Humita | Adrián V. Grimm

Adrián V. Grimm

 

Ignacio niño, gustaba de los rincones del patio de su escuelita. Difícilmente hallaba la forma de transmitir sus pensamientos a las demás personas. Su sensación de aislamiento menguaba un poco los días lunes cantando el Himno Nacional. Le emocionaba esa parte en que los niños cantaban: Holocauso, y que enseguida los adultos chistaran ¡Holocausto, holocausto! Aunque nadie supo qué quería decir esa palabra. Otra cosa emocionante era el río del escudo patrio; su profesora, de cuyo nombre no lograba acordarse, les había contado que ese río es el Guayas, pero por votación general los niños decidieron que también era el Río Amazonas. Desde entonces para él todo río era dos ríos, y todo dibujo ocultaba en su mismo trazo su opuesto complementario.

Ignacio adulto, parco de nuevo, extrañaba y envidiaba a su amigo incorpóreo. En vano recorría los felices días en su memoria atrofiada por el hollín. Buscaba palabras olvidadas para rehacer su Incendiario. Palabras, si había muchas; pero no quemaban como cuando las oyó decir a esa nube todo ojo que era el Humo Sapiens. Problemas técnicos habían hecho de la corta estancia de El Humo entre nosotros, un infierno: su poco peso, la fragilidad del primer reposa ascuas, su megalomanía, la poca comprensión de su umwelt, su triste destino neérico.

Pensaba Ignacio, que se le antojaba triste por reflejo propio… ya que él mismo, seguía siendo invisible e inasible para los demás seres humanos. Pero lo envidiaba, pues contra toda probabilidad había encontrado una compañera y una raza en la que sumergirse y multiplicarse.

En el nuevo Incendiario a falta de palabras dibujaba pequeñas variantes del reposa ascuas. Unas 300 por página. De lejos los garabatos imitaban la música presente en una partitura o en un texto. De cerca, el galimatías era más geométrico que lingüístico.

Un agosto, mes soleado como pocos que se recuerden, ardió la cuenca del Amazonas.

Aún viejo de tristeza, Ignacio investigaba nuevas maneras de contactar con su amigo. Sabía que El Humo estaría en las mismas ascuas. Lo sabía por esa conexión que insistía en haber tenido, y por los números insertos en un nuevo reposa-ascuas mejorado para un uso ulterior.

El nuevo, obedecía al libro perdido del geometrista Jacobo Wentzel, y no estaba hecho de alambres sino de pedacitos de plancha de cobre y de acero con formas algo similares a dibujos constelares o letras de ritos acadios que Ignacio relacionaba con números y símbolos según la ciencia de su secreto sentido. Las dimensiones sí correspondían al anterior aparato, en ese juego de letras y proporciones lógico-permutantes. Estaban remachados manualmente con pedacitos de oro martillados desde ambos lados y dos pequeñas esferas de Jade remataban la punta de dos antenas que le había soldado, y que eran amplificadores.

Cuatro días después, llegaba en bus a São Paulo. En su maleta: un cuaderno, ropa vieja, una máscara bomberil, guantes y el reposa ascuas. Poco a poco el televisor del autobús fue dejando cada vez más espacio al Pare de sufrir. En portuñol explicó a los interesados que venía a ayudar en el incendio de la Amazonia. Viéndolo en compañía de una argenta, que se sentó a su lado en el bus, y que traía pañuelo verde al cuello, le explicaron que no obtendría tierras calientes a menos que se casase con una persona con nacionalidad brasileña. Ignacio ruborizado, aclaró esas palabras manoteándolas de sus oídos y su nariz. Mostró su pasaporte, recalcó su soltería y rezó a San Bolsonaro para demostrar su compromiso con el país amazónico: “San Bolsonaro, Santito de los sin tierra. Repártenos lo que queda. San Bolsonaro, Santito de la teca, de la soya, de la pesca, llena hoy nuestras panzas y mañana, que Dios provea.”

La argentina… Viviana… Acquaviva, en el bus había hablado hasta por los codos en ese bello acento que Ignacio relacionaba con compadritos y truhanes sentados al rededor de fogatas. Le preguntaba esto y aquello sobre el lunfardo, y ella se lo dejaba beber a sorbitos larguísimos como todo ciudadano cuya moneda hubiera incinerado su valor en el perdurable altar electorero.

No se habían dado cuenta de que las noches llegaban antes, dos horas antes; ya que el sol se ponía sobre la lejana humareda en lugar de ponerse sobre los Andes, pero, solo al internarse en el corazón del país carbonizado pudieron sentir el humo. Un viento del oeste limpiaba piadoso las ciudades del aroma a sombras milenarias… tostadas. De ese vacío de voces y gruñidos, de esa vida tan fácil de volver alquitranes y cenizas. Tanto desperdicio indignó a Ignacio.

Una noche, el bus llegó a destino: San Jair #18. Era un campamento de voluntarios, mexicanos, colombianos, europeos, gringos, etc. Bebían aguardiente, según ellos agua de fuego.

