“Mandíbula” de Mónica Ojeda | Fabricio Guerra

Por Fabricio Guerra

 

En el Colegio Bilingüe Delta High School for Girls, víctimas y victimarias se incuban por igual. Miss Clara, una profesora de Literatura marcada a fuego por el recuerdo enfermizo de su difunta madre, mantiene secuestrada a su alumna Fernanda Montero, pocos meses después de que la misma Miss fuera plagiada por otras dos estudiantes.

Previo a tal suceso, Fernanda y Annelise, amigas forever, acuden cada tarde con otras condiscípulas a un abandonado edificio en donde comparten cuentos siniestros llamados creepypastas, a la vez que exaltan a un imaginario y terrible dios blanco a través del cual se imponen penitencias temerarias.

Oscuras surgen a lo largo del relato las relaciones femeninas: madres, hijas, maestras, hermanas, amigas, hilvanan entre sí, vínculos caracterizados por el conflicto latente, cuando no por la paranoia. No tarda en emerger el miedo, en cuyos vapores pululan fantasmas del pasado, interacciones sociales viciadas o flirteos lésbicos, enturbiando todo lazo femenino. Se establece entonces una serie de pulsiones nocivas que definen los nexos entre mujeres.

En Mandíbula (Candaya, 2018), las madres piensan que sus chicas son “monstruos a los que hay que enseñarles a ser hijas”. O también, que son “muchachitas enfermas con la cabeza llena de cucarachas”, quedando desdibujado así el tan cacareado sentimiento maternal como algo casi celestial. Y en tal sentido, no es gratuita la cita de Lacan que consta en las líneas iniciales: “estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre”, alusión que se refiere a que el cocodrilo hembra transporta a su cría sujeta entre sus colmillos sin engullirla. No obstante, el riesgo de que llegue a hacerlo resulta inminente.

Esta metáfora funciona para ilustrar las turbulencias de la dicotomía mamá-hija, pues es indudable que del rol disciplinador al violentador hay apenas un corto trecho. Quien protege, bien puede devorar, y quizás más una mujer dolorosamente consciente de que su cuerpo se marchita y su aliento se fermenta, porque nunca será fácil afrontar la propia decadencia, y todavía menos, entregar la posta de la lozanía, la concupiscencia y la fertilidad a otra hembra, ni aún a la que se ha parido. Hace casi un siglo, la escritora judía Irene Nemirovsky narró ya un drama similar en Jezabel, aclamada novela en la que una madre anula y doblega a su joven hija por representar esta el advenimiento de la senilidad materna.

Mientras tanto, en las últimas páginas de Mandíbula, una Miss Clara perturbada, revólver a mano, tiene ante sí el destino de Fernanda, su alumna que permanece meada y atada en la desvencijada silla de una apartada cabaña de campo. No hay desenlace feliz, claro está, ya que la sordidez humana es más fuerte que la bondad y otras fruslerías similares. Ojeda lo sabe y lo asume creando contextos narrativos agobiantes que transmiten al lector la inquietante idea que el Horror acecha, y que de él no podrán escapar ni siquiera las niñas bien del Colegio Bilingüe Delta High School for Girls.

 

 

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