Las gemelas | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Siento la vibración que produce el movimiento del bus sobre la carretera. Suena el roce de los neumáticos sobre el asfalto. Se escucha el ruido del motor. La intensidad varía según el cambio de las marchas y de la velocidad. Frena. Arranca. Continúa. Curva. Toca la bocina. A pesar de estar sentada, me siento un poco incómoda y algo triste. Triste sin saber por qué. Triste porque voy, porque vengo, porque quiero y no quiero. Triste porque mi mente es como un laberinto oscuro donde percibo paredes húmedas cuando camino a tientas. Estudiar, dormir, comer, trabajar. Volver a estudiar, volver a dormir, volver a comer, volver a trabajar y visitar a la familia el fin de semana. Cambio de posición de vez en cuando a pesar de que es un transporte grande, moderno, de dos plantas y en general bastante cómodo, pero mi cuerpo no se agobia por las horas de inmovilidad al que le someto por el viaje, sino por la ansiedad. Una ansiedad densa, pesada, dolorosa que se pasea hurgando mis entrañas. Por momentos, cierro los ojos, intento adormecerme. No lo consigo. Siento frío. Me acomodo. El asiento que está junto a mí está vacío.

Voy a visitar a mi madre a San Miguel, el pueblo en el que nací. Ahí está la casa donde crecí. La escuela donde me eduqué. La familia que vio cómo me convertí en la joven aparentemente decidida, optimista y simpática que se marchó a estudiar una carrera en la capital, pero que hoy no sabe si hizo bien o mal porque se siente sola y vacía, mientras se desplaza a diario en el fondo de un agujero inmenso pero tétrico, amenazante e incierto en el que estudia, duerme, come, trabaja y visita a su familia en los días feriados.

Voy a quedarme tres días en la casa de mi madre. Se llama Raquel, es una mujer menuda, trabajadora, sumisa, que enviudó joven con tres hijos. Camilo, uno de mis dos hermanos mayores, mi cuñada Sofía y mi sobrino Adrián, viven con ella.

Miro por la ventana del autobús. El paisaje toma vida, se mueve. Mi cerebro se presta para un reto lúdico y asume que no paso yo, que no pasa el transporte en el que voy. Pasa la vegetación, pasan las montañas, pasan las laderas, las casitas de aspecto humilde de las poblaciones pobres, los campesinos en actividad, los niños que juegan, los niños que lloran. Pasan los perros a pesar de que están ahí, quietos, ladrando al autobús. Sin embargo, yo no paso. Yo estoy aquí, inmóvil, sentada. Siento el antojo enajenado de agarrar una flor, una hoja, un jilguero que cruza fugaz, pero es una fantasía irrealizable, pasan de prisa y la ventana está cerrada. Me adormezco un poco y en medio de mi somnolencia, imagino que estoy en paz. Que no tengo miedo, que soy fuerte, que no debo rendirme, que esta vez no desearé quedarme en la casa de mi madre, que no lloraré cuando me despida de nuevo porque llegó la hora de regresar a la capital para continuar sola y estudiar, dormir, comer, trabajar y sobrevivir en un ambiente hostil donde cada quién mira, con brutal egoísmo, por sus propios intereses y sus propios beneficios.

Cuando vuelvo a la casa materna, retomo el amor. Es como una cinta de video que retrocede veloz y muestra a las escenas y a la gente, huyendo del presente y corriendo hacia atrás con desesperación. Recupero mi pasado, mi niñez, mi infancia perdida y de nuevo me siento niña, de nuevo inocente, de nuevo algo así como pura y hasta un poco feliz. Imagino entonces que la felicidad existe y que yo soy feliz.

El asiento contiguo sigue vacío y el paisaje que veo por la ventana se nubla, el interior del autobús se oscurece y siento la sensación de que mi espíritu se tiñe de luto. No es porque esté cerca la noche, sino porque aparecen nubes pardas que bloquean el acceso de los rayos de sol. Cuando era pequeña, imaginaba que las nubes grises eran monstruos enormes, mutantes, que amenazaban con tempestades que propiciaban la aparición de los espantos. Va a llover y veo a lo lejos el destello de los relámpagos, a los que les siguen siempre esos truenos aterradores y espeluznantes. Así fue como los grabé en mi memoria, cuando a los siete años viví la tormenta eléctrica más pavorosa que yo pueda recordar. Esa noche, me metí en la cama de mis padres, no dormí ni un minuto porque pensaba que, en cualquier momento, un rayo partiría la casa y nos quemaríamos todos, retorciéndonos en medio del fuego y sin ninguna misericordia de Dios.