Viviana se despidió apenas encontró paisanos, Ignacio buscó a los suyos.

La Babel de voluntarios atacaba el fuego con machetes, animada por batacas y músicas de ritmos tropicales, desde el cielo helicópteros, más adentro tractores. Ritmos, ritmos, ritmos. Un olor de gasolina fresca lo rejuvenecía y decidió seguir su olfato hasta otro campamento de voluntarios, esta vez brasileños que apenas lo vieron le exigieron rezara a su santo en común.

Ya amigos, le entregaron una caneca, un machete, una mochila y una botellita de agua de marca europea. Salieron en flamantes 4×4 y pronto dejaron atrás el barullo de los apaga fuegos.

El silencio de la selva, solo roto por el llanto de los ahítos árboles que rogaban una muerte piadosa, le recordó imágenes de su amigo, y por primera vez iba a alimentar al Incendiario con una frase de su propia cosecha… cuando, un supuesto bombero agro-técnico les señaló el lugar más apropiado. Los voluntarios sacaron herramienta alemana y excavaron varios canalitos en el seco suelo de la selva y los plastificaron. A un extremo de esos canalitos pusieron llantas viejas de automóvil, y al otro extremo, a unos trescientos metros, las canecas de gasolina soltaron chorrillos de combustible por orificios hechos a cuchillo. El supuesto bombero sacó un teléfono satelital y habló aparte. Dos minutos después, él mismo encendía el canal de la primera caneca. Y mandaba a todos sus voluntarios a cuidar el perímetro.

Ignacio, se estaba esperando que el incendio produjese suficiente humo cuando los brasileños le gritaron: “Eh, Ecuatorianinho, ven, ven”. Trataban de explicar a un grupo de personas con machetes que no podían entrar en ese perímetro, pero como hablaban varios distintos idiomas, no era posible. Ignacio se acercó al bullerío quitándose su máscara, guantes y casco. Viviana Acquaviva lo reconoció y se le acercó, pero el olor a gasolina de él, le reveló, por extraños caminos sinestésicos más que cualquier mensaje hablado, quienes eran los causantes de los incendios. Iba a levantar su machete, pero eso equivalía a pedir la palabra; y ella, desde antes de bajar el bus, desde antes de conocer al raro chico ecuatoriano ese, estaba ya en modo furtivo. Rezumó datos y comprendió que el país carbonizado recibiría trillones de dólares de ayuda en efectivo, además del incalculable trabajo voluntario y las herramientas y tecnologías flamantes usadas en el control del fuego. Transportes, campamentos, gestión del agua, miles de kilómetros de mangueras. Todo esto, valía un rescate de rey, y seguramente impulsaría la agroindustria del país carbonizado hasta ser la más pujante del mundo. Al menos por unos años mientras dure la capa de humus, y luego aun más… cuando se les una el negocio de revivir el desierto a la manera de los kibutz. Sus padres deberían haberle puesto Casandra, pensaba. Y hablaba horas mientras por las ventanas el paisaje pasaba de andes a pampas, y de desiertos a mares; y de mares con playas desérticas, a montañas inundadas de bosques.

Los agro-técnicos sacaron también machetes y fingieron realizar una trocha para detener el fuego. Pronto, los voluntarios, que eran muchísimos más, se les unieron en la “remediación” y el trocheo. Siempre a ritmos de músicas infiernacionales. Viviana, sin embargo, con mascarilla antihumo y su pañuelo atado sobre el pelo, se estaba viendo todo desde lejos. Detrás de sus lágrimas unía cabos, y se veía ayudando a legalizar un futuro infierno de monótonas e interminables plantaciones de palma. Veía la desesperación de los educados e ingenuos voluntarios, tratando de destruir el fuego; y la esperanza de los otros los locales, viendo sus futuros puestos de trabajo y sus casas y sus bares … arder… naciendo. Recordó como sus propios textos escolares llamaban desierto a las provincias autóctonas densamente pobladas de tribus ácratas pampeanas, y presentía que el futuro estaba a punto de ser escrito, pero con otra mano, y otra tinta, y en otro idioma: en cifras.

Decidió dar marcha atrás y caminó hacia el campamento en total oscuridad alumbrándose el camino con la luz de su casco, mientras Ignacio abandonaba a su vez a los humanos y alumbraba su camino con murmullos y recuerdos de amistad y… algo más …un llamado misterioso, que casi entendía. Casi, pero no, así como los voluntarios a los agro-técnicos.

A las siete de la noche, cambiaba el viento, Ignacio se estuvo buscando el sitio más adecuado para apreciar una humareda súper densa, lo consiguió en un recodo de río que había cortado en dos una colina, y parado en esa curva natural, pasaba por ahí a esa hora, todo el humo de ciento cuarenta y cuatro mil incendios. Ahí se apostó todo el día siguiente, y a la hora indicada se puso la máscara y se concentró en escuchar y olfatear.

