La paradoja de Newton | Juan David Cruz Duarte

Juan David Cruz Duarte

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Colombia)

 

Mi nombre es Augusto Castañeda. Soy profesor de la Universidad de los Andes de Bogotá. Escribo este texto a manera de confesión, porque he cometido una infamia imperdonable, y creo que solo hablando de ella podré deshacerme de esta culpa que tanto me agobia. Si alguien está leyendo esto es porque ya he huido como una rata, aunque naturalmente no puedo decir a qué ciudad o a qué país. Sin embargo, me siento en la obligación de referir aquella horrorosa experiencia que comenzó dos semanas atrás, con el fin de evitar que cualquier persona inocente pueda ser acusada o incluso condenada por mi culpa. Si bien entiendo que mi actitud en este caso es evidentemente reprochable, supongo que entenderán que es mi deber moral proteger mi propia vida, y proteger también la calidad de esta (en la medida en que la vida es sagrada, cada aspecto de esta lo es también). Entonces, espero que este texto sirva al menos para proteger la vida y la calidad de vida de otro ser humano. ¡Pero nada saco con tratar de justificar mi cobardía con silogismos baratos! No hacer nada para evitar una tragedia es tan reprochable como causarla. Dejaré entonces de darle vueltas a este asunto y postergar mi confesión: lo que quiero decir con todo esto es que no debe culparse a nadie por la desaparición de la joven Teresa R. Yo soy el único responsable de este lamentable hecho.

He enseñado filosofía por más de veintiséis años. Creo que siempre tuve el deseo de llegar a ser decano de nuestra facultad, aunque no fuera por contribuir con el desarrollo de la educación en la institución sino por satisfacer ciertas metas profesionales que me había planteado desde el comienzo mismo de mi carrera. Aunque en un principio me avergonzaba esta idea, creo que hoy en día no siento ninguna culpa cuando digo que no creo que exista ningún vínculo emocional que me una con la universidad, y que esta institución es, quizás, una de las cosas que no extrañaré en esta nueva vida de exilio.

Fue en la Universidad de los Andes, precisamente, donde conocí a la señorita Teresa R. Ella asistía a una de mis clases, “Seminario de Thomas Hobbes.” Allí pude darme cuenta de su aguda inteligencia y de su pasión por la filosofía. Su solícita actitud la llevó a convertirse en monitora de algunos de mis cursos, y fue así como comenzamos a consolidar nuestra bella relación. Algunos de mis estudiantes, e incluso algunos de mis colegas, llegaron a formular a mis espaldas comentarios bastante insultantes en lo concerniente a nuestra amistad. La verdad es que, a pesar de todas las habladurías y chismes que se esparcieron como un virus por el departamento, entre Teresa y yo nunca hubo amor, ni ficción de amor, ni lo que podría calificarse de atracción física. Ella estaba realmente fascinada con algunas de las ideas desarrolladas por Hobbes en Leviatán. Tenía gran interés por la manera en que Hobbes comprendía y describía las relaciones sociales e interpersonales. Fue nuestra compartida pasión por esta obra lo que nos llevó a conectarnos intelectualmente de la manera en que lo hicimos. Ella fue la única buena amiga que tuve después del temprano deceso de mi esposa Clara.

También a Néstor lo conocí en la universidad, él era profesor de física y una de las personas más importantes en la institución. Había cursado una maestría en la Universidad de California y un doctorado en Oxford. Había trabajado en Los Álamos, en Ciudad de México, en Buenos Aires, en Atlanta y en Houston antes de instalarse en Bogotá de manera definitiva. En la Universidad de los Andes Néstor era el director del Departamento de Física. A pesar de que yo soy mucho más joven que él, nos hicimos buenos amigos desde mi primer semestre como docente. Yo realmente disfrutaba de nuestras charlas, las cuales fueron siempre muy estimulantes y, en ocasiones, particularmente violentas.

Néstor y yo discutíamos constantemente acerca del mismo tema, ese maldito tema que ahora detesto, y sobre el cual nunca lográbamos ponernos de acuerdo. Ese tema era la existencia del tiempo. Néstor sostenía que el tiempo existe, y argumentaba sus creencias con un sinnúmero de razones científicas que aún hoy en día me parecen poco claras. Me hablaba de cómo Einstein descubrió que el espacio-tiempo podía doblarse y deformarse a causa de la enorme masa de ciertos cuerpos. Así mismo trataba de explicarme cómo la velocidad de la luz es siempre constante, sin importar la velocidad a la que se mueva cualquier observador hipotético. Para ayudarme a comprender este concepto me decía: “Imagine un tren. En el tren, hay una niña jugando con una pelota. Ella la lanza hacia adelante y luego la vuelve a tomar cuando la pelota rebota. Si nosotros estamos parados en la estación, veremos que la pelota se mueve a la velocidad con la que se mueve el tren, sumada a la velocidad con la que la niña la arroja hacia adelante. Por el contrario, si nosotros estuviéramos adentro del tren con ella, solo veríamos la pelota avanzar a la velocidad con la que la niña la tira hacia adelante. No es lo mismo con la luz. Sin importar si estamos quietos o moviéndonos, sin importar a que velocidad avancemos, la luz siempre tiene la misma velocidad respecto a nosotros. La velocidad de la luz, en otras palabras, es la gran constante universal.” Néstor me aseguraba que el espacio-tiempo puede doblarse o expandirse, pero que la velocidad de la luz es siempre constante. Néstor usaba estos argumentos científicos para sustentar su creencia en el concepto del tiempo, y me decía que aquello que no existe no puede doblarse ni deformarse en modo alguno.

Para no alejarme del campo de la física —del cual no tengo mucho conocimiento— yo refutaba sus ideas afirmando que la fórmula según la cual la velocidad es igual a la distancia sobre el tiempo podía ser modificada de forma tal que la variable despejada fuera la del tiempo, dando como resultado que el tiempo sería igual a la distancia sobre la velocidad. Yo le decía a Néstor que la distancia sobre la velocidad debía ser una forma de expresar la idea de movimiento, ya que un movimiento se compone precisamente de una distancia recorrida a una velocidad específica, y nada más. Entonces el tiempo era lo mismo que el movimiento, lo que, en otras palabras, quiere decir que el tiempo es una convención, en la medida en que es el movimiento lo que nos permite imaginar que hay tiempo. El tiempo, por lo tanto, es una idea subyugada a la idea del movimiento, del cambio. Néstor, que nunca se sentía del todo convencido por este argumento, se burlaba del ejemplo que yo utilizaba para apoyar mi teoría. Yo le decía que, si no hubiera movimiento, si los planetas no se trasladaran ni rotaran, si no existiera el cambio, un lado de la Tierra estaría siempre iluminado y el otro existiría en un estado de perpetua oscuridad. Esto no permitiría dividir el “tiempo” en días, y el día en horas. En esa absoluta quietud nadie podría pensar en algo tan arbitrario como el tiempo. Para evitar que Néstor afirmara que los hombres envejecen por causa del tiempo, le decía que, si no hubiera seres vivos en el mundo, y si el universo estuviera estático, como ya lo dije, no habría movimiento, no habría ningún tipo de cambio (todo movimiento es un cambio en el espacio, ya sea de posición o de lugar), y entonces sería evidente que, sin movimiento, la sola idea del tiempo resulta absurda. Lo que yo quería mostrar con esto era que el tiempo no existe en sí mismo, y que la existencia de esta convención solo es posible en la medida en que existe el movimiento, el cambio. A Néstor le causaba gracia este ejemplo, y decía que un universo sin movimiento era solo hipotético, mientras que el universo en el que en efecto vivimos está gobernado por el movimiento y el cambio. Como verán, él seguía esperando que yo negara desde la física la existencia del tiempo, y yo, tarde o temprano, terminaba tratando de negar la existencia de esta idea valiéndome de ciertos métodos que podríamos catalogar como filosóficos.

