Hijo de la luz | Carlos Enrique Saldívar

Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

«Centro de claridades, la gran hora te espera

en el umbral de un fuego que el fuego mismo abrasa:

te espero yo, inclinado como el trigo a la era,

colocando en el centro de la luz nuestra casa.»

Miguel Hernández

 

—¡Admite que lo odias!

—¡Déjame en paz!

—Si no fuere así, deja de fingir que lo detestas.

—¡Púdrete, déjame sola!

—Si lo odias, deshazte de él, ya no finjas que te importa.

—¡Maldito seas, es tu hijo también!

—Lo sé, pero no podemos criarlo, lo mejor es darle muerte. No sobrevivirá mucho tiempo aquí. Aún podemos salir bien parados de esto, nadie lo ha visto, tenemos que…

—Bastardo, monstruo, ¿quieres que asesine a mi propio vástago? ¡Te digo que lo quiero! ¿Cómo podría no amarlo? Por ello sería incapaz de matarlo, nada más es un bebé.

—Ya tiene casi un año, lo descubrirán muy pronto, y entonces será nuestro fin también. Mejor deshagámonos de él, al menos nosotros podremos salvarnos, todavía somos jóvenes, podremos tener más hijos, y serán normales, tendrán que serlo. Lo que está ahí no puede ser considerado natural, es aberrante, de ninguna manera lo acepto. Hay que eliminarlo.

—Solo es un bebé, desgraciado. Si lo tocas, será lo último que toques en tu vida.

Jana estaba sentada en su sillón de pieles animales, en una casona ubicada en el interior de una amplia cueva a muchos kilómetros del pueblo principal, al cual todos conocían como El fuego desollador, un lugar muy visitado y admirado debido a todas las maldades que a cada instante allí se cometían. Hartos de las constantes vorágines de malignidad y perversión, los esposos decidieron instalarse en las afueras del pueblo. Desde muy jóvenes Jana y Alej habían tenido una buena relación, sus niveles de perversión y crueldad eran escasos, tal cualidad les permitía convivir con otros habitantes de similares actitudes. Todo se desenvolvió bien durante años hasta que en Alec surgió una extraña malevolencia que lo llevaba a salir de casa los fines de semana para cometer todo tipo de actos execrables, esto agradó sobremanera a las autoridades del lugar, quienes le ofrecieron a él un importante cargo en la zona lujuriosa del poblado, así podría controlar todos los espectáculos eróticos y estaría por encima de un centenar de moradores. Todo pintaba bien para Alec, pero había un inconveniente, el cual había aparecido hacía unos seis meses: su hijo. Lo habían llamado Codik, como el padre de Jana. El pequeño estaba jugando con unos cubos, intentaba armar una palabra imaginaria, vestía ropas azules y un sombrero blanco. El nene estaba muy contento, miraba a su madre y sonreía («la inocencia de la primera infancia», pensó ella), luego el chiquitín volteó el rostro hacia sus juguetes e intentó aplaudir con sus manecitas. Jana se aterró, quiso gritar, llorar, mas se contuvo, observó el espacio frente a sí: la ventana, aunque no escrutaba a través de este objeto, al contrario, el alcance de sus ojos parecía rebotar contra la superficie de vidrio. Tenía la vista fija en ningún lado, quizá su visión se proyectaba a un futuro tenebroso en donde no cabía nada bueno para ella y su marido. Alec se puso de pie súbitamente y gritó, rompió cosas, descargó puñetazos contra los muros; su hijo lo atisbaba sin asustarse, y siguió jugando, hipnotizado en su propio universo.

—Tiene que irse, de una forma u otra, míralo, es… horripilante —dijo el esposo.

—Sí, lo sé, aunque para mí no lo es tanto, nadie es feo para su madre, ¿entiendes? Nadie. Por ejemplo, a pesar de que tú has cometido actos horrendos, tu madre te tuvo a su lado durante tu niñez y adolescencia, ¿verdad? Bueno, es el mismo caso, este es mi hijito: Codik, nuestro hijito, nuestra sangre, le dimos la vida juntos; recuerdo que deseabas tanto tenerlo, además mi pequeño nunca ha lastimado a nadie, hasta podría decir que es una encarnación del bien, quizá sea aquel que se menciona en esa extraña leyenda…

—¡Cállate, no blasfemes!

—El hecho de que haya salido diferente no es culpa suya.

—No es que sea diferente, es de otra especie.

—¿De qué especie hablas? En este planeta gobernamos nosotros, así ha sido siempre.

—No, no siempre fue así, no te lo he contado, pero hace unos días me reuní con algunas autoridades nacionales, me ofrecieron un importante cargo en la ciudad y acepté, ayer aproveché mi acceso total para revisar algunos manuscritos antiguos.