Lo oía, su voz horrible, su eco interno; pero no le entendía. Le suplicó que hablaran en español, El Humo apretó en su mano una ascua que era como un cursor para su amigo, aceptó:

—Gracias por venir, amigo.

—Me di toda la prisa que pude, sabía que estarías por acá.

—Estuve mandándote miles de mensajes, pero parece que mi compañera los ha interceptado, y sin embargo aquí estas, gracias de nuevo.

—Supongo que desearás escapar de tu prisión conyugal…

—…Nada de eso… amigo…. pariente… ja ja ja ja.

—No te entiendo, hice tremendo viaje a por ti, te preparé un mejor reposa ascuas, dejé ir a la única mujer que se fijó en mi… dime que hago aquí, te ruego.

—Quisiera que seas el padrino de mi nueva hija, y le des nombre. Urbarola no te tiene simpatía, nuestro amor se va apagando irremediablemente, pero ha aceptado celebrar el nascimiento en un sitio donde puedas asistir…nos.

—Urbarola es…

—Só, ella misma, la voz de tu ciudad, la que encontramos buscando esas bombas atómicas que esconde tu país.

—Encantado amigo mío, es todo un honor. Nunca imaginé que algo tan importante fuera a sucederme.

—Gracias, no esperaba menos de ti. Ya apercibo que se acerca la madre… cuidado con donde respiras, a veces es muy coqueta y eso me molesta.

Otra voz igual de horripilante pero mandona les increpó su tardanza. Ignacio atrapó algo parecido a una mirada y le devolvió una anuencia. Ella se había vestido con alquitrán que el viento depositaba sobre todo lo verde. Todo menos Ignacio.

—Buenas Noches Urbarola, eones sin verte.

—Buenas noches Heraldo, pariente.

—Concéntrense, por favor… sugirió El humo sapiens…

Se le hizo fácil a Ignacio cumplir lo pedido. La música de samba, de pitos, de carnavales, de techno le inspiraba. El olor de cigarrillo del aliento de Viviana, su mirada vuelta cenizas, su rastro imposible de seguir en la oscuridad… con esos pensamientos, sintió unas gotas de sangre caer en el piso, no miró…se concentró más.

Ceremoniosamente colocó el reposa ascuas dentro de la carpa que le habían regalado los agro-técnicos, ante las miradas de los Humos corría buscando algo… una ascua… de madera aromática. Regresó con huellas de haber tropezado y manchó de lodo la delicada capa de hollín que santificaba ese lugar.

Estaban en un recodo de río combinado con uno de viento, a esa hora el viento caliente regresaba a tierras altas y proyectaba una columna que se deshacía lentamente. Ahí se colocó. Ahí, la escuchó, tal como si escuchara un latido en sus oídos tapados. La nueva voz, era juguetona, era una brisa acompasada entre todas las músicas del mundo, recordaba a Jovim, a Buarque, a Bola de Nieve viejo; la ascua humeante fue colocada con cuidado en la urna o reposa ascuas y entonces, poco a poco, la carpa se infló y levitó. Cobró formas parecidas a Viviana y los jades ocuparon en ese… cuerpo… el lugar de los ojos.

—Te llamarás Humita. Promulgó Ignacio.

—Urbarola y El Humo lloraban. Humita era mucho más fuerte que ellos, simples hijos del hollín y su orgullo avivaba las ascuas que ellos mismos llevaban en sus manos. Apenas abrió sus ojos verdes de jade, las cortinas de hollín sobre los árboles temblaron. Le costó moverse con la liviana carpa al rededor de su ser, pero verla era amarla, pensó Ignacio; y se entusiasmaba tanto como los mismos padres de la niña. Una mezcla de mantis religiosa con hada podría describir el momento en que Humita exploraba el lugar donde vino a nacer. Las partes inútiles de la carpa de Ignacio fueron cayendo entre el hollín provocando oleadas de compacto negro de humo.

—¡Viva mi compadre!

—¡Viva!

—¡Viva La guagua!

—¡Viva!

—¡Viva la selva!

—¿…?

Los cuatro buscaron la voz con volutas furiosas, incluso Ignacio ya adulto. Era Viviana Acquaviva, o su copia totalmente hecha de negro de humo. También traía dos puntos verdes furiosos en la cara sobre la mascarilla y debajo de la gorra de tela. Esa mirada hostil fue lo primero que aprendió Humita de las personas.

Urbarola la midió de pies a cabeza, y tomó aire para decir algo que fue impedido por el hipo de Ignacio. El Humo, había engordado estos días en el Estado do Amazonas y se quedó todo lo inmóvil que puede estarse el humo. Ese silencio parecía enfurecer a Urbarola, pero el Humo parecía no querer darse cuenta.

—Por favor no pises el hollín, estás en tierra sacra.

—¿Qué decís?

—Bueno, antes de pisarlo… tómanos una foto…por favor.

—¿Qué pasa aquí?

—Nada, tan solo es una reunión de viejos amigos.

