Cuidado, tenemos perro | Carlos Enrique Saldívar

Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Uno, Dos y Tres, un trío de facinerosos, planearon durante días el robo de una magnífica mansión. Pensaron que sería sencillo. La familia que allí residía se había ido de vacaciones. No obstante, la casa no se hallaba sola, los padres del dueño se encontraban ahí para cuidarlo, ellos eran personas ancianas. Los malhechores habían seguido sus pasos las dos últimas semanas. Habían notado que existía un lapso de media hora, en el cual la señora se iba a sus clases de tejido y el señor regresaba de jugar naipes. Esto ocurría los domingos, ese día la servidumbre (una cocinera, un mayordomo, un jardinero y una mucama) no trabajaban en la hermosa edificación de tres pisos, a donde era posible acceder cruzando un vasto y colorido jardín que conectaba por los costados con un amplio patio trasero. Por el jardín era imposible acceder, había rejas y muros; sería más fácil por el patio. Ahí estaba el canino que cuidaba la casa, de raza Samoyedo, era grande, blanco, peludo, y se veía manso. Los criminales pensaron en mil y una maneras de doblegar al animal en cuanto ingresaran al domicilio.

Llegó el día en que realizarían el golpe. Los ladrones, con gran osadía, estacionaron su carro frente a la mansión y se rieron del letrero que decía:

“CUIDADO. TENEMOS PERRO”.

A continuación, se ubicaron a unos metros. Uno se colocó una máscara de rata, bajó del automóvil y se dirigió a la caseta del vigilante de la cuadra, quien dormía. Se le acercó por detrás y lo golpeó fuerte en la nuca para desmayarlo. Regresó al vehículo, condujo hacia otro extremo de la vivienda. Entretanto, Dos y Tres descendieron del auto, se pusieron máscaras de cerdo y gato respectivamente, y treparon el muro trasero. Los granujas estaban seguros de que los vecinos no se percatarían del robo, la residencia estaba alejada, en una exclusiva zona, y a esa hora reinaba un total silencio. Las máscaras los ayudarían a que nadie los reconociera con las cámaras de video instaladas en los alrededores del barrio y en los bordes de la mansión, las cuales se hallaban grabando lo que sucedía por aquellos lares. Los rufianes solo tendrían que darse prisa. Eso no les representaría ningún problema, tenían la experiencia suficiente, producto de una vida dedicada al delito.

Una vez que penetraron por el lado opuesto de la morada, saltando un sencillo muro y pasando por entre unos ralos arbustos, Dos sacó un garrote con una punta metálica que se tornaba eléctrica accionando un mecanismo, para golpear al chucho y, de paso, aturdirlo, según el plan trazado. Sin embargo, el can no apareció por ninguna parte. Era como si se hubiera volatilizado. Aquel patio era grande, quizá se hallaba durmiendo, o se escondió por el miedo. Los malhechores se dijeron que aquello era extraño; se mantuvieron atentos, no fuera a ser que el perro surgiese desde algún rincón para morderlos. Si esto ocurriera, la situación podría complicarse. No había moros en la costa, así que prosiguieron con el que sería quizá uno de sus mejores golpes delincuenciales en mucho tiempo. Quebraron un vidrio trasero y penetraron por la cocina. De inmediato se dirigieron a las habitaciones de los dueños, primero cogieron las joyas de la propietaria. Enseguida Dos usó un complejo y eficaz sistema para abrir la caja fuerte y, de esta forma, extrajo el dinero, no era demasiado, aunque sí se trataba de una cantidad importante. No habían terminado. En el primer piso cogieron adornos, cuadros y accesorios de plata. Saldrían por la parte delantera. Rompieron la puerta de acceso con una palanca de fierro, cruzaron el jardín, abrieron la puerta de metal con gran facilidad, pues desde dentro era más sencillo anular la dureza del enrejado, y subieron a su carro para escapar. Le dijeron a Uno que arrancase de una vez, no se atisbaba cerca a ningún vecino, no obstante, habían hecho ruido, eso podría haber alertado a alguien. Huir a toda velocidad era primordial en el proceso de robo que habían realizado, además era el tramo final. Uno encendió el automóvil, pero este en lugar de avanzar retrocedió hasta chocar contra el umbral metálico de la casa que habían saqueado. Los otros dos hampones se asustaron, intentaron coger al estúpido para golpearlo, empero, Uno se bajó del carro a tropezones, riéndose a carcajadas; no solo eso, se puso a saltar y bailar, como si estuviera drogado. Repetía esta palabra: «Gu».

