Memorando | Felipe H. Racines

Felipe H. Racines

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

¿Qué fue, ve? A los tiempos que hablamos. ¿Cómo que quien soy? Yo, pues.

Simón, el mismo de siempre. ¿Que ya no te acuerdas de mí? ¿Tanto tiempo te fuiste? ¿Alguna vez regresaste? Yo si me acuerdo de vos. Me acuerdo de la tarde en que te conocí. Nos acurrucamos en la butaca de un cine a ver porno con actores vestidos y que se penetraban con espadas y balas. Y nuestros dedos se transformaron en pequeños puñales que dejaban caricias que tardarían demasiado en cicatrizar. Aún tengo algunas heridas abiertas. ¿Te acuerdas de cuando nos trepábamos a los postes a romper las luces rojas de los semáforos con la vaga esperanza de que esta puta ciudad se incendiara de una vez por todas con toda la furia que se guardan en los picos esos pájaros que han cambiado las jaulas por los autos? Me acuerdo también de esa noche cuando nos fuimos a dar una vuelta en el gusanito, a cagarnos de risa de las piernas escuálidas de la gente que caminaba volando cometas con las pestañas.

¿Te acuerdas que siempre me invitabas los sábados a nadar en la olla de sopa fría de tu abuelita, alma bendita; y apostábamos (no sé cuánto) a ver quién aguantaba más tiempo sin respirar estando sumergidos en la piscina de nuestros cuerpos? Y tantas veces que nos íbamos a comer espumilla en los cementerios, y me decías lo mucho que te gustaba recostarte sobre las lápidas porque era el único espejo que te decía la verdad. Nos besábamos dando tumbos por entre los nichos, como quien se pasea entre condominios, buscando casa propia. Una casita eterna, llena de voces de vientos amargos, con vecinos silenciosos, con calaveritas en las paredes y florcitas de amapola.

Me acuerdo cuando me regalaste una nueva máscara para colgarle adentro del clóset, junto a mi viejo uniforme del colegio y los sombreros de mi hermano. Me encantaba esa máscara porque era la primera que tenía una mueca parecida a una sonrisa. Me dijiste que solo la usara cuando estuviese contigo. Que las otras máscaras, esas que parecían caras de cucos y servidores públicos, de abogados del diablo, de asambleístas cirqueros y payasos jubilados; debía usarlas solo cuando estuviera solitario en la jungla de los normales, donde nadie vale nada si no tiene horizonte, ni brújula ni las profundas ansias de fingir y copiar vidas ajenas. Y cogimos la mala costumbre de chumarnos con esa ridícula dulzura que tienen los besos mal dados, esos que nos regalábamos cuando cogías el bus para irte a tu casita de barro moderna, con techos, tuberías, ventanas, chapas y tristezas modernas.

Teníamos la costumbre de robarnos los cassettes de tu tío para ahogarnos en sesiones de espiritismo mientras escuchábamos canciones de Piazzola y Jota Jota, llamando a los fantasmas de nuestra niñez. Llorando, entre humaredas, esos recuerdos febriles y toscos de la árida mano de tu papá que era tan hábil para acariciarte donde no debía y para amarte cuando oscurecía. El mismo padre que te enseñó a usar tu sexo como escoba y trapeador, bailando las canciones con las que se duermen los diablos en las pailas. Nos volvimos tan mendigos que nos subíamos a los buses a cantar pasillos surreales y monstruosos sanjuanitos, o a gritar los manifiestos del anarquismo, hasta que los pasajeros nos lanzaban unos monedazos y unos fajos de insultos y de ahí, nos íbamos a almorzar un sequito de penas con Norteño y a echarnos en el césped perlado de cualquier parque para sacarnos los gusanos de debajo de las uñas. Siempre con nuestra manía de tener charlas a blanco y negro, alargadas como sombras a contraluz, conversándonos las ganas de casarnos y adoptar cincuenta gatos y alimentarlos con pasteles hechos con niños majaderos. Y después se nos metió la idea de deslanarles a las ratas para tejer uniformes para guardias y chapas, o montarnos una covacha en El Ejido para vender ponchitos y cachivaches.

