El gitano | María Dolores Cabrera

María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

De las tres bancas de madera que estaban empotradas frente al muelle, la del medio era la preferida del muchacho porque tenía el mejor ángulo para observar. Desde ahí miraba todas las tardes, el regreso de las embarcaciones que volvían del mar. El mar enorme, fortísimo, omnipotente como un dios que abarca a millones de seres reales o tal vez imaginarios para proveerles de vida, pero también todopoderoso para destruir, para ahogar y devastar a quien quisiere.

El ocaso era la hora del anclaje y a Lorenzo le gustaba ver los botes y fantasear sobre las historias que quizá se vivieron durante el día, en el interior de cada uno. Pensaba en las aventuras y en los pormenores, en los detalles de las hazañas y en los posibles contratiempos experimentados al navegar sobre aguas versátiles e inciertas. Gente con vidas diferentes, unos con deseos ocultos, grises; otros con lamentos que quizás languidecían. Algunos con esperanzas fatigadas que tal vez se perderán. Mentiras gratuitas y verdades encubiertas burbujeando dentro de los corazones. Angustias que entorpecen el misterio de la dicha. Racimos de emociones humanas confundidas con el olor jadeante que produce el movimiento del mar.

Le inquietaba una embarcación en especial. Era un yate pequeño, pero algo lujoso, especialmente por la madera lacada y brillosa que, al combinar con vidrio oscuro, le daba un gusto especial de elegancia. El que parecía ser el dueño era un hombre blanco, un poco canoso, pero bastante bronceado por el sol. Pasaba una mediana edad. Tenía una barba corta pero espesa. Le gustaba vestir de blanco y arremangar sus camisas y a Lorenzo le parecía un ser pulcro, recto y estricto con su propio trabajo. Ya casi lo admiraba.

El hombre se había percatado de que, cada tarde, cuando llegada con su pequeño grupo de gente, estaba un muchacho sentado, mirándolo. Había pensado que tal vez trabajaba por ahí cerca y que esa debía ser su hora de salida o de descanso, pero lo vio tantas veces en tantas tardes que cedió a la tentación de acercarse y preguntarle algo, cualquier cosa. Así que, en una puesta de sol, mientras envolvía un cabo de soga entre su mano y el codo, caminó hacia él y le dijo:

—Hola, muchacho —el chico escuchó una voz gruesa que parecía autoritaria, pero que le agradó—. He observado que estas aquí todas las tardes, a la misma hora y siempre en esa banca. ¿A qué te dedicas? ¿Cómo te llamas?

—Hola, señor. Me llamo Lorenzo. Y sí, me gusta sentarme a mirar la llegada de las embarcaciones.

—¿Y cuántos años tienes? ¿Estudias? ¿Trabajas? ¿Vives cerca?

—Tengo dieciséis y por ahora no estudio. Reparto los periódicos matutinos en la ciudad. No vivo tan cerca. O bueno, será como a dos kilómetros de acá, en la casa de una tía. Pero después de terminar el reparto, vengo a visitar a mi madre que está en un albergue aquí a la vuelta. Luego, me siento aquí. Es como una rutina, ¿sabe? Me gustan las embarcaciones y el mar y me gusta soñar mientras miro.

El hombre percibió que estaba frente a un alma sedienta de algo, a un cuerpo joven que escondía miedo y desazón, a un ser embebido de una nostalgia desconocida incluso para él mismo, y de un raro quebranto repleto de soledad. Sintió en la abismal mirada del joven, un vacío que tal vez no se colmaría ni con todo el contenido de ese mar que, se notaba a leguas que le causaba algún tipo de extraña fascinación.

—¿Qué tiene tu madre? ¿Por qué está en el albergue? Me imagino que será en el Instituto Santa Fe, que es el que está al doblar la esquina, ¿verdad?

