Trasplante | Ana Minga

Ana Minga

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Los inicios son difíciles, cuesta levantarse en esta ciudad fría llena de criminales que se divierten por allí a la vista de todos.

Me cuesta ir a la oficina temprano, a pesar de mi experiencia y capacitaciones, mis jefes se oponen a que investigue a los psicópatas que señalo. Dicen que aquí la gente es sana y que me olvide de investigar crímenes de series de televisión. Que incluso en la cárcel que está en la cima de la montaña no existen celdas para psicópatas. “Roberto olvídese de perseguir psicópatas, aquí ni los hombres ni las mujeres tienen el coeficiente tan alto para que caigan en esa categoría y agradezca que usted tiene los casos más importantes para investigar. Confórmese con eso o de lo contrario renuncie, mire que usted es mal visto porque no nació aquí y hay montón de gente que quiere su puestito. No se queje más y trabaje”. Fue lo último que me dijo mi jefe cuando le mostré un mapa de dónde puede actuar el asesino serial, que hasta el momento ya ha eliminado a nueve personas.

No puedo hacer nada más allá de lo que me ordenan, sé que me preparé para prevenir los asesinatos, para alertar a la comunidad, pero no les importa, incluso se niegan a creer que pueden existir mujeres peligrosas, a pesar de que hace siglos aquí las mujeres mataban a sus esposos paulatinamente con venenos que los traían de Europa. A estos venenos solo podían acceder las mujeres de la aristocracia pues pagaban mucho dinero para que los trajeran por barco. Tardaban en llegar alrededor de dos meses. Ya en sus manos, los colocaban en las botellas Victoria que contenían los perfumes más caros de ese entonces. Esas botellas pasaban expuestas en el dormitorio, la muerte estaba frente a sus esposos y cuando por fin morían, sencillamente ellas alegaban que sus maridos de pronto se quedaron sin aire por alguna razón desconocida. Incluso alegaban que amigas envidiosas les habían hecho brujería para matar a sus hombres.

En lugar de ir detrás de esos cerebros que planean crímenes y que dejan pocas huellas me ordenaban seguir a mujeres que promovían el aborto en la ciudad. Querían que consiga las pruebas para arrestarlas a partir de la denuncia de una chica. Catalina llegó con una tormenta a la estación de policía, la lluvia no solo estaba fuera de la oficina, también habitaba en sus ojos. “Quiero que paren con esa práctica, si bien me deshice de un problema, cada mes vivo un infierno, maté a un ser que hoy debe ser un ángel que me persigue y despierta en mi la adicción por cuidar su vida; pero es demasiado tarde, ya no está conmigo y es imposible regresar el tiempo. No quiero que otras chicas sientan lo mismo, por favor no lo permitan”.

Yo resumo sus palabras claramente, pero, su declaración fue siempre cortada por su falta de aire y lágrimas. Catalina temblaba y a pesar de su inestabilidad emocional mi jefe procedió a detenerla y la envió al reformatorio. El aborto es ilegal y ella no opuso resistencia a su arresto, la culpa hizo que de alguna manera pagara su decisión.

He realizado las investigaciones correspondientes y tengo grabaciones de unas mujeres explicando a otras cómo es el procedimiento para abortar, pero no las entregaré, cómo puedo encerrar en la cárcel a unos rostros asustados mientras por allí deben estar los asesinos sonrientes hambrientos de sangre.

La semana pasada coloqué un micrófono bajo la mesa de un restaurante donde se reúnen chicas a conversar de cómo lograr un aborto seguro. Durante su reunión yo tomé un café junto a su mesa. Mientras por mi cabeza cruzaba mi propia angustia de cómo voy a someterme a una cirugía tan importante en una ciudad donde no tienen los equipos necesarios. Observé sus ojos, sus manos, sus posturas, todas estaban con miedo. Tenían una horrible carga emocional y varias razones para hacerlo, lo vi, ninguna era asesina, ninguna quería matar a su hijo por placer, cada una tenía su dificultad. Mientras les explicaban el procedimiento dos lloraron bajito, una dijo que le dolía hacerlo pero que no tenía dinero para mantener un hijo.

