Colores cálidos | Galo Atiaga Galeas

Galo Atiaga Galeas

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

“Buenos días, en el refrigerador encontrarás comida fresca, en el cajón del velador está la llave del cuarto que tiene la ventana grande, no entres allí hasta cuando el atardecer esté cerca, seguro nos encontraremos en la noche. Que tengas un lindo día. Con cariño, Alfonso”.

Terminó de leer el extraño mensaje pocos minutos después de despertarse; lo encontró sobre el velador junto a la cama, no tenía idea de quién era Alfonso, aunque la caligrafía escrita en tinta negra le resultó familiar. Estaba terriblemente confundido. Sentado en la cama con el papel en sus manos miró alrededor: era una habitación sencilla y pequeña con piso, paredes y techo de madera; había una ventana en la pared frente a la cama y otra en la pared a la derecha; ambas tenían vidrios y mallas finas de las que se colocan para evitar el ingreso de los insectos y carecían de cortinas. La ventana de la derecha estaba abierta y permitía que un viento ligero entre al cuarto. Posiblemente aquella brisa fue la que le había despertado. Junto a esa ventana estaba un ropero con las puertas cerradas. En la pared de la izquierda vio una puerta medio abierta. La cama tenía una sábana blanca que forraba el colchón, otra del mismo color con la que seguramente se había cubierto mientras dormía y una almohada con forro igualmente blanco. El velador con un solo cajón estaba al lado izquierdo de la cama: sobre él estaba una lámpara rústica y una pluma con la que, pensó, se habría escrito la nota. Arriba del velador colgaba en la pared un pequeño espejo; junto al velador un cesto que parecía un basurero… Sintió angustia, no tenía la menor idea del lugar en donde se encontraba…

Se quedó mirando la nota, tratando de recordar quién era Alfonso, nada aparecía en su mente, tomó la pluma y garabateó en la parte posterior del papel que tenía el mensaje: era tinta negra y reconoció que con ella se había escrito la nota. Dejó la hoja y la pluma sobre el velador y se levantó para mirarse en el espejo. En él miró a un hombre con suficientes arrugas como para ser un octogenario, aunque era de raza blanca tenía la tez morena por efecto de varios años de vivir en un clima soleado. Miró su cabello completamente blanco y algo ondulado que caían hasta pocos centímetros sobre los hombros. Se llevó la mano derecha a la quijada para sentir su barba llena de canas. Vestía una camiseta blanca que tenía unas extrañas manchas amarillas y naranjas y un cómodo pantalón también blanco. Se quedó mirando sus ojos en el espejo. Por varios segundos se enfocó en un cuadro en el que veía sus blancas cejas pobladas y unos profundos ojos cafés queriendo reconocer a la persona que miraba en el espejo. Se pasó la mano por todo el rostro como intentando confirmar si era él quien aparecía en el reflejo, porque si no sabía el lugar en el cual se encontraba, menos aún reconocía a la persona que estaba mirando…

Se dirigió hacia la puerta en la pared izquierda, muy vacilante la terminó de abrir y se escuchó el chirriar de las bisagras en movimiento, al instante pensó si alguien más estaría en esa casa.

—¿Hola? –dijo con una voz gruesa que sonaba como de una persona más joven de lo que realmente era—. ¿Alfonso? —preguntó alzando la voz para ver si la persona que le había dejado esa amable nota y que, estaba claro, le conocía y, por tanto, le podría aclarar quién era y qué hacía en ese lugar, estaba presente en la casa…

No hubo respuesta, le resultó lógico porque en la nota decía que hasta la noche será cuando se verían. Al salir por la puerta encontró un espacio algo más amplio que la habitación donde había dormido, conformado por una pequeña mesa redonda con dos sillas con un florero con jazmines frescos. Había una ventana similar a la del cuarto frente a la cama, aunque del doble de tamaño y sin malla. Cerca de la mesa había un espacio para cocinar, tenía el refrigerador mencionado en la nota y un mesón con cuatro cajones y dos puertas en la parte inferior. Sobre el mueble estaba una cocineta de dos hornillas, en el espacio restante del mesón había una canasta con una mano de plátanos verdes de la que observó que se habían arrancado dos de ellos; junto al cesto había una papaya pequeña y un melón, todo se veía fresco; a la izquierda del mesón estaba un mueble con un fregadero y un escurridor de platos. Concluyó entonces que la mesita con el florero era un comedor. En el lado contrario a la pared de la ventana había una puerta grande cerrada que la identificó como la puerta principal de la casa y, al lado opuesto del cuarto de donde salió, había otra puerta también cerrada. Se preguntó si esa puerta estaría con llave por ser “el cuarto que tiene la ventana grande”. Caminó hacia la ventana del comedor y se quedó impactado con el paisaje: la belleza que tenía frente a sus ojos le permitió aliviar en algo su ansiedad, aunque seguía sin saber en dónde estaba, se tranquilizó pensando que en un lugar tan apacible no podía correr peligro; no sabía quién era ni en dónde estaba, pero dejó de pensar en tan terrible problema mientras contemplaba un soleado día con la inmensidad de un mar azul-turquesa frente a sus ojos…