—¿Ustedes… han causado todo este… mal?

—¡Ch Ch! —exclamó Urbarola en perfecto dialecto quiteño; y envió un rayo tan denso y tan negro a su pareja, que el pobre Humo casi se evaporó del susto. Pero, pudo responder:

—No hemos sido nosotros, tan solo pensamos que era un desperdicio no aprovechar tanto humo —Viviana no los escuchaba.

—Tampoco yo… —dijo Ignacio avergonzado.

—¡Rezá ahora a San Bolsonaro, maldito!

—Eso fue solo política, pura cortina de humo.

—Explícame, que no entiendo nada… —dijo mientras apretaba su machete de acero alemán.

—Estos que ves… son mi única familia, y estoy visitándolos.

—…

—Estos… ¿Qué son? Difícil de decir, este es mi amigo, ella su pareja, y …ella es mi ahijada.

—Parecen… algodón de azúcar …negra…

Ignacio sorprendido trataba de ignorar el bullerío de los humos, su nerviosismo no era buen puente entre Viviana y sus amigos, y los enfurecía a todos. De repente quiso algo de privacidad. No sabiendo que hacer para ahuyentarlos sacó su cuaderno nuevo para abanicarse. La vista de papel recordó al Humo sus días de autor, y se acercó. Frente a Ignacio, sugirió con un gesto que le abra el cuaderno. En las primeras hojas había esquemas de cientos de reposa-ascuas. Durante el viaje había unificado esas ideas en un nuevo proyecto. Si bien antes había usado Cábala para realizar su visión, ahora había ocultado todo rastro de ese saber detrás de láminas metálicas y preciosos remaches.

—No se parece … al otro.

—El tuyo fue una inspiración del momento, pero he tenido tiempo de mejorarlo. Si ves aquí… hay el boceto de un tercero, que mantiene la proporción del vacío y la medida. Este se parece más a un corazón, y funciona parecido a uno.

—Ya he visto uno de estos, los neéricos le llamamos Anti. Creo que si lo construyes bien… podría ir y venir a voluntad y visitarte sin tan grandes esfuerzos.

—¿Cómo que ya has visto uno?

—En estas ranuras, es necesario colocar algunas piedras preciosas, y en las antenas, pepitas de oro…

Urbarola no se separaba de su compadre, causándole risas y cosquillas. Obsequiándole un diamante, un rubí, una piedra brillante, un topacio raro. A su manera, quería ser una barrera entre él y su hija. Pero, no había cortina de humo capa de velar esos ojos verdes encendidos… o contrastantes en ese universo de hollín. Recordó a las panteras. Ignacio trataba de impresionar a Viviana y a Humita a la vez. Ambas tenían ojos verdes, ambas eran livianas, ambas olían a humo; y sin saber nada acerca del amor, Ignacio se movía ante ellas como una flama en un bosque, o un elefante en un mundo de cristalería. Pronto se agotó su repertorio, y sin google a la mano recordó con incomodidad que no era una persona elocuente. La cosa fue empeorando y para entretener a su audiencia tuvo que acudir a las viejas leyendas que libros de texto mantenían vivas e irreales en las mentes de los niños de su país.

El Birú, río de pronunciación imaginaria; el Amazonas de imaginarias tribus femeninas, el equateur de imaginaria circunferencia, la selva poblada de lenguas y sonidos tan densos como la ignorancia de estos debía ser para los foráneos. Todo lo que le rodeaba, la historia y el mundo eran humo, pensó Ignacio. Sin saber si decírselo a Viviana o escribirlo en su cuaderno.

—¿Tus amigos… te hablan …Y… tú los oyes?

—Nos entendemos de varias maneras. El lenguaje corporal ayuda mucho.

—¿Te han dicho algo de mi?

—Creen que te pareces a su hija, Humita.

—Qué nombre tan divertido, tenés alma lunfardesca, amigo.

Por alguna razón Ignacio no reveló a su amiga que en su país Humita era nombre de algo delicioso. Algo como un tamal o envuelto de masa con relleno y cocinado al vapor.

Los llamaba el sonido del río. La esfera de oscuro hollín los fue acercando a los fluir-ruiditos y a los choques pedrunos ahogados. Ignacio terminaba de contar su épica historia quiteñizada del gran río, cuando ya Viviana tomaba aire y se quitaba la máscara y la reemplazaba por el pañuelo:

—En el Río de la Plata, se dice que ese fulgor argentino es las canas del olvidado dios de los hombres que antaño lo adoraban ahí. Dios ya sin nombre ni rito ni memoria, pero sin olvido tampoco. En las noches de luna, el reflejo se estira a lo largo de todo el río, y para sentir que la luna te sigue no es necesario mirar el cielo. El río tiene canas, dicen.

—¿Canas por esperar?

—Canas de silencio, supongo. La gente de ahora jamás pone alma a las cosas, la toma toda para sí.

