“Mujeres” de Charles Bukowski | Fabricio Guerra

Fabricio Guerra

 

Lydia, Mindy, Dee Dee, Joana, Katherine, Tammie, Liza, Hilda, Gertrude, Cassie, Debra, Iris, Tanya, son algunas de las chicas que hicieron breve escala en el camastro herrumbroso de Henry Chinaski —alter ego de Bukowski—, poeta cincuentón y bebedor inveterado que empieza a disfrutar de pronto de una creciente fama literaria dentro de los ambientes underground en la Norteamérica de los años setenta.

Una lectura superficial o prejuiciada de “Mujeres” (Anagrama, 1994) puede reducir la narración a las meras andanzas sexuales y beodas del protagonista. Sin embargo, tales excesos lejos de ser gratuitos responden a una realidad muchas veces invisibilizada: la de los excluidos y descastados que nunca alcanzarán el american dream. La de los sobrevivientes precarios que pululan por los márgenes de una sociedad que ha consagrado al dólar como máximo tótem.

Para Chinaski y compañía, el alcohol y el sexo desenfrenados funcionan como potentes dispositivos de resistencia, pero, sobre todo, de liberación. ¡Y vaya que lo disfrutan a tope! Sin victimismos inútiles, hombres y mujeres se encargan de sobrellevar su propia peripecia vital, misma que suele ser cruda, adversa y ajena a la moral oficial. Surgen entonces pasajes cargados de cinismo, con nuestro poeta metiéndole mano a las novias de sus amigos, previa aprobación de estos. O como cuando una de sus chicas resulta embarazada, afirmando ella tener varios novios, por lo que según dice campante, deberá esperar para ver a quien se parece la criatura.

El Bukowski más puro y esencial enfrenta la sordidez de la existencia con humor irreverente. Porque en las peores circunstancias o ante las situaciones más impúdicas y vulgares, aflora su singular tono humorístico como única solución posible de los hechos narrados con tanto desparpajo, lo que hace que el relato bukowskista se aleje de cualquier pulsión autodestructiva, reafirmando más bien la valía del placer, aun cuando este sea efímero.

Jugándose las incipientes ganancias en el hipódromo, tecleando versos en la máquina de escribir y regresando cada vez a su amada Los Ángeles, al final de “Mujeres” el personaje, agotado, pretende buscar abrigo en una sola compañera. Pero conociendo la naturaleza del sujeto en cuestión, seguro que se trata de una breve pausa, necesaria, por cierto, para volver reforzado. El retiro temporal a los cuarteles de invierno.

Para Chinaski-Bukowski una mujer abierta de piernas y unos cuantos whiskys dobles, constituyen la Gran Verdad. Porque Cristo, Buda, Marx, Freud y otros especímenes similares, se encargaron de enredarlo todo, arruinando de paso la mente de millones de incautos que decidieron seguirlos. Por suerte Buk, el viejo indecente de rostro magullado y botella en mano, aún nos grita desde sus libros su descreimiento radical. Y esa voz, que se percibe algo fétida debido a la halitosis alcohólica crónica, suena tan refrescante y auténtica, como peligrosamente convincente.

 


BukowskiFoto portada tomada de: https://josepazartefoto.blogspot.com/2016/05/?view=sidebar

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