Lejos del destino | Josette Burgaentzle M.

Josette Burgaentzle M.

 

No era la constante necesidad de saber dónde estaba ella, o qué hacía, lo que motivaba a Henrik.

No era aquella sensación de abstinencia obligatoria que taladraba su pensamiento cada minuto, cada segundo, cada respiración que exhalaba lejos de ella.

Era el hecho de no poder protegerla, abrigarla, controlar todo lo malo que el mundo pudiera tirarle a la cara.

Y era ella…

Sabía que nunca sería suya. Que aquellos labios no recorrerían su piel y sus ojos no se clavarían en los de él mientras morían de pacer. Sin embargo, se pertenecían sin poder cambiarlo.

 

/////

 

El día había pasado lentamente; llovía y una neblina leve subía por las ventanas del departamento. A Henrik nunca le habían gustado los días con semejante clima; no podía evitar una sensación de melancolía incesante en el pecho. A los veintiséis años, debería haberse acostumbrado; su pequeña ciudad andina sufría constantes cambios de clima, pero acababa, más tarde o más temprano, inmersa en la lluvia.

Apagó la computadora, el informe que tenía que presentar en dos semanas estaba prácticamente terminado. Todos los expedientes que preparaba eran similares. Brindar accesoria empresarial para “cuidar el medio ambiente” en un país donde apenas arrancaba el fulgor ecológico tenía sus ventajas. Era verdad que no se estaba volviendo millonario, pero, en cambio, trabajaba bajo sus propios términos y era dueño absoluto de su tiempo.

Y tener tiempo libre era lo que único que le importaba.

Sí, el día había sido lento, pensaba mientras se dirigía a la ventana. Era inútil quedarse observando. La noche empezaba a caer; en día de semana y con ese clima nadie saldría de la casa vecina. Sabía que era inútil, pero de todas formas se quedaría observando hasta que la última luz se apagara al otro lado de la calle.

Su vida no siempre había sido así, no siempre había estado pegado a una ventana, observando la vivienda de enfrente. Todo había cambiado de forma tan rápida, tan abrupta, que a veces le resultaba difícil recordar cómo había sido antes. Ocho meses bastaron para llevarlo a una realidad alterna. Ocho meses desde la muerte de su padre.

Henrik sintió un vacío infranqueable al recordar. Con el fallecimiento de su padre no solo había perdido su mayor apoyo, además se le había quebrantado todo sentido de familia. Sus padres se habían divorciado cuando tenía doce años; mientras él se había quedado a vivir con su padre, Karin Tolsten había vuelto a su Austria natal. Henrik había mantenido siempre comunicación con ella y, a pesar de la distancia, su relación era relativamente buena. No era que no la amara, o que no hubiera sido madre bondadosa, era simplemente que Oscar Tolsten lo había entendido siempre mejor. Su madre estaba demasiado enfocada en sí misma y en sus pinturas para tener una relación empática con nadie a su alrededor.

Su padre había sabido como relacionarse con él desde muy pequeño, cuándo buscarlo y cuándo dejarlo en paz. El carácter de los dos era muy afín y la convivencia había fluido fácilmente en aquel departamento de hombres. Mientras crecía, había visto cada vez más a Karin como una conocida afectuosa, al tiempo que su padre se había convertido en un punto de referencia para su forma de ser y de ver la vida.

Inclusive, se había quedado a vivir en la casa paterna cuando sus estudios universitarios terminaron. Había pensado que tendría tiempo para buscar independencia más adelante. Entonces su futuro había parecido brillante, con títulos y maestrías, una pasión autentica por su carrera, y la fe de poder cambiar al mundo, en uno más verde. La inocencia de creerse invencible y sus ganas de triunfar se habían derrumbado el día en que Oscar Tolsten murió bajo las llantas de un automóvil.

El último foco de la casa vecina se apagó por fin, y con él los recuerdos de una existencia ya lejana.

 

/////

 

Larissa salió apresuradamente y malhumorada por la puerta del jardín, aquel sería uno de esos días interminables. No bastaba con tener que cargar una maqueta absurda, que le había tomado media noche construir, además, iba a llegar tarde a su examen final.

Cuando pasó al lado de Henrik ni siquiera lo vio, no se fijó en su presencia en el umbral del exclusivo edificio de cuatro pisos.

Él, en cambio, la observó desde que dejó la casa hasta que llegó a la esquina donde la muchacha cogía el autobús. Tal vez debió llamarla. Tal vez debió ofrecerse a llevarla en coche. Sabía que eso era lo que Larissa esperaba, no obstante, perdió la ventana de tiempo para hacerlo. Ahora tendría que esperar, esperar para volver a verla.

