Los hijos de la imaginación | Andrés Arboleda Toro

Andrés Arboleda Toro

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Colombia)

 

Días sin poder escribir y con una idea dándole vueltas por la cabeza: este era el pequeño infierno que desde hacía unas semanas vivía “una de las grandes voces de nuestro tiempo”. Ese día se levantó con dolor de cabeza y con una ligera picazón en la nariz, probablemente un resfrío.

Se preparó un café, se vistió y luego intentó escribir unas líneas, pero nada le salió. Luego optó por responder el correo en que le decían que había sido galardonado con ya no sabía cuál premio de literatura. Pero ni eso podía hacer. Optó por la solución fácil: ir a dar un paseo. Una calle le llamó la atención. Una cortina descorrida. Una sala sin muchos muebles, más bien desordenada. Un hombre sentado en un sofá mirando la pantalla de su teléfono con aire preocupado. Supo que en una casa como aquella tendrían lugar los hechos de su historia. En la mitad de la cuadra, vio una librería. Entró. Unas escaleras que daban a un sótano lo intrigaron. Había un aviso con una flecha hacia abajo que decía: Sótano de descuentos.

Las escaleras parecían bajar al centro de la Tierra. El lugar estaba desierto. Parecía una estación de metro abandonada. Al parecer ya a nadie le interesaban los descuentos. No todos los títulos que iba viendo le eran desconocidos. Pero no tuvo el valor de coger ninguno de esos libros. La cabeza se le iba a estallar. Vio algunos de sus libros y no supo si sentirse contento o desdichado. Se entretuvo mirando las rejillas de ventilación en lo alto de las paredes y pensó que en alguna habitación secreta debía de encontrarse el complejo mecanismo que producía ese silencio. Le picaba la nariz.

De pronto no aguantó más y estornudó ruidosamente sintiendo que se le abría la cabeza en dos. Se demoró en abrir los ojos. Al abrirlos, vio que una mujer joven estaba en el piso, protegiéndose la cabeza como si algún estante repleto de libros le fuera a caer encima. Pensó que se había caído y fue ayudarle. Su rostro se le hacía vagamente familiar. La mujer bajó lentamente los brazos y fue abriendo los ojos todavía recelosa. Él le dio la mano y ella se incorporó toda avergonzada. Estaba tan aturdida que no pudo hacer otra cosa que agradecer cortésmente. Se alisó con los dedos el pelo que estaba mojado. Como pudo se compuso su vestido y se calzó un tacón. También se frotó donde se había golpeado mientras miraba a todas partes como si no supiera dónde estaba.

Buscó con los ojos la salida. Era evidente que le urgía salir. No tenía idea de cómo lo sabía. La vio alejarse pensando que tal vez jamás se la volvería a encontrar. Ya el silencio no era igual con su taconeo al subir la escalera. Afortunadamente ya no le dolía la cabeza. No le sorprendía saber a dónde iba exactamente. ¡Y cómo podía él evitar que todo el resto ocurriera!

 


Andrés Arboleda Toro. Nací en 1985 en una ciudad tan latinoamericana como Bogotá y para completar, con un alto índice de mortalidad infantil: eso ya le da a mi nacimiento un tinte heroico. Hice todo para ser un aburrido profesor universitario, pero jamás lo logré. Una crisis universitaria me puso fuera del paraíso académico. He tenido que sobrevivir haciendo traducciones y escribiendo reseñas para célebres reseñistas de bestsellers. ¿Recuerdan: “Uno de los grandes autores de nuestro tiempo”? Esa la escribí yo en realidad. Tengo varios textos inéditos. No he ganado ningún premio literario. Todo parece indicar que moriré desconocido y para colmo, una vez en una galleta de la suerte me salió esta predicción: “serás un famoso escritor del siglo XIX”.

 

 


Foto portada: https://pixabay.com/es/photos/pluma-escribir-papel-1743189/

 

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