Siempre de azul | María Dolores Cabrera

María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Un balcón estrecho y enrejado. Una silla mecedora que casi nunca está quieta. Un paisaje en el que veo, detrás de un caserío muerto con paredes saturadas de grafitis y viviendas miserables, un pequeño bosque de árboles con troncos delgados y altos que mecen sus hojas como evitando acariciar las nubes para no dañarlas. Sin embargo, me parece que estas se mueven despacio y las esquivan. Se asemeja a un juego lento y aburrido, pero juego al fin. Una corriente de aire me levanta el cabello que ya casi me cubre el final del cuello. Aquí me han dicho que, si deseara cortármelo, lo harían con un muy buen peluquero al que llaman y viene al establecimiento. Pero les digo que no, que quiero tenerlo así, algo largo para que el viento lo mueva un poco cuando estoy en el balcón. Eso me gusta, pero, además, para que no miren la cicatriz de mi cuello y no especulen.

Me dicen reiteradamente que, si deseo, puedo bajar al patio, que el sol me hará bien. Ahí hay bancas y caminitos de azulejos de color naranja que forman senderos en el centro del jardín. Pero prefiero mi balcón porque aquí estoy solo y no me agrada la gente con la que tengo que tratar abajo. Son desagradables, cada uno con una historia más patética que otra. Sin embargo, todos tenemos igual vestimenta de color marrón pálido. Parecen sombras de mí mismo, moviéndose, caminando sin sentido, sin un objetivo concreto que los conduzca a alguna parte, como si estuvieran dentro de un laberinto cuyo único propósito fuera ir y volver. Parece como si solo quisieran tocarse unos con otros, sentir un brazo ajeno al pasar. Un ser topando a otro como si fuera casualidad, como si ese roce fuera imprevisto, accidental, para entonces pasar de largo y luego regresar por el mismo camino y volverlo a topar sin mirar siquiera la cara, ni los ojos del otro ser, de ese doble que pasa cerca y cuyo calor de piel humana se puede sentir. Aquí todos somos entes, almas refugiadas, aisladas de un mundo absurdo, torpe y conflictivo, confuso y errado.

Confieso que de vez en cuando, he bajado. Realmente lo he hecho muy pocas veces desde que llegué a este lugar. No sé si de aquello son ya unos nueve meses. ¿Diez? Prefiero no llevar la cuenta y no preguntar. Evito salir al jardín, excepto cuando siento que necesito caminar, mover un poco las piernas porque las siento ya amortiguadas y entumecidas, pero los miro y me invade un miedo que me produce náuseas, entonces regreso súbitamente al refugio de mi cuarto.

Pero ahora, no lo haré, me quedaré en esta habitación que se ha convertido en mi único mundo, en mi única realidad. Aquí no escucho ruido y eso es bueno, muy bueno porque cuando salgo, no suelo soportar que alguien grite, no resisto los alaridos, ni los llantos, ni las crisis de histeria porque mi locura se despierta y dispara mi deseo de volver a apretar los dedos de mis manos sobre una garganta humana.

Me levanto de la silla mecedora y entro al cuarto. Paso frente a mi lecho y tomo la historia clínica que cuelga de una agarradera al pie de la cama. Hacer esto se ha convertido ya en un acto mecánico para mí, en una obsesión, en una costumbre rutinaria que no tiene razón de ser pero que es. La tomo una vez más y la leo de nuevo. Lo hago tres o cuatro veces en el día. Dice: “Nombres: Julián Augusto. Apellidos: Páez Cárdenas. Edad: 55 años. Estado civil: Divorciado”. Continúo repitiendo uno a uno los números que conforman mi cédula de identidad y después sigo: “Diagnóstico: TMG, con brotes psicóticos, manifestaciones de existencia de trastorno bipolar, depresión severa y rasgos esquizoides”. Me río.

He preguntado muchas veces qué es TMG y el mismo número de veces, me han respondido que esas siglas significan: “Trastorno Mental Grave”, pero no logro asimilar la razón, el motivo, el principio o el fin de la existencia de esos monstruos, demonios o engendros malignos que viven en los cerebros de las personas como yo, degustando de nuestra masa encefálica. Cierro la carpeta de plástico y me siento en la cama. Abro el cajón del velador de madera y saco el cuaderno de cien hojas (no es lo mismo hojas que páginas) que aún está incompleto y mi lápiz, los únicos objetos que ahora amo y amaré mientras viva. Tengo otros dos iguales que ya están llenos y que permanecen guardados en la puerta inferior del velador. Me levanto y salgo de nuevo al balcón enrejado. Me siento en la silla y comienzo a escribir. Página setenta y dos, las enumero siempre a todas y prosigo con la escritura que no para, que se plasma en ideas que me nacen en la mente como las burbujas del agua cuando está en ebullición, el hervor me desciende por los brazos y al llegar a las manos, se abren paso por los dedos, se filtran por el lápiz y se riegan, se incrustan en el papel como letras que se enlazan, quedan fijas y me miran. Yo las veo e idolatro.

