El crepúsculo del hombre | Daniel Verón

Por Daniel Verón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Argentina)

 

La federación creció más aún. Se llegó a un punto tal en donde sus Asambleas Ecuménicas excedían las dimensiones de un planeta común y, por lo tanto, se buscaron nuevos mundos, supergigantes, para alojar a las mayores reuniones jamás realizadas por civilización alguna. Los preparativos solían durar meses y el proceso de divinización de los líderes era cada vez mayor. En torno suyo se agolpaban ahora, cientos y cientos de Portadores, representando a infinidad de Galaxias que se perdían en el vacío cósmico. Pero esto no era todo. Algunos líderes que asistieron a tales reuniones durante siglos lograron averiguar lo que nadie sabía fuera de allí. Así como otros hombres de otras épocas, aquellos que presidían los destinos de la Federación, cuando su vida se extinguía, eran “re-energizados” de una manera misteriosa y lanzados al espacio. Tiempo después, una luz que parecía ser la de una estrella común se añadía al cielo estrellado del infinito. En otras palabras, cada Supremo, cuando moría su cuerpo físico, pasaba literalmente a convertirse en una estrella más.

Pero el final se acercaba. El cuerpo humano no estaba hecho para durar siglos y siglos en el espacio tetradimensional. Pese a que se habían ensayado infinidad de métodos para extender la vida corporal, aunque los órganos internos habían sido mejorados, y hasta el método de reproducción había sido ligeramente modificado, nada parecía evitar que el cuerpo físico llegara a un fin, ni siquiera la reprogramación celular, por ejemplo. Lo más que se había logrado era extender la vida física a poco más de 300 años. Luego de eso se llegaba a un punto donde la muerte física hasta era bienvenida, como si el hombre no pudiese soportar vivir más que eso. Además, y esto era muy importante, gracias a esa muerte física, el alma se liberaba y accedía a ámbitos multidimensionales, en donde continuaba su existencia. Era algo así como la crisálida, que pasa de ser gusano a convertirse en mariposa.

Las continuas expediciones a los planos multidimensionales demostraron que el mismo estaba poblado de seres que alguna vez habían tenido cuerpos físicos como los demás. Es cierto que su experiencia anterior le servía de poco en ese lugar, pero lo concreto es que seguían viviendo, al parecer, indefinidamente. Estas investigaciones hicieron que el alma volviera a ser estudiada, sin que se pudiera llegar a una conclusión sobre su origen. Simplemente, un día aparecía, igual que el Universo en el Big Bang. Algunos científicos sugerían que las almas ya estaban presentes en el momento de la creación y que simplemente atravesaban diversas transformaciones: desde un espacio circular y plano, a nuestro Cosmos de cuatro dimensiones, para ingresar luego a otros ámbitos de 7, 10 y 15 o más dimensiones sucesivamente. El problema era que no existía (ni podía existir) algún instrumental para comprobar esto.

Mientras tanto, el hombre solar mismo parecía estar llegando a un punto de declive. Esto no era nada raro. Las incontables expediciones interestelares habían enseñado que las razas humanas y semihumanas, por muy evolucionadas que fueran, tenían una determinada duración como raza, un punto más allá del cual empezaban a extinguirse. Más allá de los ciclos históricos, comunes a toda civilización, ninguna raza era eterna. Además, no podían serlo tampoco, sencillamente porque el Cosmos mismo estaba cambiando. Quedaba claro que el Universo del año 5000 no era exactamente el mismo que habían conocido sus ancestros, por ejemplo. Incluso en el remoto pasado se habían detectado brillantes civilizaciones que desaparecieron por completo al cambiar también su entorno. De modo que el hombre solar no podía ser una excepción a esto.

