“Los conjurados” de Jorge Luis Borges | Mayra Aguirre Robayo

Por Mayra Aguirre Robayo

 

Para Jorge Luis Borges la obra literaria es: “un juego preciso de vigilancias, eco y afinidades”. Podemos cotejarlo con Octavio Paz, quien considera que “la literatura es un conjunto de creaciones estrechamente relacionadas”. Borges cultivó el cuento, la poesía y el ensayo. En 1986 publicó su libro de poemas: Los Conjurados, un poco antes de su muerte (Buenos Aires-Ginebra 1899-1986), con Alianza Editorial. Su lanzamiento se dio en las ferias de Madrid y Barcelona, según un reportaje de El País (“Jorge Luis Borges presenta su nuevo libro, ‘que se ha escrito solo’, 2 de junio de 1985). De acuerdo a este reportaje, tal libro lo escribió en Ginebra, Berna, Kyoto, afirmando que su poemario se escribió solo, incluso calificándola de fragmentaria. En sus declaraciones, él llegó a afirmar que se la debe solo hojear… no leer.

En todo caso, los cuarenta y cuatro poemas de Los Conjurados, “nacen del dolor… ya que la alegría es un fin en sí mismo… [y] el dolor son los utensilios o la arcilla del poeta…”. El libro fue dedicado a María Kodama (su esposa) y a una de sus patrias (Ginebra), aludiendo que “escribir un poema es ensayar una magia menor”.

En el prólogo Borges aseguraba que no confesaba ninguna estética. “Solo [se] sigue escribiendo… es la única suerte que le queda”, aludía. Los Conjurados evoca la conformación de Suiza, desde los conflictos en la Edad Media, hasta alcanzar un estatus federal en 1648; luego está la Revolución Francesa y la presencia de Napoleón Bonaparte, hasta convertirse en República Helvética. Suiza, nunca participó en ninguna guerra europea del siglo XX. “Se trata de [una nación de] hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan diversos idiomas”, escribió. Y también, “ahora son veintidós. El de Ginebra, el último es una de mis patrias”.

En este ensayo repasaré mis reflexiones de algunos poemas que empujan mi imaginación al yo poético hacia el narrador primordial de la poesía, que se engrana entre lo interior y lo racional. “Cristo en la cruz …es áspero y judío. No lo veo y seguiré buscándolo hasta el día último de mis pasos por la tierra”. Desordenadamente piensa en el reino que tal vez lo espera. Piensa en una mujer que no fue suya… la Inquisición, la sangre de los mártires, las atroces Cruzadas, Juana de Arco, el Vaticano que bendice ejércitos…

Otros de los grandes de Occidente es César, “prudente emperador que declinó laureles… rigió oriente poniente”. Como él hombres preclaros, decidores de encrucijadas, religiones que han dotados costumbres, vivencias e imaginarios.

En el poema “La trama”, asoma el “primer espejo, el primer hexpametro. Las páginas que leyó un hombre gris y que le revelaron que podría ser Don Quijote…”; allá se repiten las obsesiones borgeanas de la duplicación. Se enfrenta la psiquis y los objetos del mundo externo. Desde el símbolo de Ernst Cassirer, el espejo es signo de una ilusión, de un engaño, pero puede ser la potencia del infinito, del ilimitado potencial de la mente humana (Emanuele Leonardi lo explica, desde la episteme y la creación literaria en Borges Libro Mundo y Espacio-Tiempo). La epistemología de Borges se yergue como un extraordinario intérprete literario de los tormentos propios de los grandes pensadores a los que él tanto admiraba.

También le interesa más lo metafísico que lo científico y literario. En el poema, “Son los ríos”, postula que: “Somos el tiempo. Somos la famosa parábola de Heráclito el Oscuro. Somos el agua no el diamante duro, la que se pierde, no la que reposa. Y somos aquel griego que se mira en el río. Su reflejo cambia en el agua del cambiante espejo en el cristal que cambia como el fuego”.

El poema “Elegía un parque” transmite su visión de Leibniz que demostró que no hay tiempos y movimientos absolutos newtonianos hacia una filosofía relativista: “Se perdió el laberinto, se perdieron todos los eucaliptos ordenados, los todos del verano y la vigilia del incesante espejo”.

En el poema: “Alguien sueña” recupera al tiempo, “la espada, cuyo mejor lugar es el verso… Ha soñado el acto de la sombra. Ha soñada las cien pertas de Tebas… el nombre secreto de Roma que era su verdadera muralla… Que soñara el indescifrable futuro”.

La crítica señala que Borges mira al sueño como “obra de ficción”, caracterizada por su forma dramática, la cual está mediatizada; en “Alguien sueña”: “Soñará que una víspera de Ulises puede ser más pródiga que el poema que narra sus trabajos. Soñará generaciones humanas que no reconocerán el nombre de Ulises”. Se relaciona la referencia poética a los sueños —desde Foucault—, con la pérdida de la magia —siglo XVII—, cuando se establece el mundo prosaico moderno.

En “Milonga de muerto”: “Lo he soñado en esta casa / entre paredes y puertas. Dios les permite a los hombres soñar cosas que son ciertas… Su muerte fue una secreta victoria. Nadie se asombre de que me dé envidia y pena el destino de aquel hombre” (Karl Alfred Blüher y Alfonso Toro, Jorge Luis Borges Variaciones interpretativas sobre sus procedimientos literarios y bases epistemológicas).

Se le ha acusado a Borges de vivir fuera de la realidad: fue antifascista; escribió poemas en favor de los esfuerzos bélicos de Israel y, al recibir condecoraciones del dictador chileno Pinochet, le fue negado el galardón de Premio Nobel de Literatura. Escribir sobre Borges es escribir con Borges: el poeta, el crítico, el cuentista, el ensayista o el Borges de puras ficciones. Sus corpus literarios demandan lecturas estilísticas, socio críticas, psicoanalíticas, El objeto Borges es potente, es un artefacto semafórico que marca los caminos, las vías los derroteros y los límites de las zonas literarias y de los recorridos de la escritura.

 


Mayra Aguirre Robayo. Columnista de La Hora, docente universitaria (UTE), periodista, socióloga, crítica de cine y crítica literaria.

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