Esta vez, es el cuento del momento en el balcón. Solo eso.

 

“Un cuento sin principio, sin desenlace y sin final. Un cuento ubicado en un momento que no pasa, que es estático, inamovible. Incrustado en medio de un instante quieto donde el silencio y el sonido, son la única razón de existir. La lucha. La batalla más ardiente y la más gélida. Yo ahí, etéreo e irreal, aliado del silencio mientras el mundo se aferra al sonido, a las voces mudas que gritan, a los alaridos fuertes que se ahogan, a la bulla sorda que hace la gente al caminar, a los estrepitosos pasos estancados que no avanzan pero que suenan inmundos y crueles, estruendosos de prosperar sin tiempo, sin camino para andar.

El odio se cristaliza. Se triza como caramelo y amenaza con estallar, con dividirse en cien pedazos. El odio por el ruido me lastima con sus bordes puntiagudos. Ya no quiero en mi cabeza los susurros, ni los truenos, ni los ecos. Ya no quiero escuchar nada en el aire del desierto, ya no quiero oír las quejas sumergiéndose en el mar.

Quiero fusionarme en el silencio que circunda las estrellas, compactarme en el mutismo de la nada, reposar en la afonía del abismo”

 

De pronto, hace un poco más de frío y veo entre los barrotes, a las hojas de los árboles que se agitan por un viento inesperado que me alerta, me previene acerca de la presencia de alguien.

«Ya viene», me dice, «la brisa» y suspendo lo que escribo. Entra Magdalena con uniforme azul y zapatos de goma. Trae un vaso con un agua amarillenta, tibia y semidulce y un frasco de vidrio lleno de píldoras. Pone todo sobre la mesa de noche y luego, se acerca lentamente hasta el balcón bordeado de rejas para decirme con voz angelical:

—Don Julián, es la hora del té y la medicina.

Yo la miro tan agraciada, tan vulnerable. Se parece a Irene cuando era joven. Ella, mi exmujer, tenía una mirada similar, esa mirada cruelmente bondadosa de quien brinda al desvalido, cuidado y caridad.

Obediente, me levanto de la mecedora y la muchacha me extiende la mano. Le entrego mi cuaderno y entro con ella. Magdalena lo guarda en el cajón del velador.

—Escribe tanto, Don Julián que ya va a tener suficiente material para publicar un libro.

—¿Usted lo cree, bonita?

—Sí, claro. Pero algún día me va a leer o al menos me va a contar qué tanto es lo que anota en esas páginas, ¿verdad?

Yo sonrío halagado de que alguien se interese en lo que hago.

—Solo escribo acerca de lo que lo que se siente en medio de los instantes infinitos. ¿Usted sabe, Magdalena, que existen instantes infinitos?

—No. No me imagino porque si son solo instantes ¿cómo pueden ser infinitos?

—Pues porque el tiempo no existe, linda.

No me hace caso.

—Bueno. A ver, tómese la medicina y dígame si desea salir por un rato a la sala de televisión.

—No. No, ahí están los locos —la mujer de azul ríe—. ¿Usted sabe que se parece a Irene?

—Sí. Me ha dicho eso muchas veces, Don Julián.

—¿Y que a pesar de todo lo ocurrido, es con su dinero con el que se paga este costoso lugar?

—Sí, Don Julián.

—Además, preciosa, usted está al tanto de que odio el ruido, ¿no es así?

—Así es —dice mientras arregla las sábanas y retira el cubrecama para que me acueste—. En una media hora le traigo la cena.

La observo mientras acomodo un mechón de mi pelo largo. Con él, cubro la cicatriz que dejó en la base de mi cuello, el horrendo rasguño con el que Irene intentó defenderse.

Una tarde más, una noche más. Habrá un amanecer más, un día más pero no habrá una vida más.

Espero que la chica de azul, siempre de azul, salga y cierre la puerta por fuera. Entonces, saco nuevamente el cuaderno del cajón del velador. Ya no es la hora de escribir. Es la hora de leer y con esta, son exactamente cuatrocientas setenta y dos veces que lo hago:

“Un cuento sin principio, sin desenlace y sin final…”

Lo escribí por primera vez, en la primera página de mi primer cuaderno de cien hojas, justo en aquel instante infinito antes de estrangular a la hermosa de Irene porque hacía mucho ruido. Irene, se parece tanto a Magdalena, con la diferencia de que ella es silenciosa, no grita, no se exalta, no hace bulla y espero que nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia y por ninguna razón, lo haga.

 

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, nos entrega De nuevo tus ojos, un segundo libro, también de 12 cuentos. Es más reciente su novela: Te regalo mi cordura.

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/portrait-man-old-old-man-senior-2734321/

 

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