Pensar sobre el baño…, sobre el inodoro | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

 

Uno de los anuncios del presente año fue la otorgación del Nobel a un austríaco, Peter Handke por su obra literaria. No exenta de polémica tal Nobel a dicho autor alienta a pensar los intríngulis de las redes literarias que dominan el mercado, las conexiones, los problemas del espacio de la creación literaria.

Más allá de toda señalación, sin embargo, y cabe decir, que Handke no es un escritor advenedizo, tampoco uno que estuvo encerrado en algún reducto. Más bien se puede decir que ya hizo obra, y sigue produciendo. A la fecha se conoce alrededor de casi 30 novelas y relatos, más de una decena de textos de teatro, un puñado de libros de poesía y, ni qué decir algo así como otra treintena de ensayos. Cineastas alemanes de la talla de Wim Wenders o Werner Herzog han empleado algunos de sus libros para obras memorables y el mismo Handke se aventuró a guionizar filmes, al mismo tiempo que dirigió cuatro de ellas.

En otras palabras, Handke es un autor versátil. Los argumentos de sus obras son fluidas, casi descriptivas, fácilmente imaginables, con pocos diálogos y más de movimiento de sus personajes. El principio de que a ellos les sucede algo es fundamental. Se trataría, en cierto sentido de textos narrativos en los que sus personajes están sujetos de un devenir: les sucede, pero es el entorno el que se encarga de hacerlos aparecer como extraños, como caídos de un cielo ya no conocido. En síntesis, la fortaleza de la obra de Handke es lo sicológico.

Esta es la misma situación en la que nos pone Handke en uno de sus ensayos: Ensayo sobre el lugar silencioso (Alianza, 2015). El propio Handke hace memoria, desde su infancia de un lugar que bien para la humanidad podría ser familiar por su peculiar situación de que es un lugar para la intimidad fisiológica: el baño, el inodoro. Tal sitio, sin embargo, para el autor, no es solo eso: es, además, un entorno de reencuentro y de extrañeza.

Ensayo sobre el lugar silencioso tiene marcado desde su título el lugar silencioso donde los seres humanos se recluyen para evacuar, para que el exceso salga de uno mismo, como desecho. Hay quienes van al baño acompañados de una revista o un periódico, dejándose llevar por el trabajo de los gases y los intestinos, en tanto que hay otros que, preocupados por el quehacer cotidiano, tratan de expulsar lo que les llama y les molesta para volver a la rutina, nada más munidos de los pensamientos del apuro; incluso, hoy en día –eso no habla naturalmente Handke– aprovechan de las redes sociales mediante los celulares, sin descontar los que se sientan en el inodoro, mientras hacen sus necesidades, para no desaprovechar eñ hablar por el celular. Imaginar cómo el lugar silencioso se convierte en otro lugar de vivencia virtual es, desde ya el desafío que introduce Handke. Dicho de otro modo: tratar de hablar del baño y del inodoro, de los esfuerzos que algunos hacen por evacuar, o de la “liberación” casi “celestial” que produce deshacerse de una carga interior, es un reto. Handke lo acomete y lo hace desde su propia experiencia, tanto como de alguien que sobrevivió a la guerra (a la II Guerra) y pasó por un colegio internado, de quien viaja y debe someterse a los rigores del tiempo y de la aceleración en los inodoros públicos, o de quien, aprovecha de lo que el cuerpo, en su funcionamiento fisiológico hace, para leer, no solo periódicos, sino también libros.

Y he aquí que uno piensa: el libro es el compañero silencioso que conduce hasta los límites de la imaginación; conducido al inodoro, cuando uno está apremiado por lo que ya se sabe, implica que el libro amigo se convierte en el cómplice y, podría decirse, lleva a que el acto escatológico se convierta en el mismo paso por los intersticios de las tramas, aquellas que llevan a fabular y a tener sensaciones distintas, incluido el miedo.

De este modo, en Ensayo sobre el lugar silencioso Handke se muestra respetuoso: no hace pornografía, no escribe por escribir, no se regodea ante nosotros porque lo hace, porque evacúa. Más bien, él mismo cuenta que desde niño tuvo que saber contenerse, hecho que le llevó a tener más bien problemas. Lo que hace es demostrarnos que el acto de evacuar, el acto escatológico, es también un acto que deriva en comunicación: porque se sale de un encierro necesario hacia un mundo bullicioso. Tal acto implica que el organismo se conecta con el cuerpo y cuando lo hace lo pincha; tal conexión es además metafórica, porque hace que el organismo que acorrala se vuelva a conectar con el bullicio de la calle. Comunicar es salir del silencio a gritar la existencia en el mundo real.

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