—Sí, en ese mismo. Mmmm… A ver cómo le explico, señor. Ella está muy cansada y algo enferma, hay gente que dice que está medio loca, pero…

—De acuerdo, Lorenzo. Otro día me lo contarás. Yo me llamo Sergio y soy el dueño de El Gitano, el yatecito del que me ves bajar las tardes con toda esa gente. Ellos son turistas y mi negocio es llevarlos a pasear en la embarcación. Bordeamos otras playas, a veces vemos ballenas y la belleza del atardecer. Tengo un bar en la embarcación y servicio de comida. A la gente que viene de fuera, le gusta. La chica trigueña que siempre llega conmigo, se llama Lina y me ayuda con los alimentos, con las compras. Además, los dos muchachos, Pedro y Juanca, que también me acompañan, sirven, atienden y hasta hacen limpieza, pero he estado pensando en contratar a alguien más para eso, en especial para lavar la vajilla y otras labores similares. ¿Te gustaría ayudarme?

—¿Yo? —dijo el muchacho sacando hacia afuera los globos oculares de sus tristes ojos y moviéndose nervioso sobre la banca.

—Sí, tú. Creo que podrías ganar mucho más que repartiendo periódicos. Todo está en que te acomodes al horario. Salimos todos los días, menos el lunes, a las diez de la mañana, con los grupos de las personas que se han registrado la víspera, en la oficina de correo del centro y han comprado su pase, ahí me ayudan con eso. Y regresamos, ya tu sabes, a las seis, seis y media de la tarde, antes de que oscurezca. Trabajamos solo en el verano y con eso es suficiente. La gente extranjera paga bien por este tipo de distracción. ¿Qué dices?

—Me encantaría, señor —sonrió el muchacho mostrando casi todos sus dientes.

—Dime Sergio.

—Sergio, tengo que contarle a mi madre, pues ya no podría ir a verla a medio día, sino en la noche. Debo preguntar si a esa hora me dejarán entrar al albergue.

—Tómate tu tiempo, muchacho. Me avisas cuando tengas resuelto todo eso, sabes dónde encontrarme. Por lo pronto, ¿te gustaría conocer la embarcación?

Lorenzo nunca había sentido tanta felicidad junta y ésta le anegaba el cerebro, el pecho y las entrañas. Era como si, de pronto, estuviera frente a un portón abierto por el que cruzaría a una nueva e intrigante dimensión.

El chico se levantó y caminó junto al hombre a quién acababa de conocer. Sergio le mostró la entrada y mientras recorría el yate, Lorenzo sentía estrepitosas palpitaciones y la respiración entrecortada por tantas emociones juntas. La saliva se le pegaba al paladar y tenía que empujarla con la lengua para poder tragarla. Miraba todo con muchísima atención y curiosidad y sentía que deseaba quedarse para siempre.

—¿Desde cuándo puedo empezar a trabajar? Usted solo dígame lo que tengo que hacer y yo hago eso y mucho más.

Sergio rio.

—Desde mañana mismo, si quieres. Ve primero a ver a tu madre y te espero aquí a las diez de la mañana. Lina, te enseñará poco a poco, lo que tienes que hacer.

Fue así y Lorenzo aprendió pronto. Se adaptó enseguida. Tenía una enorme predisposición, le ponía ganas y empeño a todo. Perfeccionista y afanoso.

Su madre, Estela, una mujer que sentía que su alma estaba desnuda de la vida porque se le había muerto ya el tiempo de sus horas, se alegró al ver a su hijo tan feliz, pero le pidió que no le hablara de ella al buen hombre que lo había ayudado, que no mencionara su nombre pues prefería pasar desapercibida, no quería que fuera a pensar que era hijo de una demente. Lorenzo empezó a visitarle cada noche. Le contaba con lujo de detalles todo lo vivido, aprendido y experimentado en el día. Describía meticulosamente a los extranjeros, le explicaba cómo era cada uno de los turistas, cómo estaban vestidos, si habían ido solos o con familia, todo. Comía muy bien y hasta una tarde, después de anclar, se había tomado una cerveza con Sergio y le había confesado que quisiera reencarnar en una gaviota por la hermosa vida que podría tener. La mujer percibía que el goteo diario de su tristeza se volvía más lento y espaciado. Estela, tenía un solo deseo para la última etapa de su vida, conseguir el éxito de un plan bien ejecutado y morir en paz en el albergue cercano al muelle.