Un tiempo después, algunos teóricos lanzaron una suposición realmente inquietante: lo que estaba llegando a su fin era el MODELO HUMANO en sí mismo, por lo menos en las áreas conocidas hasta entonces. En efecto; un estudio realizado en torno a la civilización de Altair y otras de cierta antigüedad, como los eridanos, parecían estar en franca decadencia. Los nacimientos eran cada vez menos, aparecían enfermedades nuevas y mortales, y ellos mismos, como sociedad, parecían haberse estancado. Apenas eran poco más que espectadores de las proezas del hombre solar, limitándose a ocupar unos pocos mundos seguros. No había descubrimientos ni empresas nuevas, sino que toda su sociedad inspiraba una gran decadencia apenas uno la veía. De acuerdo a los parámetros actuales, parecía que las razas más antiguas no estaban en condiciones de sobrevivir mucho más. Muchas no se habían adaptado a los grandes cambios, limitándose a llevar una existencia bastante monótona, sin grandes expectativas, confiando en que el Universo permanecería siempre igual.

Si bien los antairenses ya eran un grupo minoritario en ese tiempo, la señal de alerta llegó por parte de los eridanos. En cierta oportunidad, su civilización irradió un mensaje de auxilio a sus grandes amigos del espacio: los solares. A ese llamado acudió una importante flota dirigida por Zoicon Thaler. Lo cierto es que, apenas llegado a Walhalla, el almirante Thaler comprendió perfectamente lo que sucedía. Como un padre que, en su agonía, llama a su hijo para que esté a su lado, el gobernador Erron había llamado a la raza con la que habían compartido más cosas. Aún el planeta mismo estaba en una decadencia completa bien visible. Sus magníficas ciudades se parecían ahora a inmensos basurales; estaban casi completamente abandonadas y mucha de la eficiente tecnología de otros tiempos ya no funcionaba. Muchos ciudadanos, incluso, se encontraban enfermos o sumidos en una especie de agonía. El panorama era desolador y los hombres de Thaler se encontraron con muchas escenas realmente impresionantes.

Los solares son recibidos en las habitaciones personales de Erron que se halla moribundo afectado por una extraña enfermedad. Solo está acompañado por sus familiares más cercanos, pero todos se encuentran enfermos también. El dialogo que sostienen Erron y el almirante Thaler es altamente emotivo. El eridano le cuenta algo de su vida personal, de cómo imaginaba el futuro en su niñez, nunca algo como esto. Charlan amigablemente y Thaler logra encender su mirada al informarle los más recientes logros de la Federación. Los millones de sistemas planetarios, los incontables soles, las infinitas formas de vida que existían por doquier y, sobre todo, galaxias y más galaxias hasta perderse en las profundidades del Cosmos. Es el final. Erron lo toma de la mano y, con la mirada nublada, le dice simplemente: “Ustedes lo lograrán; ustedes lo lograrán”, y, tranquilo, expiró.

A medida que Thaler y sus hombres recorren Walhalla, comprueban que, uno tras otro, los eridanos van muriendo también. Ya no hay autoridades, ya no hay servicios, ya no hay movimiento, todo es muerte y los cadáveres se amontonan en las calles. No solo es una civilización en extinción, sino que se trata de la desaparición de toda una raza también. Los federales siguen atentamente los acontecimientos y en pocos días mueren prácticamente todos los eridanos. Se busca en los mundos cercanos, pero, hasta donde se puede apreciar, no parece haber sobrevivientes. Es así como llega un día en que el supremo Zetar, la máxima autoridad de la Federación anuncia solemnemente la desaparición completa de la raza de los eridanos, sus viejos amigos del espacio…

Con posterioridad tiene lugar una ceremonia-homenaje en una Asamblea convocada de urgencia. Ante la presencia de miles y miles de delegados, durante todo un día completo se repasa lo que ha sido la brillante civilización eridana. Su origen, sus luchas, su sabiduría, su legendaria amistad con el hombre terrestre, su ejemplo. Se decide entonces reservarle en la Federación un sitial de honor, vacío, que represente para siempre a los eridanos. Es la primera vez que se realiza algo así, pero, lamentablemente, no será la última. En efecto; en los años siguientes se sabe de otras razas más o menos cercanas a los solares que sufren pestes parecidas. Los pueblos de Perseo-8, de Vega, de Orión, etc. y, más allá de la Vía Láctea, hasta la raza amiga de Triángulo, unos pacíficos hombres y mujeres que parecen siempre jóvenes, hasta ellos caen víctimas del mal que afecta a todos los humanos.

