Dalia | Paulina Soto Aymar

Paulina Soto Aymar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Mientras espero el procedimiento gubernamental de corrección de género tengo un repentino adormecimiento. Un arañazo de piedad de los dioses. Estoy agotada, tengo los dientes resecos, los músculos adoloridos de tanto fingir una sonrisa y no puedo templar la frente. Como si me hubiesen cosido el ceño. Simplemente, no puedo; el resultado visto sobre el reflejo del cristal es la horrible máscara de una abuela siniestra.

—El fin es tan repentino, ¿para qué amargarse?

Me paso ambas manos por la cara, con fuerza. Borro la máscara. Por suerte, el sueño me ha quitado las ganas de llorar. Todos se pueden ir a la mierda. Todo se había ido a la mierda desde que Dalia no volvió a casa. Ella tenía razón. Sigo sus pasos. No hay otra forma de mantenerla viva estos inútiles instantes. O tal vez es la costumbre. Puro obstinación.

—¿Sabías que hay un punto en el brazo que está directamente conectado con el nervio intercostal?

—¡Ay! ¡No me pellizques, burra!

¿Acaso estaba dormida? ¿Fue aquello un recuerdo o un sueño? Me rasco el costado para aliviar la punzada sobre la segunda costilla. Trato de tocar su rostro. No puedo verla, pero sí sentirla. Vuelvo a cerrar los ojos. Ella se me acerca con los dientes afilados. Salto en la silla. [Pitido eléctrico y ligera reverberación]

“Por favor, manténgase atenta a su turno. Trabajamos para su felicidad y la del pueblo. Tenga un magnífico día.”

Cállense malditos asesinos. Puedo saborear cada palabra entre las sienes. Malditos asesinos. ¿Pensaría Dalia lo mismo? ¿Se sentaría en esta misma silla? Sus nalgas hermosas a la luz de la lámpara. Dunas arábigas sobre olas de algodón. Era un juego de sombras carnales. Ahora me duele como un miembro amputado.

Una horrorosa mujer marcha a través de la puerta del consultorio. Está mal afeitada. Con movimientos militares se sienta a mi lado y toma mi muñeca. Mis signos vitales no le interesan. Fue enviada a intimidarme.

—Todo va a salir bien, querida, no debe preocuparse.

Vuelvo a sonreír, aunque me resulta repugnante. No quiero acelerar el proceso. Quiero disfrutar la sombra de Dalia el máximo tiempo posible, su espíritu, su aura, su último rastro de ectoplasma.

—Tal vez debería salir a gritar como esos suicidas. [Gritos furiosos y golpes explosivos en la calle]

—¿Qué ganarías con eso, Dalia? No harías ninguna diferencia.

—Diría la puta verdad.

—Solo harías que te maten, animal, y lo sabes. Después ellos lo tergiversarían todo, como siempre. Serías ‘otra operación exitosa’ y después anunciarían lo feliz que eres siendo corregida. [Zumbidos de disparos adormecedores. Su silueta desnuda en la penumbra de la ventana]

—Estaría mejor muerta.

Me remuevo en el asiento. Se mezclaron dos instantes, la bofetada y el orgasmo reconciliatorio. Angustia que daba una bocanada de aire. «Nunca vuelvas a decir eso, burra». Placer agonizante. [La puerta se abre con un lamento sordo]. Me sobresalto. Un par de gorilas enguantados arrastran a una muchacha oriental diminuta. Tiene los labios amoratados y está pálida. Jura una y otra vez que ama a los hombres.

—¡Pueden tocarme! ¡Pueden tocarme! ¡Haré lo que quieran! ¡No me cambien!

Rebota un eco inmediato de su último ruego en las paredes blancas. Yo sigo sonriendo como una condena. El terror estático me está haciendo sudar hielo. Miro un punto imaginario en la pared esperando que Dalia vuelva a hablarme. Traidora. Se ha escapado con la chica oriental. Estoy hiperventilando. Un tipo viene desde el pasillo y frota el piso con un largo trapeador marchito. La mancha de lodo persiste. Mi sonrisa persiste. Quiero decirle que debe mojar el trapo, pero me quedo callada. Lo veo desde lejos. Choca el mango contra la puerta y Dalia regresa con un estallido. Me guiña dulcemente desde la cáscara de mi nuez.

