Pastillitas del niño proletario | Richard Jiménez A.

Por Richard Jiménez A.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

“Probablemente a mediados de los años cincuenta la perrera, el camión de la perrera se llevó a un perrito mío y yo fui a rescatarlo al Depósito Municipal de Perros que estaba en esa época cerca del puente del Ejército. Bueno, ahí descubrí un espectáculo horrendo y de alguna manera, reproducido en el principio de Conversación en La Catedral; cómo mataban a esos perros abandonados y a veces no abandonados sino robados. Bueno, yo conseguí rescatar a mi perrito pero salí descompuesto de allí y me metí al primer cafetín que encontré; el primer cafetín se llamaba La Catedral. Era un depósito y cuando estaba allí tomándome un café o una gaseosa se me vino de pronto la idea de darle a la novela como estructura esa columna vertebral: una conversación…”[1]

 

Uno

Uno de Cuatro porque, a más de ser un libro-ladrillo de 600 y pico de páginas, está dividido en cuatro partes. Novela publicada en 1969 (¡cincuenta años ya!).

(Nota mental que pasa a lo escrito: arranqué la presente reseña acompañado de la canción “Afrodisiacos” de Soda Stéreo).

Nunca pensé que un autor en particular, al que no hace mucho tiempo tenía mis reservas de leerlo, se convertiría en —quizás con riesgo a equivocarme, mas no arrepentirme luego— uno de los que en mayor grado me han calado hondo. ¡Ay Varguitas!, querido y odiado a la vez. Bueno, si aún no lo leen les sugiero que para abordarlo, primero habría que hacer una importante separación obligada —por sanidad espiritual—, entre ESCRITOR (voz autoral, voz narrativa, creador, artista, etc.) así con mayúsculas porque se lo merece y figura pública, dentro de su contexto determinado y sus respectivos cambios a lo largo de los años, con sus pros y contras. Porque para acercarme al autor de la novela a la que hace honor esta reseña, he necesitado realizar tal distinción previa y, además, poner entre paréntesis “( )” a esa figura pública —tóxica al decir de ahora y casi siempre polémica—, para disfrutar de su literatura a placer. Porque el tratamiento y técnicas que emplea en su prosa fueron el primer impulso que me acercó a él, es decir, disfrutar y aprender de su magistral estilo. Sobre todo aprehender. Y a decir de esta novela en particular, aprender y aprehender el cómo de esos brutales cambios de voces, experimentos narrativos bien logrados y la plasticidad del tiempo durante lo narrado. Diré que vale la pena tragarse orgullos y rencores con el fin de llegar a ese disfrute estético.

Ahora sí manos a la obra. Santiago Zavala —o Vargas Llosa en su juventud—, Zavalita o Varguitas —que da lo mismo—, es el personaje principal. Trabaja en un diario y como yo trabajo en un diario, cómo no iba a engancharme desde el principio. Los acontecimientos se desarrollan en un Perú sumido en la dictadura de Manuel Odría (entre 1948—1956, el “Ochenio”) y aquí cabe decir que lo padecido por los peruanos es de suerte similar a lo padecido por casi la mayoría de latinoamericanos en algún momento de nuestras respectivas historias, con idiosincrasias locales incluidas; por eso se entiende a plenitud y por eso uno asume lo narrado como propio. Y si jalamos más la sábana (y esa fue una de las razones por las que le dieron el Nobel a Vargas Llosa), su diagnóstico y exposición del poder —casi que foucaltiano— permite apreciar los males sociales muy independiente de cualesquier nacionalidad que profese el lector. En la novela desfilan estratos sociales y lugares típicos: burgueses, sirvientas, obreros, capitalinos, costeños, serranos, cholos, afros, etc.

Hasta ahora la principal invitación —y con la taladrante pregunta a cuestas que esboza Zavalita en un punto álgido de la novela: “¿en qué momento se había jodido el Perú?”, es tratar de responder en qué momento o por qué se jodieron los personajes, por qué se jodió esa sociedad podrida y por qué se jode uno mismo, o quién o qué nos jode y cambia nuestra vida para siempre.

(Un pequeño paréntesis: La Catedral es el nombre de una cantina en donde se sienta Zavalita —adulto— con Ambrosio —un negro amigo del pasado—, a rememorar lo ido. Sus voces, dentro del diálogo de borrachos, van y vienen, vuelven y se insertan cada que pueden en varias páginas como esquirlas lacerantes. Pues no, La Catedral no es una Iglesia como yo pensé al principio).

¿Cuándo te jodiste Zavalita? Quizás cuando contradijiste los deseos de tu familia y te fuiste a matricular en el hervidero comunista de la Universidad de San Marcos, o cuando quisiste estrenarte con la empleada doméstica, tal vez cuando te ganó la timidez y no pudiste declararle tus sentimientos a Aída y te arrepentiste al verla de la mano con Jacobo, o cuando jugaste a ser comunista y jodiste de rebote a tu familia. Hasta el momento no hay una respuesta clara. Veamos después qué pasa.

