Química del suicidio | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Bajaron las escaleras que llevan del segundo piso al primero. Descendieron despacio, escalón por escalón, armados de enormes hachas. Eran gigantescos, densos, sin forma específica, ni animales ni humanos.

Pude observarlos escondido tras de la puerta de mi cuarto. Entes incorpóreos, indescriptibles, pero cada masa, como una gigante plastilina, tenía nombre.

Yo les había puesto nombres, como cura de bautizo, como si me tocase improvisar la existencia desde el profundo pozo donde solía caer por las noches.

Lo del pozo es una metáfora, claro, pero no encontraba otra manera de describir mi reacción frente a aquellas presencias.

Llamé a mi hermana Sandra, de la habitación contigua. Impertérrita y poco afectiva, hizo un esfuerzo por fingir que me consolaba, pero, como siempre sucede cuando la gente se compadece de uno sin sentir solidaridad, fue peor para mí: dijo, sonriente, que ella no veía nada, que no escuchaba ningún ruido, que la casona estaba tranquila, que ningún intruso merodeaba. Incluso percibí que esbozó una mueca irónica.

Me preguntó si en verdad los vi o fue un destello de imaginación, por tantos libros y películas de suspenso y terror que consumo cada día. Repuse que eso no tenía nada que ver. Que sí los vi. Que los vi y escuché el crujir de cada escalón de madera soportando sus pesados y lentos pasos.

Indiferente, trató de concluir: son alucinaciones, presencias fugaces en tu cabeza.

Pero desde el día que ellos pasaron a mi lado en la calle donde está la vieja casona y susurraron mi nombre, perdí la escasa paz interior que me quedaba.

Sentado en el jardín, bajo un árbol y junto a los maceteros con geranios que cultivaban mamá —anciana, sorda y apenas con un delgado brillo en sus ojos— y mi tío abuelo —más anciano aún, mudo y con una mirada tenebrosa—, me esforzaba, como todos los días, por meditar y tranquilizarme.

El viento arrancó una rama del arupo, las flores se deshicieron en el aire y, violento, un tallo golpeó mi rostro, como una bofetada: ¡chaj!

Entonces supe que ya no habría marcha atrás: nunca lograría olvidar la obsesión más consistente y perenne que ha ensombrecido mi existencia.

Y ahora veo que, en diversas circunstancias y tiempos, ellos fueron configurando mi personalidad y mi manera de asumir las cosas de la vida.

 

*******************

 

Busqué en internet y di con un psiquiatra local. Tomé nota, llamé a su consultorio y pedí una cita.

En la consulta me senté frente a un hombre, desgarbado y con la barba mal crecida. Parecía que no había dormido tres días. Tenía entre 40 y 45 años y en su semblante expresaba que sufría. Sus características físicas eran como si fuese un hijo de mamá con mi tío abuelo.

Supuse que habría intentado suicidarse dos o tres veces y algún rato lo admitió. En sus ojos con las órbitas salidas vi un suicida potencial. Él lo adivinó: pero mucho menos que tú.

Eso fue como una puñalada por la espalda, que tendría que cobrármela.

Después de algunas horas de la primera cita reconocía su rostro: solía aparecer en programas dominicales matutinos especializados en temas de salud pública (en horarios en que casi nadie ve televisión).

Le conté todo lo que me sucedía, con los detalles más ínfimos, sobre mis síntomas, dolores, malestares y preocupaciones. Incluso exageré.

Le hablé mucho de Ellos, de las enormes y asquerosas masas plastilínicas. Me preguntó cómo eran y le respondí lo de siempre: gigantescos, densos y sin forma. Y aunque añadí “aterrorizantes”, él me pidió que no usara adjetivos, que esto no es profesional.

Me brindó café pasado en un jarro con el logotipo de un fármaco. Me alcanzó un frasco con edulcorante. Sentí el sabor delicioso de la bebida, aunque me parecía extraño que un psiquiatra tuviera en su consultorio una pequeña máquina para transformar el café molido en café soluble. ¿No es inapropiado tomar esta bebida cuando tienes los nervios alterados? ¿No era su misión calmar las ansiedades? Con tantos pacientes al día, ¿cómo se las arreglaba para elaborar su café cada hora? Simple: él no podía trabajar sin tomar café, a cualquier hora y en cualquier día.

