Por la ruta de la desesperanza | Carlos Enrique Saldívar

Por Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Ella corría, incansable, por las callejas empedradas, víctima de un amor imposible, y yo, el mismo, desde que el tiempo se hubo vuelto mi sumiso servidor, la he contemplado una y otra vez. La vi durante la creación del mundo, la miro hoy que el fin se avecina, mostrando él su gran ojo de marfil por encima de las toscas cabezas de treinta millones de habitantes.

Si se les puede llamar así, yo las considero criaturas inertes, estériles, que no hacen más que parir problemas, destrozar pensamientos, diseminar enfermedades, físicas y mentales, a cada segundo que transcurre.

Observo. Me entretengo.

A los lejos un perro ladra con fiereza, se va acercando con rapidez hacia ella, quien es atrevida, distraída, no se percata del peligro. El animal le impide continuar su ruta, intenta morderla, pero aquella sabe defenderse, corre hacia el can con velocidad y, antes de que este pueda ponerle un diente encima, ya lo ha dejado fuera de combate; lo ha golpeado en mitad de los ojos. Eres única, princesa, es lo que tanto me gusta de ti: tu impiedad, tu osadía, tu pasión, sé que serías capaz de cualquier cosa por lograr tus objetivos, por hacer tus sueños realidad. Me siento feliz de formar parte de aquellos dulces y sensuales sueños.

Sin duda, me siento feliz de ser yo mismo, es decir: el gran sueño de ella.

Es bonita, no es ya una niña, ha adquirido gran experiencia a través de los años, pero antes de llegar a mí tendrá que pasar por un avispero. Lo hace. Ahora, muchos avisperos. Lo hace. Enseguida aparece un bosque, es negro, esa oscuridad tiene vida, cuidado, puede sofocarte. Ese lugar contiene fieras abominables, la atacan, intentan deshacerse de ella, pero es demasiado veloz, logra evadirlas, es como un lucero que brilla y que se apaga en los instantes adecuados para acostumbrar a la vista que le otea, aunque algo es cierto: si uno no mantiene fija la mirada en su terso rostro, puede perderla para siempre. La visión lumínica que me arrulla a lo lejos se e encuentra a mil millones de años luz, igual puedo verla, mas no alcanzo a oírla, no podría jamás hacerlo. Aún no puede sortear el siguiente avispero, sale un enjambre de insectos decididos a picotearla, sin embargo, ella les avienta tierra que ha cogido del suelo. Triunfa momentáneamente. Se cubre con parte de sus ropas los hombros desnudos y el cuello; sus piernas, en aquella falda pequeña, todavía lucen muy descubiertas.

No obstante, esa soterrada claridad, esa furia centrifuga y ardiente, es más veloz, y acelera, acelera; los primeros insectos llegan a su espalda y ahí quedan adheridos mientras ella se quita un trozo de polo y sigue corriendo dejando a los innombrables adversarios atrás. El bosque se cubre de un brillo inusual, ella ha triunfado una vez más, pero el tiempo es amigo mío y sé que me ayudará a impedir que ella me alcance. No debe llegar a mí.

Sé que soy el rey de sus anhelos, empero, es preciso hacerla ceder en su propósito.

Aún le queda otra prueba: debe vencer a cuatro hombres bien fornidos antes de dar conmigo; están a las puertas de una enorme ciudadela. No son hombres sino cíclopes, mastodontes de hierro; están armados y frente a ella, delgada, imperceptible, no pueden más que reírse y pensar en dormitar creyendo que no significa ningún peligro. Al principio la dejan pasar, pero al darse cuenta de tal estupidez, de que la subestimaron alicaídamente, de que no han prestado la más mínima atención a una heroína, deciden pelear: ella salta y revienta dos cabezas, cae de pie. Acto seguido detiene una espada con la mano derecha, la destruye; atrapa un hacha con los dientes, y le daña el pecho al tercer guardián. Solo queda uno que huye a toda prisa con los pantalones orinados, gritando como un niño de dos años.

Ella ha vuelto a ganar, puedo verla a lo lejos, muy a lo lejos.

El tiempo puede considerarse el final, puedo detenerlo antes de que el desenlace se cierna, antes de que este mundo de pesadillas llegue al término de su infeliz reinado. Nos lo merecemos, pero debo huir, debo irme. Me pregunto si ella me ama de verdad, o si quiere que la lleve conmigo, me pregunto tonterías. Sé que sí me ama, sin embargo, yo no la amo.