—La gente es muy rara. Pero tú…

Humita se apresuró a seguir el juego con su preciosa voz que en ese momento se parecía a Annie Lennox y contó lo siguiente:

—Por debajo de la corteza, se perciben los eventos del mundo. La cóncava superficie amplifica y dirige toda esa información a un hipercentro.

—Dale suave Humita. ¿Cuáles són las fuentes?

—Mi gente aprendió a escuchar y leer en él el resumen de todas las acciones de los habitantes superficiales. Somos la fuente.

—Mitologías inframundezcas…

—Entretejidas en el fluido, las voces contaban historias más y más individuales, una de ellas explicaba la naturaleza de ese lugar… el anti y el urcu son los padres del río.

¿Anti decís…por Andes?

—Pero el Anti es una gigantesca serpiente de fuego que se abre paso por la corteza terrestre, y continuamente se desprende de su piel, la cual ya fría y solidificada forma las afiladas cordilleras del Ande. El Urcu en cambio es la altura, es lo húmedo y solitario, es el viento copulador de nubes espesas. Por debajo de la tierra, no se entiende al Urcu ni al Gran Río; parecen leyendas, pero desde este punto, si se entiende, y se nota que estos ríos de agua provienen del uno y van hacia el otro. Y que son tan reales como el río de fuego del Pacífico o el humedal que progresa por debajo del lecho del Amazonas. Donde confluyen el Urcu y el Anti, ahí, nace el Río. Y ese lugar ahora mismo se conoce como Quito.

—Yo soy de ahí. De Quito.

—Tambien yo —alzó como una mano el Humo sapiens.

—Y yo —replicó terminante Urbarola.

—El Gran Río es una serpiente de agua, es macho, pero muy joven. Aún mama de su madre el Anti, y de su padre ha sacado lo hambriento.

—Un día nos tienes que invitar a tu ciudad ¿Eh? —sugirió Viviana, con aires de experta mochilera.

—Ojalá y sea pronto. Musitó Ignacio.

A diez minutos de selva estaba un lento río de unos 7 metros de ancho. El hollín formaba una nata verde en los sitios menos fluidos, y dejaba ver canas del río en los rápidos y entre las pocas rocas. Las chicas se quedaron en el filo de la selva, e Ignacio se acercó a preguntar en un ingenioso embarcadero de pingos y guaduas. Había vapores —bendito sea Verne—, y lanchas río arriba tres veces al día.

—¡Cómo hacés para entenderte con toda esa gente!

—Es que rezamos al mismo santo. Es cuestión de ir con el río.

—¿Y qué quieres hacer?

—Quiero que vayamos río arriba, los tres. Tengo dinero más que suficiente. Vamos para Quito y podré construir el nuevo reposa ascuas. Antes me faltaba dinero, pero ahora tengo las piedras que me traía tu madre Humita.

Su bolsillo estaba lleno de piedras de colores. Algunas no tenían nombre aún. Su cabeza giraba entre paisajes cambiantes y proporciones fractales para sus aparatos imaginarios. Solo Viviana se mantenía apartada de la acción limpiándose brazos y busto con pañuelos húmedos. Aceptó ir con sus extraños amigos río arriba. Humita gozaba imaginando el susto de sus padres; dejaría migajas para ellos en los humos del vapor en que remontarían el río. Pero iría Quito y conocería la legendaria ciudad de la que había a sus padres.

—Decime Humita… cómo es que sabes esas leyendas sobre la serpiente de fuego y la serpiente de altitud y la serpiente de agua? —empezaba Viviana e Ignacio debía actuar de traductor entre las chicas—. ¿Has oído hablar de los dragones? ¿Has oído hablar del cinturón de fuego del Pacífico?

—En donde hay gente, hay leyendas. Abajo no es como aquí que no se ve nada ni se sabe nada. Abajo todo es transparente para quienes ven a través de la presión y la temperatura. Las leyendas hablan de un mundo superficial de estrellas que miran a su vez un cielo de estrellas distantes.

—¿Pero ahora que estás …arriba… como divisas lo de abajo?

—He perdido todo contacto. Todo es opaco aquí. Moverse es difícil y riesgoso. Si no fuera por el reposa ascuas de Heraldo, me desvanecería como esas volutas dejamos sobre el río.

Esas largas conversaciones eran devastadoras para Ignacio, que debía someter su mente a los giros del lenguaje de dos especies distintas a la suya. Por un lado, la sensual voz que imaginaba para Humita hablaba de una realidad neérica poblada de saberes intraducibles hacia Viviana. Y por el otro, las preguntas y aseveraciones de Viviana tenían el límite del lenguaje humano traspasado por una ilimitada esperanza en la bondad de los extraños.

—No hubo manera de evitarlo —concluyó Ignacio—. Ellas se odiaban.

Además, estaban los sueños que el Humo podía usar a voluntad para hablar con su amigo. Ya sin la interferencia de Urbarola el canal funcionaba mejor que nunca. Y pedía…rogaba… exigía a Ignacio que devuelva a su pequeña e inexperta hija.