Se dirigió hacia el refrigerador seguro de que hallaría la comida mencionada en la nota. Lo abrió y encontró una jarra llena con agua, seis limones y tres filetes blancos en un recipiente de vidrio; los tomó y se los acercó a la nariz para confirmar que eran de pescado. Con el aroma de la comida se le hizo agua la boca, tenía hambre. Le pareció lógico, porque por la posición del sol que observó por la ventana estimó que ya había iniciado la tarde, así que inmediatamente pensó en preparar y cocinar el pescado: sazonaría los tres filetes, se comería uno ese momento y dejaría dos para cenar con Alfonso, quien quiera que sea, había tenido la gentileza de dejarle esa nota que, en medio de la desorientación en la que se encontraba, era la única brújula que lo podía guiar. Pensó también en salir de la casa después de comer y preguntar a alguna persona que encuentre si lo conocía a él, si tal vez conocía a algún Alfonso, pero dudaba de aquella idea porque al mirar por la ventana no vio a personas en la playa y tampoco casas cercanas; además en su frágil condición en la cual no recordaba ni quién era, tal vez sería peligroso hablar con desconocidos: por ahora el único “conocido” que tenía era el tal Alfonso. Mientras intentaba encontrar algo de lógica a su situación, seguía preparando el pescado con los limones y condimentos que encontró apenas abrió el primer cajón del mesón. El cuchillo para partir los limones lo tomó del segundo cajón; agarró dos plátanos verdes y los cortó y aplastó sobre una tabla con un mazo que también estaban en el segundo cajón. «¿quién será Alfonso?», se preguntó mientras continuaba con su labor en la cocina: «seguramente Alfonso sabe de mi condición, debo tener una especie de pérdida de memoria…», continuó pensando intentando encajar las piezas del complejo rompecabezas en el que se encontraba. Sacó dos sartenes del tercer cajón y tomó aceite de oliva de uno de los estantes que estaban en las puertas bajo el mesón. En una sartén prepararía los patacones y en la otra el filete de pescado que se serviría. Preparando los alimentos era como un pez en el agua; entonces se percató de que todos los ingredientes y utensilios de cocina que estaba utilizando en su preparación, los había tomado sin dudarlo del sitio donde se encontraban, miró nuevamente a su alrededor y todo le pareció más familiar, en su mente apareció todo más claro, esa era su casa…

Mientras terminaba de freír los patacones, partió un pedazo de papaya que se serviría como aperitivo, tomó dos platos, un vaso y cubiertos del cuarto cajón, colocó los pedazos de papaya en uno de los platos y el pescado con los patacones en el otro, llenó el vaso con el agua helada y se sentó para comer, aunque seguía sin saber quién era. Se sintió feliz por disfrutar de ese momento, además su mente se iba aclarando poco a poco, estaba seguro de que estaba en su casa. Tal vez en el transcurso del día, seguiría recordando cosas: quizás su problema de memoria no era tan grave, en todo caso cuando Alfonso llegue en la noche seguramente las dudas que persistan quedarían solventadas. Antes de empezar a comer se acercó para percibir el aroma de los jazmines: el delicioso olor le provocó otra revelación que le hizo abrir sus ojos marrones, mientras sintió en su pecho cómo el latir de su corazón se aceleraba con intensidad, él tenía un hijo. El recuerdo apareció claramente en su mente. Caminaban juntos por la playa hacia una casa de madera. Al llegar a la entrada había un jardín de jazmines en el cual era imposible pasar inadvertido el perfume de las flores. Su hijo tomaba dos jazmines y entraban a la casa. Corrió hacia la puerta principal y la abrió con seguridad de lo que encontraría. El aroma de los jazmines invadió su olfato y se sintió feliz de que su mente siga refrescando recuerdos, Alfonso tenía que ser su hijo…

