Lo que no tiene nombre | Mónica Coronel

Mónica Coronel

 

A lo largo de la historia se han definido palabras como “viudo” o “huérfano” para expresar la falta de la pareja o de lo alguno de los padres, pero no existe una palabra para indicar la pérdida de un hijo. Esto es lo que nos presenta Piedad Bonnett, en su narrativa biográfica Lo que no tiene nombre (Alfaguara, 2014), donde, haciendo uso de la literatura, nos lleva por los laberintos de su historia personal tras el suicidio de su hijo Daniel.

Desde del punto de vista materno presenta las dolencias del duelo y también es una auto reflexión por no haber visto lo que muchas veces estaba tan cerca, y reconocer que no se supo manejar las crisis de la mejor manera. No busca culpables, ni hace que se sienta compasión por quienes vivieron este drama, todo lo contrario, se vuelve una oda a la vida y logra que Daniel siempre siga vivo en el recuerdo, como un buen hijo y artista, y amigo entrañable.

Este libro explora las vivencias de una familia ante la presencia de una enfermedad mental, buscando ayuda en la literatura, médicos, amigos y conocidos, para entender sus orígenes, su evolución y cómo padres, hijos y hermanos deben convivir con ella. Habla de temas que siguen siendo tabúes en nuestra sociedad, como la muerte, el suicidio, las enfermedades mentales, a las cuales como especie humana tenemos cierta aversión. Expone experiencias reales y la importancia de contar con profesionales de la salud mental, que logren empatía con sus pacientes y sepan guiar a él y su familia a seguir con su proyecto de vida y saber convivir con una vida de miedos y altibajos emocionales.

Es vivir, junto con la autora, épocas de crisis, de inestabilidad, y por otro lado disfrutar de momentos de euforia, alegría y unión familiar. A lo largo de la lectura, se viene a la mente una pregunta que está siempre en el aire, qué tanto conocen los padres a sus hijos, y en este caso como esa respuesta se la obtiene después de la muerte, donde se enfrentan con facetas antes no advertidas, cartas no leídas, obras no publicadas, y amistades desconocidas.

A lo largo de la narración, se va comprendiendo porqué la muerte de un hijo no tiene nombre, no se puede comprender y, luego un largo tiempo, solo se llega a aceptarla, siendo esta la única manera de seguir adelante, y darse cuenta de que por un hijo vale la pena vivir.

En este libro se logra comprender, como lector, parte de la vida de la autora, sus alegrías, temores y tristezas, develando secretos que dejan de ser íntimos, para ayudarla a racionalizar lo vivido, y buscar la objetividad en un tema tan álgido. Es por esto que se convierte en un homenaje a Daniel Segura Bonnett, quien de esta manera se inmortaliza en la literatura del siglo XXI.

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