Siempre te pedía permiso para que me dejaras espiarte en tus sueños, y te veía cada vez más enamorada de las sogas y de las caídas libres. Querías convertirte en una piñata llena de lagartijas y cangrejos y ahogarte la panza con grageas recetadas por los brujos de mandil y termómetro. Me decías que tenías sueños atrasados y que solo se pasarían si te ibas a dormir por unos dos milenios. La luz de tus ojos se había tornado media confusa como los poemas que acostumbrabas a escribirme en la cama. Era raro, cada vez que te veía era como encontrarse plata en un pantalón viejo. Solo voz sabías que me encantaba usar tus senos como paraguas en los días de lluvia, y después, como un par de idiotas, empezar a ponernos apodos; me decías: “como te quiero mi shungito, mi librito de malas lenguas, mi espejito roto, mi payaso de buseta, mi guitarra sin cuerdas, ojitos de borrego, coladita de muerto, mi charquito de puntas, mi vasito de Güitig, mi tripita mishky”.

Todo iba tan bien…

…hasta que…

Hasta que llegó ese día, ¿te acuerdas? Ese bendito día en el que las nubes estaban cargadas con promesas de tormenta. Y vos, linda, tragicómica, panacea de mis males, te habías puesto un vestido de cóctel molotov para irnos a la marcha de las almas en pena, multitud de juventudes iracundas, con piedras y bombas de ira en las manos, con carteles apolillados, recorriendo el centro histórico, bajo las cruces del cristo inmolado y su mamita, La Santa Paloma. Tantas veces que nos habíamos recorrido estas callejas retorcidas. Calles de aire y de personas de mentira. Calles donde las vírgenes y las putas son vecinas y compañeras de juegos y labores. Y justo cuando íbamos llegando al palacio de los payasos de terno y corbata, frente a nosotros, se levantó una muralla de chanchos montados en caballos blancos, con escudos y almas de plástico. Jugaron a ser brujos; gritaron sus conjuros y tejieron una cortina de humo ácido que se puso a mordisquearnos los párpados y la garganta. Vos me cogiste de la mano y me obligabas, a jalones, a seguirte para seguir con la tanda de pedradas. Te solté; me quedé paralizado, invadido por el pánico, y me puse a rezar los manifiestos anarquistas, a ver si se me olvidaba que estaba por mearme del miedo en los pantalones. Te diste vuelta; me miraste como un trozo de mierda sobre la acera, y volviste a ponerme tus cursis apodos, pero esta vez usaste nombres nuevos y me decías “muévete maricón, canalla, cobarde, hijo de puta, fantasma, taza de baño, boca de tusa” y te fuiste corriendo.

A lo lejos, vi que le prendiste fuego a un trozo de franela que estaba amarrado a un pico de botella. De pronto, de entre esa espesa neblina química, como un caballero errante, uno de esos cerdos cabalgantes, llevando tolete en lugar de espada, te tumbó las ansias de vivir en un solo golpe en la nuca. Y de remate, su corcel te dio una palmadita de herradura sobre la cadera. Cuando me acerqué a recogerte del suelo, me pareció que habías cambiado de cara. Parecías un tabaco roto por la mitad y tu rostro se había blanqueado como el papel; como el alma de esa ciudad morgue que nos rodeaba. Te llevé al Eugenio Espejo a ver si te zurcían esas carnes rotas, y de una vez pregunté si podrían curarte el alma. No supieron responderme.

En la tele, los periodistas del reino daban las malas nuevas de la marcha: más de 60 heridos y 50 detenidos. Ninguno de estos era un policía. Salieron unos cuantos activistas de medio tiempo, gritando tu nombre, levantando carteles, indignados, indignadísimos ante la violencia que se te había otorgado de repente. Dijeron tantas y tantas cosas lindas, de esas que son fáciles de olvidar. Que iban a estar en huelga de hambre, decían. Que te iban a poner unas velitas y a cantarte canciones del Víctor Jara, y que iban a acompañarte con griteríos y sinfonías de ollas y silbatos, y que mantendrían vigía por tu recuperación hasta que el gobierno de los bufones se manifestara. Esas lindas promesas, como usualmente pasa, no duraron más que dos días. Por ahí, las lenguas perrunas del pueblo decían que lo que te pasó era una merecida lección. Que eso les pasaba justamente a los mamarrachos y putitas tirapiedras, vagos, frustrados, soñadores, herejes, anarcos, sufridores. Solo con desgracias de ese tamaño aprenderían a agachar el lomo y a comerse toda la sopa sin chistar en lugar de andar cagándose sobre los sueños podridos de sus padres y madres.