En otras conversaciones que sostuve con mi viejo colega yo afirmaba que el tiempo no existe en sí mismo, y que es solo una idea subjetiva, una mera cuestión de percepción. Néstor decía que las partículas en un cuerpo desaparecen y vuelven a aparecer sin ninguna explicación, lo cual nos daba pie para pensar que dichas partículas viajaban a otra dimensión, que podría ser perfectamente el pasado o el futuro, ya que es posible pensar que hay muchas dimensiones y que todos los tiempos se desarrollan de manera simultánea pero paralela. Esta idea de mi amigo me parecía bastante hermosa, pero sin embargo siempre la consideré como una mentira reforzada, que partía del inexplicable fenómeno de la desaparición de ciertas partículas y llegaba a una conclusión tan forzosamente arbitraria como la existencia simultánea de varias dimensiones y, lo que es aún más arbitrario, de varios tiempos que se desarrollan sin entrar nunca en contacto. Yo afirmaba que es imposible pensar que un cuerpo —el cual ocupa un lugar en el espacio— pueda viajar de manera instantánea al pasado o al futuro, porque, al contrario de lo que piensan ciertos teóricos de la física cuántica, yo estaba seguro de que el pasado y el futuro no existen. Uno no puede viajar al año 3000, porque dicho año no es un lugar. Pensar en el tiempo en términos espaciales solo nos podía conducir al error y a la falacia. Tal vez aún lo creo así, y sin importar lo que mis ojos hayan visto, tengo la profunda convicción de que lo que los otros llaman tiempo es tan solo un presente eterno que se va deshaciendo en la nada, sin detenerse un solo un instante.

Yo le decía a Néstor que el pasado ya fue, que es tan solo una ilusión de la memoria de un individuo o de una colectividad—mi memoria personal o la memoria colectiva de Occidente, por ejemplo. El pasado existió (por eso tenemos cicatrices). Aunque el pasado fue real, y podemos observar de manera objetiva sus consecuencias, este ya no existe. Un cuerpo puede trasladarse de un lugar a otro en el espacio, no puede trasladarse al pasado porque el pasado no es un lugar, ni está en ningún lugar, ni existe en lo absoluto. También le decía a Néstor que es imposible pensar que existe el futuro, porque el futuro es tan solo una idea. Sabemos que ayer pensamos que habría un mañana, y hoy es el mañana de ese ayer, el futuro es algo que creemos que existirá porque así lo dicta la costumbre. Siempre amanece nuevamente, y nosotros somos tan crédulos que suponemos que esto será así siempre y que esto no puede cambiar. Mañana no ha sido aún, y esa es la verdad. Lo que no ha sido aún solo existe como una idea, pero no existe realmente; por lo tanto, una partícula de algún cuerpo, la materia en sí no puede viajar al futuro, porque simplemente no hay tal cosa. El porvenir es una ilusión creada por la costumbre, pero cuando llegamos al mañana ese mañana ya es nuestro presente, un presente que se deshace en el pasado, que realmente no es nada. Lo único que tenemos, lo repito, es un presente eterno que se deshace sin descanso y que se va perdiendo en esa nada que es el olvido, o en esa nada que es el pasado, porque el pasado no es absolutamente nada. Cuando yo exponía de esta forma mis ideas, Néstor se mostraba molesto y afirmaba sin descanso que me probaría que la materia puede viajar a través del tiempo. Me decía que ya se habían conducido experimentos en los cuales una partícula subatómica había sido enviada algunas centésimas de segundo hacia el pasado o hacia el futuro. Afirmaba que el espacio-tiempo puede manipularse como uno lo desee, y que uno puede hacer que la materia, valiéndose de dobleces, pliegues y deformaciones en la mencionada cuarta dimensión, viaje a cualquier punto del tiempo y del espacio. “La materia,” decía Néstor, “puede viajar por el espacio-tiempo como una aguja que atraviesa una tela doblada o como una esfera que rueda por los pliegues de un manto.” Nuestras discusiones degeneraban en acaloradas discusiones y, después de burlarnos mutuamente de nuestras convicciones científicas o filosóficas, abandonábamos al fin nuestro árido e infructuoso debate para bebernos un café, como verdaderos camaradas, en alguna de las muchas cafeterías del centro de la ciudad.

Teresa no solo estaba interesada en la obra de Thomas Hobbes. Ella era una joven de fuertes convicciones morales, metafísicas y políticas. Era una persona brillante, aunque los individuos de convicciones inamovibles rara vez llegan a ser buenos filósofos. Para Teresa, el fin de la vida de un ser humano debía ser alcanzar la verdadera sabiduría, a partir del razonamiento, de la lógica deductiva y de la reflexión acerca del conocimiento. Sostenía que la llegada de la Revolución Industrial había tergiversado la mente del hombre occidental, y había hecho que este perdiera su norte, y que, en vez de perseguir constante y sistemáticamente la sabiduría, se afanara estúpidamente por adquirir dinero y bienes materiales. Ella marcaba la primera Revolución Industrial como el momento en la historia en que el dinero había pasado de ser un medio para conseguir ciertos fines, a convertirse en un fin en sí mismo. El capital, decía ella, era el fin de la existencia del hombre moderno y de su vástago posmoderno. Ella creía que nuestra obsesión contemporánea por los bienes materiales solamente era posible en un mundo industrializado y capitalista, y entendía que la Revolución Industrial era, de alguna forma, responsable del triunfo del Capitalismo en los siglos posteriores al XVIII. Para Teresa, la idealización del dinero y de los bienes materiales era una consecuencia directa del posicionamiento del Capitalismo como el modelo económico imperante en el mundo occidental; siguiendo este orden de ideas, la Revolución Industrial, al reforzar el poder del Capitalismo como modelo económico, era el acontecimiento histórico que podríamos entender como responsable de que el género humano haya equivocado el camino inventando falsas prioridades que no podrían llevar, en su opinión, a nada bueno.

