El cristal con que se mira | Adrián V. Grimm

Adrián V. Grimm

 

“Donde hay fuego, hay hombres y huesos de animales; donde hay huesos, hay flautas y tambores; donde hay música, hay quien ama.” Reveló Eros, el primero, a su aprendiz: Afrodita urania.

 

Santa María sopra Minerva. 15 de febrero 1616

 

Hija querida.

 

Ayer, entre mareas de gente enmascarada, llegamos a Santa Maria sopra Minerva. A nadie respeta el carnaval, ni al inquisidor, ni al rey, mucho menos al sabio melancólico que, dejando de lado el refugio de sus libros, desciende confundido entre los gritos del pueblo cargando baúles y rescatando papeles llenos de latinajos.

Entre nieblas de harinas coloreadas y antifaces, avanzamos interrumpidos a cada paso por asediadas viudas, ricos pordioseros y saltinbanquis. Sonaban a mis oídos todo tipo de insultos e invitaciones, todas mentiras. Al parecer el rey tonto y sus huestes habían conquistado al fin los patios del convento, y esperaban la salida del botín. El barullo fue tan grande al salir el botín por las puertas grandes de la iglesia, que todos nos pusimos a gritar, incluso yo: nadie me oía. Y grité lo primero que se me vino a la memoria: Nada es verdad, nada es mentira, todo depende del cristal con que se mira.

Con esas palabras raspándome la garganta, y repartiendo bofetadas a los comedidos que tomaban mis baúles para ayudarme, entré al edificio. Apenas pisé las sombras, el bullerío se hizo distante, acostumbré mis ojos y me santigüé; empecé a tantear mis pocas posesiones, todo en orden. Orando estaban varios padres dominicos de negro, y un jesuita en el centro. Delgado y tenso se levantó al oír pasos, pareció que me esperaba. Roberto Belarmino, de quien tanto has oído, con su tocado rojo y su pequeño crucifijo dorado, daba leves luces desde una de las desgastadas bancas, ignorando la presencia de todos en su derredor. Nos saludamos piadosamente en esa atmósfera enrarecida por los colores de los vidrios de los ventanales. Luego de homenajear a los principales, me llevó cerca de un confesionario.

—Llegas temprano (para el juicio), y justo a tiempo (para la lucha); también nos ha sorprendido el Carnaval, ahora que se acabe con el botín, empezará la retoma del convento, toma una escoba o un palo y síguenos.

—Preferiría descansar y terminar de revisar vuestros doctos alegatos.

—Para eso necesitareis silencio y espacio y, hoy, es día de fiesta. Vamos por un poco de botín, puesto que hoy no se cocina otra cosa en todo el convento. Recuerda que ninguna verdad tenemos que discutir, tan solo es una consulta entre expertos matemáticos. Este juicio no es contra ti, sino contra una idea. Luego, muy luego de esta consulta, alguien muy lejos de aquí, tomará importantes decisiones.

—Me parece su señoría, que la matemática desenreda hasta cierto punto…

—No repitamos antiguos errores. Ni argumentos que se puedan volver en tu contra. —dijo firme, pero sin mirarme—. Cuidemos las formas del juicio y extraigamos lo verdadero de lo complejo. Ahora comamos, que los caminos son más largos durante el carnaval.

El botín era comida: panes, higos, quesos y aceitunas. Los dominicos lo repartían a manos llenas y la gente se amontonaba alargando las manos. Dentro de uno de los panes habían ocultado una reliquia, un crucifijo de madera que sería la señal para la retoma. Una mujer la halló en su pan y se volvió el centro de la algarabía, hasta que todos vieron acercarse a los oscuros dominicos armados de palos y escobas.

—El pueblo resiste cardenal, exigen otro botín. Y no se oyen como los que cambian de idea.

—Y, sin embargo, los moveremos, querido Galilei, también a ellos, la legión de Simplicios.

El combate duró una media hora, los campesinos y nobles se dejaban golpear y reían, pero no cedían un paso. Al fin, alguien ofreció seguir el carnaval en otra plaza y sin más: rey, reina y tontos desaparecieron.

Comimos en silencio, Bellarmino no levantó la mirada de su mendrugo. Diría que tenía dolor de muelas.

