Estampas de violencia | Alexis Cuzme

 Por Alexis Cuzme

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

La violencia habita en El apocalipsis (todo incluido) (El Quirófano, 2019) de Juan Villoro, un conjunto de siete cuentos donde un México, desde las zonas confortables y los bordes, es descrito con maestría.

En estas historias sus personajes describen la violencia de su entorno ya no como hechos aislados, sino como algo normal, esos acontecimientos que ya no asombran ni sorprenden, que ocurren a otros personajes. Una violencia que se percibe con insistente devoción.

“Por eso la ‘España eterna’ lo llevó a un matadero rumbo a Toluca. Le reventaron los testículos para que no olvidara lo que quería decir Ferrol” (p. 22), dice la voz narrativa en “Los Sucesores”, una historia donde la soledad y la hermandad son vínculos de certezas derrumbadas.

O desde la pasibilidad de otro personaje, quien creyendo acertar en un desliz sexual se encuentra con una historia sucia que lo mancha. “Me senté en el sillón. Había gozado como nunca con una mujer, creyendo que compartíamos una excitación elemental. En realidad, ella estaba animada por otra fuerza, lo que había hecho antes de huir, la muerte que debía sacarse de encima, untar en otra piel. Su deseo venía de la aniquilación, era una forma de compensar o prolongar la sangre y la violencia” (“Confianza”, pp. 47-48).

Así, en estas historias late la cotidianidad desde la prensa, desde esa realidad con la que se lidia: “La mañana empezó mal. Abrí el periódico y vi el marcador del narcotráfico: cuatro ejecutados; dos en Zamora, mi ciudad natal, y dos en Guadalajara, donde estudié la universidad. Las ejecuciones se habían convertido en mi horóscopo. Si las víctimas caían en sitios que tenían que ver conmigo, el día era atroz” (p. 65).

Estampas de una violencia acostumbrada. Fragmentos de vidas acabadas que pululan en la prensa sensacionalista, que acompañan por un tiempo el imaginario de un país asolado. Todo porque aquí se mira al otro violentado: “Los secuestradores detuvieron su camioneta blindada cuando él salía de jugar tenis con un directivo de HSBC y le extirparon el chip, del tamaño de un granito de arroz, que tenía en el cuello para ser localizado por radar” (p. 143).

Y esa mirada, llena de terror, espera no ser alcanzada y cambiar el estatus de espectador a protagonista. Porque nadie está a salvo, porque en cada resquicio del espacio geográfico la violencia se manifiesta. Así, los personajes denotan un constante estado de alerta ante cualquier alcance hacia ellos: testigos de un país que no da tregua.

Los personajes siempre están a la defensiva, dando un paso antes de volverse víctimas: “Una noche, Naomi me sacó de la Octava Delegación. Estaba detenido por golpear a un taxista que no aceptó la ruta que yo le indicaba. Me iba a asaltar o secuestrar, y lo golpeé antes de que eso sucediera. Mi indignación sólo sirvió para que me arrestaran” (p. 190).

Por ello, las voces de este apocalipsis describen, se aterran e intentan alejarse de esa violencia que se presenta en sus más variadas formas; una violencia urbana acelerada. Estampas que son parte del paisaje. Frescos salvajes.

Y aunque la violencia no sea el tema principal de estos cuentos, está ahí, como una sombra cubriéndolo todo, dictando y sentenciando a los personajes que se atraviesan en su camino. Por eso, uno de los personajes acierta cuando sentencia: “Ahí estaba mi prueba de descargo: vivíamos en un país donde “quedarse viendo” es un agravio” (p. 195). Uno que podría ser el fin de cualquier vida.

 


Alexis Cuzme. (Manta, Ecuador, 1980) Escribe y colabora con publicaciones periódicas, ecuatorianas y del extranjero, en temas relacionados a cine, teatro, música, literatura y edición. Fue creador y editor, por quince años, del fanzine metal literario Marfuz. Co creador y editor del sello independiente Tinta Ácida. Sus más recientes publicaciones son Moshpit (ensayo, 2013) La ruina del vientre sacudido (poesía, 2017) y Phil Anselmo piensa en su yugular (poesía, 2018). http://alexis-cuzme.blogspot.com/

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