Cunde la alarma por doquier. Sin embargo, hay algo que diferencia a los solares de muchas otras razas similares. La suya parece ser la más extendida a lo largo del Cosmos. Si se trata solamente de alguna clase de peste, no existe ninguna posibilidad de contagio, ya que la raza se halla distribuida en cada una de las galaxias del Grupo Local y aún en algunas otras del inmenso mar intergaláctico. Al parecer, las colonias pueden estar seguras. Sin embargo, el tiempo pasa y, lentamente, comienza a repetirse algunos síntomas. Los gobernantes tratan de mantener los hechos en oculto, pero todo va saliendo a la luz. El primer lugar gravemente afectado es la misma cuna del hombre solar: la Tierra y los principales planetas del Sistema. En otros lugares se desarrollan interminables investigaciones para ver cómo evitar este extraño deterioro general que lleva a la muerte.

Por todas partes se suceden escenas tremendas. Hay mundos en donde la gente parece haber enloquecido y la sociedad se ha sumergido en un caos total. En otras partes se asiste al inédito y asombroso espectáculo de ver centenares de miles de personas despidiéndose unas de otras, sabiendo que esa será la última vez que se verán. Hay lugares en donde ciertos grupos elaboran planes para ver de qué manera reencontrarse en los habitáculos multidimensionales, adonde se supone que va el alma de la totalidad de las personas muertas. Pero en otros sitios se observa la dramática lucha de hombres que no quieren morir. Fuera de todo control, hay ahora miles de personas que emigran a lejanas regiones del Cosmos tratando de salvarse. Ninguna organización puede ejercer algún control, ni siquiera la Federación. En cierta ocasión, durante una de las habituales Asambleas, el mismo Zetar, el Supremo de entonces, cae muerto ante la vista de todos los demás. Es el final.

Así fue como la raza solar fue cayendo, uno a uno, a lo largo del Cosmos, tal como antes ya le había sucedido a otras razas humanas en los últimos tiempos. Esto no era fruto del arma secreta de algún enemigo, ni siquiera de una “disgregación” inevitable de orden genético, como si el motor de la raza hubiera llegado a su fin. Es cierto que mucha gente desapareció sin que se supiera qué había sido de ellos, pero el grueso de la humanidad se encontró frente a un futuro que parecía inevitable. En medio de todo esto, la Federación subsistía como podía, con gobernantes ocasionales. La impresionante estructura conquistadora que había construido el hombre a lo largo de siglos parecía venirse abajo. En medio de este caos, hubo un grupo que alcanzó a pergeñar un plan. Al frente del mismo se hallaba, justamente, el almirante Thaler, que aún disponía de una importante flota. El caso es que, ante la posible extinción del hombre, Thaler se proponía simplemente llegar adonde nadie había llegado todavía. Su plan era dirigirse a los confines del Universo para escapar de él.

La idea era audaz pero no imposible. El motivo de que antes no se hubieran enviado expediciones hasta tan lejos, era por el alto riesgo, ya que luego la flota debía retornar al punto de partida. En cambio, aquí esto no era necesario. Partieron, pues, desde de los límites de la Vía Láctea utilizando la mejor tecnología. Los sistemas hiperlumínicos ayudaron a dejar atrás millones de años-luz en muy poco tiempo. Desde luego, la gran incógnita era, ¿adónde terminaba el Universo? Las últimas observaciones indicaban que las galaxias más lejanas estaban a unos 15.000 millones de años-luz. Sin embargo, la Flota Omega recorrió las dos terceras partes de esta fabulosa distancia, sondeando en las profundidades, sin que se visualizaran límites por ninguna parte. En medio de esta situación, algunos hombres de la tripulación empezaron a mostrar síntomas del fin.