La mujer que dirigía el grupo les explicaba que en un solo día podían concretar el aborto, era cuestión de tomar unas pastillas y soportar dolores en el vientre entre cuatro a ocho horas, dependiendo de cómo el cuerpo de la mujer absorbía el medicamento. Ella les contactaba con otras personas que vendían las pastillas y ponía a disposición los teléfonos de varias mujeres que estarían pendientes del procedimiento. Les aclaró que, si durante las horas de dolor la fiebre subía a más de 40 grados, había vómitos y diarrea que no podían controlar acudan a un centro médico o a un hospital, pero que jamás vayan a decir que tomaron pastillas para abortar ya que podían ir presas. Y sí, se han dado casos en los que los propios médicos interrogan a las pacientes y llaman a la policía para que las arresten.

Dolores y retorcijones en el vientre, se escuchaba espantoso, pero aclaraban que no todas las mujeres los experimentaban. Pero, qué espanto si en la mitad del proceso se les cruza pensamientos de que una vida se va en forma de sangre… Quién era yo para juzgarlas si entiendo la atrocidad del planeta en el que vivimos. Aunque mis superiores lo nieguen, este es un mundo de psicópatas solapados, escondidos en partidos políticos y en buenas familias. Un niño que solo quiere sonreírle al sol deberá enfrentarse a seres despreciables y evitar encontrarse con asesinos en serie. Un niño que tiene como arma su imaginación deberá enfrentarse a un mundo lleno de pruebas para salir medio ileso de él.

Yo las entendía y con cada explicación sobre los retorcijones, estos eran míos, así que no dije nada a los tontos de mis jefes, pasé un informe en el que afirmaba que las sospechas de que en la ciudad había un grupo de mujeres que explicaban y acompañaban abortos eran falsas. Dije que en esta ciudad no existían tales cosas, que Catalina accedió por su cuenta al aborto y que las pastillas que ingirió las consiguió por internet.

Sí, falté a mi ética profesional, entregué un informe falso, pero ellas tenían ya suficiente carga sobre sus hombros: una decisión condenada por todos los buenos ciudadanos. Además, no tenía cabeza para seguir con este caso, me encontraba en una encrucijada, debía salvar mi propia vida, no me amenazaba un criminal ni el desempleo que es otro mal que mata poco a poco. El desempleo te lleva al alcohol y a las drogas y es lógico, ante las puertas cerradas de la sociedad el desempleado opta por el desenfreno, toda una vida pasándose de bueno para que un día te digan: no hay lugar para ti en esta tierra… Vaya, eso solo se lo intenta aceptar desde el alcohol y una que otra droga.

Mi enemigo era mi propio cuerpo que empezaba a ser disfuncional, mis superiores no lo saben pues ese es un buen pretexto para sacarme, lo mantengo en secreto hasta que la cirugía se realice. Necesito un trasplante para seguir en este mundo y continuar atrapando criminales, aunque no les importe a las autoridades, pues parece que son necesarios para mantener ciertos negocios como el de las alarmas para las casas.

Me preocupa ese posible donante. El martes anterior fui a un chequeo con el médico que va a operarme si existe un muerto al que le puedan sacar el órgano. Me explicó cómo sería la cirugía y el tiempo de recuperación que es la parte más complicada, supongo que en el postoperatorio pediré licencia y con los ahorros pagaré a una enfermera que pueda cuidarme, pues pasaré a ser una cosa que deberá ser colocada al retrete para poder hacer sus necesidades y no podré alimentarme solo.

Sé que es absurdo, pero cuando salí del consultorio solo pensé en aquel hombre o en aquella mujer que dará su vida para salvarme sin saberlo, quizá si me conociera no lo haría o si, por pena, qué se yo. Pero desde el martes ni siquiera duermo, en las noches intento ponerle rostro a ese humano que sin saberlo sabrá lo que es amor: extenderle la vida a alguien que quiere seguir respirando.

Quisiera saber quién será, quizá cuando tenga su órgano en mi cuerpo sienta lo que él o ella sintió en su vida, sus alegrías, incertidumbres; tal vez quiera vivir lo que deseó hacer aún en este plano. Ya sé que lo que digo no es nada científico pero esas ideas pasan por mi mente. Y si el donante es alguno de esos sociópatas que tanto detesto, pero no, me respondo, pues ellos ni de muertos sirven, seguramente sus familiares cremarán sus cuerpos y no les dará tiempo a los doctores de retirarles ni una pestaña.