Nada quedaba por hacer mientras pasaban las inútiles horas. Para evitar el aburrimiento, Henrik decidió volver a su departamento y terminar el informe pendiente. Mientras las hojas salían de la impresora se preparó un café con tostadas y llamó a la empresa que había contratado sus servicios; tendría que esperar hasta las cuatro de la tarde para poder entregar el proyecto en PetroServivios.

No tenía urgencia por el pago de la accesoria, pero acabarla le quitaba una molestia de encima. Se le antojaba absurdo poner su esfuerzo, aunque fuera mínimo, en crear estrategias eco-amigables para empresas que nunca las aplicarían a conciencia. Se le volvía cada vez más pesado seguir jugando a esa farsa. Pero tenía que comer. Teniendo vivienda propia —heredada de su padre— y un automóvil adquirido gracias sus primeros trabajos, la vida era bastante simple: trabajaba para comer.

Al medio día Henrik entró, portafolio en mano, en el Café de Pablo. Era un pequeño restaurante de comida rápida, cafés de todo tipo y una amplia gama de postres. Pablo Mena era su mejor amigo, posiblemente el único con el que mantenía una relación real. Hacía meses que no se veían, a pesar de que cuando murió su padre, Henrik había pasado mañanas enteras conversando con su viejo compañero, tomando incontables tazas de té. Nunca había sido muy afecto al café y Pablo tenía reservada una colección de diversas clases de té destinada a aquellas entrañables tertulias.

Las horas pasaron rápidamente entre conversaciones y anécdotas; Pablo supervisando y cocinando, y Henrik haciendo tiempo y esquivando los reclamos por sus prolongadas ausencias.

A las cinco y cuarto, Henrik ya había entregado el dossier, recibido el cheque correspondiente y conducido apresuradamente hacia su calle.

 

/////

 

Larissa caminaba despacio, pensando que el final de semestre había resultado más demandante de lo que esperaba. La arquitectura era sin duda su vocación, pero los estudios le habían exigido tanto los últimos meses, que solamente de pensar en las prácticas que debía realizar se sentía agotada antes de empezar a trabajar. Pasear a su perro, Lobo, se había convertido en una rutina relajante, aunque el clima no ayudara. Con las lluvias, se veía obligada a volver cada vez más temprano a casa, y se le acortaban las tardes.

Cuando Henrik cerró la puerta del garaje, la encontró cruzando el umbral del jardín de su casa. Se miraron por un segundo antes de que ella sonriera y lo saludara con la mano. Al joven no le importó esperar en la acera hasta que ella entrara, con el diminuto pug negro, y se diera la vuelta, radiante. Le dedicó otra sonrisa, mientras cerraba en cámara lenta, mirándolo siempre. Valdría la pena esperar media vida por esa sonrisa.

El cielo ya amenazaba con lluvia cuando él subió al segundo piso, satisfecho. Había sido un buen día; tenía muchos días buenos desde que la había encontrado una tarde entre sus vecinos.

Dos meses después de la muerte de su padre, Henrik se había sentido en una especie de limbo; el dolor había dado paso a una indiferencia absoluta hacia todo. Las fiestas de Navidad habían arribado sardónicas, para recordarle lo que había perdido. No hay nada más triste que llegar a odiar, por soledad, aquello alguna vez amado; y la soledad es capaz de absorbernos como ningún otro sentimiento.

Había sido esa soledad la que lo había llevado a la “Celebración de Novena” en la pequeña iglesia de su barrio. No había buscado a Dios en su dolor, no había necesitado exiliar la ira, oculta pero latente. No. Lo único que había querido era salir de su casa, permanecer fuera con cualquier pretexto, desligarse de recuerdos y melancolías.

No había imaginado jamás tropezarse con una nueva razón para vivir, en su propio barrio, a unos pasos de distancia, esperando su llegada; a veces, el destino nos sorprende.

La muchacha había estado a punto de pasarle inadvertida entre los feligreses —en aquel estado suyo de distracción perpetua— si no hubiera sido porque se adelantó con su madre para cantar villancicos al pie del altar. Lo había cautivado la entrega con que cantaba, le había parecido perfecta: desde el cuerpo bien formado hasta el rostro, seductor y dulce al mismo tiempo. Podría haber jurado que lo miraba, fija y juguetona, a él entre todos los presentes. La había seguido de lejos y la había visto entrar en la imponente casa de tres pisos frente a su edificio, sin poder creer en su suerte.