—Tu hija sabe muchísimo para ser una recién nacida.

—Recién nacida en este plano. Frágil como un fósforo, tú lo sabes bien.

—Siento que ocultas cosas, di la verdad.

La nave de vapor giraba su rueda en contra de la corriente y los llevaba imparable metro a metro por el medio de la corriente del afluente del Amazonas en que se hallaban. El capitán Julio callaba contento de sus piedras preciosas con que Ignacio había pagado el viaje río arriba. Las chicas mantenían vivo un tenso silencio lleno de miradas acusatorias hacia Ignacio. Juan, el oficial del barco pasaba horas afeitándose con total parsimonia, y encendía cigarrillos que eran devorados más por el viento que por sus chupadas. A ratos, el barbudo capitán lo recriminaba por su vanidad y bonhomía. Ignacio entendía poco, y estaba contento así. Para él, el viaje era lo más parecido que había experimentado a la felicidad. Pensaba en Viviana como su novia, y en Humita como su hija. Y él, el silencioso y lubricado nexo entre esos dos universos.

Como un suspiro pasaron las tres semanas que toma remontar el Amazonas hasta el Napo. El paisaje fue más monótono de lo esperado y apenas divisaron unas casas de adobe con antena de televisión; los ojos de Ignacio y Viviana dejaron salir un montón de lágrimas que habían tenido dobladas o replegadas según pareció a Humita. Tal es la fuerza de la costumbre de reconocer, que es para muchos su único aspecto humano.

Viviana averiguó que Julio era un indio puro proveniente de una tribu no-contactada cuyo nombre tenía prohibido recordar. Julio niño había encontrado una liana muy rara, un alambre de 220v. Siguiéndola había encontrado el poblado de los hombres ruidosos. Los había rondado unos días hasta que vio a otros indios que los visitaban y los imitó. Poco a poco aprendió a guiar a las lanchas por el río. Poco a poco había expandido su imagen del mundo, poco a poco había perdido su capacidad de asombro; no se inmutó al ver abordar las dos damas tapadas, ni se sorprendió que nunca hablasen entre ellas sino siempre por intermedio de Ignacio. El bajo de la canoa era lo suficientemente alto para estarse de pie, pero habían colgadas cabezas de plátano, de maduro, ropas, aguardiente y todo el attrezzo de los pescadores de río. En el fondo, en un lugar ventilado, dos canecas de plástico con gasolina y una vacía. Humita pidió que las muevan y se instaló en una esquina. Armó un pequeño castillo a prueba de viento.

Julio hablaba tanto o más que Viviana, pero lo que hablaba era más increíble que la Mismísima Humita. Su tribu se componía de muchas veces diez dedos, entendimos. Los hombres no hacían otra cosa que cuidar el equilibrio de la selva, ya había demasiados dioses a la vista.

Así como los negros pintan negro a Jesús, y los mestizos le aplican gamas variadísimas de policromado, así mismo los invisibles tienen dioses invisibles cuyo nombre no debe ser dicho sino en ceremonias donde este arcano sea prolongado en el mundo. Averiguar el nombre de dios era una razón mas que justificada para cazar a alguien que lo supiera; cortarle la cabeza, procesarla y tenerla para siempre como recipiente de esa voz, del mismo modo en que los caracoles grandes son eternos recipientes del sonido del mar.

Hacia ni tres generaciones muchas tribus no contactadas fueron descubiertas y diezmadas por los militares, los colonos y los geólogos; y cada vez la frontera del mundo que no sabe ver se acercaba a los pueblos invisibles.

—Cómo que no sabemos ver? —preguntó Viviana solo por hinchar las pelotas. Julio no respondió en palabras, sino quitándole un insecto palo del pelo y una araña de debajo de su mochila. Dio una pitada infinita a su tabaco negro y señaló el aire, soltó el humo y le fue dando forma de mono o de jaguar.

—Ver es mas que solo reconocer lo que te ponen ante los ojos. Dicen que hay maquinas que hacen eso mejor que los humanos. Ver es dejar pasar la oscuridad de un objeto a la obscuridad de una memoria. Ver es usar ese puente de luz. En su tribu, todas las personas cazaban desde muy niños. La muerte era solo parte de la vida, pero todo el tiempo se estaban atentos buscando el llamado del dios. Ver o no ver.

Menos Humita, todos estaban absorbidos por la historia de Julio, sus dioses dormidos y sellados en animales. Juan en cambio hablaba de su familia, de su tiempo convicto y de la injusta situación que lo había llevado a ser un forajido. Cuando Juan hablaba, nos resonaban las palabras de Julio, y eso las hacía más valiosas que el agua buena.

Juan hablaba y hablaba de un modo tan monótono como la canción del río, o la de las hojas de ciertos árboles a ciertas horas. Pronto todos dejaron de oír y se descubrieron viendo el mundo a su rededor con ojos que eran parte del mundo. No saber ver, no parecía grave en la ciudad pensaba Ignacio joven.

