El veneno | Mariana Falconí Samaniego

Por Mariana Falconí Samaniego

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Era una idea obsesiva que la tenía clavada entre ceja y ceja.

No podía seguir atada, sin amor, a un hombre neurótico, que no quería darle el divorcio por no perder, según él, su estatus de persona moral y de principios.

Su matrimonio fue desde el comienzo rutinario.

Hombre de costumbres metódicas podía pasar horas enteras frente al televisor espectando partidos de fútbol, deporte que lo obsesionaba.

No lograron tener hijos, pero no por culpa suya pues agotó consultas con varios ginecólogos quienes aseguraron su fertilidad.

Él, como buen machista se negaba a acudir a ningún médico y allí se cerró dicho capítulo.

Por todas las formas conocidas y por conocer trató de convencerle que lo mejor era separarse amistosamente, ni siquiera pensaba exigirle y así se lo dijo, lo que legalmente le correspondía de la gran fortuna que él poseía.

Quería simplemente volver a ser libre, a tener tiempo para dedicarse a sus cosas.

Quería retomar su profesión de diseñadora de interiores.

Pero, sabía que el no lo permitiría, luego de tantos años de vivir juntos había llegado a conocer el fondo de su alma de hombre atormentado, el amor que sentía por ella era enfermizo, posesivo, desquiciante, ni escapando a otro país se vería libre de su presencia.

No, no era solamente cuestión de moral y principios, ella lo sabía, era algo más profundo, algo siniestramente agazapado en su personalidad de hombre recto y chapado a la antigua.

De modo que una noche, en que febrilmente daba vueltas en la cama gemela del dormitorio que compartían, sin poder conciliar el sueño, se le ocurrió la idea.

La culpa de pensar en ello no era solo suya. Fue Doralisa, la sirvienta negra oriunda de Santo Domingo de los Colorados quien había clavado inconscientemente tal idea en su cerebro.

Todos los días mientras preparaba el almuerzo tenía que soportar la cantaleta de la negra, que no paraba de hablar y contar anécdotas de su tierra, por ella supo de infinidad de brebajes que servían para retener al novio o marido, para enloquecerlo de amor, para apoderarse de su voluntad y otras cosas más.

Hablaba de ciertas hierbas que, suministradas a diario, en las comidas, tenían el poder de acabar con cualquiera, de irlo “secando en vida”. La negra aseguraba que aquello era infalible.

De manera que mañana, sin falta alguna, preguntaría a Doralisa sobre el particular.

Como quien no quiere la cosa, al día siguiente, acorraló a la sirvienta a preguntas, llegando a un acuerdo, la negra viajaría a su tierra aquel fin de semana para conseguir dichas hierbas, se había convertido en su aliada si a cambio la recompensaba generosamente.

Al cabo de dos días la tuvo de vuelta a casa, trajo consigo un atado grande de hierbas de colores opacos y penetrante olor. Todo era cuestión de poner manos a la obra.

Luego de un día entero de someter las hierbas a cocción, la negra destiló un líquido oscuro y viscoso, inoloro, insaboro, al que añadió el contenido de un pequeño frasco, y la pócima, según ella, estaba lista.

Entonces, ya solo era cuestión de administrarle algunas gotas cada noche.

Al cabo de un mes de tratamiento empezó a notar ciertos cambios extraños en su marido.

El pelo – que por cierto había empezado a caerle – se veía con brillo y frondoso.

Al segundo mes, los achaques que anteriormente el viejo manifestaba a diario habían desaparecido, ahora se le veía vital, animoso y rejuvenecido.

Al tercer mes el cambio era notorio. Su vida sexual tomó un giro asombroso.

Gracias a su vitalidad el viejo se había transformado en un amante fogoso y apasionado, tanto que empezó a reconsiderar su decisión de divorciarse.

El cambio era tan drástico que preguntó a Doralisa porqué su brebaje había surtido efectos opuestos.

La negra juraba y rejuraba que había seguido al pie de la letra la receta que le enseñó su madre.

—Lo que pasa niña —decía convencida— que las reacciones son pasajeras.

¡En fin! Decidió dejar todo en manos del tiempo, pero el tiempo le daría la más grande sorpresa de su vida.

Aquel fin de semana, Doralisa y su marido se hicieron humo.

Por lo visto la negra había estado jugando a dos cartas.

El maldito viejo se alzó con toda la fortuna que tenía guardada en el banco.

Al volver de una visita le sorprendió el silencio denso que envolvía la casa.

Una misiva escueta sobre la consola decía: “Adiós querida, te dejo libre como tanto querías. Quiero empezar a vivir de nuevo. Doralisa me da lo que necesito. No me busques. Salimos del país. Te dejo los papeles listos donde mi abogado. Adiós.”

¡Era lo que tanto había buscado!

¿Porqué ahora que ocurría sentía aquel sabor amargo en la boca?

¿Porqué tenía la sensación de haber sido tomada el pelo?

Arrojó rabiosamente la nota y empezó a caminar sin rumbo fijo…

 


Mariana Falconí Samaniego, escritora ecuatoriana, es autora de nueve libros de poesía y más de veinte obras narrativas de cuento y leyendas juveniles e infantiles. Ha participado en diversos encuentros literarios nacionales e internacionales. (Fuente: Casa de la Cultura Ecuatoriana: http://www.casadelacultura.gob.ec/?ar_id=11&no_id=2911&palabrasclaves=Islas%20Encantadas,%20libros&title=Mariana%20Falcon%ED%20presentar%E1%20dos%20obras%20literarias)

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/adulto-beber-bebida-desgaste-2450768/

 

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