—Estaba asustada. Fue muy violento. Se enfadó cuando me vio llorar. Me amenazó con llamar a los Correctores.

—Canalla. Así son los hombres.

—Yo no dije nada. Luego se rio. Me dijo: ‘Vístete’. Tenía las córneas enrojecidas. Se me robó los calzones y me echó. Era medianoche.

—¡Pobrecilla! Ahora estás conmigo.

Dalia ya no estaba conmigo. Ellos se la llevaron. Vendrán por mí muy pronto. Me arrastrarán como a la chica oriental. Me arrastrarán. No haré ninguna diferencia. Igual que el trapeador. Sigue seco.

Quisiera gritar. Estoy segura de que Dalia está muerta. Quisiera romperlo todo. Las revistas manoseadas y pasadas de moda, la noctámbula mesita de centro, el florero barato con sus margaritas tristes, el ridículo cartel de un modelo desnudo, insinuante, dominante, repugnante. Dalia está muerta. Esto es todo lo que me queda de ella: sus últimos pasos. Mi sonrisa permanece. Mi último escudo en contra del conteo quirúrgico.

¿Está muerta o la deseo muerta? Coral regresó espantosa. Ellos dijeron que Coral había sido transferida y Camilo Estévez se había mudado en su lugar, pero era ella, Coral. En cierta forma había muerto. Ese guiñapo de dientes enmohecidos, calva miserable y agujeros infinitos era otro. Tampoco era Camilo Estévez. Coral apareció una vez para empaparme la blusa con lágrimas roncas. Luego se secó. Era un muñeco ausente. Se buscaba constantemente los pechos cercenados con dedos temblorosos.

—Mis obreras son escogidas cuidadosamente, inspectora. Ninguna sobrepasa los 105.

—Hay tres con 110, señor Santos, y una con 117. ¿Acaso está tratando de ignorar la ley?

Santos parecía un arenque ahumado, desgañitándose por jurar su lealtad al Gobierno. Todas miraban trémulas hacia el piso, excepto tú, 99. Tonta, tonta, linda burra de ojillos traviesos. Casi sonreíste. Supe en ese instante que yo te gustaba, y también que eras una loca suicida. Vivir hasta donde se pueda. Eso me dijiste.

No eras 99. Eras 147, ¿cómo hiciste para engañar al Clasificador? Claro, un hombre no puede tocarte el alma. «Llevo un sarcófago en el corazón». Yo vi tus secretos. Sobre la piel, bajo la piel, sarcófago abierto. Estúpida, me rompiste mi mejor blusa. No pudo contenerte los pechos. (No pudo contener las lágrimas de Coral). Te gustaba verme furiosa. Yo vi tus secretos. Tú viste los míos. A nadie le habría contado del tipo que me robó los calzones. No podría contárselo a Camilo Estévez. A Coral sí se lo habría contado. Conexión femenina. Poder masculino: abuso intransigente.

—Estamos mal.

—¿Porque lo dice el Gobierno?

—Existe un orden de las cosas que es lógico e inalterable. Esto está mal. ¿Qué nos va a pasar en el más allá? Dios nos va a condenar.

—Qué boba eres. No hay un más allá. No hay Dios, ni orden, solo leyes incoherentes. El fin es tan repentino, ¿para qué amargarse? El placer; el placer, es la única realidad. Fornicar hasta morir. Te deseo ahora…

—¿Firmará ahora?

No puedo reír, no puedo llorar, no puedo dormir. El Gobierno quiere autómatas baratos, simples. «La felicidad proviene del orden perfecto», decía la propaganda, día y noche, hombre y mujer, obrero y amo. Todos con un rol definido. Todo perfecto.

«Así son los hombres». Tuve uno. No podía hablar con él. Había tanto que no entendía. Era cruel. Cuando me echó a la calle sentí que había terminado una transacción. No estoy muy segura de cuál fue el precio. No me quedó nada.

—¿Me está escuchando? Necesito que firme el consentimiento. Oiga. Firme. Ya sabe que es por su bien. El Gobierno…

Miro el papel como un fantasma reciente. Lo encuentro húmedo. Encuentro el olor de su vagina. Dalia desea fornicar hasta morir. Dalia me desea ahora. Rompo el papel. El individuo me habla en un áspero lenguaje babilónico. Luego me hundo en el pensamiento que he rescatado. [El lenguaje babilónico se pierde tras la puerta.] Tiempo robado a la ensoñación. Luces hirientes que marchan sobre las horas.