El mar de galaxias era algo superior a lo que ningún hombre jamás había imaginado. Thaler dirigió personalmente las investigaciones y revisó muchos cálculos. En realidad, los científicos nunca pensaron que el Universo fuese algo tan grande. Al mismo tiempo tuvo que enfrentar escenas sobrecogedoras aún en la nave principal. Luego de caer enfermo, uno de sus principales oficiales enloqueció de una manera espantosa al grito de “¡No quiero morir, no quiero morir!”, suponiendo que se había extraviado en el Universo. Los acontecimientos se precipitaban. Thaler y algunos sabios lograron elaborar un mapa completo del Cosmos de acuerdo al recorrido. El inmenso espacio que surcaban presentaba una extraña estructura con impresionantes aglomeraciones de materia repartida de manera desigual, contrastando con otros sectores completamente vacíos. El gran dilema era adónde dirigirse.

A medida que caía uno a uno la mayoría de los tripulantes, el almirante tomó una decisión corrigiendo ligeramente el rumbo. La Flota pareció sumergirse en una especie de océano de espuma, lechoso, fosforescente. Una mirada en sentido opuesto lo dejó petrificado: todo lo conocido estaba en esa dirección. El infinito mar de galaxias que era el Universo, ahora se veía como una pared flotando en el vacío, a lo lejos. Esto, en donde navegaban ahora… era otra cosa. Cerca suyo quedaba solamente un grupo de oficiales. Nadie sabía cuánto tiempo de vida tenían por delante. Con voz firme, Thaler dijo: “Si voy a morir, antes de hacerlo quiero ver qué hay más allá”, dijo señalando la pantalla. En ese momento, una oficial, Rirca Salen, en una escena llena de significado, se acercó tomándole la mano. Ellos y los demás permanecen mirando la pantalla.

La Flota continuó por largo rato atravesando esa zona viscosa que bordeaba el espacio conocido. La luminosidad y los colores visibles variaban de manera fluctuante. Los aparatos de a bordo ya no señalaban nada porque allí no había parámetros conocidos. No se sabía bien cuál era la velocidad ni la posición relativa. Solo se sabía que, lentamente, el Cosmos conocido iba quedando atrás y que pronto lo perderían de vista, tal como sucedió un poco después. A bordo, la salud de ninguno de ellos era buena. Simplemente por analogías, Thaler calculaba que se encontraban recorriendo un Orbe que contenía al Universo entero, es decir, que estaban recorriendo algo que tenía como 50.000 millones de años-luz de diámetro, y el viaje seguía.

Cuando también cayeron enfermos, Thaler y Rirca se animaron mutuamente; los demás agonizaban a su alrededor. De pronto, al almirante notó que la espuma lechosa desaparecía y ante ellos aparecieron extrañas formas geométricas. Luego de un tiempo se produjo una tremenda explosión de origen incierto; la nave se sacudió y ellos cayeron al piso. Con lo que les quedaba de aliento, alcanzaron a ver una serie de luminosidades indescriptibles. Le sigue luego un período de sombras absolutas y entonces… cuál no sería su sorpresa cuando el hombre y la mujer alcanzan a ver, primero hacia abajo y luego en otras direcciones, un ignoto cielo estrellado, un espacio, virgen de toda mirada humana. A lo lejos, por uno y otro lado, distinguen claramente las estrellas, nuevos soles, miríadas de mundos perdiéndose en el infinito. No es el espacio que conocen. Es uno nuevo, distinto, mejor. Es el Nuevo Cosmos, un Universo para ellos.

—¡Lo he logrado! ¡Lo he logrado! –exclama Thaler abrazando a Rirca.

El viaje había llegado a su término. Era el final. Era el principio.

 


Daniel Verón (Buenos Aires, 1957). Escritor argentino, autor de obras de fantasía y ciencia ficción entre cuentos y novelas. Sus obras recientes representativas son: La exploración del universo (Tahiel, 2018) y Nuestros días en el sistema solar: más allá de Júpiter (2018).

 


Foto tomada de: https://pixabay.com/es/illustrations/la-ciencia-ficci%C3%B3n-astronave-alien-1545307/

 

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