Filosofía del verdugo | Rubén Darío Buitrón

Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

El miedo llega sorpresivo, totalizador, contundente. Se agazapa y esconde detrás de la noche, mimetizado con el frío.

Llega en una esquina solitaria, bajo un inoportuno semáforo en rojo, oculto detrás del auto de la víctima en un vehículo envejecido y silencioso.

Sorprende. Atemoriza. Intimida. Amenaza. Reduce. Como una ráfaga. Rodea a la persona y le exige las llaves del auto. La empuja al asiento trasero, pone el cañón de la pistola sobre los ojos. Grita. Advierte. Da instrucciones. Es intenso. Inacabable.

Afuera, en las calles de Urdesa, nadie se percata que ese momento ocurre un secuestro. O quizás sí.

Pero cómo saberlo. Cómo pedir auxilio. La víctima no debe mirar a sus captores, no debe mirar, no debe gritar. No hay escenario para la racionalidad.

Solamente le permiten hablar para que confiese dónde están los documentos de propiedad del auto, dónde está la licencia de conducir, la matrícula, la cédula, el permiso de circulación. Debe confesar también si el auto tiene monitoreo electrónico o satelital.

Es un rehén. Un prisionero. Un sentenciado a morir por pistoleros sin escrúpulos, implacables y crueles, con sus propias leyes y sus propias formas de condena.

El miedo se multiplica como se multiplican las voces, las pistolas, las amenazas simultáneas y agobiantes. Imposible definirlas.

El auto se desliza con creciente velocidad por una vía sin semáforos. De nuevo, y ahora con una segunda pistola encañonándolo con dirección a la izquierda de su vientre, le advierten otra vez que no debe alzar la cabeza y, peor, mirar los rostros de los captores.

Son sus reglas, el ejercicio más puro de la paradoja: una inocencia que debe sentir culpa.

La víctima intenta comprender lo incomprensible. Trata de desechar la certeza de que mañana será objeto de una noticia en crónica roja, de que su cadáver aparecerá, desnudo, a un costado de la vía Perimetral.

“Seis vehículos diarios roban en Guayaquil”, había leído esa mañana en El Universo. Pero cómo iba a imaginar que uno de los seis de ese día sería el suyo. Cómo podría suponer en qué esquina lo esperaría la muerte, cómo regresaría al instante en que bajó del auto para no hacerlo, para pasar de largo, cómo regresar el tiempo cual si fuera una grabadora de cintas. Se aplasta un botón, retroceden los carretes y listo, volver a empezar, no pasó nada.

El tiempo, tigre irrefrenable, se va. O parece irse.

Ahora el auto parece bajar su velocidad. Una voz se alza sobre otra. Pide silencio. La víctima no puede mirar el rostro de quien le dice, en tono de susurro: “Panita, no lo vamos a matar, tranquilo. Simplemente vamos a hacer un trabajito esta noche y mañana, a las ocho en punto, su carro aparecerá en el mismo sitio donde nos topamos hoy”.

El carro se detiene. Habla otra voz, más agresiva y rápida: “Bájate, carajo, y cuidado con salir de aquí y avisar a la Policía. Sabemos dónde vives, quién es tu familia. Podemos matarlos si nos da la gana. ¿Te queda claro que mañana aparecerá tu auto en la misma esquina donde te agarramos?”.

La víctima obedece. Debe obedecer. Baja del vehículo, observa a su alrededor y se da cuenta de que está cerca de una desolada avenida Barcelona. No sabe la hora. Le quitaron la billetera, el reloj, el teléfono celular, el dinero.

De espaldas al auto, como le ordenaron, empieza a caminar, muy despacio.

Escucha que rastrillan las dos armas, como alistándolas para disparar contra él. Percibe cada milésima de segundo como si estuviese viviendo tiempo extra. Cree que lo están apuntando y que todo está consumado. Piensa que el disparo está a punto de producirse, que uno o dos golpes desconocidos harán estallar su cerebro. En medio del terror solo escucha el sonido de la noche vacía.

Entonces oye que se enciende el motor y que el vehículo empieza a moverse, muy despacio.

Y aquella promesa de que no lo matarían se convierte, para la víctima, en una terrible ironía: mientras camina hacia la ciudad siente un alivio inmenso y tiene ganas, insólitas, de llorar y agradecer para para siempre a sus verdugos.

 


Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y docente. Es el director-fundador de loscronistas.org

 


nocheFoto portada: https://pixabay.com/es/photos/ni%C3%B1a-noche-calle-luna-bruja-4476645/

 

 

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