El diez por ciento de la ciencia ficción | Leonardo Wild

Leonardo Wild

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Si hacemos caso a la ley de Sturgeon (Theodore Sturgeon, famoso escritor de ciencia ficción, para el caso recomendamos: Más que humano, Godbody), el noventa por ciento de todo es basura. Y como lo expresó él mismo, especialmente en la ciencia ficción.

Podríamos arriesgarnos a decir que el noventa por ciento de la ciencia ficción tiene el propósito simple de entretener, y eso en el peor de los sentidos, es decir, se considera una literatura de escape.

Esto no es en sí malo, pero desde el punto de vista literario, es comprensible por qué muchas personas que se consideran a sí mismas juiciosas, apenas si se atreven a aceptar a la ciencia ficción como una literatura meritoria de ser leída.

Si nos regimos por lo que aparece en el cine (como la reciente adaptación a la pantalla grande de Los Power Rangers, una barbaridad que no tiene nombre, al menos dentro de lo que equivocadamente se considera representativo de la ciencia ficción), entonces sí comprendo por qué mucha gente apenas se atreve a hablar sobre el género por miedo a ser marcada y encajonada.

Transmitiendo ideas

El lenguaje está íntimamente ligado a la función de un libro, que en el caso de la ciencia ficción es transmitir una idea. El problema de las ideas que aparecen en este género es que son en ciertas ocasiones bastante complejas pues tratan nada menos que sobre la naturaleza humana. Si una idea es ya de por sí intrincada, sería una estupidez hacerla aún más utilizando un idioma comprensible solo para los megaintelectuales.

Cierto, muchos escritores crean su barricada detrás de esta excusa, se atrincheran manifestando que el idioma debe ser lo más simple posible y se olvidan de que lo simple no necesariamente quiere decir carente de belleza, de arte, de magia. El hecho que uno de los temas principales del género de la ciencia ficción es la tecnología, no significa que el idioma también debe ser mecanizado, especialmente si una obra quiere conservar el ingrediente humano.

Existe un diez por ciento (en el cine tal vez no llegue ni al uno por ciento) dentro de la ciencia ficción que cumple con los niveles más estrictos de la literatura interpretativa (léase “seria”). Es más. La ciencia ficción, justamente por su naturaleza, tiene el potencial innato de presentar situaciones que para otras formas de literatura son completamente imposibles reproducir.

El problema es que son muy pocos los autores que logran domar su imaginación, encauzarla por los temas “serios” y, al mismo tiempo, cuidar su lenguaje de tal manera que no sea ni muy elemental ni muy pesado.

El problema del lenguaje es que muchas veces la idea que se quiere transmitir en una obra de ciencia ficción es algo global, un caleidoscopio de eventos que, en conjunto, crean una especie de rompecabezas. Ninguna pieza, por sí sola, parece tener sentido.

Es por eso que, al leer las primeras cinco, diez, veinte páginas, alguien acostumbrado a encontrar una mensaje bello o escalofriante en cada línea, párrafo o página, se encuentra con una aparente falta de realidad, con una imaginación o secuencia de eventos que a primera vista nada tienen que ver con el mundo de los cuerdos.

La clave del asunto es que la ciencia ficción es en el fondo una metáfora en forma de cuento o de novela. Recién al acabar de armar (leer) el rompecabezas, es que uno llega a darse cuenta de la globalidad.

También podríamos comparar el fenómeno con una atarraya. La atarraya toma su forma al atrapar al pez. El propósito de la red es justamente atrapar un pez. Si el pez es muy pequeño y los nudos de la red están muy separados, entonces el pez se escapa. Si el pez es grande y los nudos están muy juntos, es un desperdicio de material o, en ocasiones, se pueden estar atrapando muchos otros peces más pequeños que acaban comiéndose a nuestro pez antes que lo podamos ver.

Por eso el idioma debe ir en función con la idea que se quiere examinar y no al revés, la idea en función del idioma.

¿Menos que el diez por ciento?

Últimamente la cantidad de basura dentro de la ciencia ficción ha aumentado, tal vez no proporcionalmente con las gemas que aparecen de vez en cuando. Pero lo que sí han logrado los creadores de las piedras preciosas es dar un paso muy grande en conseguir un mejor idioma, una madurez del lenguaje, y esto sin caer en la trampa en la que cayó Brian Aldiss con su trilogía Helliconia, un clásico que no deja de tener sus méritos.

Tenemos a Úrsula K. Le Guin (Rocannon), a Dan Simmons (Hyperion Cantos), a Orson Scott Card (La guerra de Ender), por mencionar unos pocos autores de décadas más recientes cuyo propósito parece ser borrar el estigma de la ciencia ficción de ser una literatura barata, estigma adquirido durante los años treinta cuando entró al mercado estadounidense en las revistas pulp.

 


Leonardo Wild. Escritor ecuatoriano-norteamericano. Estudió en Lord Fairfax y Nova College, Virginia. Escribe ciencia ficción desde 1996. La primera fue escrita en alemán, Unemotion (1996) la cual fue recientemente publicada en español bajo el título de Yo artificial (2014). Entre sus obras se tiene: Oro en la selva (1996); el ensayo: Ecología al rojo vivo (1997); Orquídea negra o el factor vida (1999); Cotopaxi, alerta roja (2006). Más recientemente ha publicado una reedición de su novela El caso de los muertos de risa (2019).

 


Foto portada: https://pixabay.com/es/photos/fantas%C3%ADa-sci-fi-scifi-espacio-3779145/

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