El poliamor | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Era la última noche que pasaría en casa antes de viajar a Quito al día siguiente. Estaría allá una semana, por lo menos, y por eso no fui capaz de negarme a las peticiones de Tábata y Érika, las esdrújulas. Yo las llamaba así en mis pensamientos.

Tábata y Érika eran mis amantes. Yo estaba divorciado, vivía en Guayaquil y tenía un departamento en Quito.

Me gustaban mucho las dos, con su idiosincrasia costeña. Tábata era guayaquileña y Érika, manabita.

Y lo que más me gustaba era que jamás hablamos, con ninguna ellas, de una relación estable y pública que pudiera llevarnos al matrimonio.

Yo creía con firmeza en el poliamor. Nada que no sean los convencionalismos, los prejuicios o las religiones puede impedir a un hombre amar a dos o tres mujeres al mismo tiempo. De hecho, los tres éramos felices, aunque ninguna de ellas sabía que me compartían.

Ambas lo tenían casi todo, excepto un padre para sus hijos. Ambas se separaron de sus esposos, estaban en los engorrosos trámites de sus divorcios y cargaban el peso de los gastos en el hogar, aunque se las arreglaban bien, pues eran profesionales con una alta reputación.

Cada una tenía dos hijos. Los de la rubia, alta y poderosa Tábata eran una niña y un niño, entre los 10 y los 12 años de edad. Las de Érika, pelinegra, de piel blanquísima, ojos chispeantes y desenfadada, eran dos niñas entre los 6 y los 8 años.

A Tábata la había conocido en un seminario internacional de relaciones públicas que se realizó en el hotel Hilton Colón, de Guayaquil, donde fui invitado como experto en el tema, aunque, en rigor, yo soy asesor político y no relacionista, pero tenía algunos criterios personales sobre aquella profesión mediocre y burocrática y, lo más importante, me interesaba profundizar la relación con la rubia.

Ella era la organizadora del evento y también una de las panelistas. Habló antes de que yo lo hiciera y eso fue bueno, porque después de verla vestida tan espectacular y alucinante me puse como objetivo llevarla a la cama impresionándola con mi speech.

En realidad, ese es el único objetivo de mis discursos brillantes: impactar a una (o varias) mujeres y sacar réditos inmediatos.

Érika era más joven que Tábata y trabajaba en la oficina contigua a la mía, en la firma de asesoría política donde laborábamos seis consultores.

Érika iluminaba la escena cuando aparecía por la puerta principal y se deslizaba por los espacios de los escritorios de la sala principal hasta llegar a su oficina.

Vestía impecable, sobria, generalmente con trajes sastres blancos, negros y rojos. Cuando iba de rojo me enviaba una señal inequívoca: hoy tengo tiempo para los dos y quiero hacer el amor. Horas más tarde estábamos en mi casa cumpliendo sus deseos.

Con Tábata, que tenía una actitud líquida, el asunto era mucho más concreto. Cuando yo estaba en Guayaquil ella, siempre apurada, iba entre las nueve y diez de la noche, subíamos directo a mi habitación y hacíamos el amor sin prólogo, semidesnudos, porque para ella cada minuto contaba pues no deseaba, según decía, dar mal ejemplo a sus hijos llegando tarde:

—Con lo que me hizo mi exmarido es suficiente para ellos.

¿Cómo iba a pensar yo que alguna vez las dos podrían encontrarse, si lo planificaba todo al milímetro?

Hasta el día en que ocurrió, la rutina era almorzar con Tábata y en la noche acostarme con Érika. O, si no era así, funcionaba al revés: almorzaba con Érika y en la noche hacía el amor con Tábata, siempre apurada.

La noche que esperaba a las dos en mi casa (Tábata a las seis de la tarde y Érika una hora después), no se me ocurrió que pasaría lo que pasó.

Hicimos el amor con Tábata y, por primera vez, ella dijo que quería abrazarme y quedarse un rato conmigo. Yo me puse nervioso. Teníamos media hora apenas para cualquier cosa antes de que llegara Érika.