Regresó al comedor y se sirvió la comida que había preparado. La emoción de sus recientes descubrimientos seguía viva; mientras degustaba el plato, recordó claramente el rostro de su hijo, era muy parecido a él. Volvió a recrear en su mente el recuerdo del paseo en la playa buscando evocar más detalles; cada vez estaba más convencido de que su problema de memoria era algo pasajero, ansiaba que llegue Alfonso para que le termine de aclarar sus dudas. Con los intensos sentires que había pasado en aquel día, había pasado por alto un detalle de la nota: el cuarto de la ventana grande miró por la ventana del comedor y calculó que faltarían un par de horas para la puesta de sol. Por una hora se dedicó a varias tareas en su casa, lavó la vajilla y los utensilios que utilizó; guardó los dos filetes sazonados en el refrigerador, los patacones que había hecho de sobra los puso en un plato cubriéndolos con una servilleta, aunque no estaba sucia; limpió la ventana del comedor; salió al jardín y regó sus jazmines; allí se quedó un momento intentando rememorar más recuerdos de su hijo. Regresó al dormitorio y tendió su cama, todo ahora le resultaba familiar. Abrió el cajón del velador, la llave del cuarto estaba sobre unas hojas en blanco. La tomó y caminó hacia el cuarto que se encontraba al lado opuesto del dormitorio. Abrió la puerta. Se quedó absorto mirando lo que encontró en el cuarto. Encendió la luz para ver mejor: además de la ventana grande había un completo taller de pintura. Aún parado en la puerta recorrió con la mirada las diferentes pinturas que estaban en lienzos sin marcos y los materiales que utilizaba. Pronto reconoció que ese era su taller. Él, además de buen cocinero, era pintor, sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas de felicidad pura, caminó directo hacia el caballete que estaba junto a la ventana grande sin malla y con un cristal tan limpio que parecía no estar allí, el cuadro en el caballete era un atardecer inconcluso; entonces entendió la sugerencia de Alfonso, llegó justo a tiempo para terminar el cuadro al óleo, tomó la paleta donde predominaban colores cálidos como las manchas en su camiseta, mientras pintaba el atardecer; la emoción se expresaba con lágrimas fluyendo y certeros paletazos sobre el lienzo, mientras vivía con intensidad su pasión en la pintura, deseaba con toda su alma olvidarse de cualquier cosa, menos de pintar…

Terminó su pintura apenas unos minutos antes de que el sol se sumerja en el extenso mar. Se sintió satisfecho con su obra de arte. Ansiaba que llegue Alfonso para mostrarle su cuadro concluido. Tras mirar varios minutos el atardecer pintado se acercó para firmarlo como todo buen pintor. Entonces se detuvo. Aún no recordaba su nombre, pensó inmediatamente que sería sencillo averiguarlo, en sus demás cuadros estaría escrito, se acercó a la mesa donde estaban los lienzos pintados: el que estaba sobre todos era la pintura de un jazmín; lo retiró porque se percató que bajo esta pintura estaba un retrato. Era el rostro de su hijo, tal como lo había recordado en su mente, casi igual a él, pero unas tres décadas, más joven. Miró la firma en la esquina inferior derecha y su corazón le dio un vuelco. Miró la misma caligrafía que había visto en la nota: el nombre en la firma era Alfonso. Entonces terminó de recordar, su amado hijo había fallecido hace un par de años. Antes de morir vivía con él en esa misma casa y era quien lo cuidaba considerando sus problemas de memoria, desde la muerte de su hijo, Alfonso cuidaba de sí mismo y disfrutaba de su casa, de su comida, de su jardín, de su inmenso mar, de sus pinturas… y de descubrirse cada día…

Alfonso firmó el cuadro y sonrió, no cualquiera puede seguir cultivando sus pasiones a pesar de su avanzada edad y de sus complicaciones de memoria. Cerró su taller con llave. Se dirigió al jardín y tomó dos jazmines que cambió en el florero del comedor, ya que estos iban perdiendo su aroma. Sintió gratitud al recordar nuevamente a su hijo. Caminó hacia su dormitorio. Rompió la nota que había encontrado al despertarse y arrojó los pedazos al basurero. Entonces se percató que había más papeles rotos en él, no los revisó. Abrió el cajón del velador para tomar una nueva hoja en blanco, con la pluma de tinta negra escribió:

“Buenos días, en el refrigerador encontrarás comida fresca ya sazonada, en el cajón del velador está la llave del cuarto que tiene la ventana grande, entra allí cuando tu corazón esté tranquilo, no te desesperes, todo está bien, seguro más tarde nos encontraremos. Que tengas un lindo día. Con cariño, Alfonso”

 

 


Galo Atiaga Galeas. Quiteño de 40 años, ingeniero de profesión, amante de la naturaleza, escritor, profesor, montañista, pianista, corredor, poeta y loco… y feliz…

 


Foto portada: https://pixabay.com/es/photos/pinceles-pintor-taller-cuenco-3129361/

 

Un comentario en “Colores cálidos | Galo Atiaga Galeas

  1. Un cuento muy bello, al principio juega con la mente tratando de imaginar quien era Alfonso y vaya sorpresa saber que se trataba de la misma peesona. La mente sigue siendo un misterio.

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