El sonido que hacíamos al masticar ocupaba el lugar de ciertas palabras que no queríamos decir: Años, años antes se había llevado a cabo el juicio de Bruno, juicio funesto, irracional y anticientífico que sumió a las Universidades de toda la península en la pacata disciplina de los esclavos recién azotados.

Pero, ayer, comiendo junto a Belarmino, de cierto modo pude ver a Bruno a la misma altura a los ojos, pues él afrontó esta misma prueba un día como mañana hace 16 años. Tenía, como yo ahora, 52.

Nada es verdad, Nada es mentira… el recuerdo me tomó de los cabellos y me llevó a cierto camarote en cierto barco, en cierto viaje…con mi padre. Nada sabía de las cosas que se resisten a morir, esas cosas que hacen de una persona cualquiera carne para libros, cauce para ríos de tinta; ni de esos patrones en los que tratamos de dar cabida a los accidentes del mundo, los arquetipos y los números. Los absolutos no son humanos me dije y, de nuevo, en mi mente aquella fastidiosa cancioncilla: nada es verdad, nada es mentira…

Mi padre amaba los negocios y eso nos obligó a viajar más de una vez por mar. Y cuanto más cerca estaba el día de tomar mis votos, más largos se volvieron nuestros viajes. Me rogaba que guardase mis ropas sencillas en un baúl y usara las ropas de un mercader y cortesano. Por evitar hablarme del motivo del viaje, comentábamos capítulos del libro que nos turnábamos una noche él, una noche yo.

—Se dice que, en estos mismos mares, fue capturado ese pirata y llevado a presencia de Alejandro. El rey le dirigió las palabras: “Canta pirata, que desasosiegas la mar”. Y el pirata le respondió: “Pirata me llamas por tener una sola nave, si tuviera una escuadra o un ejercito me llamarías conquistador”.

—¡Tan rápido has leído las Vidas! ¿Las lees de dos en dos?

—Cuando lleguemos a puerto, sentiré que conozco a todos estos sabios, especialmente a Arquímedes.

Rumbo de Siracusa. Tras dos días de viaje por mar, casi había acabado de leer el libro: Las Vidas Contantes. Es cierto que muchísimos libros se llaman parecidos: Vidas paralelas, Vidas de los doce Césares, Vidas de los Apóstoles, Vidas … vidas idas. Nos gustan estos libros que tomamos por espejos. Mentalmente, nos visualizamos como las cosas que nos asombran, por eso leemos; por ese reencuentro. El libro devoró mis horas de viaje por mar, horas que no quise ocupar orando para fortalecer mi fe. Han sido dos días de movimientos… relativos, un movimiento ya por mar o por mi camarote, otro por los locus del libro y, otro, por los caminos de la duda a la fe, y de vuelta.

Te contaré lo que vi. En el orden que lo vi. Algunas cosas las vi con mis ojos, otras las vi con la mente, algunas tuve que verlas reflejadas en espejos y otras, las vi yo primero con mis telescopios. Pero empezaré por lo que me hizo bajar los ojos a la tierra, para cambiarme esos cielos por otros cielos. Pues, primero es preciso aprender a ver: primero ver con sorpresa; y luego guardar esa sorpresa y abrirla para ver con ella las cosas simples del mundo. El caer de las piedras y las plumas; el movimiento de un objeto dentro de un objeto en movimiento, el flujo y reflujo de la marea. Todo puede ser sorprendente si alguien te enseña a ver.

De nuestro libro de viaje, mi padre prefería la vida de Pitágoras, inventor de las notas musicales. Sin embargo; los frailes, con los que estudiaba y vivía la mayor parte del año eran poco amigos de la música cortesana, hubiesen recomendado a Euclides, el Podador y Compilador del árbol del conocimiento. De joven estuve obligado a estudiarlos a ambos, pero preferí siempre a Arquímedes, defensor de Siracusa. Un hombre que hace mil años había repelido a las águilas romanas, usando la fuerza de las mareas, la luz del sol y la imaginación.

