Los sueños | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Un miércoles:

De pronto, estoy parado e inmóvil frente a una puerta blanca. Casi estático. Es confuso pero mi conciencia empieza a funcionar a partir de que ya estoy ahí. Segundo piso, oficina 204. Consigo moverme. Timbro. Suenan las bisagras. Se abre la puerta y una mujer me mira a los ojos. Sonríe y saluda.

Yo hago lo mismo y entonces, recobro la movilidad y la memoria.

—Hola, Martín. Pasa, por favor.

—Gracias.

Entro.

—Toma asiento.

Es Cecilia, mi terapeuta. Saca las hojas de una carpeta que tiene mi nombre escrito a un costado, Martín Cedeño. Coge un lápiz y se sienta en un sillón que está frente a mí.

—¿Cómo has pasado esta semana, Martín? ¿Hubo pesadillas? ¿Sueños raros?

—Sí. Un sueño en el que me pierdo. No encuentro ni mi destino, ni una posible salida.

—Cuéntame.

—Camino entre calles muy angostas, empedradas. Entre muros altos de piedra. Llego a una plaza pequeña. Al fondo, hay una iglesia con la fachada gris, rocosa. Avanzo. Curvo por esas veredas y encuentro más calles empedradas. Más iglesias. Más placitas. No son sitios parecidos, son los mismos. Intento llegar a la casa de mis abuelos y pregunto, a un desconocido, por la dirección que deseo encontrar. Me explica cómo debo llegar, pero a pesar de seguir sus indicaciones, regreso a los mismos lugares donde ya estuve. De pronto, me veo en un pasaje angosto y oscuro donde apenas quepo. Los muros, de un lado y de otro, son paredes muy altas, de textura irregular. Con mis brazos extendidos, puedo tocar el muro derecho al mismo tiempo que el izquierdo, como si los pudiera sostener para que no me aplasten.

Llego a una calle que al fin me parece familiar. Creo que la casa de mi abuelo finalmente está al virar en la siguiente esquina, pero no, después de curvar, todo vuelve a ser desconocido. Camino por avenidas extrañas. Pregunto a la gente dónde estoy. Veo a una monja, a un policía, a obreros, a mujeres que parecen prostitutas; les explico mi angustia, les pregunto. Entro en un estado de brutal desesperación. Las personas con las que me cruzo me dan información, pero en nada me ayuda. No entienden bien qué es lo que busco, no comprenden mi confusión. Paso por catedrales magistrales pero desconocidas, plazas, estatuas descomunales que nunca vi. Jardines como los de los palacios que jamás hubo en mi ciudad.

Despierto bruscamente. Estoy sudando. La angustia del sueño persiste en mí. Pienso en la casa de mi abuelo, en las calles de las que no puedo salir, en el destino que no puedo encontrar. Me levanto. Siento mi boca seca. Voy hacia la ventana. Corro la cortina y confirmo que estoy en mi ciudad, que todo está bien, que ahí están las mismas vías y veredas, las mismas viviendas, la misma gente, el mismo barrio; pero yo no sé si soy el mismo. No sé de dónde acabo de llegar.

—¿Qué crees que representan estas calles para ti, Martín?

—No lo sé.

—¿Sabes por qué deseas llegar a la casa de tu abuelo? ¿Cuál es el objetivo?

—No. Pero siento una necesidad de hacerlo. De volver allá.

Cecilia sigue escribiendo. Anotándolo todo como si al plasmar mi sueño en el papel, pudiera retener ahí y para siempre, parte de mi mente para luego observarla.

Siguen las preguntas. Yo respondo como si ella al final fuera a decirme dónde estuve exactamente y qué calle debí tomar para llegar a la casa de mi abuelo.

De pronto, no anota más. Me mira. Sonríe. Explica sobre las simbologías, las proyecciones de los sueños. Observa el reloj de la pared que todo el tiempo dice tic-tac. Confirma que ya ha pasado una hora y se levanta. Se despide. Me acompaña a la puerta blanca. Me abre y entonces salgo y me voy.