Uno de los aspectos más curiosos del odio de Teresa por la Revolución Industrial es que la apasionada estudiante no consideraba como responsables de ella a inventores como Thomas Newcomen o James Hargreaves. No odiaba las locomotoras —por el contrario, amaba los trenes— ni tenía nada en contra de los grandes avances tecnológicos en el campo de las comunicaciones y, posteriormente, de la computación. Por otra parte, su crítica del mundo contemporáneo no podría tampoco enmarcarse en el modelo marxista. La contraposición de Capitalismo y Comunismo la tenían sin cuidado. Para ella solo había dos grandes fuerzas que se contraponían y que podían ser entendidas como dignas de admiración u odio: ella hablaba del impulso aristotélico en contraposición al impulso newtoniano. Por supuesto, el primero de estos impulsos debía su nombre al célebre filósofo griego del siglo IV A.C., a quien Teresa consideraba como el gran precursor del razonamiento lógico como tal; el segundo de estos impulsos debía su nombre al importante físico del siglo XVII, Sir Isaac Newton, de quien mi buen amigo Néstor tenía un gran póster en la pared de su oficina. Teresa decía que el discurso newtoniano había logrado desplazar al discurso aristotélico —que había primado por más de dos mil años—, y que este hecho había permitido que el hombre se preocupara más por entender cómo funcionaba el mundo y cuáles eran las leyes que lo regían, descuidando así el gran tema del autodescubrimiento y, lo que era todavía peor, desplazando hasta nuestros días el afán del hombre por alcanzar la sabiduría. Teresa no estaba en contra de los descubrimientos de Newton—y no sentía ningún tipo de rencor por el célebre científico inglés —lo que realmente odiaba era su discurso y las consecuencias que dicho discurso habían traído al mundo occidental. Teresa pensaba que el discurso newtoniano había apresurado la llegada de la Revolución Industrial, y que, por esto, de manera indirecta, Newton era el gran culpable del hecho de que el ser humano hubiera equivocado el camino y tergiversado sus prioridades. Así como muchos habrían deseado que Hitler hubiera muerto al nacer, Teresa lamentaba día a día el hecho de que Newton hubiera visto la luz del sol y hubiera caminado sobre los prados y los caminos de este mundo.

El miércoles de la semana antepasada Néstor me invitó a su oficina para que discutiéramos un tema que él consideraba de suma importancia. Yo me encontraba caminando hacia el edificio Mario Laserna cuando me topé con mi colega y él me dijo que debía contarme algo verdaderamente confidencial, algo que no se podía discutir en un lugar público, y por eso me citó en su oficina en las últimas horas de la tarde. Ahora sé que hubiera sido mejor para todos que no me hubiera presentado a esa maldita cita.

Néstor me esperaba sentado detrás de su viejo su escritorio, y tenía en sus manos una gran cantidad de papeles escritos por él mismo que se hallaban plagados de gráficas pintadas a mano, y de un sinnúmero de ecuaciones matemáticas que distaban mucho del tipo de problemas que yo hubiera sido capaz de resolver por mí mismo. A su lado pude ver una alta pila de libros de física, entre los que recuerdo Philosophiae naturalis principia mathematica, A Brief History of Time, y un sinnúmero de textos de gran envergadura acerca de Física Cuántica. Esparcidas por el suelo pude ver incontables fotocopias engrapadas en las que asomaban nombres como Werner Heisenberg, Max Planck, Niels Bohr, Albert Einstein, H.G. Wells, y muchos otros que apenas alcancé a entrever. El lugar estaba hecho un verdadero desastre, y casi siento lástima al ver a Néstor paseando la mirada frenéticamente de un extremo al otro de su extraño chiquero. Cuando pareció comprender que su oficina se hallaba en un estado deplorable se disculpó con una frase corta y vaga; después de inhalar profundamente y frotarse las mejillas ruborizadas, Néstor me rogó con aire solemne que tomara asiento.

Creo que no podría, por nada del mundo, traer a cuento el diálogo, o mejor aún, el monólogo que Néstor inició aquel miércoles en su oficina oscura que tenía la apariencia de una catedral de papel reducida a ruinas blancas y amarillentas. Solo sé que mi colega se hallaba realmente emocionado, y que trataba de decirme que había hallado la manera de viajar en el tiempo. Se reía nerviosamente y afirmaba, en susurros cortados, que por fin podría demostrarme que el tiempo existe. Empezó por exponerme ciertos aspectos de las teorías de Einstein acerca de la manera en que puede llegar a doblarse o deformarse la cuarta dimensión (el espacio-tiempo) por medio de la aceleración de la materia. Posteriormente me agobió con un extraño discurso acera de los viejos y nuevos descubrimientos de la Física Cuántica, y finalmente me mostró unos planos incomprensibles en los cuales mi buen amigo afirmaba haber diseñado algo así como una máquina del tiempo. Debo aceptar que no entendí mucho acerca del funcionamiento de la máquina en sí, pero, si deseo a explicarme de forma clara, supongo que es mi deber tratar de describir, al menos de manera tosca y rudimentaria, cómo funcionaba el delirante aparato que había ideado aquel brillante científico. A mi modo de ver las cosas, el intelecto de Néstor se había visto cegado por una locura temporal, y mi viejo amigo había caído en una momentánea crisis nerviosa.

Sé muy poco acerca de la apasionante ciencia de la física. Por ende, la siguiente explicación puede tener ciertos problemas de fondo en lo que respecta a mi manejo del lenguaje técnico. Supongo de antemano que mi deficiente comprensión de ciertos principios científicos nublará de profundamente la siguiente explicación. La cosa es —más o menos— así: según entiendo, Néstor no inventó una especie de vehículo capaz de trasladarse en el espacio-tiempo (cosa que sucede en la famosa novela de H. G. Wells La máquina del tiempo, y en aquella célebre trilogía de películas norteamericanas cuyo paradójico título es Back to the Future); lo que hizo mi colega fue construir una especie de cámara de vibración, algo así como una centrifuga de altísimo poder. Según Néstor, cualquier objeto introducido en esta máquina comenzaría a girar y a vibrar a una velocidad hiperbólica cercana a la velocidad de la luz. Aunque no recuerdo la velocidad exacta que alcanza la máquina, la idea es que las partículas del cuerpo que se halla en la cámara llegan a moverse a una velocidad tan alta, que rasgan la superficie del espacio-tiempo y, superada esta barrera, pueden atravesar la cuarta dimensión y reagruparse ordenadamente en cualquier época de la historia y en cualquier lugar del planeta. Le pregunté a Néstor cómo podía calcular en qué fecha y en qué lugar exacto del universo aparecería el sujeto del experimento. Él contestó que después de haber logrado “rasgar el espacio-tiempo” ese era un reto menor, y que de hecho ya había resuelto completamente dicho problema. Después de decir esto Néstor me atacó con otro desordenado monólogo lleno de cifras, de cálculos y de leyes físicas, que tenía como único fin despejar del todo mis dudas. No creo que haga falta decir que no entendí en lo más mínimo su extraña explicación, y que no creí ni por un instante que una máquina tan extraña como la que él describía pudiera llegar a construirse, muchos menos en un país como el nuestro. Finalmente, para sorpresa mía, Néstor afirmó que ya casi había terminado el fantástico aparato, y que solo le hacían falta un par de ajustes. Yo fingí que le creía, lo felicité y estreché su mano, momentos después me puse de pie y me despedí algo asustado. No podía evitar pensar que mi colega seguramente había estado trabajando demasiado, y se hallaba en un estado de ánimo bastante afectado.

