No tengo a quién mirar | Oswaldo Castro Alfaro

Por Oswaldo Castro Alfaro

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Los pasadizos del supermercado forman un mundo apasionante. Se entrecruzan llevándote por la sociedad del consumo y despojándote de identidad comercial. En su telaraña estás a merced de lo que quieren vender y presionan el subconsciente para cambiar nuestras decisiones iniciales. Cuando sales de ahí, aun no entiendes por qué adquiriste tal o cual producto y no lo que inicialmente llevabas en la lista de compras. No siempre es así, pero la mayoría de las veces se las ingenian para jugar con tus expectativas y darse el gusto de derrotarte de nuevo. En ocasiones ganas esta batalla y tus bolsas almacenan lo que realmente deseas, aunque en ellas estén guardadas algunas frustraciones y gustos invisibles.

No solo albergan las góndolas de exhibición y venta de productos, sino que son el territorio de la sicología subliminal. Dicho de otra manera, las modifican y el objeto del deseo ya no está en la ubicación de ayer y en su lugar está otro. Este artilugio te sorprende y llama tu atención. Estás en la disyuntiva de adquirir ese o el que te sedujo el día anterior. Las cosas cambian de sitio y las personas lucen entusiasmadas viendo ofertas aparentemente nuevas. Es solo el espejismo del desconcierto. Al procesar la información, el supermercado se apoderó de tus ganas y billetera.

Algo parecido ocurre con la gente que se desplaza entre sus callejuelas frías y perfectamente organizadas. Hay mujeres que alucinan la casa de sus sueños oliendo a campos florales y sábanas perfumadas con detergentes de última generación y los hombres, por otro lado, se marean frente a la ganga espectacular de bebidas alcohólicas y cortes de carnes que intentarán cocinar en la parrilla del domingo. Los niños, ese mundo dulcero en dos pies, recuerdan los comerciales televisivos y no abandonarán el local con las manos vacías; el arsenal de galletas y chocolates es un presupuesto especial en la economía de sus padres. Los más jóvenes, de ambos sexos, se intoxican oliendo las fragancias de perfumes que se exhiben en la publicidad engañosa. No están seguros, pero el afiche garantiza la suficiente liberación de feromonas para atrapar al amor rebelde.

Lo que no está en venta son las miradas. Digo esto porque el tráfico de estas es capaz de obstruir el desplazamiento de los cochecitos. Una mirada tiene el poder de una pistola al final del callejón. Como si estuvieras con las manos en alto aguardas el vaciamiento de la cartera, robo del celular o quizá un golpe disuasivo. La mirada te detiene y su profundidad da a entender que tus minutos pueden estar contados. Cómo reacciones o interpretes define los momentos siguientes. A veces el enredo es evidente y al asimilarlo te das cuenta de que te confundiste y viste una película de ciencia ficción. No es lo que piensas y la mujer de tus sueños prosigue el camino llevando el insecticida programado. Te entusiasmas demasiado y el reojo que te da taquicardia no es para ti sino forma parte de su coquetería innata. Para otra vez será, te dices y sigues vagando entre los anaqueles. Tantas veces he suspirado viendo a chicas espectaculares y otras tantas las he seguido como acosador, esperando un desliz u oportunidad de contactarlas. Para mi mala suerte nunca me dan chance y me siento tan mal que preferiría haberme quedado en mi sitio y no haber iniciado una procesión estúpida. Esos pasadizos me han enseñado que no soy dueño de ellos y más parezco un invitado a la fiesta en donde bailaré con la más fea o, en todo caso, capturaré una esquina para emborracharme y ver cómo los demás si tienen suerte. No es que tenga un problema de personalidad o sea un acomplejado; nada por el estilo. Estoy al tanto de mis limitaciones, pero todavía no caigo en la categoría patológica de los fracasados sentimentales. Simple y llanamente, el supermercado no es mi campo de batalla y, por el momento, no salgo herido de estos lances visuales.

El escenario cambia al salir de la panadería y caigo en el mundillo de los descartables. Me llama la atención el empaque de servilletas azules con motivos marinos y aunque no las necesito, cojo uno para sabe Dios cuándo. Una vez que lo he hecho, noto que el cliente que está a unos metros adelante es potencialmente extraño, por no decir sospechoso. ¿De qué? No lo sé y me siento inseguro. Tiene la facha para ser delincuente. Viste jeans desteñidos, cabellera larga y descuidada y tatuajes en los antebrazos y, sobre todo, me lanza una mirada que me escarapela el cuerpo. ¿Acaso, estoy frente a un ladrón encubierto o es parte de una banda de tenderos y solo es el campana? Se hace el desentendido y realmente no entiendo qué pretende hurtar. Un robo en esa sección sería lamentable por el poco valor de lo que se exhibe. Me tranquilizo y asumo que es un despistado que se ha extraviado en ese sector del supermercado. Tal parece que es así; desaparece de mi vista con las manos vacías y se pierde entre el gentío del mediodía. Sin embargo, no me gustó su forma de mirarme. Lo sentí desconfiado, receloso y, por qué no decirlo, envidioso de mis servilletas azules. Cada loco con su tema, me digo y continúo mis compras. ¿Compras? No he venido a comprar y estoy acá porque no tengo nada que hacer en casa.