¡Qué terrible! Y si mi donante es una de esas mujeres que escuché hablando del aborto, cómo hacerles saber que no debían dudar de su bondad, pues me salvarán a mí la vida y que lo que alguna vez hicieron fue porque la existencia tiene sus trampas.

Quisiera conocer a esa persona y decirle: mírame, aquí estoy, dispuesto a que hagas lo más generoso, pero antes, quisiera saber qué hiciste tú en esta tierra para que tengas que desprenderte de ti y ayudarme a mí.

Quisiera agradecer a esa persona desde ya, me tomaría un café con esa persona o mejor, una copa de vino. Hablaría de la vida, dejaría que me cuente sus cosas, no muchas, pues luego me arrepiento del asesinato, le agradecería por el bien que me va a hacer y ¡pam! tendría un cadáver, llamaría a mi médico y como soy policía pediría autorización para retirar algunos órganos y tejidos que servirían para el hospital y listo, que me operen.

“Este año hemos estado mal en el banco de órganos, no hay tantos muertos señor, hay que esperar a una tragedia nacional, esté pendiente”, fue lo último que me dijo la trabajadora social del instituto de trasplantes cuando pregunté para cuándo sería mi intervención quirúrgica. Con esta aclaración tuve miedo de mis impulsos pues para qué esperar una catástrofe si yo la puedo provocar, tanto conozco la mente de esos atorrantes monstruos que creo que me parezco a ellos.

Muevo algunas fichas para ser yo el próximo en la lista de espera de trasplantes, pero nunca es suficiente, los nueve cuerpos que conseguí sirvieron para otras personas y los estúpidos de mis jefes no me detienen, aunque al presentarles el mapa de crímenes les he dicho en dónde voy a ejecutar mi próximo asesinato. Siempre intento que él o ella no tengan familia para que nadie se interponga en la donación, pues siempre los familiares creen que su ser querido debe presentarse íntegro ante Dios.

Yo, el policía con ínfulas de prevenir crímenes busca su propio muerto. Ahora tomo un bus para ir hasta el centro de la ciudad, quizá la persona que subió primero al transporte sea mi donante, le doy las gracias, ni sabe por qué, debe pensar que estoy loco, qué importa, por algún lado debe salir esta tensión que tengo.

Recuerdo que desde niño la vida se me presenta entre líneas, siempre me obliga a hacer algo que no quiero. Hasta dentro del bus hace frío, mientras en algún lugar, ¡ojalá! haya caído mi cuerpo salvador. Sonrío, pero mi saliva es amarga.

 

 


Ana Minga (1984), nació en Loja, Ecuador. Es Máster en Estudios de la Cultura con mención en Literatura Hispanoamericana, tiene una licenciatura en Comunicación Social y una especialidad en Perfilación y Comportamiento Criminal realizada en Alicante – España. Ha trabajado como periodista de investigación en varios medios de comunicación dentro y fuera del Ecuador. También ejerce la cátedra en algunas universidades de su país. En el ámbito literario ha obtenido reconocimientos nacionales e internacionales como el primer premio de cuento otorgado por el Museo de Bellas Artes de Quito-Ecuador. Ha participado como invitada especial en la Lira de Oro Hispanoamericana. Recibió el primer premio en relato corto entregado por la Fundación Villa Pedraza en España. También obtuvo el primer premio en el concurso Grito de Mujer, en Perú y en el 2017 fue nombrada como una de las poetas transfronterizas más reconocidas de Latinoamérica por la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM. Hasta el momento ha publicado cinco libros de poesía: Pándemonium (2003), A Espaldas de Dios (2006), Pájaros Huérfanos (2009), Tobacco Dogs (2013) y el último, La Hora del Diablo (2018). Su poesía consta en antologías de Argentina, México, Estados Unidos y España. La mayor parte de su obra poética ha sido traducida al inglés, su libro Tobacco Dogs es una edición bilingüe. En el periodismo fue finalista del concurso de la Unión Nacional de Periodistas del Ecuador al mejor reportaje digital del año 2018 con su trabajo titulado Expedientes P. Actualmente reside en Quito-Ecuador. Para conocer más sobre la autora puede visitar: https://anaminga.wixsite.com/anaminga

 

 


medicinaFoto portada: https://pixabay.com/es/photos/medicina-retiro-enfermeras-3493708/

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