—¿Qué quieres decir?

—Hubo otra especie dominando este mundo, fue hace mucho tiempo, hace unos dos mil quinientos años, el relato pasó de generación en generación. El mito del hombre es verdad.

—Pero si se extinguieron hace tantos siglos ¿por qué han vuelto en la forma de mi hijo?

—No lo sé, la leyenda dice que el ser humano volverá, y se reproducirá, reclamando lo que alguna vez fue suyo. El líder de las hordas que se formarán será el primer bebé nacido en los recovecos de un lugar ateo. Ese es Codik, por ello no podemos permitirle vivir.

—¡No es culpa suya! ¡Es nuestra! Fuimos nosotros los lo que le dimos la vida, tenemos que cuidar de él, protegerle de la mirada ajena, evitar que lo alcancen las burlas, el miedo, el asco, tenemos que guiarlo para que sea un ciudadano que actúe dentro de los parámetros establecidos dentro de nuestra sociedad, para que no lidere revoluciones ni nada de eso.

—Es más complicado todavía. Como te dije, en cuanto lo vean lo aniquilarán, lo torturarán hasta la muerte, y nosotros padeceremos con él. No podemos denunciarlo, pero podemos actuar por cuenta propia. Date cuenta de que tus deseos de crianza son imposibles, lo que mencionas no puede hacerse, mucha gente desea verlo, o lo matamos ahora mismo o…

—¡No digas eso, infeliz! Ni siquiera menciones la palabra muerte, si mi pequeño fenece yo me suicido, no sin antes acabar contigo, te lo advierto, no me tientes…

—Me amenazas, eso es típico de ti; has de saber que no todo está perdido, existe otra solución, podemos enviarlo muy lejos, a un lugar donde pueda sobrevivir y desarrollarse por sí mismo.

Jana lloró, se arrodilló junto a Codik y le acarició la cabellera castaña, lo cargó. A continuación, se acercó a Alec. Ella escrutó a su esposo con ojos inyectados en sangre y le dijo con fiereza:

—¡Acarícialo!

—No.

—¡Acarícialo, miserable, es tu hijo!

—¡No! No…

—Dale un beso, un abrazo, dile que lo quieres, tú lo trajiste al mundo.

—¡No es mi hijo, es una maldición, un castigo del Infierno, pues fuimos confiados!

El niño empezó a chillar con gran fuerza, su madre lo acompañó en el llanto y luego se encerró con él en su habitación, ubicada en el fondo de la amplia casa.

Alec cayó sentado sobre el suelo, se hallaba pensativo. También surgían lágrimas de sus enormes ojos. Se dijo que necesitaba ayuda, hablaría con su padre, quien era alcalde del pueblo adyacente. Era perentorio confiarle el secreto a alguien, su progenitor le odiaría por haber engendrado tal abominación, pero le ayudaría. Alec y su papá eran iguales, fuertes y con un singular don de mando. El viejo sería un gran apoyo. Alec se colocó un abrigo de piel y salió de su casa, se fue caminando por el amplio desierto que conducía al centro de Fuego Desollador.

Encontró a su padre bebiendo licor en una taberna, el haber sido elegido como jefe de la Zona Lujuriosa en aquella ciudad henchía de orgullo a su progenitor, quien estaba de buen humor en ese momento. Alec lo saludó, le pidió conversar en privado, se dirigieron a un cuarto en el sótano, cerró con llave y le narró todo.

Durante medio año había engañado a sus padres y amigos. Había dicho que Codik sufría de una extraña enfermedad que le impedía ser visto por los demás y estaba en tratamiento.

Ahora le contó la verdad. Su papá escuchó lo con atención. Se enfureció bastante, iba a decir algo, no obstante, guardó silencio. Pidió ver al niño de inmediato y acompañó a Alec a la casa.

Llegaron y encontraron a Jana en la habitación del nene, ella estaba sorprendida de que su esposo le hubiera dicho el secreto a alguien, gritó de cólera y amenazó a su suegro. El infante estaba aferrado a ella. El padre de Alec le arrebató al niño de las manos con rapidez, lo escrutó, seguidamente hizo un gesto de repulsión y dejó a su nieto recostado en la cama.

—Nunca en mi vida había visto algo como eso, he escuchado sobre estos casos, hay quienes dicen que es una enfermedad, el síndrome de bebé humano, o algo así, una mutación que altera la forma física. Incluso he escuchado historias donde se les ha confundido con hombres y se les ha quemado en la hoguera, aunque son relatos de antaño, muy alejados de la época actual. He recorrido el mundo y la verdad nunca me he encontrado con una criatura así en mi vida, su piel es trigueña, sus cabellos marrones y sus ojos negros, es increíble, sin embargo, actúa con total normalidad, es ni más ni menos un bebé, es inteligente, fuerte, pero no se engañen, no es vuestro hijo ni es mi nieto. Debe irse.