Desde aquel día, nunca más me volviste a decir una sola palabra. Tus ojos, siempre abiertos, pero dormidos la mayoría del tiempo. Tuvimos que cambiar los paseos en gusanito por paseítos en silla de ruedas y los días de natación por cruceros en los mares nocturnos del sueño. Yo siempre te lavaba la carita con agüita de lágrimas y jabón. Te cambiaba los pañalitos, y antes de dormir te contaba los cuentos y las fábulas que imprimían a diario en los periódicos.

Pero esa nueva tú, con ese semblante de almeja vacía, me asustabas, me adormilabas, me entumecías. Yo te besaba y tus labios se tensaban; se quedaban quietos y fríos como una laguna. Ya no había más caricias indecentes, ni canciones de cantina, ni odiseas en los buses, ni charlas a blanco y negro. No volví a usar la máscara que me regalaste. Quedó para ser nido de pulgones y arañas viejas. No hubo más apodos cursis, ni besos mal dados, ni poemas susurrados en la cama.

Me acuerdo que en uno de esos días grises nos fuimos nuevamente a pasear al cementerio y yo te daba de comer la espumilla con la punta de los dedos. Mientras empujaba tu silla entre los viejos nichos de siempre, te vi sonreír por primera vez hacía mucho tiempo. Yo hice lo mismo.

Tal vez nunca te conté esto. Pero cada noche me duchaba por casi dos horas, a ver si es que el olor a muerto en vida se me quitaba de la piel. Y me desmoronaba en llantos silentes mientras te veía dormir, deseando, con dolor en el vientre, que hubieses muerto aquel día. Porque en ese momento eras como un cuento sin terminar y sin una mano piadosa que le escribiese un fin.

31 de diciembre de cualquier año. Me despertaron tus gritos amortiguados. Desayuno habitual: efedrina, dilantil y epilepsia. Afuera llovía. Adentro llovía. Te quedaste mirando al techo como quien mira al cielo con ganas de dispararse las sienes, y de a poco te acurrucaste a dormir. Me fui al balcón a cocinarme un ratito los pulmones con tabacos añejos. Hubieran podido pasar siglos sobre mi cabeza; yo no me habría dado cuenta. Ya había desistido a vivir bajo el mandato del tiempo. La noche ya había comenzado a devorarse el cielo y, estando en esas, un volador reventó en la calle vecina y me despertó de mis delirios. Por primera vez en mucho tiempo me di cuenta que había todavía personas habitando este mundo de lodo.

Miré por el balcón y vi a los vecinos del frente armando un arco hecho de hojas de palma en el portal de su casa, y los de al lado, en cambio, rellenaban unas ropas viejas con aserrín y periódicos. Por más allá, en el semáforo de la esquina, una señora vendía caretas de dinosaurios con bigote. Y en la avenida, hombres con plumas y pudores exóticos, con su maquillaje corrido, lloraban la inminente muerte de sus viejos que se irían a medianoche, y extendían la mano a esos pájaros conductores, intercambiando besos de aire por monedas y caramelos. Yo sentí que tú y yo éramos eso, un viudo y un cadáver que se cocían a fuego lento, esperando al último minuto del año, comiendo uvas rancias, usando calzones y dientes amarillentos, guardando con celo maletas llenas de recuerdos marchitos, augurando nuevas animas para un año que, en su agonía, traería una nueva botella de veneno fresco para amamantarnos y cantarnos bajito “duérmanse necios, duérmanse ya”.

¿Te acuerdas como me pedías con esos ojos suplicantes, desesperados, que te diera permiso de ir a cobrar tus sueños atrasados? Y yo, tan miedoso, tan gil, tan farfullas, no te hice caso durante un buen rato. Pensé por fin que, si esa mano piadosa que escribe la historia de nuestras vidas no iba a bajar a terminar su trabajo, yo iba a darle pagando la deuda. Y así, dormidita como ya estabas, cogí la almohada de punto y cruz, esa que te tejió tu abuelita, esa que era tu favorita, y te abracé el rostro por unos agónicos segundos, esperando que tu cuerpo abriese la puerta de tu celda y te dejara escapar. Y estando así, libre como ninguna, podrías por fin irte a juguetear con las brisas de los juncos y los manglares. Una pequeña eternidad pasó, y ya te habías ido. Al terminar, caí desparramado sobre la cama y los grifos de mis ojos rompieron en fuga. Mi corazón se dejó ir en la forma de todos los océanos del universo, y vos, amorosa, me diste una despedida desde la vetusta grabadora que chillaba bajito “no te dejes, avecilla, agobiar por la tristeza”