Entre observaciones de ventanas y patios había descubierto sus horarios, sus costumbres. Entre veredas barridas y bolsas de basura sacadas había entablado relación con el servicio doméstico. Había aprendido de ella todo lo que se puede conocer en lapsos de cinco minutos de conversaciones vanas con la vieja empleada de la casa. Supo que se llamaba Larissa, que cursaba último año de arquitectura, que era tímida, buena hija y que amaba los animales. Que su familia era pudiente y de apellidos rimbombantes.

Con algo de maña, y mucha suerte, había logrado encuentros casuales. Cada vez que la chica lo veía, lavando el auto, trotando, comprando en la tienda, ella sonreía. Algunas veces, inclusive, lo saludaba con un gesto.

Con el pasar de los meses, Larissa fue llenando su vida; profesión, parientes, amigos, todo pasó a un segundo plano. Vivía para verla, para buscar acercamientos, para soñar con el mañana.

No era la constante necesidad de saber dónde estaba o qué hacía lo que motivaba a Henrik. Tampoco era el malestar que le provocaba estar lejos de ella, un malestar que empezaba en la boca del estomago, se expandía como sudor sobre su piel y acababa convirtiéndose en un dolor físico que no podía controlar.

No era aquella sensación de abstinencia obligatoria que taladraba su pensamiento por cada minuto, por cada segundo, por cada respiración que exhalaba lejos de ella. Aquella sensación de privación que le hacía sentirse como un maldito adicto sin fuerzas.

No. Era el hecho de no poder protegerla, abrigarla, controlar todo lo malo que el mundo pudiera tirarle a la cara. Era velar por ella lo que lo obligaba a seguir día tras día en esa locura en la que se había convertido su existencia.

Y era ella. Ella, con la mirada ingenua y unos labios que lo provocaban sin cesar. Ella, que había aparecido de la nada metiéndose en cada poro de su cuerpo y sellando para siempre el destino de los dos. La forma en que reaccionaba frente a él, el magnetismo de sus cuerpos y la alegría que la embargaba en cada encuentro, le decían que sentía lo mismo. Si de algo estaba seguro en la vida, era de que ella sentía lo mismo.

Y aquella fría tarde pensó que ya era hora de buscar el mañana que soñaba.

 

/////

 

Henrik despertó casi a la tarde, abrumado por el ansia y la impaciencia se había trasnochado pensando en lo que iba a hacer. No le prestó atención al incesante repicar del teléfono, almorzó sin ganas y, tomando un pesado libro, cruzó la calle. Tuvo que esperar un buen rato antes de que la empleada abriera el portón —de seguro no era fácil atravesar semejante casa para abrir la puerta principal. Lo reconoció al instante, pero cuando él le pidió que le entregara a Larissa el obsequio, la mujer pareció sorprenderse. Aceptó el libro de arquitectos famosos con desconfianza, y, con énfasis marcado, le comunicó que probablemente “la niña” no podría aceptarlo. Ya había acabado la universidad y en poco más de una semana se iría a vivir a Chile; su padre le había conseguido una pasantía de dos años en un estudio famoso. Lo dijo con amabilidad, casi con pena, antes de apresurase a entrar dejando a Henrik rígido, como encallado en la fría acera.

Un agujero pareció absorberle las entrañas. Permaneció así, parado frente a la puerta de metal por una eternidad, mientras su mente viajaba de la incredulidad a la rabia y a la desazón. Para cuando logró volver, dando pasos pesados, al departamento y entró en su habitación, el desengaño había colmado todo en su interior. El mundo daba vueltas en su cabeza, no alcanzaba a comprender… se sentía burlado, traicionado.

¡No podía haberlo inventado todo! No podía haberse imaginado un mundo durante meses. Ella no podía querer irse. Si había sido ella la que lo miró en la iglesia, ella la que se sonrojaba nerviosa con cada encuentro, ella la que vibraba hacia Henrik con señales inconfundible. Tenía que haber un error. Si no era para verlo a él, ¿por qué salía cada tarde, correa en mano, a pasear esa farsa de perro? Si no era por él, ¿por qué tomaba cada día la buseta de la universidad en vez de ir en auto?

Tenía que haber un error.

 

/////

 

La buscó en su casa, pidió verla, pero no lo recibió ni esa noche ni la tarde siguiente. Finalmente, el padre de Larissa salió a su encuentro. Le pidió, tajante, aunque controlándose, que dejara de ir a su hogar. Le comunicó que su hija se iría en pocos días y le aseguró que no permitiría que la molestara; vaticinó consecuencias. Lo trató como a un criminal, como si Henrik representara un peligro para Larissa. Él, que habría dado la vida por ella.