De esta primera parte me queda el enorme papel del, al principio, subestimado Ambrosio y su relación con personajes que resultan vitales en el desarrollo primigenio de la trama, ya que el negro no solo es el confidente e interlocutor principal en La Catedral, fue el amigo y empleado de Cayo Bermúdez y, a su vez, empleado de don Fermín, padre de Zavalita y eminente empresario amigo del régimen. También me queda la transformación que opera en el zorro Cayo Mierda quien, de amargado marido de una mujer fea y pequeño comerciante de un pueblito, Chincha, pasa a ser la mano derecha del mismísimo Odría. Quedo curioso sobre el destino de personajes secundarios como Amalia, la empleada, a la que le matan al marido los salvajes de Bermúdez.

 

Dos

(Arranco con la siguiente cita pertinente, dicha por Carlitos —compañero de Santiago Zavala en diario La Crónica—, mismo que asoma por el final de la primera parte y se convierte en el otro interlocutor de preferencia del protagonista: “Hay que ser un loco para entrar a un diario si uno tiene algún cariño por la literatura”).

El tiempo narrativo durante toda la parte Dos está armonizado por la aparición de un pasado y presente en el acontecer de los personajes; pasado y presente que se intercalan, se sobreponen, se superponen entre ellos: a) el Zavalita de antes y después de estudiar en San Marcos, es decir, su etapa roja y su etapa en La Crónica como aprendiz de Becerrita de policiales; b) don Fermín aliado del régimen de Odría y amigo de Cayo Bermúdez, y don Fermín siendo perseguido político; c) Ambrosio empleado de Bermúdez y Ambrosio empleado de don Fermín —con la reconquista de Amalia de por medio— y lo mismo d) Amalia en casa de don Fermín y Amalia en casa de Bermúdez, al servicio de la “querida” de Cayo Mierda, a decir, la señora Hortensia —ex artista y ex dama de compañía que, curioso, veía a sus empleadas como iguales exigiéndoles solo que sean aseadas—.

Lo que resalta con bríos en esta parte y se vuelve el centro galáctico—narrativo, desde donde orbitan los demás planetas, entendidos como esas pequeñas historias paralelas, es Cayo Bermúdez, Cayo Mierda —cayó mierda sobre el Perú—; un personaje extraído de la realidad pues estuvo inspirado en Alejandro Esparza Zañartu (La Tahona, 1901 — Lima, 1985) hombre de confianza, Ministro de Gobierno, mano derecha de Odría y encargado de la represión durante el Ochenio. Es Cayo Bermúdez quien da la voz y la vida al régimen —porque Odría ni figura en la novela—. Por él es que las páginas sudan lo que sucedió en aquella época: censura en radio y prensa, torturas y detenciones de los opositores —en especial apristas y comunistas—.

En sus memorias Vargas Llosa cuenta que, de joven, siendo integrante de un círculo de estudio —bajo el nombre de Cahuide— organizado por el partido comunista peruano, él y sus compañeros tuvieron una entrevista con Esparza Zañartu, para pedirle permiso de llevar frazadas y colchones a sus amigos presos. Vaya sorpresa del muchacho Vargas Llosa, pues la tenebrosa y temida figura era una “mediocridad” —cholo resentido— sentado al frente de sus narices. Al salir de la entrevista tuvo el pretexto perfecto y el leitmotiv para escribir Conversación en La Catedral.

 

Tres

Si quieren conocer la mecánica de los chanchullos, traiciones y negociados dentro de la política, en donde nadie es amigo de nadie y es de locos confiar en alguien, esta parte es la indicada. Advierto, habrá uno que otro spoiler necesario.

En esta tercera parte asistimos al ocaso y caída de varios personajes, y dichas caídas son muy duras y dramáticas —en medio Vargas Llosa que entremezcla la historia y la ficción—. Los dos puntos neurales e históricos, que fungen como ejes tangenciales son la Rebelión de Arequipa de 1950 (encabezada por Zenón Noriega, El Serrano, que en la novela es llamado general Espina) y los sucesos en el teatro de Arequipa entre la Coalición Nacional —grupo oligárquico de opositores de Odría— y los contramanifestantes de Alejandro Esparza Zañartu —Cayo Bermúdez—.