—Ver o no ver… esa es la pregunta —pensaba Viviana fingiendo dormir mientras espiaba la débil luz que el carbón encendido imperaba por el interior de la carpa de Humita.

El aburrimiento de tres semanas de balsa, el fastidio de hacer sus necesidades básicas por la borda, y el hambre sospechosa de los pasajeros abrió paso a miles de mosquitos y otros insectos, a cosas reptantes por el casco de la nave, a motas de polvo de distintos colores posándose sobre los lentes de las cámaras de fotos digitales.

Ya en aguas ecuatorianas, Julio empezó a contar cosas más interesantes. Habló del dios invisible que gustaba de visitar cascadas y precipicios abandonados, que era viento donde había viento, y lluvia donde había lluvia. Un dios que gozaba de lo vivo, y de ver como lo vivo extrae esa vida de otra vida; de sí.

En Loreto tuvieron que tomar bus a Quito, se despidieron de Julio y Juan y sus mundos plácidos y contradictorios. Humita se sentía casi en casa, el frío de Papallacta le hizo entender el frío del que hablaban sus padres. Y el horizonte presentaba las típicas humaredas que recordaba del Estado do Amazonas.

Esas humaredas preocuparon a Viviana e Ignacio, no eran tan típicas como a Humita le parecían, y como todo viajero sorprendido por todo Vesubio, empezaron en ese momento a recabar información útil e inútil con el fin de trazar un camino lo más lejano a la tragedia. Los videos de Facebook, los tuits, los wasaps echaban humo espeso y violento. No informaban.

Ignacio se sentía uno de aquellos que no saben ver. El bus los llevaba raudo hacia la ciudad en llamas, en el camino mucha gente con palos y escudos de lata y de cartón. También gente ciega que se acumula en el borde de abismos, armada de aparatos y tarjetas de crédito. No entendía nada, ni reconocía más que esquinas y ministerios.

Humita no se consideraba a si misma como una que no sabia ver. Enseguida buscó al dios al rededor de la ciudad y casi lo pudo percibir entre las altas columnas de humo negro de llantas de automóvil. Debía estar por aquí se repetía y hurgaba entre basuras livianas y en rincones tranquilos.

El dios silencioso nunca se manifestó y eso fue muy alentador para Humita cuya fe en el silencio estaba siendo reparada. Por desconocidas calles y atajos, el bus llegó a su terminal, los pasajeros confusos y abandonados en la ciudad incinerada tomaron cada quien el rumbo de una humareda. Ignacio nuevamente era el padre, el único que podía dirigir el camino de su pequeña familia. Caminaron al sur buscando transporte, el viento de Quito estorbaba los pasos de Humita como antes los de su padre; Ignacio guiaba a la una, y protegía a la otra. Era un sentimiento de poder y de amor luchador, pero que se fue desvaneciendo por el bypass de Carapungo, entre gritos de indígenas que festejaban cuando impactaban a un auto que huía por debajo del puente.

A pesar de no poder caminar bien, Humita era inmune a las cortinas de humo. Guiaba a su modo a Ignacio diciendo:

—Ese es correísta, ese es venezolano, ese es morenista.

No fallaba ni con las redes sociales, y gracias a ella muchas mentiras dejaron de ser creídas.

—La fe del Anti es el velo. Bendita es la mentira que presenta la verdad fortalecida.

Viviana consiguió que los lleven en una camioneta hasta el barrio donde vivía Ignacio.

En el balde de la camioneta, arrumado entre costales y escudos metálicos, Ignacio se durmió y tuvo un sueño:

El humo le rogaba que vuelva, que su hija era muy joven para tal viaje, que no podía seguirlo por el río y eran inútiles los rastros que ella había dejado. Que a cambio le hablaría del Anti, el original. Ignacio, quiso no recordar ese sueño, pero en cuanto abría su Incendiario volvían las preguntas a su memoria. El Humo había dicho claramente que existe algo parecido a un reposa ascuas, cuyo nombre era Anti, y era paso obligado de almas, un puente o algo así. Poco más había dicho, pero Ignacio llenaba las aporías del sueño con dibujos de su cuaderno, y mirándolos parecía leerlos, pero solo les preguntaba. Viviana le preguntó: Que era eso… pero antes de responder la camioneta llegó al Arbolito y los amigos se despidieron. Viviana ya conocía la ciudad y saludó con miles de indígenas con dos besos en cada mejilla. Regaló su pañuelo y alguien le dio un tambor: Se fundió con la muchedumbre a ritmo marcial.

Ignacio joven caminaba decidido por su barrio con Humita de la mano. Cada cuadra tanteaba el nuevo incendiario en el que no había escrito palabras todavía. Compró algunas cosas en la ferretería y víveres, y buscaron su pequeña casa con marcas de fogatas en la fachada y un grafiti firmado por un tal Tinder. Decía: «El desierto avanza».