Arquímedes desviaba la luz del sol contra las velas de los barcos enemigos, y mantenía cerrado el puerto con cadenas que sorprendían a los navíos y los hacían trizas. Desde 14 estadios quemaba las velas romanas, pero, aunque los romanos aprendieron a atacar en los meses nublados, el rayo era letal a un estadio de distancia lo cual era el alcance de la maquinería de asedio. El General Marcelo aprendió a cubrir sus naves con techos falsos que empapaban de agua o replegaban a voluntad.

Atacar de noche era así mismo imposible por la marea y las cadenas que estorbaban el paso del puerto. Por lo demás, el asunto se volvió Tema de importancia en el foro romano. La caída de Siracusa y su tirano Helión II se había decretado hace meses. En el Senado se tramitó la partida de nuevas legiones, que al final triunfaron al mando de Marcelo, creando un nuevo tipo de barco, más fuerte, más pesado, con remos recubiertos de bronce y tarimas levadizas de azogue. Siracusa se rindió cuando las águilas llegaron a las murallas. El rey ordenó a Arquímedes asesinase a los invasores en la playa usando los arqueros autómatas y las ruedas dentadas que habían dispuesto sobre la muralla. Pero, desobediente Arquímedes mandó bajar los puentes diciendo que…

—Un ojo a Júpiter Joven capitán- gritó mi padre.

En la perfecta oscuridad se divisaba una estrella errante. Grande en comparación con sus vecinas, pero solo un ojo educado la hubiera visto a la primera. Horas después, ya de día, llegamos a Siracusa. Bajamos y corrí por la misma playa donde vivió y murió Arquímedes.

«¿Qué estaría dibujando en la arena cuando llegaron los soldados? ¡Qué lástima por la filosofía de la naturaleza!», pensaba limpiando la arena de sus sandalias a la sombra de la galería del puerto.

—Un ojo en el barco, joven capitán. La tripulación debe tocar tierra —gritó su padre desde proa.

Los adultos y clientes visitaron el puerto, dejaron al joven a cargo del barco armado de un caracol por si había problemas. La mañana siguiente se aprovisionaron, saldrían con Luna llena. Siempre en susurros, mi padre me confesó el sutil motivo de nuestro viaje:

“El motivo era el amor, o algo así. Había que ganar el favor de una dama… para su rey. Vicenzo Galilei, mi padre, era reputado trovador y artesano de la corte de Florencia, por eso cuando el rey necesitaba consejo en cuestión de amores acudía a él o a sus poetas. Doña Marietta de Sevilla, había pedido a Lorenzo de Medici una prueba de amor: el gran rubí de su collar debería ser aun más grande que aquel rubí en el pecho del retrato de su odiosa hermana, doña Cristina, un rubí azul inmenso que había sido propiedad de un sacerdote Azteca y tenía un nombre imposible de pronunciar, traducido sería: Corazón del cielo”.

—No solo es cuestión de dinero, Dueña mía, sino averiguar ¡Dónde podría haber un rubí más grande que el rubí más grande del mundo!

Asuntos muy menores muy mal llevados, habían desencadenado La Guerra del momento. Era preciso que la espagniola fuera complacida hasta decir basta, para no procurar otro frente hostil. Se llevó a cabo una pesquisa entre joyeros y juderías, pero no se halló un rubí mejor. Así que se organizó un torneo de musas. A su turno, Vicenzo improvisó una canción en la que hablaba de un artilugio gitano muy antiguo, una maravilla de la técnica: Un cristal con que se mira. La historia era cierta, su padre lo había llevado a las carpas de los gitanos a ver aquella maravilla cuando era niño. Según los gitanos el cristal tenía cierta utilidad mágica, que oscurecían con sus explicaciones y sus decires. La trova resultó vencedora y ningún otro poeta quiso ofrecer un consejo menos bello. La reina quiso saber si este cristal en verdad aumentaba el tamaño de las cosas y si aumentaría el valor de sus joyas. Y, si usando un cristal detrás de otro se podría vivir en un mundo de grandes alhajas.

—Sus joyas aumentarán en valor solo en proporción al hecho de ser usadas por una tan bella dama —dijo mi padre, haciendo encantadora la simple verdad.