—¡No! —Jana se desesperó—. ¡No irá a ningún lado, es sangre de mi sangre, lo criaré, lo protegeré, enfrentaré al mundo entero para tenerlo a mi lado! Mi pequeño Codik…

—Papá tiene razón —dijo Alec—. Debe irse, Jana. Lamento todo lo que dije antes, te confieso que lo quiero también, discúlpame, estaba angustiado, empero, la situación es insostenible, ha de haber alguna solución, si lo descubren las consecuencias serán atroces, no solo nos exterminarán a ambos, sino a todos nuestros familiares, acabarán con nuestra estirpe, pues la considerarán podrida. Por favor, oigamos lo que mi padre tiene que decir:

—¡No escucharé nada! —dijo Jana, echándose sobre suelo y tapándose los oídos.

—Escucharás, Jana, escucharás —dijo el papa de Alec—. Ese bebé, al cual le oyes emitir aquel llanto brutal e insoportable, no pertenece a este mundo. Es un error, es antinatural, es un elemento caótico, apocalíptico, implica el final de todo tal como lo conocemos, el final de nuestra raza. Es más, creo que es el Anti, un ser del que se ha hablado y teorizado bastante desde épocas antiquísimas, aunque pocos conocen este mito. Sin embargo, no es una leyenda, hace dos mil quinientos años nuestra especie escapó de un lugar llamado Infierno e invadió la Tierra, desplazó a los que eran los habitantes del globo en ese entonces. Esa es la demoledora verdad que estaba escrita en nuestros Libros Ocultos.

—No puedo creer eso —dijo Alec—. ¿Exterminamos a toda una especie para ocupar el espacio donde esta vivía? ¿Y por qué abandonamos ese Infierno del cual hablas?

—No, nosotros no asesinamos a los humanos, los enviamos al lugar que dejamos atrás, al cual renunciamos porque era terrible. Cuando el primero de nosotros apareció en la Tierra, descubrimos que este sitio era precioso, bastante oportuno para nuestros fines. Esa es la realidad, nefasta e ineludible. Empero, es inútil perder el tiempo en disquisiciones, ya habrá tiempo de que ustedes y yo hablemos. Lo urgente es que este bebé tiene que irse con aquellas criaturas iguales a él: al Averno, lugar compuesto de execraciones y tinieblas aun peores que las se acometen en este planeta, y que permitimos, pues tendemos a lo grotesco.

—¿Qué es lo que quieres decir? —preguntó Jana.

—Que este infante nació en el lugar equivocado, no es vuestro hijo, su vástago nació en aquel aberrante sitio por error, por algún inexplicable motivo —dijo el papá de Alec.

—¡No! ¡No!, este es mi hijo, él no se encuentra perdido en una dimensión ajena. Nadie mandará a Codik a ningún lado. ¿Cómo podría sobrevivir? Es nada más un bebé —la voz de Jana se oía en lentos y temblorosos murmullos, se hallaba débil de tanto sufrir y llorar.

—No tiene que sobrevivir por sí mismo, si lo llevamos a una dimensión de seres iguales a él, aquellos buscarán sacarle algún provecho y para ello lo mantendrán vivo, solo estoy especulando, claro, mas tengo los medios para enviarlo a aquel universo, poseo los conocimientos mágicos y químicos necesarios. Me llevará únicamente un día, ¿qué dicen?

—Hazlo, padre —dijo Alec— y gracias por brindarnos confianza y apoyo total.

Jana no dijo nada. Permanecía mirando al vacío. Alec la abrazó y le susurró:

—Tranquila, Jana, este ser no pertenece a este mundo, debe ir a un plano de bestias como él, no garantizo que sea feliz, pero se encontrará en su ambiente, donde debió nacer.

El bebé había dejado de llorar, comió, bebió su leche materna y después se durmió. Al despertar ya no estaría con los adultos, se hallaría en otro ambiente, alejado del lugar donde había pasado sus primeros seis meses de existencia, un sitio donde era un extraño, donde, si lo descubrieran otros, sería odiado y temido y, con toda seguridad, destruido cruelmente.

El padre de Alec puso manos a la obra, trajo a la casa el libro indicado, trazó las líneas y leyó los pasajes correctos. Ya estaba todo dispuesto para la despedida. Entre sollozos, Jana acarició varias veces al nene. Luego Alec lo puso al en mitad de las figuras geométricas.

—Adiós, pequeñín —dijo Alec.

—¿Y nuestro verdadero hijo? —preguntó Jana—. ¿Volverá a nosotros, brujo?

—Regresará si aún vive; el Infierno es un lugar difícil. Si no retorna en cuanto yo envíe de vuelta al monstruo, es que ha muerto, entonces nos resignaremos y lo lamentaremos.