Siguiente miércoles:

Nuevamente la puerta blanca en ese segundo piso y el número 204. Otra vez el timbre. Las bisagras. Cecilia. El saludo. Su amable sonrisa. La invitación a sentarme. La carpeta. Las hojas, el lápiz, el otro sillón frente al mío. La pregunta sobre los sueños de esta semana y de nuevo, mi narración desesperada:

—Estoy en medio de una enorme multitud. Hay muchísima gente. Voy con mi hermana y de pronto, mientras caminamos, el tumulto aprieta y la aleja de mí. La pierdo de vista. Me desespero y la busco. La angustia. El miedo. El temor de sentirme solo, perdido. No encuentro una dirección por la cual dirigirme. Logro escabullirme del gentío. Camino y sin entender cómo, me encuentro frente a una vieja y enorme casa de madera. Entro. Hay habitaciones descuidadas, malolientes. Atravieso un patio mugroso lleno de escombros. Subo por una colosal, destartalada y lúgubre escalera. Siento una gran incertidumbre y la horrible intimidación de no saber qué es lo que voy a encontrar ahí. Siento pánico y recuerdo a mi hermana. ¿Dónde está? ¿La perdí? ¿La volveré a ver?

Despierto violentamente gritando el nombre de mi hermana. Transpiro. La ansiedad del sueño perdura a pesar de haber despertado. Pienso aceleradamente en la multitud aterradora que nunca advirtió mi presencia, en esa antigua vivienda de madera. En los cuartos fétidos. En la suciedad. En el patio. En la basura amontonada. En el terror de esa grada macabra que ofrece una salida incierta y a la vez, un riesgo como de muerte. Me levanto. Otra vez siento la boca seca. Miro alrededor, todo está bien. Es mi cama, es mi cuarto, es mi casa. Regresé.

Cecilia, sigue escribiéndolo todo.

—¿Qué significa para ti esa multitud? ¿Te ves reflejado en ella? ¿Por qué te importa tanto el que tu presencia haya pasado inadvertida en medio del gentío? Tu hermana, ¿qué representa para ti? ¿Cuál crees que es el significado de haberla perdido? ¿Qué simboliza la casa vieja? ¿Qué parte de ti relacionas con el desorden, la suciedad y la basura?

Respondo mecánicamente a cada una de las preguntas. Contesto cualquier cosa que pasa rápidamente por mi mente. Mis respuestas deben parecerle importantes porque ella escucha y anota. La terapeuta deja de escribir porque ya ha pasado una hora y otra vez me sonríe. Me levanto. Ella me encamina hacia la puerta blanca. Se despide. Le agradezco y salgo.

Otro miércoles:

Me estoy hartando de volver a este segundo piso al que ni siquiera sé cómo llego, de verme parado frente a la puerta blanca. Del número 204 que me hostiga mirándome siempre desde el mismo sitio. Del timbre que suena igual y de Cecilia que abre. Lleva una ropa distinta cada miércoles, pero es la misma sonrisa, el mismo saludo. La misma carpeta con mi nombre, que ya empiezo a odiar. Las hojas y el lápiz que cada vez es más pequeño.

—¿Cómo han sido los sueños de esta semana, Martín? ¿Más tranquilos? ¿Menos inquietantes?

—No. Además, son muchos. La semana tiene siete días y tengo muchos sueños, pero en una hora no puedo contárselos todos. Los sueños me están matando. Ya no los soporto. Ya no los quiero. Usted tiene que hacer algo. Tiene que ayudarme.

—Tranquilo, Martín. Vamos a ver. Te escucho.

—Dos muñecos pequeños con la figura de una pareja de ancianos. Tienen expresiones faciales y emociones reales. No pueden trasladarse de un sitio a otro, pero sí moverse sobre su propio eje o darse la vuelta. Voy y vuelvo, pero al regresar, los encuentro fusionados, juntos, entrelazados. No mueven ni brazos ni piernas, pero sienten placer. Me alejo sorprendido y asustado. Al volver, veo a la figura de la mujer sola, llorando. La figurita del anciano no está. Recuerdo que he sido yo mismo quien los ha metido en una maleta pequeña para llevármelos conmigo. Tal vez me arrepentí y saqué solo a la viejita y no al hombre. Corro hacia mi bolso azul. Lo abro. Busco y efectivamente constato que el muñeco está ahí. Parado en posición vertical al costado derecho de mi pequeño bolso, junto a algunas de mis prendas de vestir.

Lo saco rápidamente y lo llevo junto a la anciana. Los junto y sus rostros cambian de expresión. Sonríen y se muestran complacidos. Felices.

Me despierto, pero no me levanto. Son las tres de la madrugada. Siento frío e incertidumbre. Me hago preguntas. Me tapo bien con la colcha y me vuelvo a dormir.

Cecilia, deja de escribir, levanta su cabeza y me mira:

—Estos muñecos que representan este par de ancianos, ¿tienen alguna connotación en tu propio yo, Martín? Quiero decir, ¿se parecen a alguien cercano a ti, a tu entorno, a tu familia? ¿Quizás abuelos? ¿Padres? ¿Te ves a ti mismo, en el futuro, como alguno de ellos?