Doña Marietta miró al rey con aceptación, y el proyecto fue aprobado. “Galilei poeta, músico y comerciante de lo hecho de lana; tendrá cédula real para confeccionar un Cristal con que se mira y partirá de inmediato en busca de sus materiales allende la mar, a la ciudad de Siracusa, prodiga en cristales de roca.”

—Cuéntame la historia de los gitanos padre.

—Hmm, esta parte de mi relato quedó fuera de mi canción: el pregonero gitano tenía los pies recubiertos de cascabeles y una corneta, con los que hacia el ruido de diez carros y sus bueyes. Y gritaba desgañitado:

—¡NADA ES VERDAD, NADA ES MENTIRA! ¡Todo depende del cristal con que se mira! La gente no entendía el español, pero les divertía el gitanillo y le seguían a su tienda donde por un cobre podían asistir a la exposición de una de las maravillas del mundo: el cristal con que se mira. Tomaban con pinzas un anillo de oro y lo sometían al influjo del cristal, y el anillo crecía. Pero retiraban el cristal y el anillo había vuelto a su tamaño anterior. Algunos lo veían más pequeño. Otros decían que nada había sucedido. Murmuraron que era obra de magias prohibidas que practicaban los gitanos. Pero ellos, sin dejar de exigir cobres y hablando en una mezcolanza de idiomas, fueron demostrando otras propiedades del cristal con que se mira, cuyo nombre era “lente”.

—¿Otras más? —preguntó Galileo.

—Y mucho más interesante que el solo aumentar las cosas a la vista. Podía desviar los rayos del sol. Y además otra cosa…

—Otra más?

—Podía igniciar el fuego.

—Ese cristal contradecía en todo a Aristóteles, padre. Esos gitanos eran solo unos ignorantes a cargo de objetos que no podían explicar.

—Así son todos los sabios, hijo. Todos ignoran algo, pero no hay nadie tan ignorante, que no puedas aprender algo de él. Y, sin embargo, el cristal quemaba la madera. Sin falla, sin mentira, cuantas y tantas veces quisieras pagarles un cobre.

—Cuénteme más, su señoría, más sobre el extraño cristal.

—A pesar de poder inducir el fuego, el cristal con que se mira se mantenía frío… como una roca. ¡Ja ja ja!

—…

—No te lo tomes tan a pecho joven capitán. Era algo a la vez sencillo y maravilloso. Yo era muy joven y no usaba dinero. Lo único que me dijeron los gitanos era que el cristal era antiguo y venido de Egipto. Pero lo que los gitanos no sabían y tu padre ha aprendido en estos años, es el arte de tallar piedras preciosas… y lentes.

—¿Por qué no lo habías hecho antes, si tanto te interesaba?

—No podía venir a Siracusa simplemente a buscar rocas, tenía que esperar una ocasión propicia. Dos pájaros de una pedrada… o tres. Además, no debo buscar más, se quién tiene los cristales que necesito. Y me los va a entregar.

—Todo esto es tan misterioso, explícame pues no entiendo nada desde que salimos de Florencia.

—Es muy secreto. Todo se acordó por carta al más alto nivel. La tripulación no debe saber nada de nuestra carga. Hay que imaginarse que llevamos algo muy codiciable para cierto tipo de gente.

—¿Cómo es que las rocas son codiciables de repente?

Vicenzo tomó mucho aire, pero nuevamente susurró…

—Las rocas son un pretexto para algo más importante joven Capitán. Nuestra verdadera carga es más peligrosa, y mucho más codiciable: La mujer más bella del mundo.

Una gaviota miraba desde un mástil, el mar se detuvo.

Las rocas, el viaje y la mujer más bella del mundo no parecían sino fintas para alcanzar un propósito más del agrado de mi padre: evitar que me convirtiera en fraile y con la venia de Dios, darle nietos. Hizo bien, despertó mi codicia por ella, pero antes, quise juzgarla con mis propios ojos.

Igual que a toda la tripulación, Vicenzo me prohibió mirarla, todo encuentro casual, o pensar su nombre a sabiendas de que haría lo contrario, y a medio viaje soltó:

—Nuestra bella no es monja, fíjate que calza en rojo, evita cruzarte en su camino… debe ser bruja.

