“Los cuatro libros” de Yan Lianke | Fabricio Guerra

Fabricio Guerra

 

El maoísmo, es decir, la versión china del marxismo-leninismo, constituyó otro de los experimentos fallidos llevados a cabo en nombre de la justicia social, el cual no tardó en derivar en represión y genocidio. Los cuatro libros (Galaxia Gutenberg, 2016) nos traslada a la vasta cuenca del Río Amarillo en los años cincuenta, cuando allí se instalaron cientos de centros de reeducación a los que iban a parar aquellos que se atrevían a apartarse de la estricta doctrina oficial.

El Campo 99, reservado para intelectuales considerados sediciosos, está bajo el mando del niño, personaje polivalente e inaprensible que rige la suerte de los internos con un peculiar paternalismo no exento de mano dura. Enerva y a la vez conmueve la entrega incondicional del niño a la voluntad de sus superiores, quienes recompensan su fidelidad con insignias y diplomas, mientras él mismo premia el buen comportamiento de sus reclusos con flores de papel o rojas estrellas, las que se convierten en objetos de deseo, ya que de su acumulación depende la ansiada libertad.

Por aquel tiempo, los alucinados dirigentes chinos soñaban con igualar el nivel de industrialización de las potencias extranjeras, lo que los llevó a intensificar hasta el delirio la fundición de hierro, deforestando los bosques y devastando todas las tierras cultivables, hecho que tendrá la nefasta consecuencia del advenimiento de múltiples periodos de hambruna y millones de víctimas mortales por inanición.

Entonces, como suele ocurrir en situaciones extremas, lo mejor y peor de la condición humana aflora sin rodeos: una artista musical que se prostituye por un puñado de comida, un escritor devenido en fisgón para alcanzar privilegios precarios, un hombre erudito que al final renuncia a marcharse del Campo 99 consciente que no tiene caso hacerlo. El propio niño, en un sacrificio postrero, terminará crucificándose y emulando así a un probable Cristo oriental.

En un guiño cargado de ironía, la presente obra toma prestado el título de Los cuatro libros del confucianismo, texto esencial de la China más clásica, que pregona la tolerancia, la virtud y el humanitarismo, principios que Mao y sus secuaces se encargaron de pisotear tantas veces. Y para cerrar el relato, Yan Lianke propone una singular relectura de Camus, postulando a un nuevo Sísifo, de ojos rasgados y piel cetrina, que en vez de empujar su enorme piedra montaña arriba, lo hace en sentido inverso, de espaldas al cielo, con la mirada al piso y casi satisfecho de su magro destino, encarnando de esta manera, toda la naturaleza enigmática del hombre de Oriente.

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