—No lo sé. Tal vez sí. Podrían representar mi inmovilidad, mi dependencia, no sé.

—Iba justamente a hablarte de ello.

—En un par de horas volví a despertar, ¿sabe?

—¿Y qué sucedió? ¿Volviste a soñar?

—Sí. Un tigre. Esta vez es un tigre. Camino por un sendero, en medio de una feria. Me acompañan otras personas, no recuerdo quienes son. Hay algarabía, vino y comida. Voy alegre por el ambiente y de pronto aparece frente a mí, un tigre amarillo con rayas negras. Hay un silencio sepulcral. Todo el mundo se asusta. La bulla cesa. La gente se queda inmóvil y callada. Pienso que es peligroso y me quedo estático, sin movimiento. El animal cambia de actitud y oscurece su pelaje. Se vuelve pardo con manchas de color café. Ahora se parece a un perro manso que intenta jugar como a tientas. Me sorprendo. La multitud grita: ¡Está ciego, está ciego! Y comprendo aliviado que elige ser manso antes que feroz, porque su ceguera le resta seguridad para atacar.

Me despierto con los ladridos de los perros del barrio. Ya ha amanecido. Me levanto. Estoy sudando porque me abrigué demasiado y camino hacia la ventana. Veo a los perros del vecino que me miran. No están ciegos, pero juegan como el tigre manso que parece un can.

—¿Crees que tú mismo eres el tigre, Martín?

—Creo que sí. Soy yo. Pero estoy ciego y prefiero actuar como un perro manso.

—¿Ciego, has dicho?

—Por voluntad propia. Hay cosas que no quiero ver. Por eso vengo acá y cuando estoy a punto de descubrir algo sobre mí mismo, prefiero marcharme. Como en este mismo instante. Mire usted, ya ha pasado una hora. Me voy.

Cecilia mira el reloj que cuelga de la pared y asiente con la cabeza. Deja a un lado los papeles y el lápiz. Se levanta y me acompaña hasta la puerta blanca como siempre.

Último miércoles:

Decido que esta es la última vez que vengo a terapia. Nuevamente la rutina agobiante.

—Vengo a despedirme —le digo a Cecilia— No voy a volver.

—¿Qué ha pasado, Martín?

—No aguanto más. Mis sueños son cada vez más angustiantes y lo único que hago es venir a contárselos. Siento que nunca voy a dejar de soñar con cosas horribles. Sueño con demonios que me arrastran, que me estrellan contra las paredes. Cuando estoy en manos de esas bestias, sé que tengo que gritar fuerte para que alguien del mundo real me escuche y me pueda despertar, pero vivo solo y entonces, me quedo dentro del sueño. Hay voces que me dicen que grite más fuerte para que los demonios se espanten y yo pueda liberarme de ellos, pero mis gritos son ahogados y no puedo conseguir que mis alaridos sean fuertes.

Lo mismo me ocurre cuando sueño con volcanes que erupcionan y el fuego me amenaza. Es pavoroso que me arrastre la lava o me ahoguen los tsunamis. El terror se apodera de mí, cuando me sacuden terremotos y me envuelven avalanchas de lodo y de ceniza. Camino y me hundo en fangos anegados. Me asfixio. Un hombre muere frente a mí. Un niño grita mientras lo traga un alud.

Sueño con todos mis amigos y familiares que ya han muerto. Comemos juntos en una gran mesa. Sueño… Sueño… Sueño…

Miro a la terapeuta. Esta vez, ella me sonríe tétricamente y de pronto su rostro ya no es amable. Vivo un lapsus. En cuestión de instantes, me veo afuera. La puerta blanca está detrás de mí.

Hoy es jueves. Veo la hora. Seis de la mañana. Acabo de despertar con la boca seca y me siento un poco sudoroso. He tenido un sueño bastante perturbador, largo, complejo. Me levanto y preparo un café fuerte. Creo haber soñado con una terapeuta que se llamaba Cecilia y a la que, cada miércoles, le contaba mis sueños, no recuerdo cuáles eran, pero se los contaba y ella anotaba todo en unas hojas que cada semana guardaba en una carpeta que tenía mi nombre.

Mientras bebo un sorbo de café caliente, abro la gaveta de mi armario y se me hiela la sangre. Quedo petrificado y riego el café. Miro con terror, una carpeta vieja que dice: Martín Cedeño y que prefiero no abrirla porque temo que lo que estoy viviendo en este momento, sea solo un sueño.

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/concentrarse-corazones-cuidado-de-la-salud-droga-2919591/

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