En la primera tormenta, pudimos comprender lo de las calzas: señal de mal paso. Una de sus cuidadoras entró desesperada pidiendo agua buena o vino para su dama, la que estaba aterrada por la fuerza del mar. Igual que en el viaje de ida, fuimos pasados por debajo de una tormenta eléctrica.

Siempre que, estando nerviosa, veía fuego: enloquecía. Razón, entre otras, por la que era la vergüenza de su familia y su padre la tenía encerrada en un convento en Siracusa. Dicen que no siempre había estado en este lamentable estado, sino que había caído en la melancolía debido a haber presenciado la muerte de Bruno en la hoguera. Por eso, no soportaba ver el fuego, ni los truenos, ni los gritos, ni los crucifijos, pues la hacían revivir el tormento de su maestro y aguzaban el suyo propio. Luego de eso había sido humillada públicamente con el mandato de llevar las zapatillas rojas, que eran para las damas, lo mismo que los azotes para las mujeres humildes. Los rayos iluminaban las rendijas de los camarotes empapados, produciendo efímeros signos que enloquecían a Minerva.

Una cosa la calmaba, el agua calmada. Me asomé, curioso por la falta de gritos a la rendija de su camarote, la vi desnuda, sollozando en brazos de sus amas. La bañaban. El pequeño y oscuro camarote era un caos de tinajas y baúles, pero de algún modo no perdí detalle. Un agitado mar…de calma… nos rodeaba. Siempre en ella resplandecía la muerte en el Campo de Fiori, y su rezo, que no rezaba sino mas bien revivía…

«Cuando lo vi morir, morí. Él me llamaba su Verdad Última, y en busca de una verdad más universal terminó quemado entre sus propios alaridos y las requisiciones de sus verdugos. Nunca se desdijo, pues tenía su boca y su espíritu repletos de Verdad, lo que fue una Locura. Pero ¿quien no ha cometido locuras peores por Amor?» Sus ojos exorbitados repetían la escena de la muerte de su maestro, Minerva parecía contemplar una horrible hoguera, se arrancaba los cabellos y se marcaba el rostro. Demasiado tarde comprendí la advertencia de mi padre. Me había quemado.

En la corte de Florencia, todo anduvo según se había esperado. Maese Vicenzo Galilei confeccionó una urna de plata y oro en la puerta de la cual engastaron un cristal de roca tallado según las maneras que Vicenzo llamaba Pitagóricas.

Hay muchas preguntas en el cosmos joven capitán, pero hay una respuesta que calza bien a casi todas las preguntas que se refieren al número y la proporción.

—Una respuesta flexible para todo, es lo mismo que quiso Raimundo Llul, pero su respuesta estaba basada en la sutil geometría y el concepto, más que en el número.

—Son una misma cosa joven capitán, y un método y el otro están o deberían estar emparentados. Pitágoras dejó la respuesta cifrada en este dibujo y hay quien dice que, sabiendo preguntarle, hay formas de extraer verdades del universo pitagórico que ves aquí:

Vicenzo buscó en un pequeño cuadernillo la página del siguiente dibujo:

—Qué ves?

—Veo varias figuras, un círculo, un huso, un triangulo y algo piramidal. No parece tener ningún significado.

—Y, sin embargo, significan varias cosas. Sus significados dependen de la pregunta que se haga. De aquí he sacado la clave para construir el cristal con que se mira. La primera figura es una lente recortadora visto por el frente, el segundo es nuestro cristal visto de lado; el tercero y cuarto son diagramas del uso del cristal. Hace ver las partes de un todo. Yo, y solo yo, he descubierto esta respuesta. Contempla el cristal con que se mira según la sabiduría de Pitágoras. Duerme, espero que tus sueños te aclaren este misterio.

Pero yo…

—Minerva, Minerva, no debo decir tu nombre. Minerva, Minerva, no debo buscar tu mirada.

Repetí mi frase mil horas por lo menos. ¿Quién puede medir el tiempo de los enamorados? Más fácil sería medirlo desde fuera, y no aniquilado en ese mar interior. Si soñé o desperté, es cuestión de retórica; pero durante la agonía del amor, me habló Minerva, mi Minerva, sin palabras.