La humillación no lo detuvo, tenía que verla. Durante días insistió, timbró, llamó, pasó cada hora observando la casa, anhelando el momento de interceptarla. Cada vez que ella salía estaba acompañada, cada vez que volvía la escoltaban el padre o la sirvienta, y apenas lo miraba.

La desesperación se fue apoderando del alma de Henrik conforme se le acababa el tiempo, lo único que superaba el sufrimiento era su decepción. La cobardía de Larissa lo quemaba, no entendía cómo se dejaba manipular así, cómo abandonaba en dos días, y para siempre, el, sino que los unía. Una combinación de ansiedad e impotencia nubló su mente, sabía que no soportaría volver al mundo que le había dejado la muerte de Oscar Tolsten, estaba consiente de que él mismo había desterrado de su vida a todo lo que no fuera Larissa.

Un arranque incontrolable le hizo querer matar y pensó en el acaudalado vecino de enfrente. ¡Qué fácil sería segar la vida del hombre que estaba acabando con la suya! Entonces tendría a Larissa sin que nada se interpusiera.

Jamás. Jamás podría ella perdonarlo y jamás podría él enfrentarla a la desolación que había sentido en carne propia meses atrás. Se supo incapaz de hacerle daño. Él, que daría la vida por ella…

Un arranque incontrolable le hizo querer matar, entonces todo se aclaró en su mente y en su alma. No era querer castigarla lo que lo motivaba, aunque sentía cierto placer morboso al pensar que solo así ella comprendería. No era una insensatez provocada por el dolor lo que lo movía, era, simplemente, la única acción posible.

Y era ella. Ella que había aparecido de la nada metiéndose en cada poro de su cuerpo y sellando para siempre el destino de los dos.

Sabía que nunca sería suya. Que aquellos labios no recorrerían su piel y sus ojos no se clavarían en los de él mientras morían de pacer. A pesar de ello, se pertenecían sin poder cambiarlo.

Un alivio amargo lo invadió cuando tomo el cuchillo y lo presiono contra su piel; la imagen de Larissa llenó su mente al tiempo que la sangre abandonaba su cuerpo.

 

/////

 

Pablo Mena extrañó con auténtico pesar a su compañero perdido, aunque sabía que hacía mucho tiempo que Henrik había dejado el mundo real para guarecerse del dolor. Hay almas que no están hechas para soportar la vida del hombre.

La noticia de la muerte de su hijo alcanzó a Karin Tolsten mucho tiempo después y por pura coincidencia.

El libro de arquitectura no llegó en ningún momento a manos de Larissa y ella viajó de acuerdo a lo planeado. Continuó con su vida sin que el incidente del único edificio de su calle la afectara: afable, llena de vida y, aunque un tanto cohibida, con la sonrisa siempre presta. Nadie le contó del suicidio de aquel vecino solitario con el que se encontraba de vez en cuando por el barrio.

Nunca supo de los apuros vividos por su vieja aya, para quien la constante vigilancia del muchacho no había pasado inadvertida. Si bien le había parecido inocente en un principio, se había preocupado con la actitud insólita del joven y con su comportamiento cada vez más insistente. La tarde en que Henrik vivía una eternidad de tormentos al enterarse de la inminente partida de su amada, la asustada mujer lo observaba atónita desde el jardín. Preocupada por su joven ama, confió al dueño de casa todo cuanto sabía.

Larissa nunca se enteró de la intervención de su padre, que había eliminado el problema de un tajo y sin decirle una palabra. No había querido exponer a su hija a aquella insólita situación.

La muchacha jamás imaginó las pretensiones de Henrik. Guardaba de él un recuerdo vano, como de tanta gente que se conoce y que se desdibuja con el tiempo. Con el correr de los años, sin embargo, la embestía periódica y repentinamente una sensación de vacío, una añoranza que no era capaz de explicarse, como si le faltaran miradas constantes, anhelos ajenos y una presencia invariablemente lejana.

 


Josette Burgaentzle M. es diseñadora gráfica de profesión, artesana de vitrales por afición y fanática de la literatura —especialmente de la ciencia ficción y la fantasía. Su primera novela, Los viajeros de las Gemas Sagradas (Nobel Editores), ganó una mención de honor en 2018 en el premio Darío Guevara Mayorga. Reside en Quito, junto a su esposo y sus dos gatos, inseparables compañeros durante sus jornadas de escritura.

 

 


Foto portada: https://pixabay.com/es/photos/ciudad-hombre-persona-solo-ventana-1868530/

 

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