Esta extrañísima conversación fue el primero de una larga serie de eventos desafortunados que me llevaron a mí y a Teresa—esté donde esté—a la complicada situación en la que nos encontramos actualmente. El segundo evento desafortunado al que debo referirme es una conversación que tuve en la mañana nublada de un jueves, hace exactamente quince días. Me encontré con Teresa en la cafetería de la universidad. Sabíamos que la gente hablaba a nuestras espaldas, inventando historias injuriosas acerca de nuestra relación, pero no habíamos dejado que esto afectara nuestras costumbres ni que mellara nuestra sólida y respetuosa amistad. Hablamos acerca de la clase en donde ella colaboraba como monitora. Hablamos también acerca de ciertas dinámicas de aprendizaje que ella quería implementar en mi clase de “Filósofos Presocráticos”, y posteriormente discutimos algunas ideas que yo tenía para la propuesta de ensayo final de nuestro amado “Seminario de Thomas Hobbes”. Finalmente, nuestra conversación se desvió hacia temas menos académicos y—ojalá hubiera guardado silencio—terminé por hablarle de un asunto que realmente me importunaba y que no dejaba de darme vueltas en la cabeza: el extraño comportamiento de mi amigo Néstor. Le dije que creía que mi colega necesitaba cierta ayuda, que quizás debería hablar con un psicólogo o un psiquiatra, y que me preocupaba el hecho de que estuviera tomando tan en serio nuestras casuales conversaciones acerca del tema del tiempo. Yo siempre había visto esas charlas como simples batallas de ingenio en las que jugábamos a superarnos en astucia el uno al otro; simples debates espontáneos que servían para nuestro mutuo entretenimiento. Nunca cité a un filósofo en mis discusiones con Néstor, nunca revisé mis viejos apuntes ni pensé en enfrentarme a él con argumentos previamente preparados. Desafortunadamente, muy tarde comprendí que, para mi amigo, estas conversaciones eran de vital importancia, y realmente no sabría decir en qué momento exacto cayó él en aquella obsesión malsana que lo empujaba a iniciar proyectos tan descabellados como los que me había descrito el día anterior.

Ese jueves lo recordaré toda mi vida, porque ese día comprendí que no hay un solo hombre, por aguda que sea su inteligencia, capaz de saber lo que la mente su prójimo encierra. Aunque Teresa ciertamente se mostró bastante interesada por la salud mental de mi viejo compañero, no pensé que llegaría a preocuparse lo suficiente como parea ir a conversar con él. Ahora bien, todo lo que he de contar a continuación lo sé porque me lo contó el mismo Néstor, quiero decir —y que esto sirva como atenuante al dolor que me propicia mi propia conciencia— que en ningún momento me enteré de las intenciones de mi joven estudiante, y que nunca pensé que ella fuera lo suficientemente crédula como para dejarse llevar por la vorágine de sinsentidos que parecían haberse apoderado de la mente de mi buen amigo.

Teresa fue a visitar a Néstor ese mismo día. Sin embargo, nunca me dijo que tenía la intención de verlo. Ahora creo saber que este hecho no es del todo arbitrario. Cuando mi colega abrió la puerta de su oficina y Teresa vio sus ojos insomnes y los incontables papeles esparcidos por el suelo, quizás ella no estaba completamente dispuesta, todavía, a creer en los delirantes cálculos y las absurdas ideas del otrora respetado —y ahora desaparecido— profesor de física. Teresa era, como ya lo he dicho, una joven decididamente brillante. Es esta precisa razón la que no me permite siquiera imaginar qué cosa pudo decirle mi colega para hacerla creer en patrañas tan infantiles como la construcción de una máquina del tiempo o la existencia paralela de varios tiempos y de varias dimensiones. Eso de doblar y rasgar la cuarta dimensión mediante la aceleración de las partículas de un cuerpo sonaba muy bien como una teoría, era una idea muy interesante si uno la veía en el papel. Pero pensar que el tiempo se puede doblar como si fuera una simple manta, como si fuera una ruana gruesa y arrugada, esa idea era tan absurda que me producía risa.

Según lo que Néstor me dijo, y yo sé que es cierto porque lo conozco bien, la joven Teresa quedó encantada con su teoría de la máquina del tiempo y le pidió que la dejara verla en funcionamiento. Mi compañero le explicó que hacían falta un par de ajustes antes de que el mecanismo estuviera listo, y finalmente la citó para el domingo en el laboratorio de física de la universidad. Para sorpresa mía, Néstor no guardaba su famosa “máquina del tiempo” en el laboratorio; había logrado hacerse amigo de un joven estudiante de artes plásticas, y entre los dos habían conseguido permiso tanto de la Facultad de Ciencias como de la Facultad de Arte y Humanidades para presentar esta “máquina del tiempo” como un proyecto de arte pop, que habría de exponerse por estos días, junto con muchos otros proyectos de los estudiantes de Artes plásticas, en uno de los salones del edificio Rogelio Salmona. Según Néstor, él y el joven estudiante habían logrado convencer a las autoridades de nuestra institución para que permitieran al joven artista intervenir una vieja máquina de la universidad. Fue entonces cuando me enteré de que Néstor había construido su delirante armatoste dentro de la coraza de una enorme máquina centrífuga comprada por los Andes a principios de los años setenta. Esta máquina era ideal para el proyecto de mi amigo ya que, por su antigüedad, poco se usaba. Néstor y el joven estudiante de artes plásticas habían convencido a los directivos de la universidad de que una exposición de obras de arte inspiradas por la literatura de ciencia ficción permitiría la interacción entre los departamentos de Artes Plásticas, Literatura y Física, fortaleciendo así los lazos interdisciplinarios que quería estimular nuestra digna institución. Néstor había convencido a su joven amigo de que lo apoyara en este proyecto, y fue mediante esta idea —en apariencia imaginativa, inocente, incluyente y divertida— que mi perturbado colega pudo llegar a construir, sin despertar sospechas, un aparato tan peligroso como ese asesino de metal que había ensamblado en secreto.

