Soledad | Rafael Roque Rebaza

Rafael Roque Rebaza

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

No cerró los ojos durante toda la noche, al igual que la noche anterior, no tenía intención de hacerlo. No podía. Por más que lo intentara siempre afloraba, una y otra vez, el recuerdo. Las mismas imágenes iban y venían dejando una sensación de felicidad que lo consumía por dentro, por lejanas, por ausentes. Juró que no iba a llorar, que no derramaría otra lágrima y que, por el contrario, bebería el aguardiente que le costó solo una moneda.

Recto, con los brazos pegados al cuerpo mira el techo color blanco. No busca nada en especial, no sabe ni siquiera por qué tiene los ojos abiertos. ¿Puede acaso cerrarlos sin ver sus rostros? El dolor lo tiene instalado en el pecho, muy al fondo, muy profundo. Siente crujir su estómago, pero no distingue si es hambre o es la dolencia que se extiende por todo el cuerpo. No puede aventurarse a comer y advertir que no es el apetito lo que lo aqueja, prefiere la duda, la incertidumbre.

Se animó a cerrar los ojos sin importarle los futuros recuerdos. Los cerró suavemente como esperando algo, pero un ruido lo distrajo. Un ruido inesperado y, por primera vez desde el accidente, su atención cambió por un instante. Levantó la cabeza un poco –solo un poco, no deseaba perder la posición que asumió hace unos instantes– y el ruido se repitió en menor grado. Se sentó sin apoyar la espalda contra la cabecera de la cama. Incómodo acercó el pico de la botella a sus labios, sorbió un poco y sintió que se le encendía el paladar, la calentura descendía por la garganta hasta quemarle el estómago, provocándole un embustero calor que lo envolvía, lo abrazaba. Luego en su rostro se formó un gesto de asco, como si probara por primera vez ese aguardiente.

Los pies de la cama apuntan al baño, a la derecha la puerta abre paso a un pequeño pasadizo que finaliza donde estuvo el cuarto de juegos, al lado está comedor y hay tres sillas negras silenciosas que aguardan sentirlos otra vez. No quiere levantarse y caminar por donde alguna vez fue feliz, donde sus pisadas, ahora cansadas, compartieron saltos y besos, ¿me amas?, abrazos y algún secreto, ¿quieres jugar?, donde no necesitó si quiera pisar porque flotaba.

Se levantó y buscó sin éxito sus zapatos –está todo tan desordenado–. Caminó hacia la puerta del baño imaginando que de ahí provenía el inusitado ruido -de dónde más podría venir, pensó-. Abrió la puerta con desdén y encendió la luz. Una silueta pequeña, muy pequeña, oscura, casi una sombra, se debatía entre estar o no en el percudido retrete. Cerró mecánicamente la puerta sin apagar la luz. Es al parecer un roedor, aunque en realidad no pudo distinguir qué era y solo guardó el recuerdo de una imagen diminuta nerviosa luchando por su vida. Quedó intranquilo y el miedo regresó a su cuerpo.

Había perdido la sensación de miedo hace bastante y solo sentía un dolor ebrio todos los días. No temía andar por las calles más peligrosas de la ciudad ni desafiar vehículos en las vías rápidas o caminar en las alturas de los edificios, incluso vivía esperanzado que algún día sus provocaciones serían atendidas, pero ni las pastillas ni los cortes dieron resultado, la muerte simplemente le era adversa. Ahora estaba en casa, a media botella de convulsionar por el recuerdo, el ruido y el miedo otra vez. Terrible estremecimiento que debía sacarse de encima. Le temía a la sombra ahora encerrada.

Se sentó al final de la cama y levantó ambos pies. Miró fijamente el cuarto de baño. Es medianoche y hay poco ruido en la calle por ser lunes. Al otro lado de la puerta se escucha caer un vaso que alguna vez tuvo cepillos y pasta dental. El vaso es de vidrio y está hecho añicos. ¿Se habrá cortado el roedor hasta desangrarse? ¡Pum! Golpe seco en la puerta de baño. Retrocedió hasta el respaldar de la cama y se calzó los zapatos –pensó que no hay nada más trágico que enfrentar momentos de crisis descalzo–. El animal se movía, lo sabía por la sombra que interrumpía el hilo de luz que sobresale por la ranura de la puerta. ¿Querrá pasar por debajo? Recordó que existen roedores extremadamente flexibles. En cambio, no recordó cómo llegó esa idea a su cabeza, quizá vino de tiempos mejores.

Se levantó y salió de la habitación hasta la cocina. Recorrió el comedor y se percató que el piso está extremadamente sucio. Trató de no observar ningún rincón donde se escondió o contó hasta diez, ver que en la dispensa hay galletas de chocolate echadas a perder o recordar que en el horno en algún momento se cocinó un pastel. Intentó, como si fuera posible, no mirar los cuadros de fotos, las tres siluetas, las tres sonrisas, las tres ausencias. Tres. En la cocina las cucarachas se sienten invadidas con su presencia y comienzan a esconderse por detrás de las losetas. Busca agua caliente en la tetera, pero no hay, debe entonces esperar el silbido de las mañanas y tardes, del colegio y el lonchecito, siempre pan con mantequilla o mermelada, por favor.

Sirvió y el humo cubrió el sucio tazón. Regresó lentamente y se acercó a la puerta del baño de su dormitorio con desconfianza, como pensando sus pisadas. Observó cuidadosamente el hilo de luz, la sombra pequeña que iba de un lado a otro y cuando la creyó tener cerca vertió con furia el agua caliente por debajo de la ranura. El silencio se apoderó nuevamente de la habitación. El hilo de luz dejó de ser interrumpido. ¿Habrá vencido a su enemigo? ¿Es acaso una victoria?

Se sentó al pie de la cama con las piernas recogidas y los zapatos puestos. Abrazó sus rodillas para sentirse menos incómodo y no dejó un solo instante de observar la puerta de baño y el hilo de luz que no se interrumpía. Luego de varias horas sintió sueño -después de tanto- y bostezó hondo. A pesar de ello no cerró los ojos durante toda la noche, al contrario, prefirió beber el aguardiente que le costó solo una moneda y hacer el gesto de asco de siempre, como si fuera la primera vez.

 


Rafael Roque Rebaza. (Lima-Perú, 1982). Periodista en Grupo El Comercio. Publicó el libro de cuentos En nombre del padre y otros cuentos en 2005, el cual obtuvo una mención honrosa en el premio nacional Felizh 2012.

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/glass-desktop-drink-bottle-food-3331221/

 

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