Los ojos blanquinegros del bebé brillaron, su cuerpecillo frágil y rechoncho se estiró cuando las líneas empezaron refulgir y a vibrar, mas no se asustó, parecía gozar con el innominable espectáculo de luces dimensionales que se perfilaban frente a su ser inocente.

—¡Adiós, amor! —dijo Jana—. Te adoro, Codik, sé valiente, te amo, adiós.

—¡Adiós, chico! —dijo Alec—. Perdónanos… es por el bien de este planeta.

—¡Que se cumpla lo pactado con los antiguos seres de la oscuridad! —dijo el mago—. ¡Que aquellas criaturas que proceden de abajo, de nuestros sueños más oscuros, regresen a donde pertenecen y que las almas demoniacas se mantengan estables por mucho tiempo!

El niño gritó: un alarido seco y profundo. Enseguida, entre nubarrones de electricidad, su rostro desapareció de escena. Ya no quedaba nada de Codik, ni de su cabellera castaña, ni de sus hermosos ojos negros, ni de su boquita que sonreía en el último instante, ni de sus orejitas y naricita, ni de sus regordetas manos, ni de su cuellito espigado. Él se había ido.

—Papá —Alec interrumpió el silencio—, ¿qué eran los hombres?

—Algo muy similar a ese desdichado muchachito, el que fue tu hijo.

—Como dijiste, en algún momento tendremos que hablar largo y tendido al respecto, también quisiera saber cómo era ese Infierno y cómo fue aquel proceso de invasión…

—¿Es lo único que te importa? —gritó Jana—. ¡Perdimos a Codik, se ha desvanecido!

—Todavía vive, pero en otra dimensión. Tratemos de olvidarlo Jana, sigamos adelante.

—¡No podré! Nunca lo olvidaré, no te atrevas a pedirme eso. ¡Te odio, y a ti también, brujo! ¡Nos mentiste, nuestro hijo «original» no ha vuelto a nuestro lado! ¡Nunca existió!

—Hicimos lo correcto, querida, acércate, tranquila, te amo. Si no ha vuelto, es porque ha fallecido y sus restos se han desvanecido como polvo en la ventisca. Tendremos otro hijo.

Alec tomó a su esposa en sus amplios brazos rojos a su esposa. Ella lloró más que nunca. Él acarició con sus garras el rostro carnoso de su consorte, acto seguido unieron sus amplias bocas repletas de colmillos, ese beso simbolizaba la unión y el perdón; las alas negras de ambos se batieron, se pusieron de pie y sus pezuñas se clavaron en el suelo, sacudiéndolo; sus cuernos enormes se entrelazaron mientras sus ojos llenos de sangre (que se movía como una catarata dentro de los cristalinos) prometían que sus cuerpos y mentes se recuperarían de la trágica pérdida. Entrelazaron también sus rabos para darse fuerza y caminaron junto al hechicero hacia el amplio patio de la casa. La obscena noche, coronada de cometas, meteoritos y otros fuegos artificiales, prometía fuegos, azufre y ácido a montones.

Con el tiempo tendrían otro hijo. Su verdadero vástago jamás regresó con ellos.

 

En el otro lado de ese mismo mundo, en un territorio abrupto y desolado, dos demonios encontraron un niño que gateaba y decía: «mamá». Los diablos, que eran una pareja pobre, padecían una enfermedad psíquica, por ello no notaron la diferencia. La hembra lo cargó y lo arrulló; lo criarían, lo tendrían escondido.

Hasta que él pudiera realizar su misión.

 

Existe una antigua profecía que solo unos pocos ancianos del Inframundo conocen. Esta dice que una entidad, más allá de toda imaginación, surgirá en el planeta invadido y tendrá una existencia larga y fructífera. Dicho ente sería el primero de una legión de especímenes que aparecerían en todos los lugares del globo, los cuales formaría ejércitos y pelearían innumerables y peculiares batallas en pos de gobernar nuevamente. Dicho individuo sería indestructible, carecería de rabo, cuernos, pezuñas, alas y colmillos, su piel sería del color de los cerros y sus cabellos del matiz de la arena, además sería bueno y justo, tentaría a los ángeles caídos para hacer el bien y a respetar los mandatos que este hijo de la benevolencia escribiría para incrementar su poder, alterando así el mundo de las tinieblas para siempre.

Aquella criatura sorprendente sería conocida como El príncipe de la luz.

 


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Director de la revista Argonautas y del fanzine El Horla; miembro del comité editorial del fanzine Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010); y el relato El otro engendro (2012). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

 

 


manosFoto portada: https://pixabay.com/es/photos/manos-beb%C3%A9-ni%C3%B1o-adulto-la-infancia-918774/

 

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