—Y no me altero, a pesar de que tengo diez pacientes diarios y aunque Deyanira, la gorda venezolana que me ayuda con los teléfonos y las citas, no funciona para nada.

No me convenció, pero, igual, le conté todas las calamidades que me habían sucedido. De Ellos le seguí hablando con tanta precisión y detalles que yo mismo me estremecí al escuchármelo. Me parecía que estaba hablando de mi hermana, de mi tío abuelo y de mamá.

Le expliqué lo esencial: que muchas veces Ellos (las formas sin forma) aparecían junto a mí. Que echaban abajo, cuando deseaban, los muros invisibles con los que pretendía protegerme. Que a veces los olvidaba, pero que cualquier suceso, aunque fuese insignificante, me los devolvía como si vivieran dentro de mí.

Tomaban diversos volúmenes y geometrías, su olor era nefítico, y reaparecían, según la coyuntura y el entorno: una visita al derruido manicomio para saludar a mi tía abuela que ya no me reconoce, una aventura por el parque de El Ejido a la mohosa residencia —hoy abandonada— donde vivió mi difunto bisabuelo, una incursión a la morgue de la facultad de Medicina para mirar los cadáveres desnudos con la piel verdosa y el olor agridulce y de las arrugadas vaginas y los empequeñecidos penes de los muertos, un paseo por los túneles del Itchimbía —el antiguo cerro quiteño que servía para el amor, los asaltos con cuchillo, las violaciones y el fútbol de barrio—, donde mis amigos y yo buscábamos y recolectábamos huesos humanos que luego me entregaban para la colección que pensaba exhibir algún día.

Mi psiquiatra dejó que verbalizara esas historias durante tres horas. Como un detective me interrogaba y repreguntaba y lo anotaba todo, en hojas desordenadas y con un lápiz donde dibujaba enormes letras desfiguradas, pero me dijo que no iba a permitir que mis obsesiones encarnaran y que estaría curado en tres meses, a partir de la fecha que lo visité por primera vez.

El psiquiatra tenía nombre, claro, pero no viene al caso decirlo. Con lentes redondos a lo John Lennon y con una calvicie prematura sobre su cabeza redonda, como un San Juan Pablo II en joda, la segunda consulta sirvió para contarme que ya tenía el diagnóstico: mis síntomas eran de un típico trastorno obsesivo compulsivo (TOC).

No me asombró porque, para mí, al menos, ese no era el problema. Aunque el psiquiatra apasionado por el café y la Coca—Cola hubiera dado en el clavo con mi enfermedad mental, no me explicó cómo lograría amortiguar la fuerza de mis alucinaciones o de mis imaginarios tristes o abominables que, tal vez, nunca ocurrieron y que, podría jurarlo por Dios, no me consta que hubieran sucedido o que sí.

 

***********************

 

Estos últimos días no he hecho otra cosa que caminar por la ciudad, dando vueltas y rodeando los sectores donde creía que podrían esconderse, enredado en la paradoja de hallarlos en algún lugar contiguo a las atestadas calles y, por fin, encararlos o, más bien, llenar mi vida con la certeza de que hubieran desaparecido para siempre.

Pero también he pensado que si se esfumaban no habría manera de demostrar la razón de lo que pienso hacer. Me creerían loco, demente, paranoico, esquizofrénico o algo así.

No tendría justificaciones para explicar por qué sufrí tanto, para haber postergado lo esencial de mi vida, para distanciarme de todo lo que alguna vez amé, saboteándome la existencia y boicoteándome la felicidad.

­­­­­­­­­­¿Quiénes eran Ellos, en realidad? ¿Entes autónomos o proyecciones personales mías? ¿Fueron Ellos l­­­­­­­­os que destruyeron mi vida o fui yo quien se inmoló manipulando mis propias sensibilidades y fragilidades?

