudiera alcanzar por toda una noche de tempestad y tormenta. Sí sobrevivía sería el primer receptor del dios metálico de luz roja, y recibiría con orgullo la tarea de observar desde allí todo lo que podía, así como entender los avisos que daba, finalmente demostraba su conexión al dormir en la parte alta, acomodando algunas tablas y usando unas mantas para cubrirse.

Cuando moría este importante personaje su cuerpo se dejaba por un día envuelto y entablado en la parte más alta, hasta que el próximo liderazgo llegara de algún afortunado.

Finalmente, la decoración variaba dependiendo de las temporadas del año, a su inicio se le dejaba ofrendas y objetos de todo tipo considerados valiosos, a mitad del año colgaban cráneos, como signo de capacidad de lucha ante la amenaza, en las que incluso el enemigo de la comunidad trataba de treparse como desafío, y al final era decorado con velas y un tipo de lámpara cajas de diferentes materiales que iluminaban las noches.

Cada nuevo habitante también era presentado en lo más alto de la torre, en donde si había tormenta se consideraba mal augurio y cuando la noche era brillante, y la puntiaguda deidad se alzaba junto a las estrellas de un cielo nocturno limpio, se consideraba buenos designios para la comunidad, la vida y la muerte estaban relacionados con esta.

Toda y cada una de las grandes torres de metal que se encontraban ya contaban como un lugar de adoración, reunión y centro de cultura, cuando ya se habían derruido hasta la última iglesia o se habían olvidado, estos altos dioses se convirtieron en esperanza e interés para nosotros, que desde lo alto podíamos vigilar por mucho tiempo el comportamiento de lo que restaba de la humanidad en tinieblas.

En nuestro caso buscamos la luz del sol, pero con ayuda de transportadores espaciales, mientras abajo buscaban alcanzar la eternidad cósmica en lo más alto de estos dioses de metal y radiofrecuencia.

 


Javier Velásquez (Colombia). Licenciatura en educación básica con énfasis en humanidades: Lengua castellana e inglés. Autor del blog Radiotelescopio abandonado (http://melancolicaentropia.blogspot.com/2015/06/el-necronomicon-entre-la-literatura-y.html).

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/abstraccion-abstracto-altavoz-artistico-1044988/

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s