Realmente no sé qué pensar cuando me imagino a Néstor trabajando en sus cálculos hasta el amanecer, escondiéndose en los laboratorios de la Universidad para poder trabajar en ellos en las altas horas de la noche, despertándose temprano para volver a evaluar sus teorías, y ausentándose de clase con el fin de aprovechar cada segundo, cada instante, para poder terminar pronto su estúpido aparato de fantasía. Néstor había sido un académico genial, más que brillante, y ahora había caído en ese extraño estado de locura o de idiotez que tanto me preocupaba.

Néstor hablaba con Teresa acerca de sus ridículos viajes a través de la cuarta dimensión. Ella hablaba conmigo acerca de los grandes magnicidas de la historia. Jamás me dijo que se estaba viendo diariamente con mi colega, y supongo que nunca le dijo a él que estaba hablando conmigo acerca de un tema tan sombrío como el de los grandes monstruos que ha engendrado la humanidad. Y es que realmente el tema de la figura del magnicida había comenzado a interesar a Teresa de una manera desproporcionada. Pensé que tal vez estaba leyendo demasiados libros acerca de dictadores latinoamericanos, o que estaba comenzando a interesarse por la figura literaria del hombre poderoso que llega a deshumanizarse y a ver a sus congéneres como seres inferiores. En ese semestre estaba tomando un curso llamado “Novelas de Dictadores”, y yo atribuía su nuevo interés a las lecturas llevadas a cabo en aquella clase. Le recomendé que tomara prestado de la biblioteca un ejemplar de Tirano Banderas, y le presté mi edición de lujo de Macbeth. Ahora comprendo bien que me comporté como un verdadero imbécil; si hubiera entendido el verdadero trasfondo de los nuevos intereses de mi joven amiga, quizás habría podido cortar la oscura cadena de eventos desafortunados que llevaron a su horrible desaparición.

Teresa me hablaba de monstruos morales como Hitler, Stalin, Leopoldo II, Atila. De vez en cuando Teresa mencionaba nombres como Carlos Castaño o Raúl Reyes, y yo le hablaba de Escobar, de Rodríguez Gacha, y de otros traficantes asesinos que habían azotado al país durante las últimas décadas del siglo XX. Al final, Teresa llegaba siempre a la misma pregunta: “¿Realmente es sagrada la vida de individuos tan malvados como esos? ¿No sería justificable acabar con la vida de cualquiera de estos tipos, en plena juventud, salvando así las vidas de muchos hombres justos? La única respuesta sensata que se me venía a la mente era que nadie podría haber sabido desde un principio que alguien como Hitler sería un genocida, por lo tanto, ¿qué derecho tendríamos de acabar con la vida de un niño basándonos únicamente en sospechas abstractas? Además, no es justo que un hombre sea castigado por un crimen que no ha cometido todavía, y que quizás nunca cometa. Solo la gente que cree en supersticiones absurdas como el destino podría decir que es lógico —por ejemplo— matar a un Hitler de once años evitando así la barbarie de la Segunda Guerra Mundial. ¿Es que acaso no gozamos de libre albedrío? ¿No podeos tomar nuestras propias decisiones? ¿Quién podría creer que todos estamos destinados a llevar a cabo una u otra acción? Aceptar la idea del destino, la hipótesis de que todo está escrito desde el principio de los tiempos, es tan absurdo como la idea de que existe un futuro. ¿Quién podría creer realmente que el futuro está escrito desde el principio de los tiempos? Las causas y los efectos que crean nuestra historia y marcan nuestro devenir, ¿son acaso parte de un plan, de un texto invisible que existe desde siempre y que cifra los hechos que se dan ahora y los que se darán en el porvenir? Esta teoría es completamente absurda. Por eso la idea de matar a un genocida antes de que realmente haya cometido un genocidio es estúpida, ridícula, porque trae implícita la aceptación de ideas tan arbitrarias como la existencia del destino, o la existencia previa del futuro.

A pesar de nuestras largas conversaciones, Teresa siempre me llevaba a aceptar que, si de alguna forma pudiéramos tener la certeza de que un joven crecería para convertirse en un magnicida, sería mejor, para toda la humanidad, detenerlo antes de que cometiera actos atroces. Obviamente yo no podía aceptar el asesinato de un individuo que no ha cometido ninguna falta, sin embargo, pensaba que quizás no sería inconducente tomar ciertas medidas para evitar las infamias futuras de un hombre con este tipo de tendencias homicidas. La verdad es que, en ese mundo imaginario de casos hipotéticos que me pintaba mi joven amiga, yo me tomaba la libertad de encerrar al futuro malhechor en una institución especializada, con el fin de evitar sus futuros crímenes y de brindarle un tratamiento psiquiátrico adecuado que llevara al individuo a vencer al monstruo que llevaba por dentro. Vale la pena aclarar que, si yo considero que existe algo sagrado en este mundo, eso es la vida de un hombre; por lo tanto, no podría nunca estar de acuerdo con Teresa cuando ella afirmaba que sería correcto asesinar a un individuo, dado que en el futuro se convirtiera en una amenaza para la humanidad. Pero Teresa era una muchacha inteligente, y esperaba que yo le diera una respuesta específica. No sé por qué consideraba necesaria dicha respuesta, quizás porque me respetaba mucho, quizás porque me consideraba como una especie de erudito —cosa que no soy— o tal vez porque, simplemente, me veía como a un hombre bueno cuya “aprobación” podría justificar sus decisiones y, por lo tanto, calmar las embestidas de su propia conciencia.

—Sin embargo, sería mejor para la humanidad que alguien evitara la existencia de un genocida —decía ella.

—Claro, pero ¿quién podría decirnos quién va a ser un genocida antes de que haya cometido un crimen de lesa humanidad?

—Pero si pudiéramos saberlo, ¿no sería mejor para la humanidad que alguien lo destruyera?

—Quizás sí —respondía yo—, pero el que matara al criminal estaría condenándose, ya que, ante la ausencia de un Dios, es el individuo el que debe juzgarse a sí mismo… No debe haber nada peor que la conciencia insomne de un asesino. El individuo que matara al futuro genocida estaría, de alguna forma, condenándose a sí mismo a una suerte de infierno en vida.

—Pero…

—Teresa, solo una cosa es sagrada: la vida. No podemos arrebatarla, no podemos quitárnosla a nosotros mismos, porque es, y no exagero al decirlo, lo único que realmente tenemos.

—Pero, Augusto, respóndeme: ¿no sería mejor para la humanidad que alguien acabara con un genocida antes de que este dañara a millones de inocentes?

—Seguro, pero eso sería terrible para el asesino. Y el asesino, al dañarse a sí mismo, le haría daño también a toda la humanidad.

—Pero sería lo mejor para todos. Sería el menor de dos males.

—Sí, sería el menor de dos males, pero sería injusto.