Finalmente he entendido que, fueran lo que fuesen —Ellos o yo, yo o Ellos—, eran la síntesis de todas mis enfermedades y de mis cansancios que ahora parecían legendarios, antiguos, envejecidos, derrotados.

Si manejara la primera hipótesis (Ellos existen) pensaba que, sin embargo, no eran personas concretas sino acontecimientos históricos de mi vida, es decir, entes inasibles, piezas de un rompecabezas que, colocado frente a mí, no era capaz de armar.

Entendí que lo que he sentido durante tanto tiempo, con más fuerza ahora, no era el temor a una u otra persona —quizás inofensiva—, sino a situaciones indeterminadas.

Situaciones sin formas concretas, específicas, estructuras o volumen, pero con todo el poder para fisurarme el alma, para materializarse como una creciente taquicardia que ni las píldoras podían detener.

Muchos días pasé ahogado en dudas y temores, como en una habitación con la luz apagada y sin ventanas, hasta convencerme de que eran invencibles, sobre todo porque sería imposible acabar con ellos si persistían en mantenerse indescifrables, quizás inocentes, quizás inexistentes o quizás culpables. Culpables de mí.

Ahora no me importa lo que sean, alucinaciones o presencias físicas, memorias convertidas en realidades subjetivas, acechos cotidianos o, crudamente, elementos reunidos por mi conciencia para generarme ataques de pánico o monstruos reales y depredadores.

El psiquiatra solía decirme que logrará que yo deje los ansiolíticos y los psicotrópicos, que ya no tendré sudores fríos ni pesadillas, que ya no veré bultos que pasean vertiginosos, fluctuantes y al acecho de mí por un lado u otro de la vieja casona.

Yo le respondía que lo único que deseaba, aunque sin ninguna esperanza, que lo único que quería era descontaminar mis pensamientos. Limpiar mi alma.

Cuando terminó la segunda sesión me pidió, con argumentos confusos, que firmara un documento en el que yo avalaba un hecho que por entonces era hipotético: si yo llegaba a suicidarme él no tendría ninguna responsabilidad, porque sería solo mi decisión personal.

Me explicó que suscribir esos papeles era obligatoria, pues así lo determinaban el Código Penal y el Código de la Salud.

Argumenté que yo no creo que exista un solo psiquiatra, psicólogo o terapeuta que induzca al paciente a terminar con su vida. Pero él replicó: Amigo, nadie puede asegurar de lo que es capaz un ser humano o una ley, siempre con la posibilidad de que una u otro alcancen niveles macabros.

Y habló al menos por dos horas: “El miedo humano es así, al punto que yo, como muchos especialistas en enfermedades delicadas o mortales, hago firmar los documentos mientras verifico que en el primer cajón de mi escritorio estén listos el analgésico y la ampolla para inyectarme potasio antes de que llegue la Policía”.

Pero me advirtió: “la fórmula era un secreto entre él y yo, tan reservado que la pastilla, la jeringa y el componente químico lo tenía”, dijo, guardado en una pequeña caja fuerte detrás de su asiento.

Firmé el documento. El médico se quedó con dos copias y la tercera me entregó para que la tuviera en la casona, en un sitio visible para mi familia. Era obvio para qué.

Quince días después de aquella firma, luego de pensar varias alternativas y sufrir el acoso de esas formas absurdas, decidí hacer lo que mi conciencia me dictaba: acabar con ellas.

A lo largo de mi vida visité, con regularidad, a cuatro psiquiatras, dos psicólogos y una terapeuta, pero el diagnóstico nunca fue preciso: para uno, solo era tristeza; para otro, la inevitable consecuencia de mi soledad; para otro, una simple y llana depresión; para otro, ansiedad; y, para el último, un TOC.

Unos me explicaban que debía tomar medicinas para inhibir la recaptación de serotonina y por eso me recetaban fluoxetina, citalopram y paroxetina. Otros me daban inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina, como venlafaxina y duloxetina. Otros, vortioxetina y carbonato de litio. La terapeuta fue más sencilla: cada vez me cobraba 50 dólares por cantar alabanzas al Señor y a unos ángeles que surgían de un mazo de cartas.

