La casa vieja (*) | Henry Bäx

Por Henry Bäx

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

(*) Relato finalista en el I Certamen de Relatos Cortos de Terror “El niño del cuadro” España.

∞∞∞∞∞∞∞

 

Cierta noche unos amigos y yo decidimos hacerle una burla al último soltero del grupo en la casa abandonada del barrio. La broma consistía en que él y su futura esposa pasarían, juntos y solos, su última noche como solteros.

La casa en mención era una antigua construcción ubicada en la calle Hermano Miguel y Chimborazo, en el Tejar. Corría el rumor de que en ella existían fantasmas, pero eso no era más que un mito urbano. El verdadero encanto de la casa era su curiosa y arcaica manufactura: tenía muros avejentados, columnas solemnes, curiosos arcos y algunos solitarios patios.

A la mañana siguiente fuimos con el ánimo de saber cómo pasaron los futuros esposos y entramos a averiguarlo. En principio nos llamó la atención la total soledad de la casa; solo unos pocos muebles viejos llenaban la casona. Llamamos una y otra vez, pero un silencio sepulcral nos respondió. La verdad es que al principio pensamos que ellos estaban burlándose de nosotros…

Finalmente, y dado que no respondían a nuestros llamados, fuimos hasta la casa de Pedro, el novio. Allí nos dijeron que no sabían nada de él. Inquietos, llegamos a casa de Ana, la novia, pero tampoco sabían nada de ella. Las cosas ahora habían tomado otro rumbo; los parientes empezaron a preocuparse por la ausencia de los muchachos. Buscamos en todas partes, pero el resultado fue vano. Muy pronto todo el asunto se volvió una pesadilla. Si cuando personas, no tan conocidas ni allegadas, desaparecen hay angustia, esta se multiplica y engrandece cuando se trata de tus amigos. En mi mente se formaban imágenes de cuando nos divertíamos, de cuan amigos éramos. No volverlos a ver fue para mí un verdadero tormento. Me sentía tan culpable por mi acto, que mi vida se volvió un suplicio cotidiano. Cada día sentía culpa. La culpa que lo destruye todo a su paso. Dos personas habían desaparecido y pese a todo, no perdíamos la esperanza de volverlos a ver.

Los padres de Pedro y Ana empezaron con las investigaciones. Los tres amigos de Pedro fuimos los sospechosos principales. La justicia nos inculpó y fuimos a parar a prisión. Alex y José recibieron ocho años por complicidad, mientras que a mí me encerraron por veinte años por ser el mentor de la fatal broma.

Les puedo asegurar que el tiempo en el encierro pasa muy lento. Es casi como una interminable hilera de agua que nunca acaba de caer. Mientras eso sucede, el pelo empieza a volverse cano, algunas arrugas se presentan en el rostro, empiezas a pensar con más tranquilidad. A pesar de todo, cumplí mi larga condena. Cuando salí, quise reencontrarme con mis amigos, pero para mi sorpresa me enteré de que Alex había enloquecido, lo habían enviado a un manicomio. En cambio, José había tomado la fatal decisión de suicidarse meses después de salir. Los familiares de Alex me dijeron que el pobre hombre se había vuelto loco después de una extraña conversación que tuvo con el difunto José. No podía creer lo que estaba escuchando, todo lo que había sucedido durante mi encierro… así que, sin pensarlo, fui hacia el manicomio y me entrevisté con Alex.

En principio, el pobre orate estaba irreconocible. Había envejecido mucho más que yo, a pesar de que yo le llevaba cinco años. Estaba sucio y descuidado: unas mechas repugnantes de cabello casi le llegaban hasta la cintura; las sucias uñas parecían garras; sus ojos tenían una expresión de tristeza y de total abandono. Los enfermeros me habían dicho que era muy violento, sobre todo en las noches. No obstante, a pesar de las advertencias, me atreví a visitarlo. En una pequeña sala del manicomio nos reencontramos. Al saludarlo no me reconoció, pero al insistirle que era yo el que lo venía a visitar, me recibió con un gran abrazo. Su mirada se llenó de vitalidad. Quizá ese fue su único momento de lucidez… Al preguntarle qué le había pasado, me dijo sereno:

—La casa amigo… la casa. Ella es la culpable de lo que me pasó a mí y al pobre José.

Después de decirme eso, empezó a hablar incoherencias. Salí del manicomio con el corazón lleno de pesar e intrigado con aquellas palabras que no dejaban de retumbar en mi interior: “La casa amigo… la casa. Ella es la culpable de lo que me pasó a mí y al pobre José”.

Mi intención nunca fue volver al pasado. Para mí, todo el penoso asunto de mis amigos desaparecidos en aquella casa vieja estaba casi olvidado, ya que nunca más se supo de ellos; pero el destino es tan volátil e impredecible como un rayo que cae del cielo.

Cierto día, a mis manos llegó un periódico con la noticia acerca de la extraña desaparición de un pobre indigente dentro de una casa. La novedad no era la desaparición como tal, sino que esta se había producido en la misma casa en la que veinte años atrás desaparecieron mis amigos. Decidido, me dirigí hasta la estación policial para enterarme bien de los sucesos. Un policía me atendió, pero su información fue por demás ambigua. Solo se sabía que un indigente, a pesar de las advertencias de no ingresar, entró, pero jamás volvió a salir.

