El lugar donde me tocó vivir | Máximo Ortega Vintimilla

Máximo Ortega Vintimilla

 

El camión de frutas nos dejó en las afueras de la playa de Salindre, a las cinco de la tarde. Claudio y yo no teníamos dinero para hospedarnos. Todo el viaje lo hicimos en auto stop. Pero igual, en mi caso, estaba feliz, era la primera vez que conocía el mar del planeta Tierra.

El clima estaba muy agradable cuando llegamos a la playa. En un santiamén nos pusimos los trajes de baño, guardamos nuestras cosas en las mochilas (incluido un dispositivo electrónico con base de silicio de propiedad de Claudio, que lo conocen como celular), y nos lanzamos al agua. Esa estrella enana conocida como Sol, cuya luz blanca me abrigaba con una dosis precisa de radiación electromagnética, esa agua marina, extrañamente incolora que mojaba mi piel y el respirar ese oxígeno salobre me ocasionaban una paz interior. Nos amistamos con dos turistas holandeses. Compartieron con nosotros su carpa tendida en la arena. Nos contaron que les gustaba fumar una hierba verdusca. Solo cuando la probé mi memoria la asoció con una planta llamada marihuana: su efecto me pareció genial, cuántico. Nos presentaron a un par de amigas, una gringa y una italiana, ellas no dejaban de mirarme.

Cerca de la medianoche, al salir de un sitio donde los hombres y las mujeres bailan, la gringa, que se llamaba Susan, en un español fluido, nos invitó a la habitación del hotel donde se hospedaba. Aceptamos contentos. Nos acomodamos en las sillas y en el filo de su cama. Sacó una botella de licor y nos pusimos a beberlo a pico. Sacaron una guitarra y uno de los holandeses cantó una balada en inglés antigua, que mi memoria la asoció con una de un grupo Air Supply. Dos horas más tarde, los seis ya estábamos algo borrachos, esa bebida, que la llamaban ron, me pareció estupenda, muy relajante. De pronto, Susan apareció con una fundita de marihuana. Armamos varios cigarrillos y los fumamos, la verdad me encantaba hacerlo. Poco después, los holandeses se retiraron del cuarto. Dijeron que tenían que hacer unas llamadas al extranjero.

Ni bien puse seguro en la puerta, la gringa comenzó a acariciar mis pectorales, mi abdomen plano, me susurraba al oído que le encantaba mi piel oscura, le causaba gracia mi calvicie total, mis ojos grandes almendrados. Claudio y la italiana, que se sentían incómodos, decidieron retirarse. Cuando nos quedamos solos, la gringa me tumbó sobre la cama y se subió encima de mí… Me llamó la atención que se pudiera tener sexo de todas las formas posibles. Nunca imaginé tanta felicidad en la Tierra.

Me desperté temprano, el alcohol y la droga no me afectaron. Solo tenía hambre, quería probar esos mariscos. Dejé dormida a la gringa y fui en busca de Claudio. Lo encontré en el vestíbulo del hotel, estaba concentrado en su celular, parece que le chateaba a su madre. Me indicó que su chica seguía dormida. Salimos al malecón y llegamos hasta un quiosco. Desayunamos cangrejos y cervezas. Al regresar, las chicas nos pidieron ir a otra playa, no muy lejos de ahí. Les preguntamos si iríamos con los holandeses y respondieron que no, que eran aburridos, que a ellos nos les gustaban las mujeres, en ese momento mi memoria asoció esa información con esos grupos LGBTI.

Gracias a que ellas tenían dinero, es decir, unos papelitos rectangulares que me causaban gracia porque su posesión, en mayor o menor cantidad, determinaba si un ser humano valía algo o no valía nada en su sociedad, bien, como decía, gracias a esos papelitos numerados tomamos un taxi y llegamos pronto a la playa de Sandía. Su arena era muy blanca, aunque algo sucia. Había poca gente, viejos jubilados y tipos que vendían artesanías. Alquilamos dos habitaciones, una por pareja. Fumamos bastante marihuana, y con mi chica tuve sexo como si fuera mi último día en la Tierra.