—¿La lengua o los dedos?

Yo no pude contestar. Temblaba. Nunca había tenido una mujer en mi cama. Traté de abrazarla y, sin querer, le metí el dedo en el ojo. [Carcajada batiente]. La espantosa mujer de barba afeitada me sacudió por los hombros. La risa de Dalia se quebró sobre el piso de baldosa.

—Guarde silencio, por favor. Me alegra que lo tome con humor, pero esta es una institución seria. Le rogaría que guarde la compostura.

Era yo la que me había reído. Me acaricié el dedo que tocó la córnea de Dalia. Ella me había llamado idiota, golpeado con la almohada, lamido el clítoris.

Fue en ese orden. Aún no ha muerto en mí. Estoy aquí, al borde de la destrucción y ella aún me posee. Yo camino por sus pasos. Su desesperación y angustia están conmigo, enjauladas. Matarían el recuerdo.

Coral me estaba esperando la noche en que Dalia no regresó. Estaba firme en su puerta como un soldado sobrenatural. Me miró con infinita compasión. Es un guiñapo y era yo la que daba lástima. Movió la cabeza negativamente. Luego entró, cerrando suavemente la puerta tras de sí. Ese fue todo el funeral que se nos permitió. Luego, un borrón nubló el mundo.

  1. De verdad creí que lograría escapar. Un truco explosivo, un discurso ético, una mentira irrefutable. La sádica corrección. Dalia no regresó. Prefirió la puta verdad. El día de la inspección en la fábrica me sonrió. Un sol flotando incólume sobre una tormenta descarnada. Llegó a mi puerta en pleno diluvio con un libro bajo el brazo. Herman Hesse. Dos seres con la mirada de un lobo. Ella atravesó el umbral, pero fui yo la que cayó en un delicioso precipicio.

No sé cuándo los Correctores me ataron a una camilla violenta. Solo recuerdo el borrón y luego el hielo del hospital. Allí me di cuenta de que Dalia estaba recogiendo los pasos. De que yo estaba recogiendo sus pasos, el mismo calvario que ella recorrió, su mismo tormento. Y también supe que eso era todo lo que me quedaba de ella. Era una suicida. Ella no firmaría. Me exploraron las entrañas igual que a ella. Ganchos intrusos para una ácida agonía. El mareo me mantuvo en el vórtice del horror. Ellos rieron. Yo disfruté de ese dolor eterno porque era todo lo que me quedaba de ella. Ese ardor paralizante matándome por dentro, era su dulce fantasma.

Cuando desperté estaba en esta sala de color cadáver. Corrección o transferencia. El Gobierno no puede darse lujos. Sería transferida. Todos saben que la transferencia solo funciona si se cree en la reencarnación. Yo me convertiré en ceniza. Me mezclaré con Dalia en el mismo soplo del viento. El amor está profundamente entrelazado con la muerte. Ya no soy la misma. Soy un guiñapo que da lástima. Sin Dalia, sin mí. Ellos se la llevaron. Yo sigo su camino como una última cena. Luego no habré existido. Ni Dalia ni yo hemos existido nunca. Carol también ha muerto. Camilo Estévez vivirá como una mefítica llaga.

Sufro un estremecimiento. El cabello de Dalia se estrella contra el cristal. 147. Tenías razón, amor mío. Hay que vivir hasta donde se pueda. Ellos vienen por mí. Me llevan hacia ti. Me llevan hacia el secreto que jamás será contado. [La puerta se abre con un lamento sordo]. Ya vienen. ¡Ya vienen!

 


Paulina Soto Aymar. Loja-Ecuador, 1973. Escritora, profesora universitaria. Su obra literaria abarca la magia, la fantasía, la ciencia ficción. Publicaciones: Muchachas ocultas (2002), ¡Alas! (2006), Caricias y puñaladas (2009), Sumac Pushac: guardián de los sueños (2013), Ciudad de las vírgenes (2016), En boca de Marte (2017). Ganadora del primer premio en el concurso literario ‘Ángel F. Rojas’ (2012).

 


Foto portada: https://pixabay.com/es/photos/mujer-de-pie-piedra-el-agua-1082056/

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