Nuestra conversación se convertía entonces en un círculo vicioso. Pero lo que yo no podía comprender era el hecho de que yo ya había dicho lo que Teresa quería escuchar. En otras palabras, ella ya estaba satisfecha con mi respuesta. Yo, por mi parte, ni siquiera era consciente del daño que acababa de hacerle a mi querida estudiante, a mi buena amiga. En esta respuesta se halla cifrada parte de mi culpa; yo fui quien impulsó a Teresa a buscar, sin saberlo, su propia destrucción. Mi falta de escrúpulos en nuestras interminables charlas había condenado a la joven, y de paso a mí mismo, que he tenido que soportar insomnios infinitos, y que me he visto obligado a abandonar la casa en donde fui feliz, por tantos años, al lado de Clara, mi difunta esposa. Ya lo he dicho, ya saben ustedes por qué soy el único culpable de la desaparición de esta joven y prometedora mujer: mis palabras no fueron las correctas porque mis convicciones fueron débiles.

Néstor me contó, con la mirada serena y la voz profunda, que un día Teresa le preguntó por qué tenía un póster de Newton en la pared de su oficina. La evidente admiración de Néstor por el científico inglés —“la mente más poderosa en la historia de Occidente y el más grande de todos los hombres de ciencia”, según mi compañero— le permitió a Teresa urdir su demoniaco plan: viajaría a la Inglaterra del siglo XVII, y acabaría con la vida del célebre físico. Esto, por supuesto, no los supo Néstor hasta la noche de ayer, y de haberlo sabido antes quizás habría matado con sus propias manos, en medio de su locura, a la joven. Debo aceptar que nunca en mi vida he creído en la existencia de un Dios, y mucho menos en la idea del destino; sin embargo, creo que es imposible no notar aquella maravillosa coincidencia, aquella magia escalofriante que unió, quizás, a los dos individuos más afectados por la figura histórica de Newton, y los enfrentó a la idea, absurda, de lograr un verdadero contacto tangible con el objeto de sus pasiones. Néstor admiraba a Isaac Newton más de lo que cualquier hombre podría admirarlo; para él este científico hizo posible que entendiéramos qué es el mundo, qué es el universo, y por lo tanto logró otorgarnos, desde la ciencia, un verdadero lugar en el cosmos. Néstor solía decir, sin ningún reparo, que Newton descubrió el universo, y que, además de esto, nos dio como un don extra el conocimiento de cómo funcionaba aquella inaprehensible maquinaria mística. Para Teresa, por otra parte, Newton era un genocida. Ella consideraba a este hombre muerto—porque está muerto y eso es lo que ella y Néstor no lograron aceptar o comprender —como el padre del discurso científico. Sabía que la Revolución Científica del siglo XVII—proceso histórico que permitió la llegada de la Revolución Industrial— no hubiera sido posible sin la existencia de este individuo; por ende, mi alumna consideraba a Newton como el causante mismo de la Revolución Industrial. Como ya lo dije anteriormente, Teresa creía que este proceso histórico había condenado para siempre a la humanidad, en la medida en que había llevado a los hombres a perder de vista el fin último de sus propias vidas: “alcanzar la sabiduría a partir del razonamiento, de la lógica deductiva y de la reflexión acerca del conocimiento.” Como podrán observarlo, esta apropiación amañada de la doctrina de la causalidad —no esperen que diga que Kant es culpable de la desaparición de Teresa— llevó a Teresa a la arbitraria decisión de asesinar a un joven Isaac Newton, que ella, estúpidamente, esperaba encontrar en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVII. Supongo que el silogismo chueco que determinó sus acciones fue, más o menos, el siguiente: “Newton es responsable de la Revolución Científica, la Revolución Científica es responsable de la Revolución Industrial, la Revolución Industrial condenó a la humanidad. Conclusión: Newton condenó a la humanidad.” En otras palabras, Teresa debió haber pensado que si A es causa de B, B es causa de C, y C es causa de una desafortunada D, entonces (¿por qué no?) A debe ser causa de D, y —por consiguiente— eliminada A evitaremos D. Esto, como podrán verlo, es una completa arbitrariedad lógica, una falacia. Siguiendo este absurdo orden de ideas, la madre de Newton —una pobre campesina puritana— sería responsable tanto de la Revolución Científica como de la Revolución Industrial. O, peor aún, los culpables de estos procesos históricos que “condenaron” a la humanidad podrían ser las obras Clavis mathematicae, Geometría de Descartes, Astronomiae Pars Óptica, Opera mathematica, y Aritmética, ya que todos estos textos influenciaron el trabajo científico de Newton. O no, quizás podríamos ir más allá y decir que los responsables de la Revolución Industrial son William Oughtred, Frans van Schooten, Johannes Kepler, François Viète y John Wallis, autores de dichos trabajos científicos —que por supuesto nunca he leído ni leeré. O no, quizás los responsables de la perdición humana son las madres de estos pensadores, ya que fueron ellas las que los amamantaron y cuidaron en vez de dejarlos morir de hambre, o tal vez los culpables sean sus padres, por embarazar a dichas mujeres, o Alejandro Magno y Atila, ya que sin ellos la historia de la humanidad, seguramente, habría tomado un rumbo distinto. En este mar de arbitrariedades se ahogó la brillante Teresa, porque sus pasiones no la dejaron actuar de manera lógica y adecuada. Cuando repaso en mi mente esta serie de eventos desafortunados no puedo evitar pensar que la locura de Néstor era contagiosa. Solo así puedo explicarme cómo mi mejor estudiante pudo llegar a comportarse de una manera tan extraña e injustificable. Yo mismo, ya es hora de aceptarlo, casi pierdo la razón debido a los desvaríos enfermizos del pobre —y otrora genial— Néstor.

Teresa se valió de su carisma para convencer a Néstor de que ella también admiraba profundamente al científico inglés; por supuesto, conocía bien la biografía y la obra del célebre pensador, y pudo, echando manos de sus conocimientos, confundir a Néstor lo suficiente como para hacerlo creer que ella también sentía una gran devoción por el célebre difunto. Ahora bien, Teresa decidió, hace cuatro días, proponerle a mi confundido colega la idea de ir personalmente a conocer al joven Newton, quien caminó alguna vez sobre los verdes prados del antiquísimo Trinity College —uno de los muchos que constituyen la famosa universidad de Cambridge. Por supuesto, el Néstor que yo conocía no habría aceptado una propuesta semejante ni en un millón de años; sin embargo, aquel nuevo académico excéntrico y perturbado se dejó convencer por el discurso ágil y falaz de mi joven amiga. Esto demostraba de manera definitiva que el Néstor que conoció Teresa no era el mismo sujeto que yo conocí años atrás.