Me habló de lo que para ella era el amor y yo, en lugar de engañarla para que se fuera pronto, le aclaré que yo creo en el poliamor y, por tanto, no me interesaba mantener una relación ni con ella ni con nadie a menos que se acepte esa condición.

Tábata empezó a llorar, despacio, con la mirada perdida. Me pidió que le explicara qué era el poliamor y yo, que me había aprendido de memoria el concepto leyendo a los expertos y filósofos de esta tendencia, le dije lo que sabía mientras ella no quería dar crédito a mis palabras.

Solté todos mis conocimientos sobre el tema:

—Es frecuente escuchar que si alguien realmente hubiera encontrado a la persona adecuada no querría estar con nadie más, o que, si estando en una relación estable siente atracción o amor hacia otra persona, es porque su relación no está funcionando. Desde una filosofía poli no tiene por qué existir una sola persona adecuada, puede haber varias, y sentirse atraído por otra persona no quiere decir necesariamente que haya ningún problema con la relación. Es perfectamente natural sentir atracción, afecto o amor por varias personas a la vez. Esto no implica querer menos a cada persona. La experiencia demuestra que el amor no es un recurso limitado. La filosofía poli elimina esa necesidad, prácticamente imposible de satisfacer, de encontrar a la persona perfecta, capaz de cubrir todas tus necesidades, o la de resignarse a vivir con alguien que no lo haga o la de ser infiel y ocultarlo.

Tábata me observaba, con los ojos húmedos y una expresión de incredulidad e ira en su rostro:

—Yo te amo solo a ti y no podría amar a otra persona al mismo tiempo. Creo que soy anticuada, ¿verdad?

Me pidió que siguiésemos como yo decidiera y empezó a besarme. Quería que mi pene otra vez se deleitara en su vagina. Y yo perdí la noción del tiempo.

A Tábata le gustaba contar los orgasmos. Si en una hora pasaba de cinco o seis le parecía una noche inolvidable. Si eso no ocurría y la cantidad era menor a cinco se iba triste, con sentimientos de culpa. Así era ella.

Yo no tenía ninguna intención de cambiarla porque no creo que a las personas se las deba transformar a imagen y semejanza de uno, como si fuéramos dioses. Cada uno es lo que quiere ser. O lo que puede ser. Aquí no cabe el deber ser.

Volví a la realidad cuando sonó el celular. En la pantalla se leía E.R., las iniciales de Érika. Clasificar así a las personas en una lista de contactos es lo mejor. Si te hackearan el teléfono o te robaran la información nadie podría asegurar que Tábata, cuyas iniciales eran T.D., era una mujer, y peor podrían deducir que tenía relaciones conmigo.

Tomé el celular mientras Tábata, que seguía desnuda, me besaba en la espalda. Era su ritual de agradecimiento por los orgasmos y el cariño que acababa de darle.

Érika me dijo que llegaba en cinco minutos, que estaba en el supermercado comprando una botella de vino. El supermercado estaba a diez cuadras de mi casa y era imposible que Tábata se esfumara en ese lapso.

La rubia no decía nada y yo desesperaba. Siempre, excepto esa noche, era ella quien se vestía rápidamente, se despedía y se marchaba con prisa. Pero esta vez se había desnudado por completo, como nunca, y percibí que no tenía intenciones de irse.

Tuve que decirle que se fuera, por favor, porque debía hacer una llamada telefónica a Estados Unidos y realizar por correo electrónico un envío urgente de un proyecto en PDF.

Tábata había dejado de llorar, bostezaba un poco y tenía una actitud enternecedora. Insistió en quedarse. Ese momento entendí que venía un tsunami y nos arrasaría a los tres.

El timbre de la puerta principal sonó y Tábata, que bostezó de nuevo, se puso en guardia. Jamás nadie nos había interrumpido.

—Quédate aquí —le pedí—. Cierra la puerta de la habitación y mira la TV hasta que yo vuelva. Es solo una vecina que viene a recoger firmas para pedir al Municipio que mejore la iluminación en las calles de esta ciudadela. Nunca se sabe dónde se ocultan los malandros.

