El infierno de Aguasazules | Carlos Coello García

Por Carlos Coello García

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

En 1996 una parte de la ciudad de Aguasazules se volvió un infierno; recuerdo que dormía y de repente se escuchó una explosión. Luego los gritos de mi abuela y los vecinos. Salimos a preguntar. Mi abuela Rosa habló con doña Alfredina, la viuda del barrio.

—¿Qué ha pasado?

—La verdad no mucho, solo escuché decir que algo cayó en La Florecita y que hay fuego por todas partes.

La Florecita era uno de los barrios más antiguos de la ciudad, ubicado en el centro. Varias cuadras nos separaban. Un territorio en el que había ocurrido algo que desconocíamos.

Un vecino escuchaba la radio, en ella se informaba que los bomberos batallaban contra un incendio, producto de la caída de un avión de carga. Se reportaban algunos muertos y muchos heridos con quemaduras.

Esa noche ya nadie durmió, todos estaban en los portales comentando lo sucedido y esperando más noticias. Luis Cedeño, el tendero, después de la explosión se había ido en su camioneta a averiguar qué pasaba, al regresar afirmaba que el mercado central, cercano al lugar siniestrado, los militares lo tenían cercado, pero que desde lejos se veía el humo de todo el fuego que aún los bomberos no terminaban de apagar.

No era lo único de lo que se había enterado, ahí supo que en la pequeña iglesia de Mercedita se estrelló el avión. De ahí y alrededores sacaban gente quemada, pero lo más impactante era el cuerpo de una niña unos once años, carbonizada. Era la única que estaba por la iglesia en el momento del accidente. Daba como escalofríos y el ambiente se sentía muy pesado, decía. Porque todo era gritos por doquier, súplicas a Dios, lamentos, protestas, la gente corría de aquí para allá, y los heridos eran atendidos con desesperación. Y de la niña, solo su cuerpo sobre la vereda de una calle.

Cuando don Luis terminó de contarnos tuve la sensación que el espíritu de esa niña nos acompañaba. No le di importancia y tampoco dije nada.

Antes de irme a dormir salió un comunicado que las clases se suspendían al día siguiente en toda la ciudad hasta segunda orden.

Esa madrugada tuve insomnio, y la sensación de que no estaba solo. Fue entonces que en un abrir y cerrar mis ojos vi a mi lado un cuerpo carbonizado, de ojos blancos amarillentos fijos en mí. Grité y despavorido fui al cuarto de mi abuela. Sudoroso le conté lo que había presenciado. Ella me dijo que era una pesadilla por lo que había escuchado, que orara y volviera a dormir.

Sabía que no era un sueño, así que esa noche amanecí junto a la cama de mi abuela, en el piso.

Al día siguiente como no tenía clases, decidí irme en bicicleta a investigar más del accidente, tratar de estar cerca de los escombros de la iglesia y preguntar si encontraron algún familiar de la niña muerta. Pero fue imposible, todo el barrio estaba lleno de militares.

Edificios y casas destruidas, era como si hubiera ocurrido una guerra. Ese día descubrí algo. Un secreto que nunca antes conté a nadie. Al bajarme de la bicicleta y caminar unos metros me di cuenta que podía ver a los muertos, como cualquier otro humano, la niña estaba a mi lado, y las demás víctimas aún no aceptaban que ya no existían y que solo eran espíritus. Querían justicia.

Una joven madre me contaba que vivía en el tercer piso de un departamento y que al ver que se incendiaba lanzó a su hijo de meses para que alguien lo salvara, por eso estaba desesperada quería saber qué pasó con su hijo. Una pareja de casados, carbonizados, preguntaban si sabían algo de su único hijo. Estas almas no me dejaban tranquilo, y la niña por vez primera me habló diciéndome que huya de ese lugar. Le hice caso y regresé a mi casa.

Mi abuela me tenía el almuerzo listo, pero no tenía apetito; me encerré en mi cuarto y me preguntaba qué me pasaba, ¿estaría loco? O de verdad tenía el don de ver a los muertos.

—A todos los muertos no los puedes ver, porque existe un cielo y un infierno, solo puedes ver a aquellos que no aceptan que están muertos y no podemos seguir el camino correcto, por ciertos problemas terrenales que no nos permiten avanzar. –Me habló la niña.

Al verla otra vez, su aspecto era el mismo, mis miedos se esfumaron, por lo que la escuché con atención.

—Me llamo María, nací en Santa Agustina, no tengo hogar, nunca supe quién era mi padre y mi madre era prostituta y drogadicta, me vendió a un traficante y adicto, que me prostituía con sus negociantes a cambio de droga. Ayer por la mañana viajamos a esta ciudad porque me iba a intercambiar por unos kilos de droga a un traficante. En la noche me trajo al barrio la Mercedita. Cuando se escuchó el sonido horrible del avión antes de caer él se distrajo soltándome de su mano y salí corriendo hasta la iglesia para que Dios me protegiera, de ahí no recuerdo nada más. No lo veo con todos los muertos, me da miedo que esté escondido y me haga daño o que esté vivo y siga destruyendo más vidas. Se llama Manuel Vera, finalizó la niña.

Esperé hasta el fin de semana para averiguar los nombres de las personas muertas en el accidente. Al hacerlo supe que ya habían enterrado a la niña así como a los otros cuerpos.

Pude ver en la nómina de los muertos el nombre de Manuel Vera, al hacerlo mi rostro empalideció y me di cuenta que no estaba loco. La niña no era parte de mi imaginación, decía la verdad.

A la media noche de ese mismo día, a escondidas de mi abuela, en mi bicicleta me dirigí hacia el cementerio central donde estaba el nicho de la niña. La llamé por su nombre:

—María, te tengo buenas noticias —Hablé en voz alta para que apareciera.

—Aquí estoy —Fueron sus palabras.

—He cumplido con lo que me encomendaste, en la nómina de todos los muertos estaba el nombre de ese tipo, pero hasta ahora no descubren quién eres en realidad.

—Roberto, mi único amigo, te doy las gracias por lo que has hecho, al saber que ese hombre murió al estrellarse el avión quiere decir que Dios lo envió directo al infierno para que cumpla con su condena. No rompas nuestro secreto hasta que pasen algunos años y cuando te vuelva a visitar, será el día que junto a mí escribirás mi historia.

 

Han pasado más de veinte años y sigo esperando que la presencia carbonizada de María vuelva a aparecer. Ya no he vuelto a ver a ningún otro muerto, solo a vivos y vivarachos. Sabrán, luego del accidente surgieron los nuevos ricos de la ciudad, políticos y abogados que se aprovecharon de las víctimas. Un barrio reconstruido, pero con una cicatriz aún viva, un llanto de impotencia por los menos beneficiados, los verdaderos.

Sospecho que una legión de ánimas pronto reclamará tanta injusticia.

 


Carlos Coello García (Manta, 1983). Abogado. Poemas y relatos suyos se han publicado en medios impresos y digitales. Autor de los poemarios La inspiración de un fantasma (2002), La creación perfecta (Mar Abierto, 2009) y El origen del mal y otros poemas (Tinta Ácida, 2017). Autor de la novela Leyendas de un fauno (Tinta Ácida, 2018), primer libro de una trilogía de corte fantástico.

http://autorcoello.blogspot.com/

 


 Foto portada: https://pixabay.com/es/photos/iceland-avi%C3%B3n-accidente-islandia-3829043/

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