Y la veo correr hacia mí, desesperada, sobre casas destruidas, un camino de desilusión, sobre montañas que crecen de pronto, y ella las salta, flota, vuela casi como un ave por precipicios que nacen en la tierra, la cual se carcajea en bocas infernales, ella sortea todos estos peligros por mí, solo por mí. Sé que es así. La conozco desde hace diecisiete años.

Sé que es así.

El mundo, nuestro mundo, se acabará pronto. Pronto algo de las estrellas caerá y hará esta tierra inhabitable; treinta millones de almas perecerán, hablo de nuestra tierra, solo de esta, el resto de tierras estarán a salvo. Aunque es pertinente decir que en breves momentos nuestro mundo se partirá en dos y cada pieza se convertirá en polvo. Por eso debo cambiar de tierra, hay muchos que vendrán conmigo. Ella nunca quiso salir de nuestro espacio, yo se lo decía a menudo: ven, pero ella se negaba, ¿por qué?

¿Por qué no puedo amarla, a pesar de todo? ¿Por qué?

Corriendo hacia mí, tropezando, nacen océanos del sueño y debe nadar y nadar, aletear casi como un pez volador, debe desatarse de un enorme pulpo que intenta estrangularla.

Hace años, cuando la besé por primera, vez me di cuenta de dos cosas: las mujeres son mujeres solo hasta que se hacen mujeres, y es a menudo un hombre quien las convierte en eso: mujeres; y descubrí también que todas tienen un calor interno que muchas veces llega a encenderse. El de ella se prendió tempranamente gracias a mí, y ardió en la inmensidad de este mundo de plata, mientras las lunas corrían una y otra vez en tanto me cobijaba con mis ideas intolerantes. Nunca lo dijo, pero yo lo sabía. Mi razonamiento era machista, grosero.

Es querer, es amar, es lo mismo (creo que me estoy equivocando de nuevo); me acercaba  a ella y me recibía, pero yo siempre ponía ante todo la amistad, pese a que me daba sus labios, sus besos sin chistar, ella ponía sus condiciones y yo cometí un error, se lo dije sin pensar, solo dos palabras tiernas y abruptas, no lo sentía de de verdad, ahora sé que no eran verdaderas, sin embargo, las mencioné y ella me integró a su vida: un sol que se prende en la inquebrantable llanura de una galaxia absurda. Te quiero. No, no es lo mismo que amar.

Si la galaxia es absurda, por relación el hombre (que solo es un grano de un grano de un grano de arena en el desierto de la infinidad), también es absurdo. Ahora el patetismo y la no dedicación eran causales del divorcio de nuestras uniones espirituales, y eran cualidades propias de un perdedor que tuvo muchas cosas para sobrevivir, pero muy pocas para ofrecer a los demás, y eso importaba, claro que sí, ella venía hacia mí. Aquella vida se extinguió, algo que forjamos juntos después de tantos años, tantas vidas, tantos siglos y eones, desde que la primera pareja se unió y dio a luz algo que hasta ahora no alcanzo a comprender.

Está bien, se lo dije, pero no era cierto; solo fue por mi soledad momentánea, y punto.

Ahora heme aquí, dispuesto a subir a esta nave que me llevará en un viaje sin retorno, pues no volveré, no podré ya hacerlo, no habrá más vida en este, mi mundo, cómo volver, ¿acaso para morir? Ella morirá, yo viviré, estoy a punto de irme con mi familia, mis padres ya están a bordo, mis hermanos, todos. Al menos sus fantasmas también están aquí, en mis recuerdos, en mi acompañada soledad, en mi tristona realidad. Todos han entrado a la nave. Solo falto yo, subo la escalinata, ya todos los pasajeros están aquí, y puedo verla más cerca, el último trecho, viene corriendo hacia mí; me granjea emociones, se acerca con su falda negra corta y su polito delgado y cremoso que deja solo níveos brazos fuertes y largos; sus cabellos marrones corren al viento defendiéndola de los bichos del atardecer, pero no debo mirarla, no puedo ver atrás, ya no, me volteo, debo dejarla perecer junto a los demás. No debo siquiera escucharla pero ¿por qué me retraso? Siento júbilo, ¿acaso mi orgullo es tan grande que necesito escuchar esas palabras de sus labios. ¿Cuántas serán: dos, tres, cuatro? Quisiera oírlas. Me obligan a entrar a la nave y marcharme, debo de abordar de una vez.

Ella insiste, se acerca, vence a los pequeños guardianes del aeropuerto. Empero, aún le queda el más terrible de los enemigos: el tiempo. Ella quiere avanzar. No puede moverse.