Antes de salir del cuarto, Tábata hizo un gesto con el dedo índice de la mano izquierda.

—Ven, debo contarte algo.

Me acerqué y ese momento volvió a sonar el timbre de la puerta.

—Hoy me quedaré contigo hasta mañana. Mis hijos están con su padre.

—Quédate aquí, por favor, y no salgas —le respondí—. Los vecinos saben que vivo solo y no deseo habladurías. En unos cuantos minutos me deshago de la señora.

Dejé atrás la habitación y mientras descendía por las escaleras con dirección a la puerta principal grité:

—Voy.

Lo que pasaría después lo dejé al azar. A veces, cuando estás atrapado, lo mejor es ignorar la parte de la realidad que perturba el fluir de la vida.

Érika, con su traje rojo, se veía absolutamente hermosa. Nos abrazamos.

—Tienes la mirada un poco extraña, mi amor —dijo, y luego se arrepintió por haberme dicho mi amor—. Perdón —murmuró—. Es la costumbre de tratar así a mis amantes, para que se lo crean. —Y rio.

Rio mucho hasta que se sentó en el sofá grande de la sala, dejó sobre la mesa de centro la botella de vino Leche de la Mujer Amada (no acostumbrábamos a tomar vino y no me importaba la marca ni el año de cosecha) y cuando me puse a su lado se abalanzó sobre mí, me besó como si tuviera mucha sed y fue quitándome la ropa mientras yo hacía lo mismo con la suya.

Hicimos el amor con furia, con ganas, con toda la pasión posible y, quizás, algo de cariño.

En contraste con Tábata, cuando Érika llegaba al orgasmo gemía sin gritar, como los ronroneos de un gato cuando se lo acaricia y dibuja un arco con su columna vertebral.

Durante el post-orgasmo nos acariciamos, nos besamos y nos abrazamos una y otra vez.

Érika, desnuda, fue a ver las copas en la cocina y yo, mirando de reojo la escalera y la puerta cerrada de la habitación, dejé que las cosas transcurrieran, sin forzar nada.

No quise saber de tensiones ni de estrés ni de ataques de pánico. Hay que tomar la vida como viene y punto.

Érika se quedó dos horas. Bebimos media botella, volvimos a tener sexo con vértigo, con todos los sentidos en ebullición. Ella reía y yo esbozaba una sonrisa nerviosa, porque pensaba que lo que estaba ocurriendo no podía ser, que era extraño que todo estuviera saliendo perfecto, que no apareciera Tábata por las escaleras o que Érika me pidiera subir a mi habitación para dormir un poco.

Luego de un largo beso de despedida, Erika se vistió y se fue. Cerré y me quedé arrimado a la puerta tratando de ordenar mis pensamientos, pero fue inútil porque, pensándolo mejor, no encontré una razón para hacerlo.

La idea fue dejar que todo fluyera y todo fluía. Ahora tenía que inventar alguna historia creíble en caso de que Tábata me reclamara o se enojara conmigo.

Subí las gradas, despacio, tratando de moldear algún pretexto sólido que no provocase una reacción violenta de Tábata, en especial si su olfato percibía mi olor al perfume de otra mujer.

Abrí la puerta de la habitación y la vi.

Estaba dormida, acurrucada con las almohadas y la colcha mientras en el televisor se anunciaba una noticia de último minuto que a mí no me interesó.

Tábata se veía tan bella, tan deseable, tan mujer. Sin hacer ruido, exhausto, fui al baño, oriné, volví al cuarto, me quité la ropa y, despacio, me acosté a su lado, abrazándola y susurrándole cualquier cursilería hasta quedarme dormido.

Podría decir que esa noche los planetas y el universo se alinearon a mi favor, pero yo no creo en filosofías baratas.

 

 


Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y docente. Es el director-fundador de loscronistas.org

 


Foto tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/adentro-almohadas-amor-besando-1450155/

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