Humita comió un par de astillas de palo santo y se quedó quieta por horas; Ignacio pan y avena. Y ordenó su mesa, sus piedras preciosas y sus herramientas al rededor del incendiario. Imaginó el olvidado nombre, al cual solo se podía acceder por la proporción. En lugar de letras usó piezas que parecían adecuadas para sostener y dar ciertos movimientos a las piedras que había traído de Brasil A las tres de la tarde, en lugar de tener hambre, Ignacio tenía un nuevo reposa ascuas. Llamó a Humita.

—¡Qué has hecho!

—Mi tercero reposa ascuas, póntelo.

—No tienes idea de lo que has hecho. Hay uno así en casa, sirve para hacer por los tuyos, lo que tú hiciste por los nuestros. Lo construyó un tal Empédocles de Agrigento.

—Muéstrame cómo funciona.

—Si te muestro, enloquecerías. Sería como desarmarte para volver a darte forma en otro sitio.

—¡Como un tele-transportador o una botella de genio!

—Pero igual que uno, destruye el cuerpo que analiza, y no transporta un cuerpo, sino un espíritu. En casa usamos este aparato para que algún espíritu barra el piso o busque algo perdido.

—Parece brujería eso que cuentas.

—Aquí arriba sí que lo parece. Pero allá abajo, es distinto.

—Te creo, lo guardaremos en este bolsillo de mi mochila.

La ciudad había estado siendo ahumada con toda tranquilidad durante una semana y un día; todo el centro estaba impregnado de hollín y gas lacrimógeno. Humita había cambiado su carpa por un sobretodo rojo con capucha. Se arrepentiría de ello. En lo peor de las huelgas Ignacio salió en busca de su amigo el humo. Apareció Viviana en la bajada del Congreso y estuvo tirando precisas piedras a los policías. Ignacio lanzaba piedras sin ton ni son, igual que patea la pelota en el fútbol, y varias de ellas rompieron cabezas.

—¡Corre!

—¡Espérame!

—¿Dónde está Humita?

—Aquí cerca —y la dejó ver dentro de su mochila el segundo reposa ascuas encendido.

—Hola Vivi.

—¿Estás loca? No has debido venir aquí.

—Ignacio me cuidó bien. No debes preocuparte. Sabe mucho de nosotros los Humos.

—Eso mismo me preocupa. Se dicen cosas de él allá abajo.

—¿Qué dicen de mi?

—Que has construido un Anti. ¿Es cierto?

Humita, encerrada en el reposa ascuas, en el bolsillo de Ignacio refunfuñaba. Viviana los veía con cariño y poco le importaban los gases, las piedras, el fuego, las balas. Pero, una turba los fue arrastrando y con ella entraron a un edificio cuyo rótulo estaba quemado.

Dentro, la oscuridad y el olor de gasolina les recordaron el Amazonas. Alguien había encendido fogatas en cada sala y en cada piso, quizás agro-técnicos. De repente, los incendiarios salieron corriendo. Esta vez la marea de gente los depositó en un recodo de las escaleras del edificio. Llegaba el ejercito.

Sin dar tiempo para nada más que acurrucarse, les llovieron bombas lacrimógenas en el interior del edificio en llamas. El humo era tan espeso que sin querer Ignacio hizo que el Humo se materializara, y dijo:

—Así te quería encontrar, mal amigo.

El gas no le afectaba, pero Viviana e Ignacio tosían y lloraban sin consuelo.

—¿Dónde está mi hija?

Señaló a su mochila, el humo la abrió ceremoniosamente y sacó a su hija del reposa ascuas.

Los soldados subían por la escalera principal, todos con máscaras y cachiporras. Por la oscuridad no notaron el momento en que el hollín de Humita pintó todas las paredes, pisos y techos. Iban apaleando a todos los incendiarios y se los llevaban derrotados a un camión cárcel.

El humo se puso cerca de la cara de su amigo y eso alivió el ardor del gas lacrimógeno, le dio unos segundos y le preguntó:

—Vienes o no?

La mano de Viviana entendió exactamente el significado de estas palabras y se apretó al brazo de Ignacio que se volvió intangible. De su ropa salió un vapor con olor de tocino y avena. Estuvo presa dos semanas, sin demasiadas incomodidades, era mochilera. En cana, todas querían beber guanchacas con la gaucha —«Agua de fuego»— pensaba ella. Luego que Ignacio, el Humo y Humita se esfumaron, en un acto reflejo, ella guardó las cosas de Ignacio en su maleta. Al recobrar la libertad aún estaban ahí.

En el bus de vuelta a su país, Viviana leía un viejo cuaderno escrito en un raro idioma: una colección de insectos aplastados y pelos pegados. En la carátula con letra infantil habían escrito “Incen…diario” Un chileno, de Santiago, se sentó con ella y le preguntó que era eso, ella dijo sintiendo cosas desconocidas: Poemas de amor.

—Vamos te invito a mi ciudad, para que te olvides de tanto amor, desorden y destrucción —prometió él.

 

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/agua-beber-bebida-caudal-2249233/

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