La tercera arranca con Zavalita, quien muy a su pesar y por haber llegado temprano al trabajo, tiene que ir a cubrir un homicidio. ¿Y quién es la víctima? Pues no otra que la ex querida de Bermúdez, caída en desgracia y vicios tras el abandono de su mecenas huido al exterior. Increíble pero muerta, otrora hermosa Hortensia, la Musa, la Reina de la Farándula. Y como se olía una buena nota para el periódico, Becerrita carga con Zavalita, un chofer y un fotógrafo a averiguar santo y seña del crimen; así como también la vida de Hortensia. Al conseguir una entrevista con su íntima amiga, Queta, se responde una de las preguntas iniciales de la novela: ¿en qué momento se jodió Santiago Zavala?, pues se jodió —en sus propias palabras—, cuando Queta afirmó que Fermín Zavala, Bola de Oro, había mandado a matar a Hortensia. En ese instante opera una fuerte transformación en Zavalita, a pesar de una engañosa reconciliación con su familia, expresa lo siguiente de su papá —lo que resume bien su sentir—: “¿Bueno en su casa con sus hijos, inmoral en los negocios, oportunista en política, no menos, no más que los demás? (…) ¿Impotente con su mujer, insaciable con sus queridas, bajándose el pantalón delante de su chofer?”.

Lo otro medular es que logran librarse de Cayo Mierda. En el acontecer histórico, la Coalición Nacional, liderada por Pedro Roselló, organiza un mitin en el teatro de Arequipa. Esparza Zañartu intenta frustrar el evento con el envío de contramanifestantes, matones y policías de civil. Los arequipeños les dan pelea con férrea voluntad y la Policía es enviada a reprimir con severidad. Este suceso desencadenaría en la caída de Esparza, y casi seguido, el fin de la dictadura. En la novela, como en Arequipa empezó la revolución de Odría, el plan de Cayo Bermúdez era impedir el mitin de la Coalición para que el país se diera cuenta que los arequipeños son odrístas y así se abriría cancha a las elecciones y la entrada triunfal del Partido Restaurador. Lo que no contaba es que el senador Arévalo y Lozano, indispensables en el plan, no mandaron la gente prometida. En inferioridad numérica y sin que llegue a tiempo la orden de cancelar las operaciones, sus matones son vapuleados dentro del teatro. Esto provoca la intervención de la Policía: bombas lacrimógenas en un espacio cerrado, heridos, muertos y la ira popular. La única vía para solucionar el problema es la renuncia de los ministros civiles y la instauración de un gabinete militar. Como ya nadie aguantaba a Bermúdez, chao Bermúdez.

 

Cuatro

Las dos cosas que me las llevo de colofón —muy aparte de las respectivas conclusiones necesarias a varias historias paralelas y las soluciones de conflictos pendientes e interrogantes antes no resueltas, además de la muerte de personajes a los que les faltaban varios capítulos por vivir—, son los casi dos años que Ambrosio va a desahogarse donde Queta y el viaje final de éste. Lo digo porque me resultó muy emotivo, empático y significativo que Ambrosio, ya de empleado de don Fermín, se haya envalentonado y haya reunido los 500 soles que le pide Queta para pagar por sus servicios; con la finalidad de sentirse un señor y, por al menos un instante, tratar de situarse al mismo nivel de vicios lujosos de su antiguo patrón, Cayo Mierda. No obstante es lapidario como Queta atraviesa todas las capas de Ambrosio para sacarle en cara que él, mientras peor le trataban más servil se volvía, salvo con don Fermín, a quien siempre le tuvo compasión, cariño y respeto; quizás porque su carácter era muy similar al suyo o porque él, siendo de otra clase social y siendo su jefe, lo llegó a tratar como a un amigo. Y así Ambrosio pierde todo y abandona Pucallpa rumbo a Lima, como aquella vez abandonó Chincha. Sin nada más que perder, sin un horizonte al que seguir y con la única certeza de que, pronto, cuando acabe la temporada de rabia y la cacería de perros, volverá a estar desempleado, de tumbo en tumbo hasta cuando también le llegue la muerte.

Nota

[1] Entrevista a Mario Vargas Llosa por el periodista Luis Felipe Gamarra, programa La Ventana Indiscreta, domingo 27 de julio de 2008. La referencia es a su libro Conversación en La Catedral (Seix Barral, 1969).

 


Richard Jiménez A. (Neal Moriarty). Escritor a ratos, Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Máster en Estudios de la Cultura (Mención Literatura Hispanoamericana) por la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito. Fundador y miembro activo de la Revista Literaria Independiente Matapalo y Revista Heptaedro. Ha colaborado en varios cafés filosóficos y recitales poéticos en Quito. Ha participado en talleres de escritura y lectura precedidos por escritores como: Huilo Ruales Hualca, Juan Carlos Cucalón y Raúl Serrano Sánchez. Investigador independiente, redactor de contenidos en Revista Súper Pandilla (suplemento para niños de diario El Comercio) y documentalista en diario El Comercio de Ecuador. Ha publicado una biografía novelada sobre el poeta Gastón Hidalgo Ortega, dentro del libro Los 7 que fueron cinco, y viceversa (2017).

 


Foto portada: https://en.wikipedia.org/wiki/Conversation_in_the_Cathedral

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