Este local ha surgido como la terapia que necesito para desestresarme. Lo digo en serio. Cuando estoy aburrido y tengo hambre, vengo acá para perder el tiempo y comer una empanada de pollo. Hablando de comida, mis tripas rugen y avisan que debo dar una vuelta por la cafetería. Hacia allá voy y ya la estoy divisando. Me apuro para pagar en caja y asegurar una silla en la mesa. Tomo posesión del lugar y frente a mí está el bocadillo humeante y el limón para alegrarlo. Doy la primera mordida y me quemo la punta de la lengua. Se excedieron con el tiempo en el microondas y debo esperar un par de minutos a que enfríe. Sentado en la silla continúo con la observación intrascendente de los comensales que pugnan por tomar asiento. El hambre parece que los azota sin piedad. El revuelo en la caja es manifiesto y hay gente que come parada. Mi mesa está algo escondida de las demás; pareciera que la colocaron de emergencia y se olvidaron de ella. Mejor para mí; disfrutaré la empanada cómodamente sentado. La toco y siento que está tibia como me gusta. Voy a atacarla nuevamente cuando de improviso una segunda silla es colocada a mi lado. Levanto la mirada y una anciana de pelo gris toma asiento. Por cortesía la saludo, aunque ni siquiera pidió permiso para estar a mi lado. No importa, la vejez tiene ciertas prerrogativas y no me inmuto.

La señora coloca en la mesa un trozo de pastel de acelga y un café humeante. Me sorprende el ímpetu de mi ocasional acompañante. Para su edad, me doy cuenta, conserva bien la dentadura y las manos no tiemblan al momento de manipular el tenedor y cuchillo. Hasta me parece graciosa su actitud desenfadada. Ojalá tenga ese apetito al llegar a su edad. Sin prisa va comiendo, masticando lentamente los pedazos del pastel y enjuagándolos con sorbos de la bebida. A punto de terminar, se detiene y suspende sus ojillos marrones sobre mí. Me desconcierta un poco pues no esperaba ese gesto. Hemos compartido la mesa en silencio y cada uno ocupándose de sus meriendas. Tengo la mirada clavada en mí y no aguanto más:

—Disculpe, señora, ¿desea algo, la puedo ayudar?

—Me gustan sus ojos —me dice limpiándose el labio inferior con la servilleta de papel—. Son muy lindos.

—Muy amable —agradezco desconcertado.

—Esos ojitos habrán mirado mucho —añade sin quitarme la vista.

—Más o menos —respondo esbozando una ligera sonrisa.

—No sea modesto, joven. Estoy segura de que usted ha visto muchas mujeres, por ejemplo.

—Unas cuantas —enfatizo medio avergonzado—. A decir verdad, no tengo a quién mirar en estos momentos.

— ¿Se refiere a una novia, pareja? —pregunta despiadadamente.

—Sí, es lamentable —confieso tristemente.

La anciana gira la cabeza hacia un costado, intentando no deprimirme más con sus preguntas. Veo la impaciencia de sus dedos tamborileando sobre la mesa. Me parece que está consciente de haber sido demasiado intrusa conmigo. No deseo que el pastel de acelga se le avinagre.

—Es momentáneo, no se preocupe —digo tratando de suavizar su comentario.

—No pretendí fastidiarlo, joven —argumenta en su defensa.

—No tiene importancia, señora…

—Ruby —dice completando mi curiosidad.

—Encantado de conocerla, señora Ruby; me llamo Omar.

—Mucho gusto, Omar.

Hemos roto el hielo del encuentro y doña Ruby ha cambiado el semblante. La noto más sosegada y segura de haber recobrado la compostura por lo que ella cree un abuso de confianza.

—¿Viene a menudo, doña Ruby?

—No Omar, es la primera vez.

—Disculpe la intromisión, ¿es nueva en el barrio?

—No, hijito. Estoy acostumbrada a estas cosas.

— ¿Qué cosas? —Pregunto con la boca llena de curiosidad.

—A aparecer y desaparecer en la vida de los demás.

La respuesta de doña Ruby me deja estático. Mi mirada interrogativa solo recibe otra dulce y compasiva. Semeja la sonrisa de mi madre, muerta cuando nací. Digo esto por las fotos que mi padre guarda entre sus recuerdos. Viendo a doña Ruby se parece mucho a mi tía materna.

—Debo confesar, doña Ruby, que usted es muy parecida a mi mamá.

— Me alegra mucho escuchar eso, hijito.

—Le agradezco estos minutos y ojalá volvamos a vernos.

—Estoy convencida que así será, Omar.

La amable anciana se arregla el cerquillo despeinado, se incorpora de la silla y me extiende la mano para despedirse. Me levanto y retorno el adiós. Sus manos tibias me transmiten la calidez que no experimento en mucho tiempo. Sus ojos marrones adquieren un brillo especial y se aleja. La observo caminar lentamente, tiene un andar pausado como si fuera dueña de los segundos. Ingresa a un pasadizo y desaparece entre un grupo de adolescentes escandalosos. Tomo asiento y las azafatas de la cafetería fueron tan rápidas que recogieron su plato y vaso vacíos. En cambio, el mío sigue en su lugar. La silla desocupada es prontamente capturada por un niño que la alcanza a su mamá. Se ubican en la mesa contigua y distingo la mirada devota del niño. Su madre le acaricia los cabellos y con voz angelical pregunta qué es lo que quiere comer.

Abandono el supermercado y llevo en mi retina aquellos ojos marrones que se dignaron mirarme y mi memoria guarda lo más lindo que escuché esa mañana. No sabía que tengo unos ojos hermosos.

 

 


Oswaldo Castro Alfaro. Piura, (Perú), Médico-Cirujano, especialista en Gastroenterología, Medicina Hiperbárica y Subacuática. Administrador de Escribideces-Oswaldo Castro (Facebook) y colaborador con Fantasmas extemporáneos (relatos cortos), Fantasmas trashumantes (mini relatos) y Fantasmas desubicados (micro relatos). Además de artículos médicos especializados, publicaciones en físico y en más de 40 plataformas, portales y revistas on line. Premios literarios y menciones honrosas.

 


Foto portada: https://pixabay.com/es/photos/compras-botella-mujer-supermercado-2411667/

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