El martes de esta semana ya tenían todo preparado para el viaje: una maleta repleta de las publicaciones de física más importantes escritas después de la muerte de Newton, un mapa detallado del Trinity College, un diccionario de Inglés antiguo sustraído de la biblioteca de la universidad, y un cuaderno en donde Néstor le explicaba a Teresa en qué lugar exacto de Cambridge debía estar el 22 de diciembre de 1661 —seis meses después de su llegada al siglo XVII— para poder encontrar la nueva “cápsula del tiempo” que él fabricaría durante dicho lapso de tiempo, con el fin de enviarle un medio seguro para regresar a nuestro siglo. Como podrán recordar, la máquina de Néstor no podía acelerar sus propias partículas y atravesar la cuarta dimensión, esto solo podía hacerlo con otros cuerpos depositados en su interior. Por eso Néstor debía fabricar otra máquina y enviarla al siglo XVII, para que Teresa pudiera regresar al presente. En lo que respecta al riesgo que representaba dejar una “cápsula del tiempo” abandonada en otro siglo, dicho riesgo era solo aparente, y por lo tanto no preocupaba a mi colega: de nada sirve una “cápsula del tiempo” si no hay ningún hombre vivo capaz de operarla. Debo aceptar que el plan no era del todo absurdo, y que desde cierto punto de vista habría podido funcionar; claro, pero solo en el caso hipotético de que pudiera existir algo así como una máquina del tiempo, o el tiempo mismo, lo cual no es más que una idea abstracta y una convención hueca.

Entonces Néstor, como él mismo me lo explicó, entrenó a Teresa en el manejo de la “cápsula del tiempo” y le dejó una detallada hoja de instrucciones acerca de su complejo funcionamiento, con incomprensibles diagramas dibujados con lápiz y, por supuesto, escrito enteramente en castellano. Todo estaba completamente listo para el viaje de la joven bogotana a través del enrevesado tejido de la cuarta dimensión, y el día de ayer, en las primeras horas de la tarde, Teresa se sentó en aquella cápsula fría y rechinante. En realidad, siento lástima al pensar en el buen Néstor imaginando que aquel miércoles soleado, monótono y tercermundista, cambiaría la historia de la ciencia para siempre. También me da cierta pena imaginar a la pobre Teresa, nerviosa, indecisa y comprometida, jugando a ser una villana y una heroína al mismo tiempo, mientras guardaba una daga que habría sido de su abuelo, o quizás el revólver de su padre, cargado con seis tristes balas que nunca serían disparadas, entre un tomo empastado que contendría los famosos artículos de Einstein publicados en aquel Annus Mirabilis de 1905, o tal vez entre su propia ropa. Esta historia va adquiriendo un carácter cada vez más grotesco, y casi alcanza su ominosa apoteosis en el momento idiota y —¿por qué no decirlo?— caricaturesco, en el que Néstor cierra con llave la puerta del edificio Rogelio Salmona y le entrega a su nueva “discípula” un último atado de libros en inglés y una valija llena de disfraces robados al grupo teatral de la universidad. Con estos ridículos disfraces raídos Néstor esperaba convencer a los contemporáneos de Newton—y al genio mismo—de que su misionera del conocimiento era, sin más ni más, una inocente joven británica de mediados del Siglo XVII.

Yo estaba trabajando en mi proyecto de investigación acerca del papel que juegan las guerras en el desarrollo de la civilización, según las ideas de Immanuel Kant, cuando, de pronto, se fue la luz en toda la universidad. Por supuesto, nuestra autoexaltada institución goza de varias plantas eléctricas que, en teoría, deberían impedir que se corte el flujo eléctrico dentro del campus, aunque se presente un apagón en el barrio entero. A pesar de esto, la energía nunca volvió, esperé cinco, diez, hasta quince minutos, pero el apagón parecía haber afectado la universidad por completo. Entonces, como si fuera una epifanía—o una pesadilla en pleno día—, comprendí de forma parcial lo que estaba sucediendo: Néstor había puesto a funcionar su maldita máquina. Corrí, tan rápido como pude, al oscuro salón del edificio Rogelio Salmona, mientras recordaba los ojos rojos y las manos temblorosas de mi amigo señalando, con orgullo idiota, aquel mecanismo delirante que él mismo había improvisado—con lunático ingenio—adentro de una vieja y aparatosa máquina centrifuga que no debía ser más grande que una nevera de uso industrial.

Un sonido agudo, pero casi imperceptible, salía de la puerta cerrada del salón de clases. Toqué el picaporte con la mano lívida y descubrí, horrorizado, que toda la puerta temblaba y vibraba violentamente. Golpeé la vieja puerta de madera varias veces, mientras trataba de comprender cuáles podrían ser las consecuencias de las recientes e injustificables acciones de mi viejo amigo. Al ver que nadie respondía a mi llamado, empecé a tirar de la vibrante perilla. Halé con todas mis fuerzas y, sintiendo cómo una indeterminada angustia me subía por la columna cervical, empecé a sacudirme como una bestia encerrada. Finalmente grité con fuerza el nombre de Néstor, mientras llamaba incansablemente con la palma de mi mano. Tenía la sensación de que algo terrible se estaba llevando a cabo en aquella aula fría y oscura.

La puerta se abrió de repente y yo me vi obligado a dar un paso atrás. Néstor me miraba, pálido, desde el fondo de sus ojos oscuros y espectrales. Me lanzó una mirada decididamente extraña, como reprochándome por el escándalo, y finalmente me haló del brazo para que entrara en la sala umbrosa. Solo entonces comprendí que me había comportado de forma terrible —y esto también me hace responsable de la desaparición de Teresa— al haber evitado por varios días la compañía de mi amigo. Realmente asumí una actitud incorrecta al evitar a Néstor para ahorrarme el espectáculo de sus fastidiosas extravagancias. Quizás, de haber estado más pendiente de la salud mental y emocional de mi colega habría podido salvar la vida de Teresa. Pero en ese momento las únicas preocupaciones concretas que me agobiaban eran las represalias que tomaría la universidad contra Néstor al enterarse de que él era el culpable de aquel inexplicable apagón, y los procesos legales que emprendería la institución contra mi amigo cuando se supiera que él había hecho uso indebido de los equipos de la universidad. También me preocupaba en gran medida la suerte que correría el buen Néstor quien, desde hacía ya varios días, parecía irremediablemente condenado a pasar una buena temporada en un hospital psiquiátrico.