El verano se acercaba a su fin y el muchacho tenía miedo de que este sueño hecho realidad, pudiera terminar. Navegar, aunque fuera por pocas horas, se había convertido en su nueva razón para vivir.

Los días pasaron y empezaron las primeras lloviznas. Sergio pidió a sus colaboradores de la oficina de correo del centro, que suspendan las ventas de boletos para navegar en El Gitano. Lorenzo, aterrado, con miedo, con tristeza y con los ojos inyectados de angustia, le pidió que, por favor, le permitiera salir una vez más. Sin turistas, solo los dos. No sería un viaje de trabajo sino de camaradería, de un merecido paseo. Lorenzo ofreció que, en esta salida, le contaría todo acerca de la situación de su madre a pesar de que ella se lo prohibió. Le diría que ella se cansó de vivir, que su único motivo para continuar era él. Que fue una mujer luchadora y que cuando su hijo nació, lo sacó adelante sola. Que Lorenzo jamás conoció a su padre y que ella trabajó para darle educación, techo y alimento, hasta que se jubiló y con ese ingreso consiguió pagar el albergue donde ahora se encontraba pero que no estaba loca, ni demente, ni nada, que eran solo habladurías y que la hermana de su progenitora ofreció hacerse cargo de Lorenzo. Que ese año, la tía no había podido pagar la matrícula para sus estudios, pero que había ofrecido que el siguiente ya podrá, siempre y cuando el negocio de la venta de fruta mejore.

Sergio, aceptó y partieron un sábado por la mañana. Solos. La embarcación se alejó, pero aquella tarde de lluvia, no retornó al muelle. Ni el domingo, ni el lunes. Se organizaron operaciones de búsqueda con los grupos de rescate, pero no se halló rastro alguno, ni de El Gitano, ni de ellos. El combustible de un yate como ese, no alcanzaba para que hubieran podido llegar a otro puerto distante. No se supo más del muchacho ni del hombre, ni se entendió lo que ocurrió.

Una tarde de la siguiente semana, Estela, con los ojos inflamados y adoloridos y con los pómulos hinchados, pidió que la llevaran, por un momento, al muelle que estaba al voltear la esquina. Se sentó en la banquita del medio; justo en la que Lorenzo se sentaba cada tarde para mirar la llegada de las embarcaciones. La tarde estaba fría, el viento helado le golpeaba el rostro con crueldad.

La madre suspiraba repetidamente entre sus lágrimas secas.

Finalmente, Lorenzo y Sergio se habían conocido.

Se habían unido.

El linaje los había juntado.

El plan de Estela había funcionado.

El albergue cerca del muelle al que sabía que Sergio llegaba cada tarde, fue el preciso. La afición heredada de su hijo por las embarcaciones y por el mar, ayudó mucho. El encuentro fue inminente como ella lo ideó. Pero de pronto, a la mujer le inundó el espanto de constatar la existencia de lo que no se puede manejar, de lo que no se logra controlar, el infame capricho de algún ser inmortal. Entonces, ella emitió un alarido negro que oscureció de horror el muelle. Un quejido tétrico, angustioso. El mar respondió con un rugido infausto. Vomitó una espuma envenenada y espesa que se estrelló contra el muelle. Las aguas se dilataron como el líquido de una vil matriz que confesó satisfecha, la atadura perpetua de un lazo de sangre asesino y mordaz.

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada: https://pxhere.com/es/photo/1113749

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