 

*************************

 

En fin, desde que empecé a escapar de la omnipresencia de Ellos hasta hoy han pasado 32 años, es decir, 11.680 días y más de 70 mil medicamentos ingeridos sin que los resultados sean efectivos.

Pero los médicos nunca se percataron que quizás no eran Ellos los que me amenazan, sino yo mismo. Yo mismo contándome al oído historias de terror sobre mí.

Eso era lo más sofocante y devastador. Porque si era yo quien estaba rodeado y acosado por mí mismo, si era yo quien vivía atrapado en mí, quería decir que quien me perseguía no era nadie más que yo.

Mas, si contaba a Sandra, Mamá o mi tío abuelo (que son como esos parientes que fingen escucharte), no habría podido demostrarlo. No contaba con ninguna prueba, ninguna huella, ninguna señal, ningún indicio de que así hubiera sido.

Lo razonable y lo lógico era que, dadas las circunstancias que describo, llegara a convencerme de que si me pasaba algo raro en la mente no quería decir que estuviera loco, sino que había un problema de química cerebral, de interconexiones, estímulos y señales químicas y eléctricas de las neuronas. Y punto.

Pero no. Ellos existían. Y el quid de todo lo que me ocurría fuera y dentro de mí era la historia de una semilla que fluía por mi cuerpo y crecía, sin pausa, como un grueso y pesado árbol interno que me impedía ser quien era, aunque, en realidad, nunca terminé de saber quién fui.

Sentirme amenazado por fuerzas extrañas era muy de Hollywood, como lo era esa pésima costumbre de explicarme los fracasos y las derrotas con historias secretas que yo me contaba y me dejaba sin vigor ni energía para luchar las batallas de la cotidianidad.

Esta noche he tomado la decisión de acabar con Ellos. Antes de que vengan la perversa Sandra, la despistada de mamá o el decrépito de mi tío abuelo a mi habitación a preguntar cómo me siento, he puesto seguro y he dado dos vueltas a la llave en la cerradura.

Reflexionando todas las posibilidades y alternativas, lo más acertado fue diseñar un plan para robarle al psiquiatra, en la segunda cita, el analgésico y la ampolla con potasio cuando él salió del consultorio con dirección al baño a llenar con agua la cafetera.

Fui rápidamente detrás del escritorio, busqué entre el caos de papeles, envolturas de medicamentos regalados por los visitadores médicos, botellas de vidrio y plástico de gaseosas y jarros sin lavar los restos de café.

Mientras escuchaba que el psiquiatra mantenía abierta la tubería, hurgué en los cajones del escritorio, en el mueble detrás del sillón y en una caja de cartón, cerrada, donde, finalmente, encontré un paquete de plástico, negro y pequeña, y ahí estaban.

Ahora, la mayor alegría de mi vida es vengarme de mi hermana, de mamá y de mi tío abuelo, a quienes nunca les ha importado lo que he sentido.

Como vi en una película de suicidas, los que en realidad sufren después son lo que quedan vivos. Y eso pasará con mis parientes, que no sabrán lo que sucederá conmigo por lo menos hasta mañana.

Finalmente, Ellos y yo desapareceremos. Ellos no me atemorizarán más y yo dejaré de sentir que carcomen mi corazón, que me acosan y tratan de destruirme incluso mi alma y mi espíritu.

Los he convocado, por primera vez, para que vengan y me acompañen. Los abrazo, y les digo que nunca más me harán daño ni tampoco lo haré yo conmigo.

Tomo un vaso con agua, trago el analgésico y la temblorosa aguja de la jeringuilla con potasio empieza a buscar la vena más azul y gruesa de mi brazo izquierdo.

 


Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y docente. Es el director-fundador de loscronistas.org

 

 


Foto portada: https://pixabay.com/es/photos/hombre-cara-buscar-personas-triste-164217/

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