«Mierda, este huevón se volvió loco», dijo Tres.

«¡Conchasumadre, nos delatará! ¿Ahora?», gritó Dos.

Tres le pidió a su cómplice que se olvidara de Uno, pues de seguro este se había desquiciado de pronto, tal vez por el estrés, o quién sabe por qué insólitos motivos, quizá jaló cocaína en el momento menos indicado para darse valor, en fin, ya no había tiempo para meterle un balazo y así no los acusara, lo mejor sería dejarlo allí; además el demente se estaba alejando con rapidez del sitio. Tres le dijo a Dos que se acomodara en el asiento delantero y que condujese ya mismo, a toda velocidad. Dos procedió a colocar el botín en los asientos de atrás, no obstante… lo que vio lo dejó sin respiración: ahí, en los asientos de pasajero, recostado, amarrado con una delgada cuerda, desmayado, en posición fetal, estaba Uno, con una herida sangrante en la frente.

«¿Qué carajos ocurre? ¿Y el que se bajó del auto quién diablos era?», se preguntó Dos.

Miró a su costado con gran nerviosismo y no pudo hallar a Tres. Iba a gritar el nombre de su compinche, pero se contuvo. Era consciente de que algo no marchaba bien, aunque no se quedaría a averiguar en qué consistía la estratagema. Se situó con rapidez en el espacio del conductor e intentó manejar el vehículo, sin embargo, este no se movió. De un momento a otro el transporte hizo ruido, parecía que iba a arrancar, pero no avanzó ni retrocedió, ¿se habría descompuesto? ¿O había sido descompuesto? Dos golpeó el timón con todas sus fuerzas, tuvo ganas de romper algo, de pegarle a alguien, aunque solo pudo decir una sarta de palabrotas. Maldiciendo, se bajó del carro; se hallaba asustado, notó que Tres estaba tirado en la vereda, inconsciente y herido en la nuca. Dos sacó su revólver, miró hacia atrás y hacia adelante… del suelo surgió una bruma que se plantó frente al bandido e imitó su rostro. Dos gritó y disparó. Escuchó ladridos que se convertían en risas humanas, parecía ser su propia voz. Siguió disparando, idiotizado, hasta que se le agotaron las balas. Entonces cayó de rodillas y se meó en los pantalones. Levantó la mirada… lo que vino a continuación fue un golpe fortísimo que le impactó en la sien y le hizo ver estrellas.

Los ancianos llegaron pocos minutos después, avisados por la policía. A pesar de que les dijeron que se habían extraído varias cosas valiosas de su mansión, ellos se mostraron bastante tranquilos. Nada más deseaban acabar con las formalidades del caso para poder descansar aquella tarde. Los maleantes eran llevados por los agentes de la ley, balbuceaban algunas palabras ininteligibles. Los policías los ignoraron y los subieron a la patrulla. El perro que cuidaba la casa estaba junto a sus dueños. El anciano le acarició la cabeza y dijo:

—Buen trabajo, muchacho. Nos llegaron a robar, por ende, lo pagarán caro, con la cárcel.

El can (cuyo nombre era Colón, pues tenía un rabo grande, con forma peculiar, como un plumero) pareció guiñarle un ojo, ladró, sacó la lengua y movió la cola; acto seguido se giró y volvió al jardín; tenía una postura briosa e imponente, cual vigilante leal y extraordinario.

 


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Director de la revista Argonautas y del fanzine El Horla; miembro del comité editorial del fanzine Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010); y el relato El otro engendro (2012). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

 

 


Foto portada: https://pxhere.com/es/photo/493958

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