El viaje sigue y ahora el sonido de los neumáticos rodando sobre el camino, cambia. Se restriegan en el asfalto mojado. Se puede oír y hasta oler, el agua y la humedad.

Todavía falta un par de horas para llegar. Siento algo de sueño y decido intentar dormir. Cuando ya lo estoy logrando, miro de reojo y siento que alguien está a mi lado. Cambio mi posición de semi acostada a sentada. Es una mujer. El bus debió parar en alguna población, mientras yo me adormecí y seguramente ella subió. La miro. Me mira y me sonríe. Su gesto me da confianza. Es joven, debe tener mi misma edad. Me inquieta la idea repentina de que se parece a mí. Saluda con un “hola” amable y yo le respondo con otro igual.

Abre su bolso y saca un libro. La observo y vuelve a sonreír.

—¿Te gusta leer? —le pregunto.

—Sí, mucho. Esta historia la llevo siempre conmigo. Me encanta leerla y releerla. Comienzo y cuando termino, vuelvo a empezar.

—¿Y de qué trata? —le digo sorprendida de su comentario poco común.

—De una madre (suspira con nostalgia). De una madre y de un embarazo que cambió su vida. Ella tuvo dos embriones idénticos en su vientre y aprendió a amarlos desde que supo que crecían juntos en su matriz. Un germen de vida que se dividió en dos. En dos cuerpos, en dos espíritus, en dos almas que, de alguna manera, ya no podrían separarse jamás. Al poco tiempo, supo que serían niñas y su ilusión fue aún mayor. En fin, la novela es intensa, emotiva. Ella ya había sido madre antes, pero esperaba a sus hijas con emoción, en medio de una sociedad machista en la que el padre hubiera preferido un par de varones más. Compró dos cunas para las bebés, dos cochecitos, dos de todo; tú sabes, como cualquier mujer que sabe que alumbrará dos criaturas.

—¿Y Entonces?

—Pues las niñas nacieron, pero fue un parto difícil y en el campo no había los equipos necesarios, ni los profesionales adecuados para situaciones emergentes y solo una de ellas, sobrevivió. La historia está llena de detalles, de una meticulosa descripción de sentimientos confusos, intensos, agudos. La obsesiva dedicación de la mujer para con la hija que sobrevivió. El dolor por la niña que perdió. Lo difícil del olvido. La vida que vendría después con los recuerdos constantes, con la culpa de por qué no fue a parir en la ciudad. Con las preguntas sin respuestas de qué hubiera sucedido si hacía esto o quizás aquello… Como en la vida real —sonríe.

—Interesante.

—Así es. Y tú ¿a dónde vas?

—A visitar a mi madre. Yo estudio comunicación en la universidad y trabajo, por las tardes, en un restaurante de la capital. No es fácil, pero es el costo de la superación. Me llamo Malena. ¿Y tú?

—Yo soy Sara y también voy a mi pueblo.

—¿San Miguel? Le pregunté sorprendida puesto que nunca antes la había visto por ahí.

—Sí, pero no me quedo. Voy y regreso.

No quiere mencionar nada más de ella, ni de su familia y por prudencia, no hago otras preguntas.

Ella sigue leyendo y yo me vuelvo a adormecer. La lluvia ha cesado. Las gotas de rocío brillan sobre las hojas por los rayos del sombrío sol del atardecer.

Ha pasado como una hora y de pronto, siento que su cabeza reposa sobre mi hombro. Tiene el libro abierto sobre su larga falda gris. Noto que se ha quedado dormida. No me muevo. Me agrada la sensación de sentirla cerca, la inmediatez de su piel. Su olor logra que, raramente, me identifique con su esencia. Trago firmemente la saliva y me emociono. Es como un recuerdo de algo que no alcanzo a precisar. Una sensación de fraternidad que no deseo que termine, que por primera vez en mucho tiempo logra que yo, siempre rota y fraccionada, pueda sentirme completa, entera. En ese momento, trato de explicarme a mí misma lo que sucede, pensando en que quizás nos habríamos visto en San Miguel cuando fuimos niñas. Quizás jugamos juntas en alguna ocasión. Tal vez compartimos algo, no sé qué, pero algo y eso no sería raro si ella era oriunda de mi pueblo a pesar de que, “Sara” no es un nombre que yo pueda recordar.