Su mirada me hizo entrar en un espacio rarísimo, acéntrico tal como lo imaginaba Bruno, y lo había calculado Copérnico, el cosmos con miríadas de mundos de Tales, el cosmos como lo soñara el gran Escipión antes que todos ellos… Un gran vacío poblado de vagabundas esferas avanzando a tal velocidad que producían viento y sonido para llenar el oscuro cielo.

La corte de Lorenzo festejó en grande la llegada del Cristal, las damas fatigaron a conciencia los correos imperiales y se llegó a saber del portento en las cortes más envidiosas del orbe. Enseguida se pidió una reproducción desde Roma, y Vicenzo la confeccionó con menos cuidado dejando varios cristales abandonados a medio trabajo. No dábamos abasto, muchos estados declaraban necesitar un Cristal con que se mira para asuntos de su política exterior, y estaban además las Recepciones.

Vicenzo era el alma de la fiesta, eso me enfurecía. Su versión del viaje y lo ocurrido en Siracusa era digna de Menipo. Pero, vimos a Minerva y su padre Arcangello en cada recepción de la corte, siempre halagados por personajes influyentes, y también curas. Como siendo observados con atentos cristales. Más temprano que tarde cruzamos un saludo con la mirada, me desmoronó que me reconociera, pero a pesar de sentir mi cuerpo hecho de salitre, me le acerqué. De lejos, no había visto a sus amas; y caminando más rápido que yo, la invitaron a otro salón donde iba a empezar una pequeña comedia titulada Bajo el Árbol de Arabia. Autor: L. DaPonte

Delante de un bellísimo telón estrellado en movimiento, se está Félix, un gato mirando la moribunda noche… sus pensamientos, que oímos… son interrumpidos por el Gallo Madrugador.

«En todas las épocas la gente observa las estrellas, son el reloj de la noche, pero en tiempos anteriores era común oír: Nos vemos a la caída de Orión, lo cual significaba: A la hora Prima. O: Este vino se habrá fermentado con Sirio en su cénit, que era igual a decir: en 40 días. Los astros eran un río interminable que daba vueltas y vueltas al mundo, llevando en sus aguas un mensaje eterno, pero cambiante…cíclico. Por los astros se sabía no solo cuánto faltaba para amanecer, o para el cambio de estación; para la época de caza o para que los niños nazcan. Eran un reloj y un calendario sin números».

No cantes gallo amigo, mi cita no llega todavía.

«Por supuesto, estaban Luna, el rey de la noche, marcando los ritmos de la Mar, de las obedientes mujeres y de las plantas; y Sol, la dadora de vida, la otra parte del deseo humano. También ellos tenían un mensaje que brindar a los que alzaran la mirada, aun sin saber quién inventó las primeras historias sobre el cielo, o qué querían decir originalmente».

—Mi cita esta por llegar también, he de anunciarla. Eso me dice la anciana tierra, aquellas cosas que no alcanzan a ver los pájaros desde el aire. Con mis patotas que me atan al suelo siento, oigo y veo, que acaba de romperse la tierra allá muy lejos para dar a luz el nuevo sol.

—Justo entonces llega mi cita. Antes del crujido de la luz, revolotea por aquí un fénix, la última.

—Bien dicen de los ojos de los gatos, que ven otros órdenes del mundo; pues yo diría que revolotea cada día por aquí, no la Rara Avis sino solo la sombra del Sol.

—No me puedo equivocar, es un ave de luminosas plumas, puede estarse a la sombra petrificada casi, pero inevitablemente ha de saltar en unos instantes. Un día la atraparé… no me distraigas.

—Mi distracción eras tú. Kikiririn. Queda abierto el día para todas las aves del cielo. Kirin kirin! Vos que ves mejor de noche, también has de descansar mejor en el día. Kirin Kirin Kirin.

—En eso tienes mucha razón. Esta hambre me da mucho sueño.

—Te ayudaré a dormir, con ese sueño que para otros será la vida. Descansa, que tenemos mucho trabajo por hacer.

—Tenemos? ¿Tú y quién más? ¿La Fénix?

—Todas las aves del cielo, y yo. ¿Ya duermes? Muy bien.