El tiempo es mi amigo, puedo detenerlo desde la puerta de la pista de vuelos en adelante. Ella se detiene e intenta correr, es consciente, pero sus músculos no pueden deslizarse, trata de gritar, no lo consigue, el tiempo se ha detenido en su universo. En cambio, el tiempo corre normal para mí, abordo la nave, la compuerta se cierra detrás. Ella perdió la batalla.

La nave es a prueba de sonidos, pero antes de cerrarse totalmente los ventanales logro mirar una abertura mientras ocupo mi asiento y puedo verla a ella ¡vencer al tiempo! Vencer a mi amigo indestructible. ¿Qué es esto? Nadie ha podido en la historia humana. Nadie puede vencer al tiempo ¡y ella lo logra! Avanza velozmente, lo derrota, lo quiebra. El tiempo delante de mí se rompe como un cristal, se hace añicos y, mientras la nave despega, ella corre al lado y da saltos desesperados intentando alcanzarme con su voz. Su tierna voz.

El final del mundo se acerca, muy pronto no quedarán ni casas ni edificios ni ciudades ni océanos ni desiertos ni demonios ni ángeles, ni palomas ni serpientes, ni unicornios. Ella, está cerca de mí. No quedará ni un solo vestigio de su valentía, mi heroína… a la que no quiero ni tan siquiera un poco, ni como hermana ni como amiga ni como un obsequio de un pasado remoto. Ella decae, ya pronto me iré, pero decido hacer algo más, por ella, por mí, por la estupidez de los seres incoherentes. El tiempo es mi amigo, muy bien, lo detengo y lo hago desde donde estoy hacia arriba, excepto dentro de la tenue burbuja donde se encuentra la mujer. Ella puede moverse con libertad, puede colgarse del armatoste, puede pararse sobre la grandiosa creación de hierro. Yo mismo, que he detenido el avance del tiempo, no puedo moverme, pero consigo oírla gritar:

—¡Yo también te quiero! ¡Te quiero!

Son las palabras que salen de su boca y, de este modo, comprendo que querer para ella es amar. Entonces me siento satisfecho, pues yo no siento nada por ella, porque al menos ya nada puedo sentir después de una eternidad de pesar y tragedia, en un alcohólico submundo de fantasías. Ella se cae. Está ahí, en el suelo, con su mirada llorosa, rojiza, desgreñada, simplemente preciosa. Cayó de rodillas vencida, y es una criatura adorable, así puedo verla y sentirla, como un atardecer de frente iluminado por atisbos de grandeza irreal, conjunto de decepciones, altar de alabanzas inicuas. Ella no puede más, descansa, respira. Yo sigo.

El avión despega. Siento un temblorcillo que crece, el ruido de los motores; tengo sed, quisiera leer algo, degustar alguna cosa. He oído sus palabras y no me interesan.

No he sentido absolutamente nada, solamente he soltado una maliciosa risilla.

Pues el mundo seguirá siendo el mismo, la tierra que dejo atrás seguirá en pie, como siempre lo ha estado desde el inicio de los tiempos, por eso, aunque creo en sus palabras, he decidido no quedarme a su lado.

Las personas caminan sin rumbo, cometen crímenes a diario, actos obscenos, se odian, se repudian, se violentan, se escupen, el amor nada vale; se separan, se mienten, se socavan. La pobreza, la explotación, los engaños, todo continúa tal cual, el gran vacío que contiene el globo de la vida sigue, avanzan maniquís andantes sin vida, hablan de la muerte impía y no saben qué dicen; robots, criaturas sin alma, todo sigue igual, quizá será así por siempre.

Le pido en voz baja que se retire.

Le digo que no la quiero, que nunca la quise.

Es increíble, ha logrado escucharme. Me alegra.

Solo atina a mirarme con fijeza. Sus ojos se derriten ante mi rostro de fuego.

Ha comprendido. Ella ha perdido. En este camino sin esperanzas hemos perdido todos: ella, yo, los demás, los que vendrán.

Porque hoy quiso demostrarme que se podía correr tras un sueño y que se podía triunfar. Que se podía cambiar algo.

Pero ha fallado.

Nada en mí ha cambiado.

Y tengo más prisa que nunca en marcharme.

 

 


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Director de la revista Argonautas y del fanzine El Horla; miembro del comité editorial del fanzine Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010); y el relato El otro engendro (2012). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

 

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/moda-gente-efecto-desenfocado-mojado-3026096/

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