Un viaje sin fin | Isabella Gregori

Isabella Gregori

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

avionmano

Todos duermen mientras que soy el único ser humano que no puede dormir y todavía falta 10 horas para llegar a nuestro destino. ¡Ah! Estoy cansada y no puedo dormir. Mi corazón no deja de latir inquietante. Siento un mal presentimiento. Lo último que faltaba es que una tormenta eléctrica se atravesará en nuestro camino.

15 minutos después

Yo y mi gran bocota. La tormenta que comenzó como una simple lluvia. ¡Jamás pensé! …que sería un caos… El capitán del avión avisó que nos coloquemos los cinturones de seguridad y, como adivino, las turbulencias llegaron como orden del día.

Mientras el cielo se caía el avión hacia hasta lo imposible por no caer. Las grandes maniobras del capitán y su ayudante hacían sentirnos un poco seguros.

Un rayo salió de la nada agravando la mayor parte del motor derecho. Todas las luces de alarma se entendieron y empezamos a perder velocidad.

La señora que estaba a mi lado gritó: “¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir!” Al escucharla todo el mundo comenzó a gritar y a llorar.

Yo trataba de conservar la calma porque en situaciones así es lo mejor que se puede hacer. «Según mi terapeuta», cerré los ojos y traté de respirar, pero el pánico de la gente invadía todo mi ser. «¡A la mierda! …si vamos a morir». El avión comenzó a caer en picada. Todos comenzamos a gritar mientras nos posicionábamos en poner nuestras cabezas sobre las rodillas por cuestión de seguridad. En este caso no sería seguridad, sería para morir con menos dolor.

Sentía tanta presión en el estómago que en vez de llorar reía ¿Loco, no? Pero era así.  “¡Señor perdona mis pecados!”, gritó un señor en el fondo del pasillo. La señora de mi lado también rezaba en silencio y yo no me quedé atrás.

«Señor, si salgo viva de aquí te prometo dejar esta vida que no me llevó a nada bueno; solo quería escapar y empezar una nueva vida», susurraba, mientras las lágrimas resbalaban por mi rostro. «En verdad no quiero morir todavía siento que me falta por recorrer grandes kilómetros en la vid…»

El avión se sacudió tan fuerte que una parte se abrió el aire. Era ensordecedor y casi nadie podía respirar. Sin avisar, las personas empezaron a gritar delirantes, mientras salían disparadas por el orificio.

La señora de al lado empezó a gritar: “No se abrochó bien su cinturón”, y la pobre casi sale volando si no fuera porque se agarró con lo que podía del asiento. “¡Ayudaaa! ¡Ayudaaa!”  La pobre se ondeaba como una bandera de algún equipo ganador, tan rápido y mortal. “¡Deme su mano señora!” Me arriesgué a decirle y, saliendo de mi posición de seguridad, me erguí para extender mi mano a la suya.

Sentí la muerte de cerca al casi ser jalada como la señora que se aferraba a la vida con uñas y dientes. Me sujeté fuerte con los pies debajo del asiento.

Nuevamente me aventuré a extender mi mano a la angustiada señora. Sentía que era una locura, pero estaba decidida ayudarla.

Sujetando su mano con fuerza intenté jalarla con todas mis fuerzas, pero la presión que ejercía la ráfaga de viento era más, y como una funda que lleva el viento, la señora dando patadas en el aire salió por aquel orifico.

La alarma empezó a titilar. Habíamos perdido casi la mayoría de altura; ahora estamos a menos 500 metros de altura.

El corazón ya no me cabía en el pecho solo sentía un agudo sonido y al ver por la ventanilla sabía que este era el fin…

 

 


Isabella Gregori (seudónimo de Joselyn Pontón). Soy de la ciudad de Quito y soy estudiante universitaria, me gusta mucho escribir: casi todo el tiempo me paso imaginando historias y las plasmo en hojas. Desde muy pequeña supe que la escritura sería una parte muy importante de mi vida, ya que cuando escribo siento como mi alma se llenara de gozo. 

 

 

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