Solo cuando estuve realmente cerca de la “cápsula del tiempo,” y después de que puse mi mano desnuda sobre su superficie aún caliente, pude articular la terrible pregunta que me estaba dando vueltas en las entrañas: “¿Qué demonios pusiste en esa máquina?” Néstor me tomó del hombro con una temblorosa sonrisa de triunfo, y contestó en voz baja: “A Teresa.” No recuerdo muy bien los minutos que siguieron a aquella cruel revelación. Solo puedo verme sacudiendo a Néstor de las solapas de su chaqueta arrugada mientras le gritaba con furia, con mi rostro a escasos centímetros del suyo. No sé de qué imperdonable manera lo increpé, no sé cuántas veces lo injurié y le prometí que lo mataría con mis propias manos. Pero perdí todas mis fuerzas cuando el inocente y genial imbécil se escabulló de mis manos y abrió la puerta de su máquina diciendo: “Mira, Augusto: no hay nadie adentro. ¡El viaje fue todo un éxito!” Entonces me arrodillé frente a la estúpida máquina y lloré como no lo hacía desde hace mucho, lloré como no lloraba desde que vi cerrarse el ataúd de Clara por última vez, y creo que pensé que, así como Clara había desaparecido para siempre debajo de la tierra, la pobre Teresa había desaparecido en medio de las sombras de aquel viejo salón de clases. Néstor creía, el muy idiota, que las partículas que constituían a Teresa estaban reagrupándose en algún lugar de Inglaterra y en algún momento histórico cercano al ingreso de Isaac Newton a la Universidad de Cambridge. Yo sabía, y envidiaba la candidez de mi bienintencionado colega, que él había asesinado a la joven estudiante; ahora Teresa se había hecho trizas en la atmósfera y sus partículas inertes debían estar flotando en el ambiente en medio del polvo.

Saqué a Néstor a empellones de aquella maldita universidad, y lo encerré en mi apartamento tratando de hacerle comprender el horroroso crimen que acababa de cometer. Hablamos toda la tarde y, después de que cayó la noche, no había logrado convencerlo aún de la naturaleza absurda e inmoral de sus recientes acciones. Desesperado, y ya al borde de las lágrimas, revolví mi biblioteca y cité directamente a San Agustín: “Si es necesario entonces que, para ser tiempo, pase el presente a ser pretérito, ¿cómo decimos que existe este presente, si su causa o razón de ser reside en dejar de ser, de modo tal que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino cuando tiende al no ser?” Ante la incredulidad del terco idiota saqué otro tomo y cité a Aristóteles —no sin pensar antes en la joven Teresa, haciéndose trizas dentro de un cruel ataúd de metal: “Con el tiempo hemos de tratar de algo misterioso, oscuro y muy difícil de captar, pues una parte de él ha acontecido y ya no es, otra está por venir y no es todavía, y parece imposible que lo que está compuesto de no ser tenga parte en el ser.” Finalmente, la discusión se tornó tan acalorada como siempre y Néstor, ofendido y cansado, trató de abandonar mi apartamento. Cuando quise impedírselo por su propio bien, el desorientado físico sacó de su bolsillo una pequeña rosa blanca y me dijo firmemente, como recordando algo de gran importancia: “Esta es la prueba de que Teresa está viva. El domingo pasado la cité en el laboratorio de Física y luego la llevé al edificio Salmona, entonces enviamos esta flor a mi oficina, para que sus partículas se reagruparan en la mañana del miércoles. Como puedes ver, la rosa se materializó el día de hoy. Es por esto que Teresa decidió llevar a cabo este viaje que nos llevará a vivir en una utopía tecnológica; esta aventura hará de nuestra civilización una verdadera Arcadia de conocimiento, donde todo ser humano podrá gozar de una mejor calidad de vida.” Al oír aquellas mentiras, dignas del más delirante mitómano, decidí dejar ir a mi viejo amigo, y me decidí a llamar a la policía para que recluyeran a aquel cándido asesino en una institución especializada. Néstor atravesó la calle oscura como disponiéndose a buscar un taxi, y de repente se volvió hacia mi ventana y me preguntó con un grito: “¿Por qué una estudiante de filosofía como Teresa admira tanto a Sir Isaac Newton?” Yo, que sabía que nada de eso importaba ya, le respondí: “No lo admiraba, Néstor, lo odiaba. ¡Solo aceptó viajar al XVII para matar al maldito infeliz!” Al oír estas palabras el pobre hombre, no me pidan que explique cómo, empezó a elevarse lentamente del suelo, como si la Tierra ya no ejerciera ninguna fuerza sobre su cuerpo. Vi volar sus anteojos, que se alejaban velozmente de su nariz de gárgola, y luego pasó con una mirada aterrada frente a mi ventana. Néstor me miró con lágrimas en los ojos como si hubiera entendido de repente, en los tonos roncos de mis gritos, el odio que centelleaba detrás de las pupilas de la joven Teresa. Antes de desaparecer del todo en la oscuridad del cielo nocturno pude oírlo sollozar: “Ya debe estar muerto, ya lo mató.”

Esta es la verdad, esto fue lo que sucedió con la pobre Teresa. Espero que, para consuelo de su familia, nadie vaya a creer en las incoherentes ideas del desafortunado Néstor—un hombre que fue, alguna vez, el científico más genial que jamás conocí. Cargar con la incertidumbre de un familiar desaparecido es tan doloroso que resulta mejor saber la verdad, por cruel que sea. Que nadie busque en la nada del tiempo a Teresa, que nadie perturbe la memoria de mi querida amiga. Ella se deshizo en el aire como una columna de humo que asciende hacia las nubes y se deshace en la niebla intangible; eso es todo. En lo que respecta a la curiosa desaparición del perturbado Néstor, creo que nunca llegaré a creer realmente en lo que vieron mis propios ojos. Yo estaba, al fin y al cabo, enfermo de angustia y cansancio. A pesar de todo, si llegara a ser cierto que Néstor dejó de ser atraído por este cuerpo monumental que es nuestro planeta, si llegara a ser posible que su cuerpo dejó de atraer, a su vez, a la Tierra, entonces yo encontraría una solución mucho más razonable a este problema, una solución que nada tiene que ver con la imposible muerte de Newton a manos de Teresa: Néstor llegó a creer tanto en sus propias ideas, su mente se sugestionó de un modo tan enfermizo, que en su fuero interno realmente creyó, indudablemente “supo,” que un joven Isaac Newton acababa de morir en el año de 1661.

Ya he confesado mi horrible crimen. Yo pude haber detenido todo este disparate, yo pude haber evitado esta lamentable pérdida. Ahora, desde luego, ustedes deben darse a la tarea de buscarme, de perseguirme. Por mi parte, yo debo huir, esconderme, evitarlos a toda costa. Esta es, al fin y al cabo, nuestra obligación moral.

 


Juan David Cruz Duarte nació en Bogotá, Colombia. En el 2018 obtuvo su doctorado en literatura comparada en la University of South Carolina. Su obra literaria ha aparecido en Five:2:One, Burningword, Jasper, Blue Collar Review, the Dead Mule School of Southern Literature, Escarabeo, etc. El trabajo académico de Cruz Duarte se ha enfocado en el estudio de la ciencia ficción latinoamericana de los siglos XX y XXI. Ha publicado la colección de relatos Dream a Little dream of me: cuentos siniestros (2011), la novela breve La noche del fin del mundo (2012), y la colección de poemas Léase después de mi muerte (Poemas 2005-2017). Actualmente, Cruz Duarte vive en Bogotá.

 

 


MaquinatemporalFoto portada: https://pixabay.com/es/illustrations/m%C3%A1quina-del-tiempo-hacia-adelante-859335/

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