«Y también los planetas, aunque erráticos tenían un ritmo y un mensaje. Estos vagabundos tienen dos movimientos: uno con todos los astros desde saliente a poniente; y otro propio, opuesto e inexplicable».

«Todo esto, salido de la nada…», se maravillaba Félix hablando desde el sueño. «Y vuelto a la nada, tantas y tantas veces, que ha dejado de tener significado».

Esas palabras se hicieron fuego que consumió el Árbol Solitario de Arabia. El gran incendio hizo un camino por donde el gallo y el gato caminaron hasta parecer unirse en un lejano punto. En ese justo punto, en medio de la oscuridad, despertó la Fénix, aleteando entre la ceniza, haciendo gran polvareda tras la cual apareció el eterno Árbol de Arabia antorcha y faro de los que buscan. Poco a poco menguó la Fénix quedando de ella un espejismo, unas ascuas y una voz…

La lección de un ave fénix parece siempre caer en el olvido, pero en su ausencia, nos queda el fuego. Fuego que es sombra del fuego verdadero, imperecedero.

—Controlar el fuego da poder pues el fuego transforma las cosas —dijo Félix bostezando— Creo que he tenido un sueño.

—Avivar el fuego, por otra parte, es muy parecido a avivar el amor. Es necesaria paciencia y cercanía; y soplar muy, pero muy despacio al centro de las ascuas para volverlas a encender, y protegerlo con las manos pues ese fuego tiene tantos enemigos como gotas de agua la lluvia.

—El fuego poblará la noche de hogueras como estrellas y a las hogueras de canciones y cuentos. Los lobos se convertirán en perros y hasta el oso y el tigre huirán de su nuevo poder.

Sea un tiempo y un espacio donde, por fuertes manos, sea posible el amor.

Aprendamos por fin, que el fuego se consume y se contagia; quizás por eso se diga aquello del fuego del amor.

Fin

Muchas damas aplaudieron de pie. Halagaron al dulcísimo Lorenzino DaPonte, en la persona de su señor tío y su hija Minerva. Su pronto arribo a la corte desde Milán era esperado para aclarar cientos de preguntas sobre filosofía y arte. Opinaron sobre métrica y sastrería. Félix las había enamorado, aunque ninguna parecía querer hablar sobre sus impresiones más profundas. Los caballeros no estando obligados a dar su opinión en tales asuntos, retomaron conversaciones anteriores. Así iba a hacer yo, pero me congeló la mirada de Minerva, esos ojos claros, como furiosos. Esta vez ella se me acercó, adelantándose a sus amas y tomando mi manga me llevó al centro del salón, donde nadie nos oía. Entremezcladas entre las típicas tonterías que se deben decir en un baile, dijo varias cosas:

—Ego sum Lorenzino DaPonte.

—Vos juegas con fuego, son palabras peligrosas.

—Nadie las oye, nadie espera que una bella dama sepa escribir, ni pensar, ni recordar. Y, sin embargo, ya lo ves.

—Siendo así, me subo a su barco, a la espera de ser también, alguna vez, un personaje en su comedia. Me encantaría que el diálogo fuese a tres voces.

—¿Lo notaste?

—A Bruno, en la Fénix, si.

—No la Fénix, en el Árbol. El que ardió fue el árbol, la Fénix solo cambió de nido.

Más cosas nos dijimos, pero menos importantes, a la velocidad del adiós. Tiempo después Lorenzino, el verdadero, escribió ofendido diciendo no saber nada de tales esperpentos presentados en Florencia bajo su nombre y con el auspicio de su propio hermano. Debieron descubrirla, la enclaustraron en el convento tras el Baptisterio de Pisa. Allá dirigí mi imaginación, bella torre que resistes la fuerza de un enemigo invisible e incansable, y en mi mente paseé por cada rincón de aquel edificio emblemático. Puede decirse que escupí mentalmente desde cada punto de cada piso, y un día, entre las cosas que heredé de mi difunto padre encontré los cristales defectuosos que antaño habíamos fabricado.