Una tarde, mientras miraba por la ventana a esa estrella enana fijada en el horizonte que lucía un color rojo anaranjado y que se reflejaba en el mar, le pregunté a la gringa qué opinaba sobre esos tipos conocidos como migrantes ilegales a quienes, extrañamente, nos les permitían entrar en Europa o Estados Unidos. Ella se acercó y como respuesta me dio un beso en el cuello, me dijo que habláramos de otra cosa. En ese instante, entraron a nuestra habitación Claudio y la italiana con unas empanadas y coca colas.

Los siguientes días, mi amigo y yo seguimos disfrutando con las chicas con toda normalidad, hasta que a la italiana se le ocurrió mencionar que iba a invitar a unos amigos ingleses y brasileños a quienes les gustaba unas drogas más efectivas, que después tendríamos mucho sexo entre todos nosotros. A todas luces, según mi memoria, se referían a hacer una orgía. La idea era buena, nunca he tenido ese tipo de experiencias… Pero, por desgracia, a Claudio no le pareció bien eso, alegó que nunca se había desnudado en público y peor iba a tener sexo delante de otros. No me quedó más remedio que pedir a Nicoletta y a Susan que cambiaran de planes, pero no estuvieron de acuerdo. Se volvieron raras, a ratos se hacían las desentendidas. No nos quedó más remedio que inventarnos un pretexto y despedirnos.

Lo cierto es que seguimos divirtiéndonos en la playa hasta que Claudio se puso mal. Estábamos alrededor de una fogata, en la arena, con unas amigas, cuando Claudio empezó a toser demasiado y a tener fiebre. Le llevamos a un hospital y le dieron unos medicamentos, según mi memoria, antibióticos. El médico le aconsejó regresar a su casa. Mi amigo llamó por celular a su padre. Al instante le hizo una transferencia electrónica de dinero, pero más que para su enfermedad respiratoria, para que continuara sus estudios en la universidad, aún estaba a tiempo de reintegrarse y aprobar el año. Me quedé solo en la playa, estaba feliz junto al mar. Días después, decidí ir a conocer la nieve. Ya me encontraría con algún amigo en esa región que llaman Sierra.

Llegué a la carretera y me puse a hacer auto stop. Pasó una hora y nadie me tomaba en cuenta, quizá por mi aspecto raro. Avancé hasta una gasolinera, que según mi memoria era un lugar donde se vendía ese combustible fósil. Entré a un baño y bebí con placer abundante agua que salía de un grifo, como si fuera mi último día en la Tierra. Al salir, me acerqué a un camión que en ese momento se aprovisionaba de gasolina. Dicho vehículo transportaba enlatados de carne de animal lo cual me causaba asco, no entendía cómo es que mataban a los mamíferos y se los comían. Bueno, lo cierto es que le caí bien al chofer, un hombre con arrugas en su cara, porque a la primera accedió a darme un largo aventón, con dirección a las montañas.

 


Máximo Ortega Vintimilla (Azogues, Ecuador, 1966). Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, Abogado y Doctor en Jurisprudencia por la Universidad Católica de Cuenca. Especializado en Criminología por la Universidad Complutense de Madrid y Diplomado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid. Se ha desempeñado, entre otras actividades, como Catedrático de la Universidad Católica de Azogues y de la Universidad Regional Autónoma de Los Andes, Fiscal en la provincia de Los Ríos, y Director Nacional de Rehabilitación Social. Es Miembro de la Academia de Escritores del Ecuador y de la Academia de Poesía Iberoamericana, Capítulo Cuenca. Ha publicado, entre otras, las siguientes obras: La poesía es algo más que un sueño (Poesía, 1990); El arco iris del tiempo (Novela, 1996); Vibraciones en verde (Poesía, 1998); El hombre que pintaba mariposas muertas (Cuento, 2004); Gigantescos elefantes dormidos (Novela, 2007).

 

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/road-asphalt-human-personal-marvel-2644130/

 

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