Me sequé las lágrimas y me puse a escarbar en tu armario. Me puse esos tacones rosados que tanto odiabas, una faldita de monja liberada, y me maquillé las ganas de morir con polvito de arroz y labial rojo #3. Bajé a la callé y crucé a la esquina. Le pedí a la vecina que me vendiera una careta de diablo de Píllaro y me pasé por la bodega de Don Celso a fiarle una entera de caña manabita. Me subí de nuevo a ver si no te me habías escapado por la ventana (es que siempre he pensado que los muertos son más hábiles y sabidos que los vivos). Te cambié de ropa, y me puse a rellenar los espacios vacíos con periódicos de otros muertos y otros tiempos, y con un poquito de aserrín que me sobraba. Te puse la careta, uno de los sombreros de mi hermano, y te bajé al portal. Te senté en una silla y te puse un cartel que decía:

“El amor no muere con la muerte sino con el olvido”.

Vos, tan confundida con los otros monigotes. Yo, chumado por las lágrimas y el trago. Danzaba como trompo en la calle, pidiéndole al cielo que te acogiera. Y si eso fallaba, también les pedí a los cucos del infierno a que vinieran esa misma noche a jalarme de las patas para llevarme a la hoguera, para ver si por fin se me quitaba el frío que me dejaste en los huesos.

12 de la noche. El cielo fue invadido por el estruendo de todas las guerras habidas y por haber. Y abajo, los muertos en vida se entrelazaban los tentáculos y quemaban sus monigotes, purgándose las brujas y las herejías que llevaban en la sangre con la incorruptible promesa del fuego. Yo hice lo mío. Te llevé al patiecito de atrás, te recosté sobre el suelo y te cubrí con una cobija de flamas escarlata. Puse los cassetes de tu tío, y alimenté el fuego hasta que dio el alba, hasta que tu cuerpo se volvió una especie de harina. Te guardé en una vasija de barro que tenías en la casa (simón, así como nuestros antepasados). Y nos fuimos a dar el último paseo juntos a nuestro querido cementerio. Busqué un escondite entre las macetas de amapolas y orquídeas, por ahí, cerquita de las tumbas de los niños, y dejé reposar tus fatigadas cenizas. Desde entonces, vuelvo acá cada sábado, a verte a este que es nuestro altar y refugio; vuelvo para besar tu nueva piel de barro y a llenarme de tu nuevo corazón de viento. Ahora estas con tus vecinos silenciosos, paseando perros y gatos de humo, espantando a los ancianos y a los niños, espiando las vergüenzas del mundo.

¡Ah! ¿Ya ves que, si te acuerdas de todo, mushpita? Pero bueno, ya dejémonos de vainas y lágrimas. Mejor, ayúdame a acabarme este trago rapidito. Capaz así me muero más rápido y no se me alarga tanto la espera para poder verte de nuevo. ¡Salud!

 


Felipe H. Racines. Quiteño, 26 años. Licenciado en comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador. Fotógrafo y periodista. Trabaja como docente de idiomas durante 7 años. Ha escrito cuentos, poesía y ensayos críticos.

 

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/people-guy-man-hoodie-jacket-2584034/

 

9 comentarios en “Memorando | Felipe H. Racines

  1. Me fascina, esa manera irónica y melancólica de encarar los sentimientos. Abordar estas emociones universales, genera una empatía inmediata que tambien me hace franquear el miedo y la desolación. Deliciosa historia! Me suscribo 😉

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  2. La metáfora, el sarcasmo y el humor negro están bien utilizados en éste ensayo, topando temas urbanos de convivencia de amor y odio, bastante imaginación.

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  3. Leerte es un viaje, de ritmo acelerado, de historia turbulenta y de heridas abiertas. Sal, limón, ají rocoto y una que otra lágrima. Memorando, muerte, vida, amor. Amor, memorando. Muerte, amor. Memorando. ¡Me encanta! Espero leer más de ti, Felipe.

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  4. Lo disfruté desde el inicio hasta el desenlace, Felipe me encanta tu narrativa puedo viajar al texto, puedo ver la historia como si fuera una película y sobre todo puedo identificarme con los personajes, sigue escribiendo espero leer pronto otro cuento.

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  5. Felicidades amigo!
    Recoges bien ese aguardientoso hablar, sentir y vivir de los quiteños. El sentimiento que transmites es muy real, muy profundo. Ese amor tan real que tus personajes logran transmitir.

    Espero leerte más!

    Publicarás Plato de Uñas, ve!

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