Un maldito holandés había usado el cristal con que se mira de una forma harto sugestiva. No para mejor exhibir un tesoro, sino para acercar lo distante. La idea era portentosa, pero frágil por su realización. Había nacido el Teléforos. Su defecto: solo magnificaba objetos que estuvieran a ciertas distancias especificas. Necesitaban años para perfeccionar su conocimiento sobre las lentes. Años y a Euclides. Con los cristales recuperé el recuerdo del dibujo que me mostró mi padre: un círculo es una lente, un huso es una lateral, un triangulo es un diagrama, y la pirámide es un resultado…que contiene muchas nuevas preguntas.

Siempre ignoré la ventana correcta tras la que se marchitó Minerva, pero construí un Teléforos a la manera pitagórica, e injustamente lo culpé de no poder con él encontrarla. Puse en el diseño todo mi deseo de verla, pero jamás apareció en ninguna de las ventanas que pude enfocar desde mi buhardilla. Un ave de luz debería ser más fácil de divisar.

Otro defecto del telefóros era funcionar peor por las noches; pensé que mi modelo poseería esa misma limitación, pero gracias a Arquímedes y a su idea de tornillo, la había saltado sin darme cuenta. Esa, mi pequeña aportación fue como decir: “Fiat Lux” en los cielos nocturnos. Logré el telescopio. Cierta noche pensando en mi Fénix se me ocurrió aprovechar la luz lunar para iluminar mis objetivos. La amarilla Luna llovía sobre las casas dormidas, y algo de esta luz se acumulaba como charco en su reflejo sobre el mar y como hilo, en cada rastro de gota de agua en los cristales de la ventana. La Luna, poseía toda la belleza de la mirada de una persona que yo sabia que estaría mirándola en el mismo momento. ¿Qué secretos habrá aprendido a escudriñar esa mirada? Por no querer no tuve nunca un maestro, siempre fui crítico con mis mayores; y solo quise descifrar los secretos de la naturaleza… pero sabía que, a ciertas horas, por breves segundos, posábamos los ojos en la misma estrella vagabunda, y yo deseaba saber, o arder.

Desde ese año maravilloso, dibujando la orografía de la Luna, no pensé ya en ella, hasta justo ayer. Su recuerdo se había consumido solo para aparecer renacido en forma de sed. Ella, creía ser Félix antes de conocer a Bruno. Y creía que Bruno era el Alto Árbol Solitario donde se posa la casta Fénix.

Quizás los estudiosos no seamos sino madera en la hoguera de lo que se sabe. Solo madera, no Árbol como Bruno. Yo me imagino que en lo alto de ese árbol vivo se esté Minerva, oliendo las flores. Esperemos que así sea. A mis ojos, el Árbol de la Arabia representa otras cosas: La Fénix es ella, posando su inspiración ya en Bruno, ya en mí. Y el Gallo madrugador, que es anuncio del cambio, es Roberto Belarmino, pues, aunque anuncia la luz, lo hace de memoria, él ha nacido y crecido en la noche.

Es crepúsculo en mi celda, se cambia el cristal del cielo: brilla lo rojo. Brilla el manto de Roberto Belarmino, brilla el recuerdo de los zapatitos de Minerva, brilla el plumaje renovado de la Fénix.

—Su aleteo desata un incendio de fuego verdadero —dice la leyenda.

Pero cuidado Roberto, deberás bien arder para bien saber, y sospecho que ya ardes. Donde tu oficio impone rígidas formas a la vez exige elevadas ideas, y te noto subiendo y bajando el Árbol a esta justa hora del atardecer con tu vela encendida en tu escritorio. Deseas que brille la verdad, y para esto a veces has recurrido a las hogueras.

 

P.D.: Hija, si el Cardenal Belarmino me condena, hazle leer la presente.

G.G. Santa Maria sopra Minerva. Febrero de 1616.

 

 


Foto portada: https://pixabay.com/es/photos/f%C3%A9nix-phoenix-llamas-heron-ave-2733938/

Un comentario en “El cristal con que se mira | Adrián V. Grimm

  1. Muy interesante y a veces también poético.
    ‘Nada es verdad, nada es mentira, todo depende del cristal con que se mira.’
    ‘Deseas que brille la verdad, y para esto a veces has recurrido a las hogueras.’

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