Soy una persona de criterio formado, y tengo mis creencias religiosas, así que con una linterna, una pequeña Biblia y con mucho valor y coraje, entré una noche a la casa vieja. Nadie sabía en lo que me hallaba, ni mis más cercanos parientes. La puerta estaba como siempre: vieja y destartalada. Adentro, la oscuridad reinaba; mi linterna tímidamente alumbraba los rincones de la casa. Una sensación de soledad inundó mis sentidos; había un ambiente fantasmal. Tomé mi pequeña Biblia y empecé a recitar el salmo 23 a viva voz. Cada paso que daba se me volvía pesado y eterno. La lucecilla brillaba con perfección absoluta. Cada vez que alumbraba, sentía cómo el zarpazo de luz ahuyentaba mis temores. Recorrí la primera planta sin ningún problema; decidí entonces subir al segundo piso. Esta vez me sentía más seguro y libre de todo miedo. Cada escalón que ascendía y pisaba emitía un extraño y doloroso lamento. Ese ruido era mi único compañero dentro de la casa.

Una vez arriba, me ubiqué en el centro del pasillo que llevaba hasta las demás habitaciones. Fue en ese momento que me abatió un pesar muy difícil de describir. Un escalofrío comenzó a recorrer todo mi cuerpo y un escozor de vívido temor traspasó mi espina dorsal. Durante unos segundos me quedé inmóvil. Sentía la presencia de algo o de alguien. Mi linterna empezó a parpadear inexplicablemente. En ese momento se me había olvidado todo tipo de rezo, oración e invocación a cualquier ser divino. Solté mi Biblia. Un glacial frío arropó de manera inexplicable las paredes. A mis espaldas sentí una presencia; y una voz apesadumbrada me dijo:

—¿A qué has venido…?

La voz era de ultratumba.

—¿A qué has venido…?— me volvió a preguntar.

El murmullo, aunque parecía lejano, era perfectamente audible y macabro.

Aterrorizado, solo pude alumbrar mi hombro. Un sutil soplo revolvió mi cabello; giré muy rápido, pero detrás de mí estaba aquella escalera larga y cansada que había coronado hace un rato. Volví a girar. Al alumbrar hacia el fondo divisé una escuálida sombra que presurosa se perdía por una pared. Decidí avanzar. Mi linterna apenas escupía luz, pero, de todos modos, seguí… seguí. Me encontré con una puerta. Giré la perilla. Al entrar, percibí que una sombra huía de mi presencia. Experimentaba mucho temor. En aquel cuarto pude también sentir infinito dolor y tristeza. Puedo decir, incluso, que era el dolor de la agonía. Sudaba a mares, pues era consciente de que ya no podría salir de allí. Después de unos segundos, divisé a dos espectros que amenazantes se posaron no muy lejos de mí. La linterna apenas alumbraba con una luz debilísima. Me armé de valor y avancé hacia ellos. Evidentemente se trataba de Ana y Pedro, pero necesitaba cerciorarme. En el oscuro pasillo, me hallé con otro espectro que estaba parado al fondo. El espectro no era etéreo, puedo asegurarlo. Un halo de áspera luz lo rodeaba. Aunque estaba lejos de mí, era fácil describirlo. Levitaba y estaba totalmente desnudo. Noté que no tenía pies. Su cuerpo era muy parecido al los de las demás personas, pero tenía un atroz color blanquecino, quizás albino. A mis espaldas nuevamente escuché.

—¿A qué has venido…?

Una alevosa llaga carmesí se posaba sobre la calva cabeza de aquel ser. Este se me iba acercando cada vez más. Era tarde para huir, muy tarde… Empapado en mi sudor y envuelto en mis propias inmundicias, me vi atrapado en un absoluto terror. Cerré mis ojos y con paciencia esperé, tan solo esperé.

Solo ahí caí en cuenta de que la casa vieja, en realidad, era una casa maldita, y que todo ser viviente que ahí entraba estaba condenado a convertirse en espectro, en alma atormentada, en un ser errante de la oscuridad eterna. Eso les sucedió un día a mis amigos, Pedro y Ana, así como les sucedió a José y a Alex, mis cómplices de la fatal broma, y ahora me tocaba a mí. Mi turno había llegado.

Sentí cómo un macabro alarido atravesaba mi cuerpo cual filo de espada. Creí advertir, con sorpresa desmedida, que el espectro que me atacó tenía el mismo rostro de José, mi buen amigo. Al despertar y al pasar por una ventana rota, me vi reflejado; tenía una llaga abierta sobre mi cabeza. Al mirarme sin pies, tuve una sensación plácida de libertad. Entonces, comencé a vagar por mi nuevo hogar.

 

 


Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva Barreno), escritor ecuatoriano (n. 1966), publicista. De vasta producción literaria, cultiva los géneros de la ciencia ficción, literatura policial, de terror, la poesía, etc. Sus obras, entre otras: “El pergamino perdido”, “El psíquico”, “El libro circular”, “El último siloíta”, Hungarian Rhapsody”, etc.

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/abandonado-al-aire-libre-antiguo-arquitectura-2418436/

 

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