Una vida carente de amor: “Serotonina” de Michel Houellebecq | Josette Burgaentzle

Josette Burgaentzle

 

El polémico autor francés, Michel Houellebecq, nos entrega su última novela, Serotonina (Anagrama, 2019), que desde ya es un éxito de ventas con su segunda edición lanzada en el mismo mes de su presentación inicial.

La sencilla portada del libro, que nos muestra un globo ensartado por un clavo, es el primer guiño para el lector de lo que encontrará en las páginas que está por leer. Aquel globo que parece a punto de estallar, apuntalado y presionado al máximo, y, sin embargo, aún intacto, magnetizándonos a la espera del estallido final, representa al protagonista de esta historia y a la sociedad occidental del siglo XXI.

Florent-Claude Labrouste tiene 46 años, odia su nombre y su vida se ha reducido, en gran parte, a ingerir Captorix. Cada mañana, tras experimentar el alivio sin alegría que le produce fumar dos o tres cigarrillos, toma la ineludible pastilla. Gracias a Captorix, una nueva generación de antidepresivos que favorece la liberación de serotonina puede cumplir con las tareas básicas de la cotidianidad. El hecho de que los efectos secundarios incluyan la desaparición de deseo sexual parece importarle menos que la náusea que puede llegar a sentir. Y es que, Florent comprende perfectamente que Captorix no es un sustituto de la felicidad, no es una garantía de bienestar ni la eliminación de la depresión. La cápsula es simplemente una herramienta que le permite moverse de un día a otro.

Con un estilo simple, fluido y eficaz, en el que se destacan la puntuación de largas oraciones y rápida lectura, una división de capítulos que juega con la disparidad de longitud, y la ruptura de la división clásica de diálogos, ya que muchos están incluidos en los párrafos, Houellebecq nos guía en un recorrido por el pasado y el presente de su protagonista.

A pesar del impulso diario otorgado por el Captorix, Florent es un islote aislado, egocéntrico, incapaz de mantener relaciones duraderas. El viaje final de este hombre alejado de una sociedad que lo ha moldeado y a la cual repele, arranca tras su separación de Yuzu, su última relación sentimental. Tras huir de su amante japonesa, abandonándola sin explicaciones, dejando su departamento y renunciando a su trabajo en el Ministerio de Agricultura francés, Florent-Claude emprende una vida lenta, marcada por un presente que carece de motivaciones, y que no explota únicamente por la inercia. Con el pasar de los días, mientras su mente oscila entre el ayer y el hoy, Florent hace un recuento de su pasado y los amores que lo habitaron. Este desapasionado cómputo sentimental lo lleva a buscar reencontrarse con su único amigo, un aristócrata que lucha por sobrevivir de la ganadería y que lo introduce al mundo de las armas, y con Camille, su verdadero amor. Aquel amor que, de haber permanecido a su lado, hubiera transformado su existencia en algo distinto, en algo que valiera la pena.

Localizar a Camille y tratar de introducirse en su vida, aunque sea de manera empática y brutal, estimula temporalmente a Florent-Claude, hasta que se da cuenta de que su destino está sellado; la desventura es inalterable y nuca podrá recuperar lo perdido. Los años transcurridos le dejan sólo reducidos momentos de alegría, efímeros parpadeos de felicidad.

Tampoco el futuro le aporta a nuestro protagonista emoción alguna. El Captorix lo ha vuelto impotente. La crudeza con la cual Houellebecq encara el tema sexual no lo exime de su importancia. En una sociedad que nos empuja a ser empoderados, que ensalza las aventuras pasajeras y nos bombardea con referentes sexuales, impulsándonos a satisfacer nuestra necesidad de lujuria una y otra vez y sin implicar sentimientos, Florent-Claude no puede hallar salvación ni siquiera en el sexo.

El Captorix también lo ha vuelto ansioso, casi paranoico, y en su batalla contra el estrés y la melancolía, ha elevado el cortisol en su organismo a niveles tóxicos. Tanto que, de seguir así, su médico le pronostica la muerte: un fallecimiento causado por la pena. Y Florent-Claude acepta aquel final sin alterarse; el desánimo y la amargura se han instalado en él desde hace mucho tiempo. Entre cálculos ecuánimes, indiferentes, planea despilfarrar su dinero en los meses durante los cuales todavía tiene pastillas antidepresivas para después caer al vacío. La muerte se impone casi generosamente.

Serotonina plasma ásperamente el tiempo en el que vivimos, una época en la cual la depresión dejó de ser el efecto causado por un dolor puntual, por alguna insufrible tragedia, para convertirse en una compañera constante que nos envuelve y nos desvincula del resto de seres humanos. La cómplice que nos acompaña hacia una muerte lenta, paulatina y abandonada, y que, como la de Florent, no se quiere evitar.

La novela es, asimismo, el espejo de una sociedad atrapada en la paradoja de aquel ‛políticamente correcto’ de la individualización que llega a homogenizar, abierta en extremo a la amoralidad y la inconciencia. Un aglomerado humano que se crea, de la misma forma que nuestro personaje principal, una realidad particular, casi delirante y aferrada a su propia victimización.

Cínico y controversial, considerado machista y radical por muchos, Houellebecq despierta tanto admiración como rechazo. En cualquier caso, es innegable su talento para poner el dedo en la llaga de la humanidad, al igual que su visión casi profética: en Sumisión (2015) auguró atentados como el de Charlie Hebdo y ahora, en Serotonina, habla sobre levantamientos campesinos frente a la policía, que nos llevan a pensar inmediatamente en los ‛chalecos amarillos’. Y, a pesar de que resulta difícil sentir empatía hacia Florent-Claude, con su personalidad misógina, xenófoba y egoísta, es imposible no admitir que, con su modo sarcástico y descarnado, ilustra la insatisfacción de gran parte de los residentes del mundo actual; un mundo de serotonina aletargante y de cortisona infecciosa.

“Es un comprimido pequeño, blanco, ovalado, divisible.

No crea ni transforma; interpreta […] Por lo tanto, ayuda a los hombres a vivir, o al menos a no morir…, durante un tiempo”.

 


Josette Burgaentzle M. es diseñadora gráfica de profesión, artesana de vitrales por afición y fanática de la literatura —especialmente de la ciencia ficción y la fantasía. Su primera novela, Los viajeros de las Gemas Sagradas (Nobel Editores), ganó una mención de honor en 2018 en el premio Darío Guevara Mayorga. Reside en Quito, junto a su esposo y sus dos gatos, inseparables compañeros durante sus jornadas de escritura.

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