En un momento más, llegamos a nuestro pueblo. Ella despierta. Refriega los párpados con sus manos y me sonríe. Siento que sus ojos se humedecen y guarda su libro en el bolso. Recorre con su mano mi mejilla, como cuando alguien te quiere. Me dice algo que no entenderé hasta horas más tarde, en la casa de mamá.

—Solo quería estar contigo un momento, sentir tu presencia una vez más. Malena, intenta salir del hoyo oscuro. Consigue escapar de ese húmedo laberinto que te enfría el alma. Deja de temer a las tormentas y encuentra la luz. Ahora, ve a casa y dale un beso de mi parte a Raquel, tu madre. Yo regreso en este mismo autobús.

—¿A la capital?

—A donde yo vivo, Malena.

Tomo su mano como una forma de despedida y me alejo. Al bajar del autobús, un anciano que está en la puerta me pregunta:

—¿La señorita es su hermana?

—No, no. Yo no tengo hermanas.

—Pues se parece mucho a usted. Si no estarían vestidas de manera tan diferente, pensaría que son la misma persona —el viejo ríe.

La presencia de Sara me ha puesto nerviosa. No entiendo lo que sucede, ni cómo ella llegó al autobús. Me aturde la coincidencia de que haya nacido en San Miguel. Su rareza, su extraña actitud. ¿Conocía a mi madre?

En todo caso, veo a Camilo que me espera, toma mi maleta y después de un abrazo, nos vamos a casa.

Saludo con mi madre. Está emocionada y tiene la cena preparada. Nos sentamos alrededor de la mesa y empezamos a comer lo que mamá sabe que me gusta. Pone música. Adrián ríe con picardía mientras cuenta las hazañas de su escuela. Mi hermano y Sofía hablan de lo raro que está el clima y de que, en medio del verano, llueve el rato menos pensado. Mi otro hermano, Samuel, que no vive en la casa, llegará en cualquier momento para unirse a la cena. Mi madre nota que yo estoy inquieta y pensativa.

—¿Qué pasa Malena? ¿Estás bien, hija?

—Sí, mamá. Solo que conocí a alguien en el bus. Una persona muy rara, de mi misma edad. Un anciano dijo que se parecía mucho a mí, que parecíamos gemelas. Vestía con una moda de hace veinte años. Creo que cuando yo nací se debe haber usado esas faldas largas –me río— Dijo que era de aquí, de San Miguel.

— ¿De aquí? ¿Y cómo se llama?

—Sara.

—¿Sara? —grita mi madre exaltada y suelta la cuchara de la sopa.

—Sí. Sara, mamá. ¿Qué pasa? ¿La conoces?

—Sara era el nombre que quise ponerle a tu hermanita cuando nacieron, pero no sobrevivió y…

Mi madre tiene los ojos desorbitados y comienza a temblar.

— ¿Tuve una hermana gemela? —grito yo, alterada y confusa— ¿Por qué nunca me lo contaste, madre?

—Quise olvidarlo todo, Malena. Fue muy duro. Estabas tú y ya nada más importaba.

—Camilo y Samuel, ¿lo supieron?

—No. Nunca se los dije. ¿Para qué?

— ¿Estás segura de que Sara murió al nacer, mamá?

—Por supuesto. Tu padre y yo enterramos su pequeño cuerpo, hija.

En ese instante, llueve de nuevo. Llueve mucho. Otra vez la oscuridad. De nuevo los relámpagos. De nuevo los truenos. De nuevo el terror. El frío. La tristeza.

Mi mente se convierte en un torbellino de pensamientos desordenados: El laberinto húmedo. La ansiedad. El agujero inmenso. El miedo. Las nubes pardas. Los monstruos mutantes. Las tormentas. La cinta de video. El vientre de mi madre. La luz. Sara. Yo.

 

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada: https://pixabay.com/es/illustrations/g%C3%B3tico-goth-fantas%C3%ADa-oscuro-3750376/

Un comentario en “Las gemelas | María Dolores Cabrera

  1. Te lleva en la historia y te sorprende cuando Sara es su hermana y no su madre que venía a despedirse. Fue Sara que se acercó para darle un mensaje de vida.

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